Domingo, 19 de Noviembre de 2017
13:02 CET.
Crítica

Mirar a los lados o perder el rumbo

Uno de los libros de crítica literaria más deficientes escrito en los últimos años en Cuba es Mirar a los lados. Dos zonas de la poesía cubana de los 90 de Juventina Soler Palomino. Es el peor análisis dedicado a la poesía finisecular cubana que conozco. Y sus limitaciones están principalmente en el pretendido lirismo totalmente desajustado e infeliz, y en la aparente profundidad analítica que se queda en elipsis seudorretórica, sin llegar a decir nada en concreto las más de las veces. Me ahorraré ejemplos, basta ojear cualquier página.

Este pequeño volumen evidencia la falta de criterio, filtro y revisión que se padece en algunas editoriales cubanas y de provincia, de lo que no están exentas a veces las editoriales más importantes del país (en el prólogo, Emmanuel Tornés informa que una versión más ampliada del estudio de Juventina saldría en una casa editora nacional).

El fenómeno de las "ediciones Rizo", al que se refiere Soler reiteradamente, no es en sí la causa de la falta de valor literario de ciertas propuestas, sino la idea absurda de que se debe publicar cualquier cosa sin que un consejo editorial cualificado, competente pueda corregir, orientar la reescritura y la revisión de problemas evidentes de redacción y de coherencia. Pero posiblemente en la provincia Granma la propia Soler sea una de las voces (supuestamente) más autorizadas, y ya eso es un problema. Téngase en cuenta que la autora es miembro de la UNEAC. Que un investigador como Emmanuel Tornés acceda a hacer el prólogo del libro sin señalar estas limitaciones es otro síntoma terrible del estado indigente actual del ejercicio crítico en ciertos predios insulares.

Teresa Fornaris, en una reseña de ese libro titulada "En dos partes: la palabra mordida" (Ventana Sur, no. 6, julio-diciembre de 2008, pp. 52-53), habla de "observación minuciosa" donde personalmente veo incapacidad de conjugar postulados generales con análisis poético más específico de los autores y los textos. La oscilación continua entre el estudio directo de algunos poemas y ciertas conclusiones socioculturales y abstractas a partir de estos, más que concretar un método, desorienta al receptor (véase, por ejemplo, la p. 59).

Fornaris agrega que Soler "no puede sustraerse a la belleza del lenguaje, al empleo de la metáfora limpia o la imagen para describir a sus iguales". Sin embargo, mi percepción es que esas intenciones de poetizar dentro de estos ensayos oscurecen y degradan el lenguaje del análisis, además de que muchos de sus intentos metafóricos y de vuelo lírico son fallidos. La reseñista interpreta el texto de Soler y analiza lo que debieron ser los propósitos de la autora como cumplidos y claros, cuando en verdad no aparecen perfilados ni tienen concreción en el estudio.    

La cada vez más acostumbrada condescendencia insustancial, el elogio gratuito y la idea de que una crítica "dura" siempre esconde rencillas personales o malas intenciones son síntomas de la indigencia crítica insular.

No tiene que ver la de Soler con la ampulosidad en la frase que señalaba Enrique José Varona como característica de la mayoría de nuestros escritores, esa que como un ojo de atracción ciclónico y expansivo encarna José Lezama Lima. Su inexactitud en el decir y el engolamiento sintáctico nacen más bien de la pretendida pose impersonal, distanciada, seudoacadémica, y más que disimular su incapacidad analítica la deja claramente en evidencia.  

Dentro de ese matorral discursivo que se mueve entre el disparate y lo naif, hay unas (pocas) ideas rescatables. En el primer ensayo, titulado "La poesía cubana actual: una mirada desde las redes", la autora se refiere a un fenómeno que me parece atendible e importante para comprender la poesía cubana de 1959 al presente: "libros que fueron escritos en un momento y aparecen en otro que muchas veces no tienen nada que ver con su contexto" (pp. 23-24). Por lo demás, es preferible leer la poesía de Nelson Simón y de Antonio José Ponte directamente que remitirse a estas tautologías y glosas anodinas.

