Martes, 19 de Marzo de 2019
Última actualización: 01:55 CET
Venezuela

Los dilemas de la transición venezolana

Juan Guaidó. (EFE)

Ha sido más que suficiente un mes de lucha democrática en Venezuela, signado por la movilización ciudadana y la aparición de un nuevo liderazgo opositor, para enrumbar el país hacia un cambio político, que a estas alturas, si bien continúa siendo muy incierto, luce también irreversible.

El oficialismo difícilmente puede restaurar la posición de dominio en el que se encontraba antes del 10 de enero, cuando estaba dispuesto, no solo a juramentar a Maduro, a pesar de haberse expirado su legitimidad de origen, sino también a disolver de forma definitiva la Constitución nacional.

Este proceso histórico, inédito en los movimientos democráticos del mundo —incluso en el transcurso de nuestra propia historia republicana—, es un esfuerzo político y social, que pudo anclarse sorpresivamente sobre las bases de un liderazgo capaz de crear una amplia alianza constitucional, con apoyo internacional, orientada a promover una transición democrática desde la Asamblea Nacional.

Las transiciones suelen estar signadas por grandes movimientos sociales, por el surgimiento de personalidades que terminan promoviendo aperturas en sistemas completamente cerrados, por presión externa, por quiebres militares; pero rara vez se construyen desde un parlamento. La concertación chilena jamás contó con un congreso para respaldar su esfuerzo por derrotar electoralmente al general Pinochet a través de un plebiscito constitucional. En Túnez y Egipto, la Primavera Árabe fue resultado del descontento que conllevó a masivas protestas ciudadanas que culminó en una ruptura de la coalición autoritaria. En Brasil, la transición fue un proceso gradual marcado por una crisis interna del sector militar, caracterizada también por una aceleración hiperinflacionaria, que derivó paulatinamente en un nuevo orden democrático. En México, la transición fue resultado de una crisis de legitimidad del partido hegemónico que permitió modificar las reglas electorales, lo cual creó las condiciones para garantizar la alternabilidad. En Argentina, una derrota militar frente a una potencia extranjera, como lo fue la guerra de las Malvinas, produjo posteriormente el colapso definitivo de la dictadura.

Muchos de estos ingredientes tan disimiles convergen en el caso venezolano: nuevos liderazgos, actores militares, violaciones de derechos humanos, hegemonía partidista, simulaciones electorales, denuncia internacional, movilización ciudadana, crisis económica; pero lo que en definitiva la distingue es la resistencia de la única institución que se mantiene en pie frente a la disolución del orden constitucional y la desintegración del funcionamiento del Estado de derecho, que no es otra que la Asamblea Nacional.

Existen otros factores que han garantizado la irreversibilidad de este proceso, y vale la pena mencionarlos, pero es fundamental internalizar la importancia de esta diferencia, pues el amplio desconocimiento internacional de Maduro, así como el rápido reconocimiento de Guaidó como presidente encargado por parte del mundo occidental, es una consecuencia directa —no solo del rechazo moral a un sistema autoritario—, sino por encima de todo de la legitimidad que encarna institucionalmente la Asamblea Nacional. Es precisamente este factor lo que ha permitido apalancar la reyerta por el cese de la usurpación, por tratar de apresurar el inicio de una transición que restaure el orden constitucional, así como el llamado a organizar elecciones libres y transparentes.

De modo que el primer dilema de la transición venezolana se deriva del simple hecho que todos los actores deben aceptar, incluyendo el chavismo y los sectores militares, que cualquier salida de ahora en adelante pasa por esta institución. No es casual que cuando algún factor de poder dentro de la coalición dominante amenaza con disolver la Asamblea Nacional o con detener a su presidente, inmediatamente esa decisión es esquivada por otros grupos que saben que esa jugada podría ser temeraria, precisamente, porque es una imposibilidad, es decir, porque termina siendo un conjunto vacío. No hay amnistía, no hay financiamiento, no hay reconocimiento internacional, no hay remoción de las sanciones, no hay manera de recuperar la industria petrolera y, a fin de cuentas, no hay legitimidad de ninguna alternativa transitoria, que no pase por el tamiz de ese filtro institucional.

