Viernes, 18 de Agosto de 2017
23:45 CEST.
Narrativa

Sabbat Gigante, Libro Cuarto: 1994

200

 

Veo todo aquello dispuesto en círculos, ondas de acontecimientos, algo cobra forma, un punto en la geometría inservible. Reacciones, tensiones, patrones inútiles, décadas más tarde. Casi sin darme cuenta, abarqué la ciudad, tomé territorios, gané batallas, espacios mínimos, abriéndome paso en su jungla. En lo alto de la torre donde limpiaba oficinas, en el laberinto de despachos, durante uno de los encuentros fortuitos en los elevadores de servicio, encontré una noche a Clarita, la hija de la dueña, Cary, una cubana flaca, de pelo corto pintado de plateado, o de rubio pajizo, facciones feas, alta, asmática, fumaba cigarrillos negros, una risa sarcástica, tenía unos padres españoles alojados en alguna parte de Flagra, exiliados, retirados en los complejos de apartamenticos de esa calle imperdonable, hundida en la desgracia de los desterrados. Cary era una mujer de cejas pobladas, labios mojados, gran firmeza, otra desengañada, su risa sardónica anunciaba que estaba de vuelta de casi todo, y que lo otro se lo imaginaba, por lo cual el trabajo no podía ser para ella una cuestión de cumplimiento, sino una pesada prioridad, digamos, que había que cumplir, honrar las exigencias de nuestro oficio, terminar a tiempo y, sobre todo, largarnos lo antes posible. No se toleraba la vagancia. Yo era su empleado y, mientras tanto, tenía una mujer y un hijo, una familia, algo que a Cary no parecía importarle demasiado, estábamos aquí para morirnos, la experiencia vital era muy fluida, no hay que andarse con ridiculeces, me dijo. Dos veces coincidimos en el bufete de los abogados, dejábamos los carros de limpieza y nos despatarrábamos en los asientos de cuero de la recepción a beber whiskey del minibar y a fumar cigarrillos de las petacas colocadas encimas de las lujosas mesas de cristal y acero. Así me enteré de ciertos detalles de su vida. El marido había huido a Las Vegas, ella quedó con dos hijas, de quince y dieciocho. Vivía sola en una casa alquilada del SW, donde fundó la compañía Squeaky Clan, que no daba dinero, pero sí diversión, se hacía necesario complementar los ingresos con trabajitos por fuera. La noche que tropecé con Clarita, o Claire, a la salida del elevador, me disponía a meter el carro con los cachivaches de limpieza en el depósito y retirarme, volver a casa, donde me esperaba una cena de medianoche, el breve intervalo de esparcimiento frente al televisor, el hijo sobre las piernas y el sueño entrecortado. Claire era esbelta y blanca como un fantasma, los ojos negros y las cejas oscuras, noté que tal vez era medio tonta. Nos fuimos a la oficina de Avianca, y al abrir la puerta nos encontramos al oficial de la barba rubia, desnudo, yaciente en el sofá de cuero repujado, con una prostituta gorda que merodeaba One Tower sobre sus piernas. Dimos media vuelta, tomamos el ascensor y subimos hasta un piso vacante. No había muebles, sino una llanura de alfombra industrial, de pared a pared, grandes ventanales que daban al sur, podíamos ver las luces de la ciudad, las carreteras brillosas que se perdían en el delgado horizonte, el resplandor de la bajeza en los nimbos. Allí nos tumbamos. Su blusa sin mangas era de crochet y dejaba al descubierto los hombros blancos, como frutas de otro planeta, hombros menudos, que cupieron completos en mis manos y en mi boca. Sus ojos ardían como carbones en una oficina en penumbras. Hicimos el amor de pie, en la ventana, con las manos apoyadas en el cristal, sobre el vacío, con Miami debajo, el río aparecía y desaparecía, como una serpiente que se deslizara entre mercaderías. Los semáforos parpadeaban y los ojos de Claire se cerraban, los árboles temblaban, resistían el silencio y los embates del viento. Encendimos un cigarro fuerte, fumamos acurrucados contra el dintel, Clara en mis brazos. Apagamos el cabo en el fregadero, nos echamos en el piso y nos quedamos dormidos. Despertamos cuatro horas más tarde, cuando ya todos se habían marchado. Era las tres y cuarto de la mañana. Cary y el ingeniero gritaban nuestros soñolientos nombres por la rendija del correo en la alejada puerta del cubículo. Claire tenía las llaves del piso 30 en el bolsillo, las dos copias. Nos vestimos a la carrera. Cary no dijo nada, no nos riñó, agarró a la hija por un brazo, le dio un tirón y se volvió hacia mí: Ven conmigo, no vas a regresar a tu casa a esta hora. El ingeniero del One Tower trató de darme una bofetada, pero Cary lo aguantó. Abajo nos quedamos conversando, intentando explicarnos. La cuestión es que aparecimos sanos y salvos, y ya podíamos regresar a casa, yo con ellos, nos esperaban los gatos de Clara, que yo debía conocer, me prestaría una blusa de ella que no fuera demasiado femenina, para que pudiera ir al trabajo mañana. Había que dormir apurado, el día tiene solo veinticuatro horas, y ustedes, dijo, han quemado unas cuantas. Descansen. Llegamos. La ciudad de Miami es un laberinto de terraplenes sin salida, debe haber un minotauro en alguna parte, pero no hay entramado ostensible, ni un hilo conductor, se trata de un archipiélago de repartos cortados por canales y fosos, la casa era un chalet gris con una entrada cochera en semicírculo, el llamado driveway. Al centro, como era natural, un cantero de Bismarckia nobilis, palma enana de hojas plateadas, setos de crotos debajo de las ventanas, pasillo lateral, y el ubicuo aparato de aire acondicionado. Las tejas renegridas por constantes chubascos, parches de liquen en los aleros. Por lo demás, la yerba que crece explosivamente en los intersticios de los adoquines, y que hay que podar antes que se lo trague todo. Estacionamos en la curva. Cary abrió la puerta del frente y me pidió que entrara las botellas de químicos que traía en el maletero. Así lo hice. Me dijo que mejor entrara por el garaje, la puerta automática se abrió, giró sobre sus goznes y se deslizó por los raíles instalados en el techo, donde había un motor. Dentro, un Lincoln Continental verde de un modelo anticuado, una tendedera de la que pendían guantes de goma y trapos cogidos con horquillas. Empujé la puerta que daba a la cocina, mientras el portón bajaba. Una luz se encendió en el interior, y al mismo tiempo sentí olor a orina de gato. Los animales maullaban, salieron al garaje, se restregaban contra mis piernas, demandando atención y un poco de cariño. En la cocina tropecé con una escudilla repleta de heces. La arenisca rodó por el piso. Cary fue hasta el refrigerador y lo abrió. De las entrañas del aparato brotó una luz sucia que acarreaba un vaho de carne rancia. Sacó un par de cervezas y me ofreció una, destapamos las botellas en el abridor adosado al marco de una puerta. A la luz de la nevera vi gatos barcinos y gatos siameses y gatos negros y gatos amarillos echados encima de guías telefónicas. Cary sacó del refrigerador dos jarras cubiertas de escarcha. Claire encendió otro cigarro, se sirvió Coca-Cola en un ánfora plástica. Levantamos los jarros. Bienvenido al manicomio, dijo la matrona.

