Martes, 26 de Septiembre de 2017
02:31 CEST.
Narrativa

Historia de las pelusas

 

Cuando uno no tiene a dónde regresar, cuando uno se ha ido por asco y dictador mediante, del lugar en que nació, cuando la vida no ha sonreído dando compañía y sentido constantes, pues comienzas a valorar a las pelusas. Esbozan una risita que no viene al caso, esto es serio. No busco esa risa, ni inquietar ni molestar. Solo contar la historia de las pelusas que me rodean, porque son mis mejores amigas, mi mayor consuelo. Entro en la noche, suelto mis andariveles, me ducho, y descanso un rato, observando cómo el silencio trae una melodía buena para solitarios, que recuerda nuestra condición sin insultar, diciendo que así es, que así estamos. Miro al fondo de la nada por unos minutos. Siempre me quedo hundido, desinformado, como sudando mentalmente el trasiego del estúpido día. Poco a poco, me voy colocando en mi casa. La que llevo escrita en mi carnet, la que anuncio en mis cartas, en la que puedo recoger este organismo insistente en pérdidas, en desalientos, en trabajos absurdos, en pobreza diestra en ser ama de llaves. Organismo envejecido en la derrota ciega, en no pertenecer a la tierra de la que huí ni a la tierra que me alberga y da trabajos absurdos. Me quedo dolido contándome las batallas otra vez desastrosas, las mujeres amadas que se convirtieron en goticas de ácido en la memoria. Los lugares que me vieron pensarme vivo. Miro al techo, a la pared cualquiera que quede frente a mi cabeza recostada, a los rincones. Y aquí llegan mis amigas las pelusas. Las observo más detenidas que yo, más cansadas y gordas que ayer. Ciertas, como si con ellas no fuera. Sí, es con ustedes. ¡Eh, familia! Allí están, con una prestancia que promete darles eternidad. Relevancia y eternidad. Conozco a cada familia. No miento. Cerca del mueble obtuso, con lámpara decrépita y pañito, habita la familia Soga. Una familia con la que simpatizo. Suelen salir cada tres días a pasear por los alrededores. Sus esbeltos componentes (los más jóvenes delante, como queriendo sacrificarse) observando la ciudad de mi salón se pavonean un poco, pero me hacen señas como que la abuela anda bien de los doscientos achaques, que por lo demás todo igual. Y yo les respondo con mi inmovilidad conmovida. Les digo que los veo en su parsimonia de esperar mejores brisas o un espléndido golpe de escoba para ir a parar a casa del carajo y que me parece bien admirable, que gracias por el saber estar. Y allá, debajo de la cortina baratísima, podremos encontrar a la familia Dumitriades. No sé qué impulsa a poner el nombre a un perro o a un cantante de música ligera. Esta tranquila familia me da la impresión que representa una estirpe de comerciantes entre islas. El rotundo depositarse del patriarca. Los hijos, gorditos. Reconozco que se suelen marchar si una súbita acumulación de viento pasillero entra por debajo de la puerta y peina el apartamento. Que están dispuestos al viaje comercial, a la reiteración de almacenes de podrida sombra. Me imagino entre brumas y olivos, y morenas mujeres vestidas de blanco que sonríen junto al camino. Un suspiro me acontece en la inválida posición del que conversa y observa vidas y canta la rendición de cada solo cada noche. Por estas pelusas me voy a convertir en poeta o en el mejor de los casos, seré poema. Ahora, en la noche del bardo, en esta noche pordiosera de ciudad olvidada sin buen equipo de fútbol, compongo la epopeya que contemplo, que hago desfilar ante mí. Vano ejercicio de patetismo solitudinario. Inane aquel que no logre componer su planeta en el crujido de la soledad. Yo observo para serenarme, para sentirme distinto, para que Dios se note a veces tan derrotado y solo como yo. Observo mientras entono algunos ditirambos en que mi voz (por demás parda, grasienta, susodicha, trapisondista, tobosa y quitrina) se comunica con los Dumitriades. Les hablo de mercancías y nostalgias, de una película en que la protagonista es una dulce mujer de asesino extravío, muy dulce. No sé, les