Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Narrativa

Los dos más raros

 

Aquí estamos, relatando nuestro encuentro con los seres más locos que hemos conocido. Somos patéticos. Yo, que les voy a contar dos resúmenes de vidas, tengo conciencia de lo lastimera de la situación... bueno, los tipos más raros que he conocido y que hoy tengo ganas de contarles son dos:

1) un día, buscando una aguja para echarle aire al balón de fútbol, iba con Gerardo a casa del Zurdo, a ver si ese cabroncito tenía la que le habíamos prestado la última tarde que jugamos, y cuando pasamos por delante de la funeraria Gerardo, rata vieja, percibió en nada que había panes con pasta, parece que habían llegado hacía muy poco tiempo porque casi sin cola aquello no tenía otra explicación, todo aquel trámite que la coyuntura nos imponía hasta la obtención de los panes lo pasamos celebrando nuestra suerte y el seguro atracón que nos meteríamos, los incómodos asientos fijos, la extrema decadencia de aquella cafetería con prioridad para los dolientes, churre, camarera con cara de pedir que la escupan y la caguen noche sí-noche no, los otros luchadores de panes, fieros freaks, mientras dejábamos caer los panes en el buche, alguien por detrás de mí me pidió algo de dinero o uno de mi media docena de panes, era un negro con pocos dientes, un evidente trastornado, la ropa ya era un simple tatuaje, no había distinción entre la piel costrosa y las empercudidas telas, nos habíamos gastado todo lo que teníamos, le di un pan y Gerardo otro, rió un segundo, hizo una reverencia y aseguró que ese refrigerio le iba a ser suficiente hasta que consiguiera encontrar a su dama, llevaba tanto tiempo buscándola, ella cree que estoy muerto, por eso no ha dejado rastro y yo voy dando tumbos hasta que recorra todos los caminos y el único que me quede sea el que conduce a mi dama, nos dijo muy poco de su dama, pero eligió tan bien lo que nos dijo que, desde entonces, sin tanta fe, al menos yo (no sé Gerardo) busco por caminos húmedos, más bien por rincones orinados, a esa dama tan desmayadamente real, se llama Judit Sarah y es pelirroja, nos contó, y yo la vi como si de un pensamiento propio se tratase, como si fuera mi mujer, vi que ella era huidiza, que no estaría nunca demasiado tiempo, y que solo era posible en las condiciones, en las murumacas de una tarde fija, en la casona donde nací, leyendo, cantando tibias canciones sobre santos o huidas, llegué mucho más lejos de lo que ahora puedo relatarles, el migajón del pan, una rendija, la desazón de Blanche Dubois, la temperatura de esta cerveza que hoy bebemos, todo el mundo era el efecto de Judit Sarah, y aquel loco solo dijo: se llama Judit Sarah y es pelirroja.

y 2) conocí en Chamberí a Moya, un tipo que por aquel entonces tenía un almacén, él y mi padre se conocían muy poco, pero sí les unía la amistad de Fondón, un empresario venido a más o menos, yo trabajé cargando cajas y montando y desmontando estanterías en aquel almacén, no había demasiado movimiento, una mañana, entre Rafa, el otro chico para todo, y yo realmente currábamos una hora y poco más, dos descargas de camión y una estantería que hay que despejar, ya, el resto del tiempo hablábamos de bares, de fútbol, y con poca precisión del tema mujeres, coño cerca! era un lema o susurro o estribillo que Rafa solía repetir olisqueando el aire alrededor, Moya desplazaba su panza cervecera hasta nuestro sitio en momentos de risas o de silencios, venía con su cara de ser bruto, pasos lentos, ridículos, desde la oficina, no se integraba a las risas, nos miraba sin vernos y se iba a ordenar cualquier asunto, una caja que abría, una bolsa con probetas plásticas, se quejaba del polvo que había allí, hasta que... tropezaba con algún objeto que le entusiasmara, desde los más sencillos a los que solo mirar nos preocupa (y si se activan luego cómo carajo paro eso), Moya cogía cada parte, miraba, pensaba, armaba y desarmaba, lo excepcional del asunto era que les hablaba, elegía una termoselladora para contarle su vida, esencialmente el relato consistía en un recuerdo, Moya le contaba a aquello cuándo lo había visto y utilizado por primera vez: fue en el 83, en aquel polígono de Villalba, cuando eso yo estaba casado con Lucía, menuda hembra, también tenía mis líos allí en Villalba, estaba trabajando Clemente con nosotros, buen tipo, borracho pero buen tipo, eso le mató, la bebida, a la hora de la merienda, con nuestros bocatas, así, un cigarrito y a currar, Merche, la secretaria, el único que se la tiró fue Horacio... Moya contaba un fragmento de su vida, escribía sus memorias, le decía a una caja de tornillos la verdad de su puta vida, nosotros, Rafa y yo, no interrumpíamos la parrafada, él no nos iba a mirar más que al irse de regreso a la oficina, seguro, cuando acaba, seguro, vimos a Moya en la total hilaridad de una vez follándose en un coche a una amiga de su segunda mujer y despertar encueros un lunes en el parking del Pryca, o en la seca historia de cómo su hijo, Ismael, perdió un ojo con la puerta del garaje del chalet, vimos su vida en aquellos diálogos, él esperaba del objeto paciencia, respeto, silencio, creo que lo recibía, Moya era un tipo rudo, que a todos trataba con la mínima calidez posible, pero a las cosas las mimaba, Rafa y yo nunca comentamos las ceremonias de que éramos testigos cada jornada. La extraña situación siempre me hizo pensar.

 


Orestes Hurtado nació en La Habana, en 1972. Ha publicado Cuentos de salir (Verbum, Madrid, 2009) y El placer y el sereno (Bokeh, Leiden, 2016), al cual pertenece este texto.

Más narrativa suya: Historia de las pelusas.

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