Domingo, 17 de Diciembre de 2017
12:16 CET.
Ensayo

Crítica y placer en 2017

La sensación de disfrute al escribir crítica literaria no tiene por qué estar condicionada a exigencias académicas o a solicitudes editoriales; mucho menos a programas políticos y catecismos ideológicos, como lamentablemente todavía ocurre —aunque minoritariamente— en  muchas ciudades latinoamericanas; según reseñas y artículos en periódicos, revistas y blogs dependientes de algún partido político, fundación o empresa sectaria, propietarios fanáticos... Y lo peor: según los prontuarios universitarios que muchas veces se le imponen al estudiantado, sobre todo —también en las clases— en las tesis de licenciatura, maestría y doctorado.

Los cubanos —para nuestra desgracia y vergüenza— lo sabemos mejor, nos lo han impuesto con verdadera saña desde el único partido permitido, cuyo control de los medios y del sistema educacional sigue calcado —en 2017— de lo que fuera la Unión Soviética, con la figura de "diversionismo ideológico" como guadaña lista a cercenar herejías, encarcelar insubordinados, condenar al ostracismo a cualquier columnista o profesor que se salga demasiado del plato.   

Esas represiones conspiran contra la creatividad... Sin embargo, salvo en casos extremos el crítico puede hallar un ángulo motivador, una zona que le produzca algún tipo de placer, presidida por el modo en que estructura y comunica sus ideas, es decir, por sus juegos de estilo. Me consta haber disfrutado aun en aquellas recensiones donde el objeto de valoración era decididamente lamentable. Casi siempre he hallado una esquina desde donde complacerme, alegrarme... Quizás porque por lo general me he dado cuenta, al sentir cerca una sudorosa pereza, de que lo sensato es engavetar —a veces para siempre— los apuntes y bocetos sobre el libro de poemas, ensayos o cuentos, sobre una novela, autor, grupo o movimiento literario, cuyos valores vayan —si existen— en dirección diferente a la mía.

El lector avezado, además, suele captar de inmediato cuándo el crítico ha escrito con la amargura del deber, o un haragán rondando —carente de "horas nalgas"— o sencillamente —aquí no hay solución a la vista— se trata de una persona que lleva la estupidez al hombro. Por supuesto que en cualquiera de los casos hay un margen de subjetividad, de singularidad. Cada crítico —como cada lector común, según Virginia Woolf—, forma su escala; lo que no impide la búsqueda de consenso. Un consenso que distingue en su canon —por ejemplo— a Rubén Darío entre sus coetáneos de habla hispana, mal que le pese a algunos populistas —también se les llama "talleristas"— que machacan a los que se distinguen por su talento y esfuerzo.  

Recuerdo que en un ensayo busqué aquiescencia en privilegiar a Heberto Padilla entre los poetas del coloquialismo, a la altura de los otros tres grandes de habla hispana dentro de tal sesgadura estilística: Jaime Gil de Biedma, Nicanor Parra y Juan Gelman. El delicioso trabajo me obligó a releer los poemas del cubano y otros que pudieran acercarse a su nivel. Aquellas lecturas fueron tan fructíferas —frutales— como la redacción definitiva del ensayo sobre los apuntes acumulados. Porque al argumentar un punto de vista se debe experimentar un placer artístico y estético, de lo contrario sospecho que algo fallará...

En otras palabras: la crítica literaria es una forma de creación literaria, mal que le pese a algunos bibliotecarios, buscadores y acumuladores de disímiles datos, muchos de ellos irrelevantes y en consecuencia aburridos; a algunos lingüistas, pacientes analistas de sintagmas y lexemas cuya riqueza o pobreza no suele incidir en la calidad artística; a ciertos historiadores y sociólogos hurgadores en textos literarios donde no valoran méritos artísticos, porque por lo general carecen de sensibilidad o porque la novela o el poema se privilegia solo por su incidencia representativa, como "prueba documental"; y a dos o tres psiquiatras y psicólogos, cuyo "trabajo" es identificar psicopatologías, leer "hojas clínicas".

Terreno fértil para arrogantes y pedantes,  por doquier se empeñan en que se les considere únicos; sin darse cuenta de que el crítico literario se sirve de cada uno —de cada disciplina— en la medida en que casuísticamente ayudan a formarse una impresión, un juicio de valor lo más completo posible sobre el texto artístico; con independencia de cada disciplina y mucha dependencia de la sensibilidad artística.