¿Por qué el cambio político es irreversible?

A estas alturas el cambio es inevitable. Esto no quiere decir que el resultado cristalice en lo que todos estamos esperando. Tampoco quiere decir que el desenlace sea inmediato. Lo que sí parece evidente, es que el desarrollo de esta historia, con todas sus sorpresas, comienza a tener los efectos de una tormenta. De hecho, algunos síntomas permiten detectar las causas que explican la velocidad con la que se ha acelerado este proceso.

El primer factor tiene que ver con la crisis de liderazgo interno que sufre Maduro dentro del propio chavismo. Maduro subestimó las consecuencias del 10 de enero, pero sobre todo, sobrestimó sus capacidades para lidiar con una nueva realidad política y con el deterioro de la situación socioeconómica del venezolano. El resultado de este error de cálculo fue lo que terminó desmoronando su cuestionado liderazgo, tanto en el plano internacional como incluso en la esfera nacional. Antes del 10 de enero, estaba dispuesto a pagar un costo muy alto mundialmente por terminar de disolver la Constitución, pero nunca se imaginó que pagaría también un costo aún más elevado nacionalmente.

En su cálculo original, la sociedad venezolana ya estaba subyugada y la oposición estaba completamente derrotada. Sin embargo, las protestas del 23 de enero, mostraron una sociedad tremendamente aguerrida, que a pesar de la hiperinflación, la migración y las fracturas opositoras, estaba dispuesta a movilizarse pacíficamente y coordinarse nuevamente alrededor de la Asamblea Nacional. Fue en ese inédito contexto, que comenzó a hacerse cada vez más evidente, incluso para toda la coalición dominante, que la crisis de gobernabilidad se había vuelto tan profunda, que la continuidad de Maduro comenzaba a estar seriamente comprometida. Es por ello que algunos factores intuyen que lo único que les queda es resistir; pero el chavismo y esos mismos sectores militares también comienzan a entender que Maduro tampoco puede resolver el problema. Por el contrario, lo profundiza.

El segundo elemento está vinculado con Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional. La sociedad encontró un referente en un nuevo político que es esencialmente joven, moderado, fresco, firme (sin ser intolerante) y comprometido. Guaidó pudo comunicar con efectividad una ruta que la opinión pública entendía que en la práctica era una tarea titánica: cese de la usurpación, Gobierno de transición y elecciones competitivas. La repetición de este mantra también le permitió comunicar que no había salidas rápidas sino una lucha por etapas que necesita ineludiblemente de paciencia y compromiso ciudadano. Su extracto popular, sus capacidades de superación profesional y su lenguaje sencillo, comenzó a contrastar con una revolución que repetía viejas fórmulas en un país, que sumido en la depresión económica más profunda de su historia, sin referentes futuros, comenzaba a buscar desesperadamente la posibilidad de materializar un cambio económico y social que el régimen ya no podía ofrecer.

Otro elemento decisivo ha sido la desmovilización del oficialismo. Frente a la amenaza imperial de EEUU y la posibilidad que la revolución sea políticamente derrotada, la base del chavismo, tanto en la estructura del partido como en los sectores populares, decidió mantenerse al margen. Esto es sin duda sorprendente y revela que esa misma base no está dispuesta a inmolarse. La razón es más que evidente: el votante chavista quiere lo mismo que el votante opositor: pan, tierra y trabajo. La vieja fórmula de Rómulo Betancourt. Todos desean frenar la hiperinflación, reunificar la familia venezolana, retomar el crecimiento económico y contar con servicios públicos que funcionen.

El llamado a inmolarse por la revolución, pero muy especialmente por Maduro, sin tener una contraparte económicamente funcional —que vaya más allá de la instrumentalización clientelar de los apoyos que reciben a través de los Clap y el carné de la patria— pasa a ser muy poco atractivo. La represión en los barrios frente a ese descontento social muestra una gran desesperación. Este hecho ha exacerbado aún más la impresión en los sectores populares de que la elite que ostenta el poder se ha quedado desfasada y que es cada vez menos representativa.