 

201

 

Poco antes de concluir la velada, Adán Rueda de Morloc se refirió a un evento ocurrido hacía años, durante su convalecencia de alguna operación, de amígdalas creo, no recuerdo exactamente, pero el caso fue que, una tarde, en la habitación del hospital, se había mareado. Buscando estabilizarse, se calzó la cabeza con la almohada y fijó la vista en el techo. Estaba en la planta baja, y detrás de las ventanas desnudas había una mata de Archontophoenix purpurea, la llamada palma del Monte Lewis, pues esto sucedió en New Jersey, o en Albany, durante la temporada que pasó en uno de los dos lugares, en camino a otros, no recordaba tampoco por qué. Era invierno, las hojas de la palmera se doblaban bajo el peso de la nieve. Pensó que debía llamar a alguien, pedirle que cubriera la palma con una sábana o un nailon para protegerla de la helada. Sin embargo, no pudo moverse, ni alcanzar el teléfono, que estaba en la mesilla. Se quedó mirando el reflejo de la palma en el cristal, la sombra que caía en el techo, una silueta entrecortada. Entonces, sintió una punzada en el estómago, y vio cómo un rayo salía de su ombligo, un rayo catódico, dijo, que llegaba al techo. Por ese relámpago ascendió, elevado o levantado en peso, jalado por la fuerza sobrenatural, por los mondongos, no había otra manera de describirlo, hacia el estuco y el plafón de yeso. Allí flotó, urgido de gritar, pero experimentando una paz tan intensa que desistió de hacerlo y se abandonó a la experiencia, a todas luces extraordinaria, y que hoy consideraba una instancia de viaje-fuera-del-cuerpo, según lo llaman los científicos, y supo que estaba bien despierto, es más, supo que en lo adelante iba a levitar cuantas veces se le antojara, que era un don, tenía la capacidad de teletransportarse. Lo había intentado otras veces, con variables resultados. Por mi parte, creí todo lo que dijo.