hablo. Se superponen las historias. Las de un tío, Prop le decían, que en una ciudad con musculosos mosquitos hízose rico y de un policía muerto y de un baile con ella cuando todo el bar fue para los dos. Los Dumitriades me insisten en que me pague mi buena puta de vez en cuando, que no me haga daño, que la vida es pasarla y saber no sufrir demasiado. Y yo, que soy un viejo como quien dice, debo asentir y decirles que viví mi juventud soñada, que no me quejo, que puedo recordar y decirme otra vez estos placeres vividos. Que gracias y que qué tal va lo que quieren comerciar entre las islas. Y parece que bien porque siempre tienen un gesto de viajar con las alforjas llenas. Los Dumitriades con sus bártulos. Así quedo. Paso sin sufrir demasiado. Investigo lo que soy capaz de entrever en unas existencias. Porque existe cada familia y mi soledad existe aún más. Debo reconocer que los Soga o los Dumitriades son unas familias entre tantas. Asoman, se mueven, se quedan enganchadas en una pata de silla, bailan con movimiento dócil hacia ninguna parte gracias a lo mínimo. Se deforman, se rompen, son irreconocibles, otros. En definitiva como cada uno. Y yo les llevo y les traigo. Trajino a su lado insinuando cataclismos y mi intento cada noche es el diálogo. Aquella, la familia de criminales, los Chikathilo (no siempre acierto), es despreciable, suelen responder a mi amabilidad (algo que he conservado a pesar de mi soledad antigua, la amabilidad es necesaria para durar, para resistir hasta más ver), decía, que suelen responder a mi amabilidad con los insultos más rebuscados. Me gusta este intercambio. Es como una breve enseñanza zen. Me dicen lo peor y yo respondo con una engolada fórmula de pleitesía. Adoso al expediente familiar de los Chikathilo a nuevos miembros y con renovada prosodia me increpan. Yo les comento noticias de esta ciudad para que me digan qué opinan. Que si está en obras la plaza tal, que si ganamos este año, que cuánto le han echado al niño por la última fechoría. Si me alteran mucho les cuento alguna de bandidos, que si no les impresiona al menos se detienen, me escuchan y se sumen en una reflexión navajera, mascullada, solo para la banda. Me es fácil mantener la calma. ¿Son peligrosos? No. Les puedo aplastar, destrozar y depositar en la basura. Las puedo barrer. Mas disfruto de su antagonismo insignificante. Me informa de mucho, logro oponerme a alguien. Son groseros. Y repito, cuando uno se duele solo, debe obligarse a tener buenos modales. Porque la desintegración está más lejos si somos capaces de mantenernos agradables con el exterior. Pero no porque deba ser así, sino porque quiero tener una sonrisa de piedad en el momento del cambio. Una sonrisa de agradecido, y esas hay que entrenarlas. A los Chikathilo les agradezco esta confrontación que me obliga a la suavidad, a ignorar lo malo, a investigar en mí bondadosas razones crónicas. Este es mi equilibrio. Lo confieso. Las pelusas me ayudan. Todos deberíamos cada cierto tiempo declarar ante unos pocos, reunirlos, invitar a un licor aceptable y contarles en qué y cómo nos sostenemos. Cada cierto tiempo para dar oportunidad siempre a una apoyatura nueva o a un añadido a las de siempre. Como no cuento con ese venerable público, pues me digo lo que significan estos asuntos de equilibrio y mantenimiento. Logro ir dejando atrás el repaso de mi realidad yerta, ir prefiriendo la imaginación (más tonta y saludable, más amiga, más voluntariosa en hallar razones que diluyan la angustia). ¿Qué hay que saber para entrar a esta amistad con las familias? Asuntos nimios o absolutos en lo gris oscuro que se arrastra por mi salón. Por ejemplo, las hermanas Piqué, coristas. Una se me ocurrió totalmente calva. Una pelusa calva que suele intrigar con su gemela a la salida del baño. Es así, ¿qué quieren que les diga? No me defiendo de mi fauna. No la juzgo. Me acompañan. Asisto al estreno de una obra extrañísima en que las hermanas hacían de coquetas jicoteas en un paisaje con río, montañas, ¿unos colonos? Resultan