Finalmente, el asunto venezolano ha adquirido unas dimensiones internacionales que desborda todo cálculo. El problema ya es más grande que el país. En la medida en que la crisis se va acentuando, algunos países como EEUU Canadá, Colombia, Brasil o Argentina se van a involucrar aún más precisamente porque las consecuencias regionales del conflicto político venezolano, entre ellas, el tema migratorio, continuarán aumentando. Lo mismo ocurrirá con Europa. Quienes piensan que con el tiempo, aún si los factores de poder resisten, la intensidad del compromiso internacional va a amainar, se equivocan: lo más probable es que se haga mucho más intenso. En especial, el tema humanitario irá creciendo en importancia.

Al mismo tiempo, países claves como Rusia y China, no han mostrado los niveles de compromisos esperados. China continúa apoyando políticamente pero también se muestra mucho más pragmática y más dispuesta a favorecer la protección de sus intereses comerciales y financieros. En estos momentos, China quiere reducir su exposición reputacional en América Latina a los embates del triste caso venezolano, debido a que sus inversiones y sus líneas de créditos son más importantes y prometedoras en países como Brasil, Argentina, Perú, Ecuador o Panamá. Para China, América Latina comienza a tener un mayor valor estratégico que una visión exclusivamente acotada a la Revolución Bolivariana, por lo que Beijing no quiere ser percibido como un defensor incondicional de Miraflores. Es por ello que el gigante asiático se muestra abierto a una posible transición siempre y cuando involucre alguna negociación.

En cambio, Rusia sí pareciera tener una mayor disposición geopolítica a involucrarse en el conflicto venezolano; pero también ha mostrado que prefiere una resolución pacífica (lo cual supone alguna concesión) porque desea igualmente proteger sus intereses comerciales en temas de seguridad y defensa así como sus inversiones en el sector petrolero y gasífero. Incluso, aliados como Uruguay comienzan a aceptar tímidamente que mantener la situación actual es insostenible y que una salida a través de elecciones libres es conveniente.

Los únicos aliados que se mantienen interesados en mantener el statu quo, por razones existenciales, son Bolivia, Cuba y Nicaragua. En términos generales, en el plano internacional todos los actores, e incluso algunas de las naciones más cercanas a la revolución, aceptan que Venezuela necesita un cambio y lo único que los divide es la forma de impulsarlo.

¿Por qué no se materializa la transición?

Si el cambio es inevitable, ¿por qué no termina de ocurrir? La razón que muchos aducen es el factor militar. Yo agregaría que la oferta actual de transición es insuficiente para todos los grupos relevantes, entre ellos los altos mandos militares, que todavía controlan de facto los hilos del poder. Por lo tanto, el segundo dilema de la transición es el siguiente: todos los actores, salvo el círculo más íntimo de la coalición dominante, saben que están mejor lanzándose a la piscina de la transición, pero una vez adentro, algunos temen que puedan terminar ahogados. Tanto para los militares como para los chavistas, y probablemente también para algunos actores minoritarios dentro de la oposición, la transición pudiese llegar a generar demasiada incertidumbre.

¿Dónde van a quedar una vez que se levante el velo del cambio político? En este sentido, el problema central que en estos momentos detiene la transición es la dificultad de resolver un problema de coordinación gigantesco —que si bien ha sido superado contra todo pronóstico en el seno de la oposición— todavía no ha sido resuelto ni dentro del mundo castrense (en parte debido al factor disuasivo de la inteligencia militar) y mucho menos dentro de la esfera del chavismo (precisamente porque hasta ahora Maduro ha logrado bloquear cualquier liderazgo emergente, pero también porque tienen mucha desconfianza hacia la oposición). Esta es la única fortaleza que le queda al régimen: taponear cualquier intento por remover ese problema de coordinación de unos actores, que así digan que son leales, anticipan que cualquier modificación del escenario actual podría ser mucho mejor para todos ellos.

El principal trabajo de la oposición, y en especial de la Asamblea Nacional, es ayudar a resolver este asunto. ¿Cómo hacer para que la promesa de futuro sea menos incierta que el presente, tanto para ganadores como perdedores? La única manera de reducir a todos estos actores los costos de coordinación es creando mayor certidumbre. Y la única forma de hacerlo es prometiendo —de forma creíble— que indistintamente de los resultados de unas elecciones competitivas, todos van a tener garantías plenas aún si pierden el control del poder.