Le pedí a Teo que contara lo ocurrido una vez en La Habana, a principios de los 70, en la época en que andábamos juntos día y noche. Ocurrió en un solar arrimado al edificio Centro, en la calle Bernaza; esa mañana llegué a recogerlo, en camino a la Academia, tal vez fuera 4 de diciembre, o el 8 de septiembre, fiestas de santos de la cultura habanera. El solar era un palacio antiguo convertido en cuartería, nadie sabía cómo ni cuándo, lo cierto es que allí convivían familias pobres hacinadas, de africanos, chinos y españoles, tal vez hasta de judíos y árabes, y que la proximidad y el apiñamiento lograron que unos adoptaran las costumbres de los otros, que se intercambiaban creencias y otras cuestiones. Me dirigí al portón de madera del solar, remachado con clavos antiguos, asomé la cabeza al patio, atraído por una música de timbales que salía del fondo. Una procesión emergía de los arcos del cobertizo, se dirigía a la calle, mulatas jóvenes contorsionándose, encabezada por tamboreros, detrás venía un grupo de hombres y mujeres con trajes blancos y pañuelos de cabeza, todo estaba envuelto en humo de carbón y volutas de incienso. La música era ensordecedora, los tambores retumbaban en el cobertizo, desde los balcones y las terrazas la gente voceaba, los bailadores traían ramilletes de plumas amarrados con cintas de colores, las mujeres llevaban collares de cuentas en los tobillos, todo era, a un tiempo, sagrado y sacrílego, peste a podrido y olor a lúpulo y a grajo, el hedor de una ciudad que empezaba a hacérseme intolerable, los rumberos, los hierofantes y las pitonisas convergían en el baldaquino, como salidos de las cloacas. Teo bajó de su apartamento y se asomó a ver lo que pasaba, se escurrió entre los curiosos, entre los creyentes, había maltrechas sillas de tijera dispuestas en semicírculo, el sol de la mañana caía en los despintados aleros, una claridad fría, encajonada. La música de tumbadoras y la canción que salía de las gargantas de los babalaos, una invocación a la gran Madre, no supe si se trataba de Yemayá, que domina la bahía, o la diosa de las aguas abismales, cuya negrura había visto el día en que me aventuré más allá de las pocetas, lanzándome desde los arrecifes, hacia el fondo frío y azul, el color de la santa. Miré a lo hondo de unos ojos viejos: lo superficial existía para servirle de espectáculo. Temblé de terror, pero no pude hacer otra cosa que seguir nadando, nadar por encima de la negrura, braceé sin fuerzas y comprendí que no tenía voluntad, rodeado de nadadores que avanzaban rápido, mientras que mis débiles extremidades se resistían a continuar, había llegado el momento de la verdad, las olas me golpeaban, asaltándome a intervalos regulares, tenía que remontarlas, escupirlas, luchar contra ellas, resistir su avance y seguir adelante. Se me ocurrió boyar, darle a los pies y las manos, bocarriba en el agua, pero el sol me dio en la cara como un reflector y perdí el sentido de orientación; cuando logré voltearme y continuar braceando no sabía dónde estaba, ni de qué lado quedaba la boya. Hacía un par de años, en invierno, que es la temporada de los nortes, unos chiquillos se lanzaron al mar, y uno se había ahogado, su cuerpo apareció en los arrecifes por la tarde, el cuerpo era del color de las piedras. Me dejé arrastrar por las olas, el océano furioso me levantó en peso y me dejó caer, una y otra vez, ya no estaba encima, sino debajo de la superficie, tragué agua salada, manoteé frenéticamente, vi a los muchachos alejarse y pedí auxilio, grité auxilio, socorro, palabras extrañas que siempre nos parecerán ajenas, incluso a aquellos que las han pronunciado, pero no me oyeron, no se volvieron, sino que continuaron nadando hacia la boya. Mi auxilio llegó por la retaguardia, mi salvavidas, el me cuidaba las espaldas, el muchacho rubio que dormía desmadejado en una cama blanca de mi mismo cuarto, mi compañero, mi pariente lejano, me agarró del pecho, me levantó en peso y me empujó hacia a delante, de manera que logré ganar distancia, a empujones toqué la boya, los muchachos cayeron en cuenta de lo sucedido y pescaron un pedazo de madera al garete para que me ayudara en la travesía de regreso. La santa era dueña y protectora de los desamparados, de los naufragados en las aguas que nos cercan, ella se compadece de nosotros, ella nos entrega a su hermana, su doble, que juega en la superficie. De esas cosas hablaban los cantos, en un idioma que Teo entendía, y repetía detrás de mí; encendió un cigarro, porque ya fumaba, y fue a sentarse con los bongoseros en una caja, junto a las viejas del solar. Allí sucedió el portento. Después me dijo que se había sentido mal, que le dio una sirimba, no sabía si por culpa del primer cigarro de la mañana o si era el calor, el olor, la excitación, pero sintió que se le salía el alma del cuerpo, enseguida se dio cuenta de lo que le pasaba y dijo, oh, no, a mí no, pero ya era demasiado tarde, cayó en convulsiones, lo vi desde lejos revolcarse en el piso de la cuartería, la música siguió, ahora solo para él, incluso arreció, hasta alcanzar un clímax, las viejas recibieron a la santa, le echaron fresco, la ayudaron a aparecer entre nosotros. Cuando Teo volvió en sí, fue conducido a un taburete, de vuelta del otro mundo, encabronado, estaba furioso de que los santos le hubieran hecho esto. Pero le pasó, no cabía duda, los llevaba en la sangre.

