Martes, 12 de Diciembre de 2017
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literatura

La escuela de Casal

En 1993, en La Habana, el poeta y crítico cubano Francisco Morán Llul reunió a un puñado de jóvenes escritores en un homenaje a Julián del Casal (1863-1893). Era el año del centenario de la muerte del poeta de Hojas al viento y una nueva generación emergía a la literatura cubana con un revelador ejercicio de lectura de aquel modernista habanero del siglo XIX. Cada generación de escritores, pensaba Jorge Luis Borges, crea a sus precursores y el primer acto de creación, como sabemos, no es la escritura sino la lectura.

La antología de Morán, La Habana Elegante. Julián del Casal In Memoriam, se propuso tres cosas: una reedición del número en homenaje a Casal de aquella publicación decimonónica, en el que colaboraron algunos de los mejores escritores cubanos de entonces (Federico Uhrbach, Manuel de la Cruz, Lola Rodríguez de Tió, Mercedes Matamoros, Manuel Sanguily, Enrique José Varona, Rafael Montoro, Ricardo del Monte, Enrique Hernández Miyares…); un rescate bibliográfico de la recepción de Casal entre 1893 y 1993; y, finalmente, el directorio de un nuevo casalismo en las letras cubanas: Víctor Fowler, Ismael González Castañer, Rolando Sánchez Mejías, Pedro Marqués de Armas, Sigfredo Ariel, Antonio José Ponte…

Veinte años después de aquella empresa, Morán ha reeditado y ampliado su Julián del Casal. In Memoriam (2012), en el exilio. En las palabras preliminares a esta edición en Stockcero, nos dice que "por falta de apoyo institucional", la edición de 1993, en la Casa Editora Abril, no alcanzó a reproducir íntegramente el número de La Habana Elegante dedicado a Casal, en octubre de 1893, además de que algunos autores del volumen, como Lorenzo García Vega, fueron censurados. La versión actual del Casal In Memoriam no aspira ya al muestrario sino a la enciclopedia: la reconstrucción de todo lo escrito sobre Casal en los últimos 130 años —la primera nota que aquí se lee data de 1883 y habla de un jovencísimo poeta de 20 años, que, luego de ser presentado por Nicolás Azcárate en el Nuevo Liceo de La Habana, lee un poema titulado "Amor en el claustro".

¿Casal o Martí?

Si el casalismo cubano, que Morán documenta, fuera indicio de mera afición por la estética modernista de la belle époque, aseguraría un valor tributario del cosmopolitismo y el refinamiento, la vanguardia y la decadencia, el dandismo y el estilo, la bohemia y la crítica. Parece haber, sin embargo, algo más en esa tradición secular de lecturas de Casal en Cuba. Algo cercano a la defensa de una idea de la literatura, discordante de la noción hegemónica de la misma, en el último siglo cubano. Una idea de la literatura que cobijaría otra idea de la historia y de la nación, del mundo y de la vida.

En Cuba, como en casi todas las naciones fundadas por los nacionalismos románticos del siglo XIX, ha predominado siempre el criterio de que la mejor literatura es aquella que dota de sentido la identidad nacional. En un país postcolonial del Caribe, ese nacionalismo, como hemos anotado en otra parte, ha generado una centralización del canon literario en la figura de José Martí: gran poeta modernista también, pero, además, héroe y mártir de la lucha por la independencia nacional. A diferencia de Darío en Nicaragua y en toda Hispanoamérica, de Lugones en Argentina o de Silva en Colombia, Martí en Cuba ha sido coronado literaria y políticamente.

El culto literario a José Martí ha sido distinto al culto político y ha corrido por cauces paralelos, entre otras razones, porque los artífices de ambos cultos han sido sujetos diferentes. No han faltado quienes se enfrenten a uno u otro culto, desatando la algazara de los cruzados martianos. Aún así, la hegemonía cultural ha estado en manos de quienes piensan, sin riesgo alguno, que Martí debe ser leído reverencialmente, como príncipe imaginario de las letras y del Estado. Gracias a esa monarquía martiana, el modernismo, una reserva crítica en todas las literaturas hispanoamericanas, se domestica en Cuba.

El hecho de que el gran poeta modernista cubano —ahora sabemos que el modernismo hispanoamericano no fue el verdadero romanticismo de la región, como pensaba Octavio Paz, sino la primera vanguardia cultural del siglo XX— fuera un contemporáneo del héroe nacional, desfavoreció a Casal. Tal vez por eso ha habido en el casalismo un ademán de desagravio, de reposicionamiento de Casal en el canon, que, a veces, se libera por medio de la desmitificación de Martí. Así como los adoradores del templo martiano han presentado la admiración por Casal como sacrilegio, algunos casalianos han entendido que una reubicación del autor de Nieve en el canon requiere de un destronamiento literario de Martí.