En el caso de los militares, la amnistía es un instrumento en la dirección correcta pero hace falta mucho más que eso. A estos hay que hablarles, no solo de amnistía, sino también de una oferta que establezca claramente su papel en el proceso de reconstrucción del país. Los militares deben poder anticipar que la transformación del sistema político va a permitirles asegurar una mayor profesionalización e institucionalización de las Fuerzas Armadas. Asimismo, deben tener garantías de que si bien deben regresar a funciones de seguridad y defensa, y que es necesario delegar el control de las industrias básicas a una gerencia capacitada y especializada, con una mayor participación del sector privado —aún cuando ello implique abandonar el acceso a rentas tanto en el sector petrolero como minero—, van a poder contar con los recursos fiscales necesarios para cumplir cada vez mejor con su función constitucional. La amnistía les habla a los altos rangos, pero a los rangos medios y bajos los mueve este otro tipo de compromisos.

En el caso del chavismo la oferta debe ser política. Si el chavismo llegase aceptar la transición como algo inevitable, lo cual supone aceptar la salida de Maduro del poder, inmediatamente debe aceptar que puede llegar a perder elecciones perfectamente competitivas. Una vez que aceptan esta realidad el problema deja de ser las elecciones y pasa a ser el asunto de las garantías: ¿cómo asegurarse de que no van a ser perseguidos y cómo se aseguran también de que electoralmente van a poder regresar al Gobierno? Los esquemas de justicia transicional buscan resolver la primera parte del problema y deberían ser adoptados junto con los esquemas de amnistía para mitigar estos riesgos.

La segunda parte del problema tiene que ver con temas institucionales de fondo, propios de un sistema hiperpresidencialista que construyó el chavismo y que terminó destruyendo el funcionamiento de la democracia. Aunque muchos insisten en que el tema central de la transición es la realización de elecciones competitivas, el asunto neurálgico de la reinstitucionalización del país pasa igualmente por acotar los beneficios de ejercer el poder y disminuir los costos de estar en la oposición. Estos cambios requieren de la renovación de todos los poderes públicos; sin embargo, también pasan por reformas puntuales pero sustantivas en el arreglo constitucional. Parte de la razón de que el chavismo no quiera aceptar perder el poder e ir a la oposición, se debe a que saben que en Venezuela perder la presidencia es colocarse en una posición extremadamente vulnerable y que las mieles de ejercerlo en una nación petrolera son muy altos.

¿Cómo revertir estos incentivos? ¿Cómo aprovechar la transición para obtener más democracia pero también más estabilidad política, alternabilidad y transparencia? Una vez que los mismos chavistas acepten que no hay forma de revertir el cambio, ellos pedirán las mismas reformas que la oposición tiene lustros solicitando y aceptarán la liberación de los presos políticos. Todos los actores comenzarán a demandar reformas constitucionales que permitan recortar la extensión del periodo presidencial, limitar la reelección indefinida, incorporar la segunda vuelta, introducir el financiamiento público a la actividad partidista, garantizar la proporcionalidad del sistema electoral y aumentar la dificultad para cambiar arbitrariamente las reglas de juego del sistema político.

Sin estos acuerdos, sin estas reformas constitucionales, el país no va a quedar curado de lo que implicó, durante estas últimas dos décadas, delegar el poder en una figura presidencial dentro de un petroestado; que en el papel, pero también en la práctica, tiene muchos poderes y muy pocos controles. Con estas transformaciones institucionales, perder una elección en Venezuela dejará de ser una tragedia y ejercer el poder también dejará de ser un reinado.

Sobre el factor tiempo

Una de las variables determinantes sobre el futuro próximo del país es la dimensión temporal de la crisis. La apuesta de Maduro es que cada día que gana es un triunfo. La apuesta de la oposición es que cada día que transcurre, con la profundización del colapso, habrá un mayor involucramiento de la comunidad internacional a través de la ayuda humanitaria. Pero lo cierto es que el efecto político del tiempo es indeterminado, por más que los distintos actores intenten imputarle alguna direccionalidad.