La palabra clave —de ahí la sensación de disfrute— es "artístico". Ignorarla conduce muchas veces a críticas que muestran una fatigosa acumulación de informaciones y referencias, que permanecen ahí: en la más exacta enciclopedia; a críticas que bracean entre sustantivos y complementos para remitirnos a diccionarios; a las que dan el mismo valor a un acta notarial que a un poema, porque tratan de servir como ilustración de una tesis; y a críticas donde nadie se salva de tener un complejo subyacente, una aberración dormida en el alter ego.

Y por último —lejanas de la crítica placentera que defiendo— se hallan en abundancia las que se escriben por compromiso, aunque raramente resultan de calidad. Porque me consta cuán difícil es trabajar bajo una premisa tan categórica: elogiar lo bueno, evitar lo malo. Los malabares para solo insinuar zonas defectuosas en aquellos textos escritos por amigos, son a veces extenuantes; y peor cuando se trata de "compañeros". Aniquilan el disfrute, salvo cuando uno se ejercita en las artes alusivas y elusivas. Y encuentra en ese arte de la reticencia un raro placer para neutralizar potenciales objeciones a nuestros elogios.

Además de rechazar —salvo alguna vez que llenan la cachimba y obligan a responder con sorna— la mediocridad y la ignorancia. A esos autores se les suele recomendar un sueño tranquilo. Que duerman a cabeza suelta sin que esa angustia los aniquile. Porque escritores no son. Nada mejor que el silencio hacia ellos —que a veces incluye la mentira piadosa de afirmar que uno no los conoce o no los ha leído— para sacudir dolores de cabeza. Y así volver al juego creador...  

Se sabe —reitero— que la crítica "impresionista" debe tener la virtud de no ser aburrida, de estar rigurosamente fundamentada y lo mejor escrita posible porque es literatura, texto artístico: arte y no ciencia humanística, arte y no informe psiquiátrico, ficha histórica, diagrama lógico, análisis lingüístico. Bajo esa búsqueda aparece una grata selva, la misma que engrandeció frente a sí mismo, por ejemplo, al Roland Barthes de El placer del texto.

Y resbalan soberanamente los supuestos insultos de "crítica impresionista", porque se jerarquizan las impresiones. También las acusaciones de "crítica de autor", porque no se renuncia ni a un grano de singularidad, de subjetividad argumentada. Sin dejarse confundir por bibliógrafos capaces de hallar la cita exacta, anodina, de profunda grisura. Mucho menos por "padrecitos" de la "patria" y del "cielo ideológico"; de la "izquierda" como demagogia obsoleta, aunque provenga de un almidonado doctor o de un conocido crítico literario, del rector de alguna universidad pública o de un ministro.

Crítica y placer no están reñidos, forman una vigorosa pareja. Si leemos a Harold Bloom —el crítico literario occidental más relevante entre los que viven hoy— podemos darnos cuenta de cómo ese matrimonio funciona a plenitud, sin premisas ni metas impuestas. O leer en nuestro idioma —entre otros ejemplos recientes— al Octavio Paz crítico literario, cuya indagación sobre Sor Juana Inés de la Cruz se lee como una novela, incluyendo Las trampas de la fe, que en su caso indica la ausencia de censura, el pensamiento rebelde.

Al iniciarse un nuevo año siento que esos placeres insubordinados  de la crítica son los que el lector agradece. Los que el autor siente —aunque no esté de acuerdo— como retribución por su oficio, al ser otra forma de insumisión.

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Comentarios [ 8 ]

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La critica literaria, como la que hace muy bien Prats Sariol, está viva y coleando. Yo también enseño clases de literatura y nuestros estudiantes, con toda probabilidad, serán futuros críticos, como anota el anónimo 21 51, o al menos ejercerán la función de tales para escribir su tesis de graduación. El hecho de que las librerías cierren no necesariamente significa que la gente lea menos: muchos jóvenes prefieren los libros en versión electrónica o encargarlos por Amazon. Es cierto que algunas revistas que se publicaban sólo en papel han doblado la hoja, pero ¿cuántas otras nuevas han aparecido en la red?

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Lo que el artículo defiende, precisamente, es la mixtura entre los diversos análisis. Ese eclecticismo es lo que caracteriza la literatura y la crítica de hoy. Una vuelta enriquecida a la crítica de Focillon.

