Sábado, 16 de Diciembre de 2017
06:11 CET.
Narrativa

Los barbudos, de niño (Camino de La Habana, enero de 1959)

¡Huyó Batista!

Aquella mañana llegaron los barbudos a Guanabo, donde vivíamos entonces, poco antes de entrar en la capital. A los alumnos no nos dejaron ir a clase. Lo que recuerdo es que, con algunos de mis amigos, nos quedamos en el bar que estaba en la esquina, casi enfrente del colegio Newton, El Viejo Yayo, donde íbamos a comer perros calientes por la noche.

Varios guerrilleros eligieron instalar allí su cuartel general. Uno de ellos me levantó en brazos y me sentó en la barra. Me preguntó cantidad de cosas a las que yo no sabía contestar. Yo era el más chiquito de la pandilla pero, también, el más peleón. Sentí aquel día cierta desconfianza hacia el hombre que me hacía preguntas, mientras los demás se reían y bebían. Descubrí, entonces, que me iba a mantener al margen, más interesado por lo que pasaba en mi barrio que por lo que ocurría en la capital. Los revolucionarios hacían irrupción en mi mundo, que se iba a descomponer a pasos agigantados.

La caravana de camiones y de tanques, llenos de hombres de verde olivo, siguió rumbo a los cuarteles de la capital. Los barbudos no regresarían más por Guanabo, excepto de manera esporádica, a veces misteriosa, siempre acompañados de rumores. Pero impondrían su presencia a través de la televisión. Aquella noche habló el Héroe ante la multitud congregada. Todo el mundo lo quería ver y escuchar. Habló durante horas. No dejó nunca de hablar.

A Rebecca e Isaac les gustó. Rebecca lo encontraba imponente: quería hacer algo bueno para el pueblo, después de una dictadura que había degenerado en violencias que ella había presenciado, como el asalto a Palacio dos años antes, cuando aún vivíamos en La Habana Vieja, durante el cual ella había tenido que correr a esconderse, junto con mi hermano Daniel, para que no los alcanzara una bala perdida. Ya era hora, pensaba, de que se acabaran los enfrentamientos. A Isaac le parecía que podía ser el comienzo de una esperanza, igual que aquella que había sacudido al viejo continente antes del estallido de la guerra. Los dos se entusiasmaron, Rebecca menos que Isaac. Ella siempre fue más lúcida.

Lo que no se imaginaron fue que aquello iba a ser el punto de partida de un nuevo éxodo, no solo de ellos y de sus hijos, sino de millones más. La diáspora, pues, no era exclusiva de los pobres judíos errantes. Los cubanos no estaban preparados para eso. Por suerte, siempre habían estado al margen de los grandes vaivenes de la Historia. Ahora algo desconocido les caía encima, una tragedia inédita, inimaginable. Los barbudos irrumpían en las noticias, despertando una adhesión sin límites, trastornando también la vida de todos aquellos que sólo aspiraban a vivir su vida natural, del nacimiento a la muerte, en el mismo lugar. Como yo.

Ya había empezado la violencia. A los gritos y a los llantos nadie les prestó atención. ¿Qué importaba la suerte de la gente ordinaria en medio del vendaval de la revolución? Las víctimas no tenían la más mínima importancia. Lo que contaba era el movimiento perpetuo hacia un futuro luminoso, sin que nadie se detuviese a mirar a los que quedaban atrás. Nosotros, por ejemplo. Por supuesto.

Mi visión de aquellos tiempos es la de un niño perdido en medio de unos acontecimientos que, evidentemente, le pasan por encima. Es una mirada parcelaria, sin organizar, con tremendos fulgores, los de pobre gente que cae bajo las balas de los pelotones de fusilamiento, un sombrero que vuela por los aires después de los disparos, un negro vestido de blanco que se pliega, como si lo partieran en dos y cae hacia atrás, o las de un hombre al que una multitud juzga con gritos y abucheos hasta condenarlo a muerte y él que no entiende por qué lo tratan como un animal en un circo romano. Luego las marchas, donde no se llora, donde se ríe y se canta y se baila hasta el agotamiento. Nosotros, los niños de mi barrio, coleccionando imágenes de los guerrilleros, como antes lo hacíamos con los jugadores de pelota, de baseball. Todos sonríen ante las cámaras. La muerte pasa con una inmensa risotada y una exaltación indecente.

