Martes, 26 de Septiembre de 2017
23:07 CEST.
Poesía

Anfiteatro al vacío

 

Está el balcón y salimos al invierno.

Adentro de jarras,

que llevamos con nosotros,

cintilan,

un rumor metálico

de cucharillas,

los sedimentos del café,

haciéndose eco, si se quiere,

de algún temblor imperceptible o,

todavía más,

acatando un ritmo

pausado

de lejanas detonaciones cual

si de una plaza en sitio

se tratara.

Así, los edificios emergen,

cetáceos descascarados

sobre la marea

laminada de polvo,

su espinazo

a la lluvia volcánica.

Muestran

por un momento solo

a la intemperie de luz

su piel

llena de tajos

como mordida por seres de otro mundo

donde, más allá de ladrillos,

zonas de arena cimentada y

soportes de hierro

la misteriosa

consistencia de pulpa

se adivina.

 

Sabemos,

casi con seguridad,

que en esta,

la estación más escasa,

se hace el momento de las figuraciones.

Al centro de la composición,

la estructura,

cercada por grandes placas de metal,

del mercado que,

con apariencia de gueto

o templo abandonado,

semiderruido

retiene un aire de

grandeza perdida, y

sobrexpone hacia sí,

luz autoimpuesta desde bombillas,

que persisten

aún un tiempo más

en la mañana,

el descolorido fresco en que, casi sin forzarnos,

alcanzamos a ver

se dibuja

la silueta del, así llamado,

cuerno de la abundancia

de donde brotan,

con un rigor hierático,

cerezas,

ramos generosos de uvas,

manzanas y, precisamente,

otras de las frutas

que en este tiempo,

y en retirada de las líneas de los trópicos,

sin temor a pecar de inexactos,

podríamos nombrar

de la estación.

 

Contrasta en esta,

por así decir,

Pompeya rehabitada,

la frugalidad excesiva de los hombres

que parecen

con parsimonia

haber restituido sus abrigos,

vueltos a usar cada año

en el tiempo de frío,

de latas de conserva, y beben

de un borde de la caja, ya antes

con los dientes abierto,

un elixir de ron claro y espeso,

con la, como ya veíamos,

destellante nitidez que alcanza

la figura que,

arquetipo de la bienaventuranza,

corona, para estos hombres,

como un faro adverso

el friso del mercado.

 

Junto a la esquina

de los Cuatro Caminos,

donde los practicantes

embalan

en papel de cartuchos

sus promesas,

que dejan

como prendas olvidadas

a la vera

de cada intersección,

nosotros,

forasteros de todo

en este sitio,

aferramos

nuestra infusión elaborada,

que sorbemos, parece ser,

conforme

a las modulaciones de

cada humor respectivo,

pretendemos exprimir adentro

la vid cargada

de nuestro vínculo,

no vaya a ser que

como presienten estas gentes,

criaturas nerviosas,

vísperas de tormenta,

algo parecido a

la marejada prometida

que todo arrasará,

nuestros cuerpos

que se piensan intrínsecos,

y también los cuerpos

sin distinción

de todo inquilino,

en las cercanías, e incluso más allá,

de los Cuatro Caminos,

con un golpe extremo de mugre,

termine por borrar.

 


Ibrahim Hernández Oramas nació en Matanzas, en 1988. Fue editor, de 2010 a 2012, de la revista universitaria habanera Upsalón.  Es autor de una tesis sobre la obra de Roberto Friol, Casa no sitiada por la luz, que aparecerá próximamente en el sello cubano con asiento en México Rialta Ediciones, del cual es fundador y miembro del equipo editorial.

Otros poemas suyos: Anotación entre dos pueblos, Comentarios al paseo marítimo, Polaroid y Río San Juan: visión nocturna.

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