Lo único que es posible proyectar es que el país socialmente, en la medida que pasen las semanas, se va a encontrar con una crisis económica aún más profunda y con una ciudadanía cada vez más desesperada por encontrar una salida. Podemos anticipar a ciencia cierta, dado el dramatismo de la crisis de gobernabilidad que vivimos, que la hiperinflación seguirá acelerándose, la producción petrolera se terminará de desplomar y la crisis migratoria volverá a escalar. En pocos meses, la inflación intermensual superará el 300%, la producción de crudos podría caer a 600.000 barriles diarios y la crisis migratoria podría terminar de desbordar la frontera. Maduro argumentará que la culpa la tienen las sanciones petroleras. Y la oposición dirá que es porque continúa la usurpación.

Sin embargo, las creencias de cada uno de los actores sobre el efecto del paso del tiempo los puede llevar a cometer algún error de cálculo. El régimen ya ha cometido varios en los últimos meses y está por cometer otro: en la medida en que pasen los días y la situación se continúe deteriorando, la comunidad internacional no va a dejar de aumentar su presión, sino que más bien va a redoblar sus esfuerzos por terminar de provocar un desenlace. El efecto regional de la crisis venezolana es demasiado alto como para tolerar su profundización. Es miope asumir que la respuesta internacional es todo un bluff y que solo tienen como alternativa una invasión, que todavía luce improbable y que quizás nunca ocurra.

Algo debería quedar claro después de tantas contundentes respuestas diplomáticas: la comunidad internacional puede buscar salidas honorables pero difícilmente puede, después de todo lo que ha ocurrido, justificar esquemas igualmente honorables para que se queden como si nada hubiese pasado. Eso resulta poco factible. Por lo tanto, quedarse implica estar dispuestos a transformar a Venezuela en Siria o Zimbabue. Pero la diferencia es que el vecindario importa: Venezuela no queda en el Medio Oriente ni en África. América Latina es la región más democrática del mundo en desarrollo. La otra alternativa es Cuba: pero la revolución castrista se consolidó en el contexto de la Guerra Fría.

Asimismo, en la medida en que transcurre el tiempo, precisamente porque el descontento social se hace cada vez más dramático, aquellos actores claves que, en el plano doméstico aún sostienen el statu quo, tendrán una mayor probabilidad de resolver sus problemas de coordinación y por ello de rebelarse. De modo que optar por resistir, como lo está haciendo Maduro, más bien puede terminar de precipitar algunas posiciones, no solo internacional, sino también nacionalmente.

La coalición democrática podría incurrir en un error de cálculo diferente: confundir el reconocimiento internacional con la capacidad para gobernar. Hasta ahora, la Asamblea Nacional no ha cometido este tipo de error pero podría estar tentada en un futuro próximo. Para gobernar es necesario tener una fórmula política ya acordada para conducir la transición y no solo contar con una base jurídica que permita adoptar cierto tipo de decisiones. Tan solo cuando la modalidad de la transición esté debidamente pactada con todos los factores relevantes, será posible entrar a resolver asuntos medulares de gobierno. Y es precisamente en este punto en donde todavía hace falta afinar la estrategia: la magia del cambio está precisamente en terminar de construir un esquema de transición que sea atractiva incluso para aquellos que en principio dicen ser leales. El verdadero reto es construir esta pista de aterrizaje. La pregunta es cómo hacerlo: ¿queremos una pista asfaltada o de granzón?

Más allá de la extensión temporal del conflicto, Venezuela entró en una dinámica radicalmente diferente. Las consecuencias de los últimos acontecimientos se harán cada vez más diáfanas para todos precisamente gracias al tiempo. Unos lo aceptarán más rápido, otros más lentamente. El molino de la historia suele moverse en momentos de grandes torbellinos y este es sin duda uno de esos instantes.


Este artículo apareció originalmente en Prodavinci. Se reproduce con autorización de esa publicación.