La señora O’Flatter escuchaba la conversación con sumo interés, los ojos entornados casi desaparecían en las ranuras, una sonrisa módica, de labios para afuera, estas historias producían en ella algo parecido a la voluptuosidad. En un brazo chocaban, produciendo tintineos, unas esclavas de oro, en la otra muñeca traía un reloj Cartier, en las orejas, dormilonas, la voluta de sus cabellos las rodeaba, sus piernas cruzadas, torneadas, comenzaban a engordar a la altura de las rodillas, el talle ligeramente abultado, debajo de un cinturón de charol rojo, y aún debajo de sus nalgas asomaban unas zapatillas de piel, tenía las piernas recogidas, era robusta y pálida, de facciones angulares, y se advertía, sin necesidad de explicaciones, que había luchado para llegar aquí, que poseía la fortaleza necesaria para estos menesteres, la vida no había sido espléndida con ella, todo lo contrario, y estaba a la vista, especialmente esa noche. O’Flatter escuchaba con atención, los ojos cerrados, para saborear las frases, cada gesto del drama que se desplegaba delante de ella. Precisamente, en su bolso traía un mazo de barajas españolas, nos sorprendió saber que se dedicaba a la nigromancia, quizás no a Teo que estaba habituado a las sorpresas de estas mujeres capaces fumar un mocho de tabaco y predecir el futuro. Recogieron la mesilla africana, Adán llevó los platillos con restos de comida a la cocina, lo limpió todo, pasó un paño seco sobre la mesa, sirvió vino, vino a sentarse, O’Flatter barajaba las cartas, que yacían ahora sobre la mesa, los lomos arqueados, como animales plegados por el centro a causa del prolongado uso, de innumerables tiradas en solitario, en busca de los secretos de la existencia, el color de los bastos, las espadas, las copas, las descascaradas imágenes de oro. La señora O’Flatter armó una configuración antigua; yo había visto tirar las cartas a una mulata obesa, que vivía en los bajos del edificio de mis tíos en el barrio Colón, ese arrabal donde fui apenas otro desconocido, otro personaje llegado de la provincia, en tierras de paso, me sentía un extraño en La Habana, huraño y receloso, por aquella época pensé que iba en camino de encontrar mi lugar, a los quince años fantaseaba con la idea de cruzar el mar, pero la cartomántica me aconsejó quedarme, estarme quieto, que el tiempo vendría, pero no antes de una época de tribulación, que había nacido para el dolor, y también para el placer, que nada me sería fácil, pero que al final vería el futuro, ella no había visto nada igual en todos los años que llevaba consultando. La señora O’Flatter recogió la baraja y volvió a tirarla, era lo mismo que ella veía, detectó en mí la protección de un jefe, un gran jefe indio, estaba ahora detrás de mí; en Teo, vio a un esclavo joven que había muerto ahogado; Adán era un príncipe ruso, o un stárets, maestro en privaciones; O’Flatter auguraba un momento común, pero extremadamente difícil, un momento de aprendizaje en que nuestras vidas, de los tres, empalmaban en alguna encrucijada. Al profesor Rodríguez le vaticinó la adquisición de una segunda propiedad, una propiedad vertical, dijo, tal vez un condo, un lugar de retiro en Kendall, a lo que Rodríguez, que había permanecido callado, respondió que sí, que efectivamente, acababa de comprarse una piso en Coconut Grove, y aunque no estaba totalmente convencido de los poderes predictivos de la baraja, tenía que admitir que era cierto. Adán nos despidió a las puertas, aunque afuera me agarró un brazo y me dijo al oído que me quedara. Bajé los escalones de entrada y alcancé a Teo, rodeé la alberca, cuyas aguas tranquilas parecían azogue. Le pedí que se fuera, me quedaría allí esa noche. Teo ya lo sabía. No importa, dijo, diviértete, estoy cerca, puedo caminar, pero ten cuidado con ese idiota, ese señor don Pomposo. Le contesté que no se preocupara, que nos veríamos mañana, y nos separamos.