En el caso del segundo texto, titulado "La palabra tras la doble realidad. Poesía femenina", aunque el número de autoras analizado es superior, en ocasiones se logra una mayor claridad expresiva. Sin embargo, a veces se cae en el error de dividir lo femenino y lo masculino de forma arbitraria e inoperante desde mi punto de vista.

Abunda en su discurso una adjetivación disparatada y aleatoria ("es el encuentro revelado a través de la mística inaplazable del verbo", p. 31). Muchas veces los poemas que cita la ensayista parecen explicar sus ideas, cuando debiera ser a la inversa. La relación entre lo sociohistórico y la poesía no llega a ser orgánica en el libro, no logra conjugarse (pp. 44-49, 60-61). Además, el texto está plagado de lugares comunes de la crítica literaria.   

En cuanto a la edición, el libro funciona como manual de mucho de lo que no debiese hacer un editor: el texto aparece en bloque ininterrumpido, agobiante a la vista, con márgenes mínimos en el mazacote verbal. No hay, además, separación ni signos de puntuación entre los poemas citados y el análisis.  El apartado "Citas y Notas" comienza en página par (p. 90) por no dejar en blanco una cuartilla.

Esta falta de espacio, el abuso del formato, nos conduce a otro problema editorial de los últimos años en Cuba: no solo se ha querido publicar mucho, se ha priorizado más la cantidad que la calidad, sino que se intenta ahorrar espacio a toda costa en detrimento muchas veces de la factura final del libro. Me pregunto si no sería mejor publicar un volumen, pero con esmero y con espacio suficiente, que publicar diez libros con texto atropellado, metido a empujones en la caja y de dudosa calidad.

El proceso editorial cubano desde el triunfo de 1959 hasta el presente también refleja en estos casos las arbitrariedades, la poca y mala planificación y las evidentes irregularidades durante décadas: ha ido de la holgura excesiva de las Ediciones R en los 60 (donde las páginas pares solían dejarse vacías), a una escasez de papel mayúscula desde mediados de los ochenta hasta mediados de los 90, y a un abuso del espacio, a un horror vacui fáctico que parece  aprovechar todo espacio posible en algunos libros recientes.

Además del de Soler (que es un libro editado en provincia) podrían mencionarse ediciones del reconocido Premio Casa de las Américas (de carácter internacional) donde no hay siquiera una página para cada poema en ocasiones, sino que una vez más todo el libro se presenta en bloque ininterrumpido, algo también común en ciertas editoriales de carácter nacional; ejemplos de ello son la edición de Aún nos pertenece el otoño de Luis Manuel Pérez Boitel (Casa de las Américas, La Habana, 2002) o la edición de la Poesía completa de Enrique Loynaz en 2007 hecha por Letras Cubanas.    

Es una pena que una de las pocas personas que ha pretendido sistematizar en un volumen ciertas zonas de la poética de los autores de los años 90 no cuente con las herramientas ni con la capacidad de análisis necesarias. Pero a veces las buenas intenciones no son suficientes. A ratos este estudio es como un trabajo de clases con lecturas críticas, teóricas y poéticas que superan la competencia analítico-discursiva de la autora. Soler parece tener algunas cosas que decir, lástima que las formas oscurezcan, desvirtúen sus ideas.

El corpus poético que la autora intenta abarcar y sistematizar sobrepasa sus habilidades exegéticas. Soler Palomino se pierde entre una tropología ingenua, un descriptivismo inoperante y una pseudo-teorización incoherente y estéril. En parte ha llevado a cabo lo que ella misma critica: "sería un engaño tapar con giros retóricos los innumerables sistemas sígnicos del decir cubano del período analizado" (p. 40).

Esperemos para los próximos años estudios parecidos a los de Walfrido Dorta, Jorge Luis Arcos, Lina de Feria, Norge Espinosa, Roberto Zurbano y Geovannys Manso para poder dilucidar desde la oposición, el diálogo y el cuestionamiento la pluralidad lírica de los 90 y la actualidad. Los poetas finiseculares cubanos (entre ellos la propia Juventina Soler Palomino) siguen esperando estudios sistemáticos y más consistentes.