11 comentarios

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El chavismo, madurismo o como se llame, es inviable si no suaviza sus formas hacia una vuelta a la democracia. El país está paralizado y ya vimos que todo va barranca abajo. La única opción de que pueda persistir si no cambia, es que la transición que maneja como puede la oposición quede trunca por mal manejo y vuelva a salir "un Chávez" o "un Perón", fruto del desencanto popular con los partidos políticos tradicionales. 

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Anonimo danny68:Identificar a Juan Guaidó como protegido de Leopoldo López es una afirmación relativa en cuanto a lógica y relación.  La protección física y legal que Leopoldo López puede dar a Juan Guaidó es casi inexistente porque sabemos que sí los militares venezolanos se lo proponen, con facilidad asesinan o encarcelan a Guaidó.  El apoyo político que Leopoldo López pueda entregar a Juan Guaidó se limita a las negociaciones internas entre los opositores venezolanos, Juan Guaidó no habla en nombre de Voluntad Popular, sino del pueblo venezolano.  No creo que es ingenuo pensar que la oposición venezolana ha interiorizado que Hugo Chaves llegó al poder y pudo aniquilar las instituciones democráticas en cámara lenta aprovechando las diferencias sociales.  Visto desde este punto de vista, en Venezuela ha nacido una nueva generación de políticos con la intención de integrar a todos los venezolanos en la justicia y la participación. 

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Recibido de Cuba- Lo primero que habria que señalar a tus comentarios es que la presencia militar cubana en Venezuela no es impuesta. La llevaron los propios lideres venezolanos, Chàvez y Maduro. Para Cuba, el sostenimiento de Maduro es una cuestiòn de supervivencia, pero la realidad es que Maduro tiene el apoyo interno e internacional suficiente para sostenerse sin los cubanos. Presentar a los cubanos alli como un ejercito de ocupaciòn indeseado, es, como mìnimo, una valoraciòn superficial tipo Marco Rubio. Y te recuerdo que si seguimos esa lògica, los altos mandos militares y policiales de los gobiernos Adecos y Copeyanos anteriores a Chàvez fueron entrenados en Estados Unidos y en Venezuela por instructores y asesores militares norteamericanos o afines. Te puedo poner el ejemplo del Comisario Basilio, que participaba y dirigia personalmente operativos contra lo que se llamaban ^subversivos^ . Creo que sabes quien era el Comisario Basilio, no? Era tambien un invasor?.Pedro, tu ingenuidad sobre Guaidò me conmueve. Guaidò es el protegido de Leopoldo Lòpez, forjado en la guarimba del 2014 y elegido, quien sabe por que, como cara juvenil no viciada de la oposiciòn. Es , como lo describiò Camilo, un producto de laboratorio. Dale tiempo.

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En su análisis,  el autor  de “Los dilemas de la transición venezolana” soslaya cuidadosamente mencionar la presencia concreta del imperialismo militar cubano en toda, y repito, toda la estructura de poder chavista alrededor de Maduro. Esto no es posible evitar mencionarlo como factor importante y peligroso en un análisis serio de una situación histórica de veinte años de antigüedad, con notorios episodios de vinculación desmesurada y subordinación abierta del chavismo a lo que dicta La Habana como pertinente. Y esta peligrosa etapa que estamos presenciando en Venezuela es una más que conocida de profundo vínculo entre el chavismo y su apadrinamiento, guía y mando castrista. Ignorar eso le resta  verosimilitud a todas las elucubraciones a futuro próximo que hace Michael Penfold sobre el caso venezolano y sus consecuencias regionales, incluida la misma Cuba y el régimen militarista imperante desde hace 61 años. La presencia abrumadora del aparato represivo cubano, con todos sus años de experiencia en vigilancia,  prevención, castigo y definitivo control de las fuerzas armadas cubanas, y  las de los países y conflictos donde pudo hacer pesada presencia, como las  venezolanas, angolanas, nicaragüenses, etíopes y en el comportamiento antidemocrático y antipopular que dejó de herencia en todas ellas, en este caso específico de Venezuela es la de un elemento de freno fundamental en una transición congelada artificialmente. Los venezolanos y cubanos que somos sus víctimas merecemos algo mejor que tal superficialidad de análisis sobre este álgido tema. Nos va mucho en ello.