entretenidas. Son dicharacheras, conspiradoras, malísimas, Pero son divertidas, especialmente los jueves. Son más apreciadas por mí al contar historias de cuarterías, bulliciosas historias de tarros, de mujeres que no soportan tenerlo todo y lo destruyen todo, de ruidos en la memoria mientras se narra. Me gusta oírlas y casi contonearse ante la puerta del baño. Son amigas de muchas otras. Vocean sus vidas al verlas pasar. Son idénticas a veces y diferentes pero idénticas a veces. Confieso que envidio su ligereza al contar los chismes, su ir por la vida con destino de burbuja pelusoide. La calva, pícara, mueve una cabellera ausente. La rubia balancea el moño. Debo aclarar que más allá de lo que intercambio con mis acompañantes me atrae, como repetir la pipa al que prueba el opio, una zona con desniveles notables (desfiladeros de los peores) que estructura las historias. Como si cayésemos, dormidos pero absurdos, por un gran túnel hacia las cristalizaciones de personajes o detalles que nos encuentran en el tránsito porque vienen subiendo desde profundidades o códigos que estallan ante la vista desenfocada. Las pelusas me ayudan, son mi público y la fama que merezco y alimento con mis deseos de no sentirme solo. Son buena gente, buenos elementos, un placer que me saca de mí y paso el tiempo. Y me fascina, no temo reconocerlo, el punto ineludible del que vienen unas viditas, unos destinos, unos chistes, unos insultos, unos chismes. A los que menos atiendo son a aquellos cuentos que avanzan desde mi memoria directamente. Sé dónde van a parar, en qué momento torcerán a la derecha. Atiendo, no obstante. Les dejo venir y contar lo que deseen, pero no son mis preferidas. Las historias que, desde mi memoria se abalanzan o las historias que, construidas por mi memoria, se expresan a través de unas pelusillas, son las inimportantes. Vienen, bailan y siguen su curso, van hacia una nada inamovible de la que partieron. Las historias que no espero, para las que no me he postulado, esas son las que más encienden mi disposición a seguirlas, a destruir su cauce y a inventar lo contrario de sí mismas y pasar a injertárselo. Las historias que no sé de dónde vienen o que salieron de casa de un conocido y fueron a parar a una ventisca en otro país. Las invento en el aire y se autocompletan. Les digo el truco, es simple. Es mi método. Cuando las vean. Cuando se asienten en la vista y sean capaces de saber su forma definitivamente. Cuando sepan a las pelusas allí, como niñas buenas que saludan desde el borde de la cama, deben concentrarse todo lo que les sea posible, o sea como en un examen o como cuando se acercaba el final de aquel partido. Hagan un esfuerzo. Vayan más allá de la forma. No atrapen a la pelusa en su morfología. Ni gordas ni alargadas ni pelotitas ni ramas ni solo pelos ni pelo y piel y cascarita ignota. No deben asumir unas formas. Deben mirar al punto que las excede. A lo que va más allá de ellas mismas como pelusas. Una zona que concentra el mayor poder. Allí está, arquetípica, la pelusa solitaria. Allí, junto al mueble de la entrada. En su centro, el gris imposible. Uno mira a la pelusa, se concentra en su gris, continúa gris adentro, arriba al supergris, a la verdad grisácea. Y de ella emanan las historias. Cada cual llega al siguiente día por los medios que tiene a mano, cada uno se funde gracias a la ebriedad o saturación que prefiere. Cada hombre solo aguanta con lo que puede inventar. Y no soy una excepción. Soy el que soy, no lo niego. El paso casi siempre vacío de los días y, sobre todo, de las noches, me obliga a experiencias como las que relato. Me meto en el gris más profundo de unas pelusas y a menudo resisto a todo, incluso al caos más suyo o mío y doy comienzo a una región. Soy el vencedor, por fin, en los juegos florales.

 


Orestes Hurtado nació en La Habana, en 1972. Ha publicado Cuentos de salir (Verbum, Madrid, 2009) y El placer y el sereno (Bokeh, Leiden, 2016). Este texto pertenece a este último.

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