Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
22:57 CET.
Ensayo

El poeta que odiaba la celebración del fin de año

Odiaba las fiestas populares porque, en su opinión, era una alegría impuesta por gente desconocida y de otros tiempos. Tampoco era partidario de celebrar los cumpleaños de nadie. Le parecía demencial que alguien estuviera feliz por ser un año mas viejo. Félix Triana, un escritor de Morón, del siglo pasado, sonetista del trópico y la angustia, que llegó a pagarse la edición de dos libros con un mísero sueldo de maestro, creía que la única y verdadera felicidad estaba en la búsqueda y, además, en la certeza de que no había nada que encontrar.

Sentía una aversión especial por la fiesta del 31 de diciembre. "No entiendo como el mundo entero puede brindar por dar un paso más hacia la muerte." Amaba más que nadie al nicaragüense Rubén Darío que publicó en sus Prosas profanas un poema al año nuevo con versos como estos: "A las doce de la noche, por las puertas de la gloria/ y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestres,/ sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria./ San Silvestre".

Le perdonaba a su poeta preferido ese desliz porque, según Triana, Darío era el único poeta con suerte que conocía. El más querido, y tenía que hacerle esos regalos a la gente que lo seguía.

Con Jorge Luis Borges, el otro gran poeta de aquella región que escribió sobre el fin de año, era implacable. Aseguraba que le costaba mucho trabajo entender la poesía del argentino porque, en realidad, era un inglés al que le gustaba vivir en Buenos Aires. Y que su desparpajo a la hora de escribir poesía sobre ese tema estaba justificado por su mentalidad europea.

Aquí está el principio de aquel poema de Borges escrito para esperar el año 1923: "Ni el pormenor simbólico/ de reemplazar un tres por un dos/ ni esa metáfora baldía/ que convoca un lapso que muere y otro que surge/ ni el cumplimiento de un proceso astronómico/ aturden y socavan/ la altiplanicie de esta noche/ y nos obligan a esperar/ las doce irreparables campanadas".

Triana había leído unos poemas sueltos del sudamericano y aquel sobre el cambio de año se lo consiguió, especialmente para molestarlo, José Bernardo Montesinos, un poeta que murió sin publicar ni un verso en aquella provincia huérfana de gloria.

Muchos de los poetas jóvenes y aspirantes a escritores que lo admiraban en silencio y lo veían culto y elegante con su filosofía de la tristeza y sus corbatas intrincadas, están convencidos de que Triana dejó escondido por lo menos un poema a la felicidad y la alegría entre la veintena de cuadernos que botaron los funcionarios de la alcaldía cuando amaneció muerto el día primero de enero de 1960 en el cuarto donde vivía solo.

 


Este texto apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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