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No creo que es posible entender, o explicar el fenómeno político venezolano visitando la historia, o siguiendo la lógica de las políticas de nuestros países.  El desarme casi total de una estructura democrática a través de un proceso económico devastador y una dictadura extremadamente corrupta, causó una metamorfosis en la politica tradicional del pais.  Juan no habla el lenguaje de "yo el lider", tampoco articula "mi partido primero" o "mi estrategia es la principal",  sino que debido a una lucha existencial surgió otra generación de políticos que dicen con sinceridad, transparencia y orgullo, "nosotros los venezolanos".  Juan Guaido asume el trabajo en equipo, desconoce las posiciones elitistas, y sus intereses no persiguen la vanidad del reconociento, la fama y lo material. El pueblo se dio cuenta que es un líder que desea alimentar el crecimiento de los demás.  

Imagen de danny68

Camilo, efectivamente, la oposicion tradicional no es la que està marcando el paso en Venezuela, sin embargo pueden serrucharle el piso a Guaidò en el momento màs crìtico . Sobre lo que comentas del gusto de los venezolanos por uSA, yo vivi 17 años en Venezuela, conozco bastante bien el caràcter del venezolano y te digo que es muy similar a lo que nos pasa a los cubanos: nos encanta todo de la yuma, pero los de izquierda tienen una antipatìa congènita a la intervenciòn del gobierno americano- fìjate que digo gobierno y no todo lo que representa USA. Yo encuentro muy desafortunado que Trump haya permitido a los politicos cubanoamericanos manejar la relaciòn con America latina y con venezuela en particular, pues nuestros compatriotas politicos de alli tienen una mentalidad identica a los talibanes de La Habana pero al extremo opuesto. Esto les impide ver matices que son importantes. Mira còmo la retòrica no se corresponde con los hechos: Por un lado Marco Rubio dice que con Maduro solo hay que discutir cuando se va. Por otro lado tienes a Elliott Abrams reunièndose con Maduro para acordar los tèrminos de una apertura de Oficina de Intereses en ambos paises entre otras cosas. Està ocurriendo un proceso parecido a  lo de Cuba en algunos aspectos y los gringos, que sì saben lo que està sucediendo en Venezuela màs alla de la desinformacion mediatica, se preparan para un chavismo bastante mas perdurable de lo que se dice, de otra manera què explicaciòn tendrìa tener estas Oficinas de Intereses, si USA no reconoce al gobierno de Maduro?.Muy de acuerdo en que Guaidò es un producto de laboratorio. El problema con estos lìderes de ùltima hora es que no son autenticos sino pura fachada, tal y como lo es Maduro, con la diferncia que Maduro tiene el poder real de decidir cosas en Venezuela y Guaidò es un "presidente" virtual sin poder alguno para las cosas importantes.

Imagen de Camilo J Marcos_Weston_FL

@Danys68: Yo creo que la oposicion tradicional a los gobiernos de Chavez y Maduro no esta jugando ningun papel en esta transicion. Si precisamente las cosas han tomado el nivel que tienen es precisamente por eso. Hay algo en lo que no coincidimos: el concepto de "anti-imperialismo", el odio a los Estados Unidos nunca fue un factor de aglutinacion de la izquierda venezolana. El venezolano no odia al americano. Miami es la Meca de los venezolanos, incluso de la izquierda. El gran problema en Venezuela fue la gran corrupcion de la democracia. Se perdieron los valores y despues se perdio la esperanza. Entonces vino Chavez y reventó al pais, con la "ayuda desinteresada" de Cuba socialista y de la narco-guerrilla. Ahora, volviendo a lo que esta ocurriendo en Venezuela: es obvio que Juan Guaidó salió de determinados y muy poderosos laboratorios de inteligencia de los paises occidentales, donde se elaboraron los planes de la transicion. Por qué tu crees que la ayuda humanitaria (que ya esta en las fronteras) va a entrar el 23 de Febrero, por qué tanto tiempo, porque ese es el tiempo necesario para lograr convencer a los militares venezolanos a, -por lo menos-, no reprimir a la gente y no oponerse a los cambios. Pero han necesitado mucho tiempo, porque la negociacion con la inteligencia cubana, que controla a esos militares, es muy dura. Al final, se logrará, pero con muchas concesiones por parte de Guaido, una de ellas, continuar parte de la colaboracion y suministro de petroleo a Cuba. Todo el mundo quedara mas o menos satisfecho, excepto Maduro y los suyos, la guerrilla colombiana, el narcotrafico internacional y en menor medida, Hezbollah.

