Lunes, 5 de Diciembre de 2016
02:29 CET.
Poesía

Dios y yo

 

Ya en la balsa nos hemos quedado Dios y yo.
Balsa no, rama.
El mar está frío.
El mar está helado.
El mar es el mal.
Las flores de Dios son caras.
Las velas de Dios son caras.
La luz de Dios es cara.
Hoy fui a ver los libros judíos.
A ver los judíos libros en el Lower East Side.
Buscaba los comentarios bíblicos,
cuando se acercó una muchacha
con rostro de búho
y espíritu de humildad.
Me preguntó: ¿La puedo ayudar?
Le dije no; estuve un rato
apresurada ya,
con pena,
yo era la única
en la pequeña tienda
de objetos esotéricos.
¿Puedo pagar con cheque?
¿No tiene Master Charge?
Me dio pena su confianza.
Pensé: ¿tendré dinero?
Lo peor que podría pasar
es comprar el Pentateuco con un cheque falso.
Para disimular mi temor, dije,
trabajo en una agencia de noticias judías.
La muchacha me preguntó:
¿No tienen trabajo por allá?
Insistió: ¿no tienen trabajo por allá?
Le sugerí tres o cuatro cosas.
Le señalé un directorio judío,
judío con páginas amarillas.
Busque, busque acá.
Me sonrió con grandes ojos agradecidos,
de búho tierno, mujer con miedo,
miedo de hablar.
Cuando salí a la calle con el paraguas negro,
me sentí como un jasídico en un lugar gris.
Las calles grises, con el paraguas negro,
los charcos eran sucios como mi abrigo gris.
Pensaba en mi Torah.
Me sentí como lo que soy, la judía,
me sentí como lo que soy, la escapada.
Mientras caminaba chirriando entre los charcos,
pensé: ¿dónde habrá una iglesia cristiana?
Pero si soy cristiana,
aunque quizás marrana,
cuando pienso en judío,
pienso en mi exilio frío.
Ciudad sin vida, mía,
cuando pienso en cristiana,
pienso, ama a tu hermana.
Ya son las tres.
Ahora todo llega de nuevo,
la judía y yo en la tienda de recuerdos,
diciéndome ella,
ya pronto se nos va a acabar.
Entonces recuerdo un sueño
que tuve hace unos días,
y después de ese sueño no he podido soñar.
Una mujer sentada frente a mí,
dos piras rojas su boca y su nariz,
el humo sin fuego quemando mis pulmones,
rabina de marasmos,
mujer loca, no puedo respirar.
Me dijo: pronto nos sustituirán con máquinas.
¿Entonces, una de las dos sobra o basta?
No sé, me dijo.
Después de ese sueño,
ha comenzado una guerra zurda
contra mis otros cuantos.
Apedrea a la pobre mujer que limpia el piso.
Denuncia que abren las ventanas.
Es un invierno árido.
Hoy a las tres de la mañana pienso,
quizás esa imagen de la mujer diciendo,
ya pronto se nos va a acabar,
es un informe siniestro de la noche.
Sí, Dios y yo estamos solos
agarrados a una rama.

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros publicados son Volver (Betania, Madrid, 2012) y Amor fatal (Betania, Madrid, 2016).

Otros poemas suyos: Visitantes, Fragmentos, Addendum y Eres la perfecta mitad...