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¿Y dónde esta lo artístico en esta crítica, que por cierto no es literaria? Esto es una defensa política de la "pureza" del arte literario con argumentos manidos y citas mecánicas de Octavio Paz, Harold Bloom y Roland Barthes, tres críticos que no podrían ser más distintos. Prats Sariol no entiende la nueva crítica que se hace en las universidades norteamericanas y en las publicaciones del siglo XXI. No la entiende y reacciona como un viejo conservador.

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El panorama de la actualidad es desolador, para el anónimo de 15.48 La juventud no da talento, nadie más actual que Shakespeare y más viejo que usted

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¿Por qué cierran entonces desde hace tiempo tantas librerias en los Estados Unidos y Europa -incluyendo las de Miami como Universal y La Moderna Poesía, aquejadas de poca falta de lectores, sin contar las de habla inglesa-? es de suponer que con tamaño interés por la Literatura y la Crítica como alguien dice por aquí que existe, resulta inexplicable el fenómeno. Y efectivamente, el cierre de las revistas literarias en el mundo de habla hispana es harto numeroso -lo que afecta a la crítica- desde hace tiempo, pero parece que alguien está abriendo algunas con la crisis. El desinterés por las Humanidades es notorio en el mundo actual en general, aunque remontan en los planes de estudios de algunas univesidades y efectivamente: unas golondrinas como esas, no hacen el verano, como dice el refrán.

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El de las 12:31 del 19 de enero, que escribe muy bien, está de capa caída. Debe valorar la posibilidad de hacer tratamiento psiquiátrico anti-depresivo. No sé de lo que habla. Yo trabajo como profesor universitario de literatura. Y en mi universidad, cada día la demanda por las clases es mayor; nuestro departamento crece y aumentan los estudiantes del doctorado que en su gran mayoría serán críticos. La crítica depende de quien la haga, hay ensayistas que uno se bebe como un buen vino y otros que se desechan por malos y aburridos. Y de revistas literarias, pues no sé de dónde tomó el dato, pues aumentan como pariciones de curieles. Los congresos internacionales dedicados a las humanidades y la literatura en sí se mantienen en alza. Quizás la producción del libro y la lectura haya cambiado por la tecnología. La gente, yo mismo, aunque sigo leyendo libros, también lo hago en Internet, lo que también hago con las noticias. Lo mismo que me comunico con amigos por skype y no uso el teléfono, porque, además de hacerlo gratis, les veo las caras y nos enseñamos el panorama, el jardín, la nieve, etc. No significa que uno habla menos, todo lo contrario. Lo mismo ocurre con la literatura, su estudio, la crítica, quienes las hacen, los congresos y los estudios universitarios. Por fortuna, una visión pesimista, como la anterior, no compone verano.

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Yawn! (bostezo). Es como si no hubiesen pasado los últimos 50 años, todavía dándole al organillo Padilla. ¡Señor Sariol, hay escritores vivos! ¡Hay poetas nuevos! Hay algo llamado "la actualidad".

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La Crítica Literaria está de capa caída, como resultado de los cambios producidos en la Cultura en los últimos años (Sociedad de la Información), del descenso del número de lectores -incluso de libros en distintos formatos-, del escaso interés concedido a las Humanidades actualmente, de la desaparición paulatina de la Literatura de los programas de Enseñanza, del descenso del número de estudiantes de Letras en las universidades, de la desaparición de las revistas literarias y culturales por varias razones (especialmente competencia del mundo informático y la falta de interés político en ellas), incluso se ha producido del cierre de Facultades universitarias relacionadas con el mundo de las Humanidades y las Letras, descenso incluso en el número de usuarios y préstamos en las bibliotecas públicas, etc.. Ya ni los buenos lectores leen ensayos -y a duras penas críticas- y a veces prefieren saltarse las críticas a la hora de comprarse o leerse un libro. Siguen existiendo distintos modelos de crítica, pero ya ve el éxito que tienen -por muy atractivas que resulten-, e incluso, los propios filólogos, interesados y escritores evitan el ejercicio de la misma con frecuencia. Estamos ante un mundo distinto y hay que aceptarlo, del mismo modo que ha cambiado la forma de acercarse a los libros. Digamos que la crítica y los críticos van detrás de los cambios producidos, lo que ocurre en la Cultura muchas veces con las expresiones artísticas o literarias.