Regresé a la casa, Adán me esperaba en la sala, echado en el sofá. Se levantó, fue hasta un gabinete, que era una caja de herramientas roja, con ruedas de goma, sacó un cofrecito y regresó al asiento, dejó que las pantuflas cayeran al piso, en lo que después supe era una alfombra afgana, y me presentó una pipa de cristal y una antorcha de propano. Le dio candela a una mota de un tono pardo, con hojuelas de color verdigris, y un pistilo rojo que ceñía la flor, dándole la apariencia incandescente de una salamandra. La mota crepitó al entrar en contacto con las llamas, se retorció y despidió un olor acre, sucio, el espíritu de la tierra, que me inundó los pulmones y se escurrió por todo mi cuerpo. Le pasé la pipa a Adán, que también fumo, se llenó el pecho, aguantó el humo como si estuviera ahogándose, apretando los labios. Tomamos cuatro cachadas, y al final de la última creí entender la configuración secreta de la casa. Comencé a hablar, quería explicar todo lo que veía, caminé por la sala señalando esto y lo otro, dando vueltas, asomándome a los cristales, afuera había empezado a lloviznar. Estaba seguro que a la mañana siguiente no recordaría nada, sin embargo, las cosas se abrían, entregaban sus secretos, el tiempo se deslizaba, visible, la música de Laurie Anderson caía suavemente, como nieve menuda, desde los altoparlantes. Adán fue a cambiar el disco y le dije no, déjalo, quién es esa: Laurie Anderson, dijo, y le pedí que volviera a ponerla, la voz mecánica de una azafata recitaba unos versos que no podía entender, solo frases sueltas, pues todavía el inglés no era mi idioma, aún no, en esas noches lejanas de Coconut Grove, aunque entendía lo suficiente como para saber que un avión iba cayendo, la canción era sobre la caída de América, donde yo también había caído. Me sentía descender ahora, no sin temor, aterrorizado de mi propia velocidad, pero libre, libre de culpas, la canción se volvió un himno a la alegría, Laurie Anderson parecía saberlo todo, entenderlo todo y abarcarlo todo. Mi nuevo nuevo amigo me tomó de las manos y bailamos las canciones de The Name of This Band is Talking Heads, fumamos y nos pasamos la pipa, con la antorcha en una mano y la copa de champán en la otra, salimos al patio, danzamos alrededor de la alberca, Adán se sabía las letras, las cantaba con cara seria, la boca llena de humo, dando vueltas y vueltas, los pantalones bombachos, los más grandes del mundo, y la camisa de mangas arrolladas, como la blusa de un labriego, o la camisa de Jean Genet, su cabeza extraordinaria, de cabellos cortados al rape, los enormes ojos de venado, que parecían mirar el trasfondo de las cosas, me llevó de la mano hasta el patio, a través de un pinar mojado que se extendía sobre varios acres de terreno, allá había una pequeña cabaña, que era la extensión de la casa, otra estructura geométrica, con paredes de vidrio, sacó las llaves y abrió la puerta, me dijo que era su estudio. Penetramos en la cabaña. Por alguna razón, la música salía por las bocinas allí también, los muebles eran rústicos, una mesa de madera burda, un escaparate de instrumentos quirúrgicos lleno de libros, una silla Barcelona dorada, entramos a la cápsula, sin saber que sería un viaje sin regreso, y no nos movíamos. Caíamos.


Néstor Díaz de Villegas nació en Cumanayagua, en 1956. Ha recogido toda su poesía en  Buscar la lengua. Poesía reunida 1975-2015 (Bokeh, Leiden, 2015). Estos fragmentos pertenecen a su libro Sabbat Gigante. Libro Cuarto: 1994, de próximo publicación por la editorial Bokeh, que ya ha publicado Sabbat Gigante. Libro Primero: Hojas de Rábano.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.