Lunes, 11 de Diciembre de 2017
15:38 CET.
Narrativa

Teoría del alma china (fragmento)

Las autopistas del oeste son célebres. Se alargan como lombrices por la periferia y conectan pueblos entre sí formando pasillos de movimiento en todas direcciones.

Lo mejor de estas autopistas es que no agotan. Han sido diseñadas con grandes rampas en los laterales y miradores sombreados para observar las ciudades más cercanas.

Así, Huangcheihuan puede ser vista en relación al lago Yantzú, o a los puentes que cruzan los diferentes codos de ríos y subdividen la ciudad en dos islas. Una al sur: ciudad vieja, con tiendecitas de anticuario y vida bohemia sin parangón en la república; otra al nordeste: ciudad nueva, con los emporios económicos de mayor peso y las cárceles más tecnocráticas de toda China.

Lo curioso de estas autopistas es que atraviesan la ciudad con gran armonía, por encima de los edificios más altos o las casas estilo trailer visibles en casi toda la república. Y esto lo hacen sin romper la arquitectura, agrietar el paisaje, o convertir la ciudad en una mole de hierro y quincallería volante.

Una mañana, caminando por Huangcheihuan, tuvimos la impresión de que encarnábamos personajes de algún documental del medioeste norteamericano.

Otra de las atracciones de las autopistas son sus templos. Pintados de verde con una recámara estrecha y un Buddha de cartón de medio metro de altura.

Como los viajes de una provincia a otra se alargan durante días, los monjes de la república llevan estos templos prefabricados por todas las carreteras, enganchados a un camión que ellos mismos conducen, y en ciertos tramos los abren. No resulta difícil ver entonces una pequeña cola delante del templo, una-dos personas orando, o una familia en silencio.

A esta modalidad de camiones con templos detrás y un Buddha enano pintado de blanco, lo llaman budismo de carretera.

La diferencia entre este budismo y el que se practica en templos tradicionales radica en la manera en que se toca el tamborcillo de ritual (ko´on). Mucho más ligero y sin intermitencias, con varios golpes que se repiten invariablemente mientras las personas se encuentran en reposo. Esta musiquita permanece hasta que el usuario despierta o levanta, y no para de golpe, sino que se lentifica y desaparece a los segundos.

El precio de entrada a estos lugares es veinte yuans.

Si un camión se rompe o revientan algunas de sus gomas, los monjes sin ayuda alguna lo arreglan. Según Gran Mongol son malos conductores y buenos mecánicos, han sido los causantes de cientos de choques y provocan situaciones de extremo peligro en carretera. Aún es recordado el día en que uno de estos monjes se quedó dormido, mató a 14 niños al arrasar con una escuela en la región de Shi, y huyó mientras la estatua de Buddha —sonriente—  caía del camión y se mantenía de pie en medio de sangre y quejidos. Desde entonces, a ese lugar asisten en peregrinaje miles de creyentes; lo apodan "estancia de Buddha en Shi".[1]

Lo cierto es que cada vez que vemos a un monje arreglando un camión o raspándose la grasa de los dedos nos preguntamos cómo es esto posible y sonreímos. Más que monjes parecen diablillos de una película de Buñuel.

La semana antes de marcharnos paramos en uno de los entronques autopista-carretera de meseta e intentamos fotografiar a los monjes. No lo permitieron. Se comportaron de manera huraña y después de taparse la cara, caminar hacia varios lados, gritarse entre ellos..., se acercaron con los puños cerrados y lanzaron piedras. Cuando estábamos relativamente lejos paramos e hicimos muecas. Uno de ellos rio, se sacó el pene, orinó. Esa actitud puso en crisis todo lo que hasta ese momento pensábamos del budismo.

El Huangcheihuan Sun ha revelado que en toda la república hay más de 1.000 camiones consagrados a Buddha.




[1] Para ser exactos, habría que apuntar que de los tipos de Buddha que circulan en la república (sonriente, de la armonía, melancólico, mojado con lluvia de lodo...), el de la fertilidad es el más solicitado. Se representa con un rostro serio donde no hay marcas de tristeza, y es el único que no entrecruza o deja caer los brazos, sino que los semiflexiona hacia delante con los dedos abiertos. Las parejas se encomiendan "a la fertilidad" y es práctica que las mujeres le besen tres veces el dedo índice (de la mano derecha) diciendo: Buddha de la fertilidad muéstrame el camino (xicho padme kung no fá). Al retirarse deben bajar la cabeza y no darle la espalda hasta salir del templo. Para que este deseo se cumpla se debe tomar durante tres días seguidos el té llamado "paseo de primavera".


Carlos A. Aguilera nació en La Habana en 1970. Sus últimos libros publicados son Asia menor (Bokeh, Leiden, 2016), Luis Cruz Azaceta. No exit (Turner, 2016) y Matadero seis (Aduana Vieja, Valencia, 2015). Este fragmento pertenece a Teoría del alma china (Bokeh, Leiden, 2016).

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