En las versiones del dilema Casal o Martí que ofrecieron, por ejemplo, Cintio Vitier y Virgilio Piñera, encontramos ese forcejeo por un trono de la literatura y la historia de Cuba. En Lo cubano en la poesía (1958) Vitier habló de una "antítesis" entre ambos poetas, pensada en términos morales y estéticos. Si estéticamente Casal representaba el contacto de "lo cubano" con "el frío" y "lo otro", moralmente personificaba la antípoda de Martí.

Frente a las "nupcias del espíritu con la realidad, con la naturaleza y con la tierra misma" de este último, Casal encarnaba la "incapacidad radical para asumir la realidad", el "idealismo", la "impotencia", el "hastío". Veinte años antes que Vitier, el crítico marxista José Antonio Portuondo había hablado de "angustia" y "evasión" en Julián del Casal.

Aunque no utilizara el término "antítesis", Piñera reformuló la contraposición entre Martí y Casal, a favor del segundo. Su hipérbole de Casal como único escritor cubano "con plan poético" en el siglo XIX y su defensa de una "literatura concentrada" deben leerse como expresiones de la doble distancia que tanto Piñera como José Rodríguez Feo y varios de los jóvenes escritores asociados primero a Ciclón y luego a Lunes, intentaron establecer con el catolicismo y el comunismo cubanos de mediados del siglo XX. En esas dos ideologías encontraba Piñera una similar moralización de la literatura, que amenazaba la premisa moderna de la autonomía del arte.

En su momento de mayor identificación con la Revolución, entre 1959 y 1962, la preferencia casaliana se volvió incómoda para Piñera. En un artículo publicado en junio de 1959, en el periódico Revolución, titulado precisamente "¿Casal o Martí?", luego de reiterar su idea de que Martí fue "poeta de ocasión" o "menos poeta que Casal", Piñera intentará matizar su juicio. Por haber sido un "revolucionario", Martí abrió su literatura a un repertorio de "gritos, rebeliones y exigencias", que Piñera consideraba más afines a la literatura comprometida de mediados del siglo XX. El sentido redentor que el republicanismo imprimió en la literatura de Martí —y que la volvió menos "concentrada" o con "plan poético menos definido"— conectaba más fluidamente a Martí, que a Casal, con la literatura revolucionaria cubana de 1959.

No creo, sin embargo, que de ese artículo en Revolución pueda derivarse un cuestionamiento de la preferencia de Piñera por Casal, como sugiere el estudioso David Leyva González en el prólogo a la feliz Órbita de Virgilio Piñera (2011), recién editada en La Habana. En textos posteriores a ese artículo, como algunos conocidos ensayos en Lunes de Revolución y hasta en uno de sus últimos cuentos, "Fíchenlo, si pueden" (1976), Piñera trasmitió una visión desfavorable, no solo de la novela Amistad funesta o de algunos Versos sencillos de Martí, sino del propio culto martiano, construido en la República y magnificado en la Revolución. El pionerito que recita arrobado los versos de "La niña de Guatemala", con "voz de tilín", "más en papel que Sarah Bernhardt", y que al final de la recitación rompe en llanto, es para Piñera la mejor evidencia de los excesos del patrioterismo martiano en Cuba.

La intolerancia al casalismo, como secta promotora de un destronamiento literario, y el formato mismo del dilema Martí/ Casal, en versión Vitier o en versión Piñera, tienen que ver, a mi juicio, con una equivocada interpretación del concepto de "canon" en la literatura cubana. El canon nacional de las letras se ha visto siempre centrado o jerarquizado por la figura de José Martí, por valores como la soberanía, la justicia, la identidad o la libertad o por entidades como "la Revolución", "el exilio", "la nación" o "el socialismo". No es raro que bajo un canon así de ideologizado se piense la literatura como una monarquía o, en el mejor de los casos, como una aduana.

El perfil casaliano

Valdría la pena regresar al concepto de canon de Harold Bloom. Pero no tanto a la exposición del mismo en El canon occidental, donde la centralidad de Shakespeare podría alentar más equívocos, sino a la manera en que se entienden las tradiciones literarias en otros textos del crítico de Yale, como La angustia de las influencias o su más reciente antología comentada, La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea (2011). En estos libros podría leerse una idea de las literaturas nacionales como conjunto de escuelas y tradiciones, que coexisten en una misma historia cultural y se disputan ese centro imposible del canon.

