Lunes, 16 de Julio de 2018
Última actualización: 02:47 CEST
Narrativa

Adiós a Cuba

(FOTOLIA)

 

A las seis de la mañana, como cada día, una tenue luz dorada, se cuela entre las persianas. Me siento en la cama y contemplo, como siempre, el mar, a esa hora tranquilo y plateado. La brisa que me da en la cara trae olores del malecón, de la vegetación que rodea el Hotel Nacional y del timbiriche de frita que acaban de establecer, con disimulo, junto al aparcamiento del Ministerio del Azúcar, en la acera de en frente. La Habana se va despertando. Yo no he dormido en toda la noche. Era demasiado peligroso quedarme dormida esta mañana y también era imposible relajarme.

Me levanto, voy a la cocina desde la que puedo ver la parte trasera del Hotel Habana Libre, antes Hilton, a pocos metros de mi edificio. Con un polvo oloroso, que queda en la nevera —regalo de un amigo diseñador, que a veces comparte conmigo los obsequios de su amante, un militar de alto rango—, me preparo el café. Está amargo, pero me reconforta. Voy a ver a mi hija de cinco años, que está aún dormida, ajena a lo que nos espera. Parece una princesa, en su cama antigua de latón dorado, su carita oculta entre las sábanas de lino blanco. Estamos las dos solas, ya Dina y sus niñas han tenido que mudarse a un apartamento muy pequeño que les adjudicó el Gobierno.

La dejo dormir, me ducho y preparo la maleta. No puedo empacar nada más que lo indispensable para sobrevivir un par de días, so pena de despertar la ira de los revisores de la aduana cubana. Recorro con la vista mi dormitorio, donde jamás volveré a dormir, el cabecero y la mecedora art nouveau vienés, la lamparita emplomada sobre la mesita de noche atestada de libros, y grueso jarrón Gallet, en una esquina.

Me detengo en el mueble donde están alineados varios álbumes que guardan las fotos de mi niñez, de mi familia, de mi adolescencia, del colegio y de la universidad. También veo tres tomos de un diario que escribió mi madre, desde el día en que nací hasta los tres años, con anécdotas muy graciosas y figuritas de papel recortadas de revistas y pegadas a modo de ingenuas ilustraciones. No puedo llevarme nada de eso. Para salir al exilio he de abandonar todo testimonio de mi vida hasta el día de hoy.

Pienso que quien le adjudiquen este piso no mostrará ningún interés por todo esto y lo tirará a la basura, a no ser que antes sea requisado por la Seguridad del Estado como material condenatorio. Puede, de ser así, que aún figure en el grueso expediente que sueño con consultar cuando esta pesadilla termine. Reviso la ropa: dos mudas para mí y otras tantas para mi niña. Los cinco dólares que me permiten sacar. Nada más, ni comida, ni joyas, ni libros, nada más.

Visto a Claudia y me visto yo lo mejor que se me ocurre, evitando cualquier detalle que pueda parecer ostentoso.
Ha llegado la hora. Agarro a mi niña de la mano y le digo que nos vamos a ver a los abuelos. Abro la puerta. Antes de salir, vuelvo a recorrer con la vista el hogar que abandono: la librería con ejemplares difíciles de obtener en Cuba, los discos con viejas canciones cubanas, muchos con canciones napolitanas antiguas y mucha, mucha música clásica, el piano donde toqué tantas tardes compartidas con Pablito Milanés y su amigo el guitarrista Rojas, y con mi querido amigo y compañero de desventuras, Carlos Verdecia. Mis muebles de dulce estilo colonial cubano, y sobre la mesa del comedor la hermosa lámpara emplomada con relieves de grandes frutas. Todo eso queda atrás para siempre. Me preguntaba quién tendrá la fortuna de disfrutarlo sin haberlo amado. Tiempo después me dijeron que le asignaron el apartamento a una hija de Salvador Allende y que ella terminó suicidándose.

Bajamos a la calle desde el piso 23 en uno de los dos ascensores Otis, el que aún funcionaba;abajo nos esperan mi exmarido y su novia, para llevarnos al aeropuerto en el coche que nos perteneció y que él aún conserva. En el trayecto, entre silencio y silencio, alguna observación festiva de la chica intenta inútilmente desdramatizar la situación.

Por fin llegamos al aeropuerto de Rancho Boyeros. Hasta entonces no había sentido ni la taquicardia ni el nudo en la garganta que se apoderaron de mí al bajar del coche. Había recuerdos antiguos y menos antiguos ligados a él. Los antiguos, amables, los recientes, tristes.