Juventina Soler Palomino, Mirar a los lados. Dos zonas de la poesía cubana de los 90 (Orto, Santiago de Cuba, 2007).

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Comentarios [ 21 ]

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A mí todo esto me suena a una discusión desde el anonimato entre el autor del artículo y alguien que ha recibido alguna crítica de su parte. Hay gente muy rencorosa y poco receptiva.O una discusión del autor consigo mismo o con siete u ocho de sus yoes. Cosas peores se han  visto.Yo no encuentro el libro de Juventina por ninguna parte, esa es la verdad, y por lo que veo en los reclamos ya es de lectura obligatoria.Sigo buscándolo. 

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Faltan en esta reseña los datos que han pedido otros antes, y es una lástima, porque el autor ha publicado reseñas más completas en este mismo diario, pero no es el caso de ésta.Y algo a tener en cuenta a la hora de criticar la prosa de otro: hay que hacerlo desde una buena prosa, para no incurrir en lo mismo que se critica. 

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"Alguno de los defensores del autor", qué simplismo, qué pedestre todo, es la miseria insular, sin duda el eco de la misma tiranía divisoria y partidista que criticamos.Eso lo aclara todo.

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Aquí nadie ha ofendido a nadie. Quedan cosas por responder. ¿A quién más se refiere este estudio? Sólo veo dos nombres... Aclaren, por favor.

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Jaja, ahora se van por la tangente de que ofenden y yo no veo ofensa ninguna en el comentarista de las 9 y 48. Alguno de los defensores del autor puede responder a las preguntas que hace?

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Bueno, aquí la gente va de que lee y lee no sé qué y The New York Review of Books, pero no sale de la cloaca. Ya le están faltando al respeto hasta a la gente. Como se nota que los comentaristas leídos y fisnos hablan también desde el alcantarillado. Esto se parece a los videos de Miami donde gente muy fisna habla con botella y palmerita al lado de la cuRRRRRRRRtura. Vade retro!!!!A ver si a las lecturas suman educación.  

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Anónimo 8:53, ya que conoces bien el libro criticado o conoces bien al autor de la reseña, ¿podrías contestarme estas preguntas elementales?1) El subtítulo del libro habla de dos zonas de la poesía. Una de ellas supongo que sea la femenina, ¿cuál es la otra?2) ¿Estudia a otros autores además de Simón y Ponte o sólo a ellos? 3) ¿A cuáles autoras estudia?Nada de esto lo encuentro en la reseña, y confundes mi generación, yo soy de la generación que ha leído y lee las reseñas de la desaparecida Lateral, de The New Yorker, TLS y The New York Review of Books. Lo del yogurt te lo dejo, y la yuca quien la tiene que luchar es el reseñista, que para eso intenta mostrar su inteligencia.Pero gente como tú apuesta por la chapucería, en fin...

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Uyy ¡que debate más sangrón!

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Pues yo me entero de la estructura del libro analizado (que no reseñado): tiene dos capítulos, en el primero la autora mal-analiza a autores de los noventa como Nelson Simón y Ponte, y en el segundo se centra más en la poesía femenina con sus limitaciones y sus enredos.El que quiera más que luche su yuca. Madre mía, como está la generación del yogurt: tó masticaíto.Y siguen con lo de reseña, ¿qué reseña?: re-trato, re-trete, re-trota, la retruta de la tuya, re-curva, re-dacta, re-docta, re-ducto, re-cula, re-pollo, re-vista, re-seña. ¿Ya? 

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Anónimo 10.41, la acusación de haraganería a los que no alcanzan el libro es bastante tonta. Un libro cubano y publicado en provincias es muy inaccesible. Pero incluso los reseñistas de la grandes revistas del mundo hacen un resumen de los libros que critican, no importa lo accesibles que esos libros estén en las librerías. Se escribe para los demás, debería aprenderlo Cabrera, que se comporta tan provinciano como el provincianismo que, con razón, critica en los demás.