Entonces apareció el miedo. Había que hablar bajito, no gritar en la calle como antes, no cantar más viejas canciones, ni tampoco tararear los ritmos provenientes del Norte o del extranjero, ni Elvis y su Blue, blue, blue suede shoes ni, más tarde, Los Beatles y su She loves you, yeah yeah yeah. Estaba todo o casi todo prohibido. El juego, por ejemplo. Me llevaban a veces a un inmenso sótano lleno de humo donde decenas de jóvenes, viejos y adolescentes jugaban a las cartas, clandestinamente. Otros, amigos de mi hermano Daniel, se divertían con pistolas. Las exhibían encima de una mesa y, cuando querían hacer alarde de poder o de qué sé yo, disparaban al aire.

Más tarde, nos íbamos a esconder en la playa dentro de las trincheras, con cañones dirigidos hacia el aire, por si llegaba alguna invasión, que no llegó, ni cuando Bahía de Cochinos, por el lado del norte de la Isla, ni cuando la Crisis de los Misiles, por ninguna parte.

Ya no jugábamos a las canicas ni gritábamos "Manigüiti un peo" cuando perdíamos y nos íbamos corriendo con las bolitas que habíamos podido salvar. Ya no había juegos de pelota frente al hotel Miramar en un campo que, en aquellos tiempos, nos parecía inmenso. No quedaban bastantes niños para formar equipos. Lo que importaba era comer, encontrar qué comer y tener cuidado.

Por la noche había gatos errantes. Recogí a uno flaco, feo, al que estaban atacando otros gatos. Se lo llevé a Rebecca. Ella me preguntó: ¿cómo lo vamos a poder alimentar? Al gato, al que llamamos Misifú, como casi todos los gatos en Cuba, no le gustaba el pescado, que lo había, sino la carne, que casi no se podía conseguir. Se las arreglaba para comerse la que nos estaba destinada. Engordó y se puso de lo más bonito. Yo me encariñé con él. Un día, mi madre se lo llevó, lejos del barrio, pero Misifú encontró el camino de vuelta a casa. Otro día, lo metió en un bolso y se lo llevó hasta un lugar por donde yo nunca pasaba. De casualidad, se me ocurrió llegar hasta allí, cerca de la loma, con mi amigo Julito. No teníamos derecho de cruzar del otro lado. Desde allí se podía ver una extensa planicie, el campo amarillento, como encendido, casi calcinado. En medio, animales, caballos, muertos. Una cabaña en medio, habitada por un hombre miserable, apartado de la vista de todos. Muchos otros le seguirían. Se quedarían detrás de la loma, invisibles. Al empezar a caer un aguacero descomunal, nos fuimos de regreso a casa. De repente, al lado de un matorral, vi a mi gato, abandonado. Hacía tiempo que me estaba esperando. Lo recogí y se lo llevé a Rebecca. Desde entonces hasta nuestra salida de la Isla, se quedaría con nosotros, compartiendo las sobras de nuestra comida. Pero lo íbamos a tener que abandonar.

Nadie me esperará cuando vuelva. Ni siquiera sé si volveré algún día. ¿Para qué? Si ya no me queda nadie, ni familiares, ni gato, ni gallo, ni gallina, ni pollitos, ni mis amigos, ni siquiera la sombra de lo que fui algún día, antes de que llegara el ciclón Flora, mi último recuerdo de aquellos tiempos, en medio del vendaval.   

 


Jacobo Machover nació en La Habana en 1954. Sus libros publicados más recientes son La dinastía Castro. Los misterios y secretos de su poder (Áltera, Madrid, 2007), La face cachée du Che (Buchet-Chastel, París, 2007), El libro negro del castrismo (Universal, Miami, 2009) y El sueño de la barbarie. La complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista (Atmósfera Literaria, Madrid, 2012). Este fragmento pertenece a sus memorias El exilio, lejos del paraíso (Atmósfera Literaria, Madrid, 2016).

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