Imagen de Balsero

Hay que poner todo en la balanza: 1.- nadie quiere saber nada con Maduro a nivel internacional, salvo un puñado de países cuyo interés es más bien comercial (China) o geopolítico (Rusia) 2.- el personaje en cuestión hace todo para que los de adentro y los de afuera, hablen (mal) de él 3.- hay hambre y falta de insumos médicos 4.- los militares están consustanciados con el régimen porque tienen sus negocios atados a la carestía generalizada y a la venta de droga 5.- el país está paralizado y la gente sueña con la ayuda humanitaria. Con un gobierno de transición que imponga elecciones libres, no se arregla el tema, pero empieza a haber esperanza porque lo que hicieron hasta ahora el dueto Chávez - Maduro es hambre, miseria y represión, todo "Made in Cuba". Sería grave que la Oposición no esté a la altura de las circunstancias porque la vuelta a un chavismo radicalizado puede estar a la vuelta de la esquina. 

Imagen de danny68

Buen articulo! Sin embargo, hay otros factores que explican la lentitud del proceso. En primer lugar, para la izquierda venezolana que es numerosa (pero que no es necesariamente chavista un 100%), el hecho de que Trump y su gobierno sea el que lidere la cruzada internacional contra Venezuela no es aceptable y por eso apoyaran a Maduro aunque no esten de acuerdo con èl. En segundo lugar, todavìa hay una parte importante de la poblaciòn que apoya al chavismo, el règimen cuenta con capacidad de movilizaciòn, y a medida que aumente la presiòn, tambièn se radicalizaràn estos apoyos hasta llegar a un nùcleo duro que defenderà como sea al chavismo. En tercer lugar, el reconocimiento de muchos paises a Guaidò es un gesto polìtico y simbòlico pero de escaso impacto para fines pràcticos pues la oposiciòn no tienen ningun poder de decisiòn sobre el terreno, esto ha llegado a situaciones absurdas como las de España, donde desconocen a Maduro pero no tienen màs remedio que reconocer todos los actos del gobierno venezolano hasta para las cuestiones màs elementales como expedir un pasaporte. En cuarto lugar, a maduro tambien le apoyan la segunda y tercera potencia mundiales, y por màs que se quiera hacer ver que ese apoyo se resquebraja lo cierto es que ni a Rusia ni a China les conviene un gobierno antichavista pues reciben muchos beneficios que no tendrian con Guaido o con el que sea, por eso le segruiran dando armas y dinero a maduro, comprando su petroleo y ayudandolo a evadir condenas en la ONU. Por ùltimo, la oposiciòn venezolana sigue fragmentada aun cuando haya una cabeza visible que es Guaidò, y esa division se va a ver con mas claridad conforme avance el tiempo. El tiempo no favorece a la oposicion, sino a Maduro, por eso muy pronto se veran obligados a lanzar una ofensiva màs fuerte, lo cual permitirà a Maduro encarcelarles y neutralizarles. En resumen, en mi opiniòn el cambio es irreversible pero no sera ni como lo quiere Guaido, ni como lo quiere Maduro. La partida està en tablas con Maduro que ni se va ni se cae, y con Guaido queriendo ser pero no pudiendo tomar ninguna decisiòn sobre la marcha del gobierno. 

Imagen de Ricardo E. Trelles

// La Asamblea Nacional tiene que ser, debía ser, el corazón de la democracia en un país // - - - - En Venezuela su Asamblea Nacional: - - - - - 1. Tiene que, tendría que haber, fortalecido y hacer valer su legítimidad y autoridad completamente. - - - - - 2. Haber sometido a la fuerza militar con esa autoridad. ¡Los militares que no se someten al gobierno legítimo civil son *destituídos de por vida y encausados*, DE VERDAD, PARA SIEMPRE, COMO EJEMPLO!

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