Durante mi infancia solíamos pasar fines de semana en Miami, aquella ciudad pequeña, casi un pueblo, en cuyos hoteles art decó, a orillas de la playa solíamos alojarnos. Eran establecimientos modestos pintados en colores pastel, principalmente ocupados por jubilados judíos procedentes del norte del país. Era tranquilo Miami. Lo que más me gustaba era el drugstore Wallgreen’s, en cuya cafetería saboreaba los más exquisitos sundaes de chocolate coronados con fascinante crema de marshmellows.

El vuelo, en aviones de hélice de la compañía Aerovías Q, tardaba 45 minutos en recorrer la distancia entre La Habana y Miami.

Mucho más tarde, el acontecimiento más triste fue la partida de mi madre y de mi hermano. Ella tendría unos 50 años y mi hermano 11. Ocurrió en 1962, cuando aún era relativamente fácil abandonar la Isla. Se exiliaron solos. Mi madre, por temor a que su hijo le fuera confiscado al igual que nuestras propiedades, dejó solo a mi padrastro, que se quedó en La Habana en espera de una posible intervención del Gobierno de Estados Unidos. Muchos estaban seguros que, al igual que liberaron a Europa del nazismo, con más razón liberarían a Cuba del castrismo. Esto nunca sucedió.

Pasados cinco años, extinguida su esperanza, sin un peso y con una severa depresión, lo dio todo por perdido y dejó Cuba para unirse a su familia.

El recuerdo del día en que se fueron mi hermano y mi madre está impreso en mi conciencia como un sello candente. Al duelo de la separación se unía un sentimiento insoportable: era mía en gran parte la responsabilidad de aquella tragedia. Era yo misma quien les infligía tanto dolor y quien los impulsaba hacia un destino incierto.

Hoy, 18 de febrero de 1968, somos nosotras las protagonistas de la misma escena.

Nada más llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros, nos encerraron en un recinto acristalado bautizado con el nombre de La Pecera por personas de algún modo relacionadas con el exilio de familiares o amigos. Pasamos la revisión de los aduaneros sin problemas. No en balde íbamos desprovistas de todo lo que acostumbra a llevarse en un viaje. Carecíamos hasta de abrigos, a pesar de que en Europa febrero es muy frío.

La espera fue larga, pero por fin nos hicieron subir al avión que se trataba, por mi culpa, de una destartalada nave de Cubana de Aviación.

La funcionaria de Seguridad que me comunicó por teléfono la salida, había dejado a mi elección el viajar en Cubana de Aviación o en Iberia. Yo, claro, en un último gesto "magnánimo", quizás con el fin de borrar cualquier traza remanente de culpa, elegí Cubana.

Mientras aguardamos en La Pecera, nos acompaña una extraña delegación formada por una treintena de hombrecillos uniformados en traje marrón y sombrero de paño del mismo color, a juego con su piel. Decían, a pesar de su baja estatura y su constitución enclenque, formar un equipo baloncesto en viaje oficial.

Ya en el avión, nos sentamos cerca de la salida. Los asientos vibran tanto que me producen un fuerte hormigueo en la espalda. Me arrepiento de mi decisión. Para mayor infortunio, detrás de nosotras se han sentado dos de los curiosos baloncestistas. Mi hija se ha arrodillado y apoyada al respaldo de su asiento, entabla con ellos una animada conversación que me hace temblar de miedo. Ellos aprovechan para someterla a un interrogatorio en el que se nota su práctica y su desparpajo. Entre las muchas preguntas repiten la de que si su mamá piensa quedarse en España o va a regresar a Cuba. La niña responde con incoherencia infantil, gracias a Dios. Le pido que no moleste más a los compañeros y la obligo a sentarse correctamente. Mi taquicardia no cesa. Puede que al llegar a Gander nos devuelvan a Cuba, por decisión de alguno de estos supuestos deportistas.

El avión aterriza en Gander y se queda en medio de la pista. Salimos a la noche fría y estrellada. Nunca hasta entonces había visto un cielo tan oscuro y unas estrellas tan brillantes, como de hielo. Recorremos, tiritando, los 100 metros que nos separan del edificio. La temperatura es de dos grados bajo cero.

De cena nos han servido rosbif con puré de patatas y guisantes hervidos. Nos ha parecido todo delicioso, desacostumbradas como ya estamos a la carne y a las verduras.

Volvemos a una sala de espera. Tengo a la niña abrazada, muerta de sueño y yo, esperando que de un momento a otro aparezca el policía que nos haga regresar. Por el contrario, de los altavoces nos anuncian la salida de nuestro vuelo con destino a Madrid.

Todo parece anunciar un final feliz.

 


Irma Alfonso nació en La Habana. Arquitecta, este fragmento pertenece a unas memorias en preparación.