La editora y traductora de la compilación de Bloom, Jeannette L. Clariond, dice que la idea de una "escuela de Stevens" dentro de la poesía norteamericana supone, de hecho, una "ruptura del canon". Los 16 poetas incluidos en la prole de Stevens no representan toda la poesía estadounidense, ni siquiera una mitad de la misma. Representan, apenas, "una línea de poesía que es una línea de sangre, un linaje, una escuela, una tradición". De manera que a la hora de definir la "escuela", Bloom procede por desagregación, que no es lo mismo que por fragmentación o por exclusión.

Grandes poetas norteamericanos, como Walt Whitman, Emily Dickinson, T. S. Eliot, Ezra Pound, Robert Frost, Robert Lowell, Anne Sexton y Sylvia Plath, no aparecen en el volumen de Bloom. La escuela de Stevens es una rama específica dentro de la poesía estadounidense: Hart Crane, Elizabeth Bishop, May Swenson, Amy Clampitt, James Merrill, A. R. Ammons, John Ashbery, W. S. Merwin, John Hollander, Mark Strand, Charles Wright, Jay Wright, Anne Carson, Henri Cole, William Wadsworth y Li-Young Lee. El primero de esos poetas, el propio Stevens, nació en 1879; el último, Lee, en 1957.

Cuando Bloom intenta dar con la clave espiritual o estilística de esa "escuela de Stevens" es extremadamente preciso. Lo que comienza con "Las auroras de otoño" de Stevens y continúa con "Al puente de Brooklyn" de Crane y "El descreído" de Bishop es una tradición en la que "el impulso poético afirma el poder de la mente sobre la naturaleza y la muerte". Un impulso cuyas fuentes se remontan, como siempre en Bloom, a Shakespeare, pero también a Emerson y los trascendentalistas de Concord y que se traduce en imágenes, cadencias y silencios de un estilo discernible.

Un discernimiento similar merecería la escuela de Casal en la literatura cubana. Lo que Casal significa como iniciador de una tradición en la poesía cubana debería ser mejor desglosado, a partir de los buenos ensayos que le han dedicado Oscar Montero o Francisco Morán. Y no me refiero únicamente al mito o la memorabilia casalianas, a su eterna juventud de poeta muerto a los 30 años, a su orientalismo, sus reproducciones de Moreau, su homosexualidad, su ataque de risa o su riguroso vivir europeo en cuartos de la redacción de La Habana Elegante o El País, que tanto le admiró Rubén Darío. Me refiero a una idea de la literatura como fuente de la moral, la religión y la historia y no como extensión o sucedáneo de estas.

No sería difícil compilar una escuela de Casal en la literatura cubana, similar a la de Stevens en la poesía norteamericana. Luego del maestro vendrían tres o cuatro generaciones de discípulos: Mercedes Matamoros, Bonifacio Byrne, Regino E. Boti, José Manuel Poveda, Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Gastón Baquero, José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Con Lezama y Piñera, como con Crane y Bishop a juicio de Bloom, la escuela continúa pero también se bifurca. Lezama y Piñera fundan, a su vez, sus propios linajes dentro de la literatura de la segunda mitad del siglo XX cubano. Linajes divergentes entre sí que desdibujan, cada cual a su manera, el perfil casaliano.

La relectura de Casal en La Habana de los 90 forma parte de un proceso de reinvención de los legados literarios en Cuba, que merecería estudio más detenido. Gracias a esa relectura Casal volvió a ser un contemporáneo, y gracias al exilio de una parte de aquella generación, el autor de Bustos y rimas pudo salir, otra vez, de su Habana: "genio errante, vagando de clima en clima". Pero el casalismo sigue siendo solo un hilo, un perfil, dentro de una literatura cada vez más heterogénea y dislocada.

En dos poetas del exilio, tan bien personificados en sus respectivos estilos y, por lo mismo, tan distintos, como José Kozer y Orlando González Esteva, pesa más la sombra de Martí que la de Casal. El perfil casaliano, sin embargo, se deja ver aún, no tanto en la poesía, como en la prosa de Abilio Estévez o de Antonio José Ponte. Estos cuatro escritores viven en el exilio, pero sus poéticas son tan disímiles como las de las varias generaciones de narradores y poetas que viven en la Isla.

La escuela de Casal —como la de Martí, la de Guillén, la de Carpentier, la de Lezama, la de Piñera, la de Cabrera Infante, la de Sarduy o la de Arenas— tiene sentido siempre y cuando no aspire a centrar o jerarquizar el canon nacional de las letras. Un hilo, una escuela, un perfil o un linaje no son más que —vuelvo a Bloom— "versiones de lo sublime". Y en cada literatura hay tantas versiones de lo sublime como auroras en el otoño de Wallace Stevens.

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