Martes, 21 de Noviembre de 2017
20:05 CET.
Poesía

'Un lugar bueno y privado' de Diane Ackerman

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Un día la llevó
bajo el horizonte azul
donde largos dedos marinos
se abrían como cuentas
atadas al umbral
de un fumadero de opio,
y las cañadas eran laberintos
en los filones hondos, con huecos,
callejones y estrechos tocadores,
dos veces tuvo que preguntarle
antes que ella entendiera
que la caricia en el brazo
con un plumón marino
baboso como el áloe
era un arrullo, o notara el pulpo
en su traje de baño
estirar un tentáculo
y arrugar la satinada bolsa.

Mientras las burbujas subían
como orbes de azogue,
hicieron el amor
máscara a máscara, flotando
océanos de aire entre ellos,
ella, su geisha marina
en kimono naranja
de chaleco y correas
el pelo laqueado ondeando
mientras los pargos índigos
tatuaban el paisaje,
y la luz del sol
cortaba el agua,
torciendo sus cuchillos
en corredores de luz.

El cabello de él, arenoso
y sus ojos azul marino,
su cintura de alga
y el costillar más ancho
que un banco de arena
los músculos en domo
claros y tensos como conchas
(caracoles manchados,
llanas, fornidas vieiras
del color de la aurora),
sus manos curtidas de sal
agarrándole los muslos
como estrellas bermejas
acercándola a él
como un barco pirata
para dejarla abordar:
¿quién era este que ella amaba?

Arriba, esponjas
sudando un color crudo
brotaban de un arco de coral,
peces payasos
bogaban como fuegos artificiales,
y más allá un abulón abrió
las alas plateadas.
Parte de un sueño lúbrico
bajo el áspic, sus caderas giraron
como un galeón español,
sus ojos naufragaron
y el pecho empezó a temblar.
Jadeos fundiéndose en mareas.
Sabiendo que ella pronto estaría tan
falta de aire como el tanque de oxígeno,
él bombeó su salmuera
hacia lo profundo
dejando que el agua la empujara
entre pétalos
delicados como velos de anémonas
hacia el oscuro propósito
de un vientre enconchado.
Una oreja en el lomo
hubiese oído rugir el mar.

Cuando el jadeo menguó,
y él dio la señal okay?
como hacen los amantes,
en el agua o la tierra
desde que alzara el tiempo,
la condujo a lo seguro:
reinos menos profundos,
de regreso a la
quilla estable del barco,
aunque el océano aún la palpaba,
célula por célula, murmurando
a lo largo de sus piernas y cuello,
acariciándola
con pálidos brazos interminables.

Luego, ella pensó a menudo
en ese tocador azul,
suave como almohadón y lleno
de luz en cascadas
donde, juntos,
hicieron una campana
que redobló sorda
bajo de las olas
y donde los minutos saltaban
como cabras monteses.
Aún podía ver
los acolchados mosaicos
que eran peces
temblando en bandas a lo alto,
sentir aún el océano
por dentro y por fuera, revertiendo
el sentido de su evolución.

Pensó en esto desde una distancia
de millas y de brazas, a menudo,
en momentos extraños: viendo
los pececillos de nieve
dar contra la ventana,
con una esponja en la mano,
quieta debajo del chorro,
clavando los dientes
en la hendedura
de un voluptuoso melocotón.

 

A Fine, A Private Place

He took her one day
under the blue horizon
where long sea fingers
parted like beads
hitched in the doorway
of an opium den,
and canyons mazed the deep
reef with hollows,
cul-de-sacs, and narrow boudoirs,
and had to ask twice
before she understood
his stroking her arm
with a marine feather
slobbery as aloe pulp
was wooing, or saw the octopus
in his swimsuit
stretch one tentacle
and ripple its silky bag.

While bubbles rose
like globs of mercury,
they made love
mask to mask, floating
with oceans of air between them,
she his sea-geisha
in an orange kimono
of belts and vests,
her laquered hair waving,
as Indigo Hamlets
tattooed the vista,
and sunlight
cut through the water,
twisting its knives
into corridors of light.

His sandy hair
and sea-blue eyes,
his kelp-thin waist
and chest ribbed wider
than a sandbar
where muscles domed
clear and taut as shells
(fleckled cowries,
flat, brawny scallops
the color of dawn),
his sea-battered hands
gripping her tights
like tawny starfish
and drawing her close
as a pirate vessel
to let her board:
who was this she loved?

Overhead, sponges
sweating raw color
jutted from a coral arch,
Clown Wrasses
hovered like fireworks,
and somewhere an abalone opened
its silver wings.
Part of a lusty dream
under aspic, her hips rolled
like a Spanish galleon,
her eyes swam
and chest began to heave.
Gasps melted on the tide.
Knowing she would soon be
breathless as her tank,
he pumped his brine
deep within her,
letting sea water drive it
through petals
delicate as anemone veils
to the dark purpose
of a conch-shaped womb.
An ear to her loins
would have heard the sea roar.

When panting ebbed,
and he signaled Okay?
as lover have asked,
land or waterbound
since time heaved ho,
he led her to safety:
shallower realms,
heading back toward
the boat’s even keel,
though ocean still petted her
cell by cell, murmuring
along her legs and neck,
caressing her
with pale, endless arms.

Later, she thought often
of that blue boudoir,
pillow-soft and filled
with cascading light,
where together
they’d made a bell
that dumbly clanged
beneath the waves
and minutes lurched
like mountain goats.
She could still see
the quilted mosaics
that were fish
twitching spangles overhead,
still feel the ocean
inside and out, turning her
evolution around.

She thought of it miles
and fathoms away, often,
at odd moments: watching
the minnow snowflakes
dip against the windowframe,
holding a sponge
idly under tap-gush,
sinking her teeth
into the cleft
of a voluptuous peach.

 


Diane Ackerman nació en Waukegan, Illinois en 1948. Poeta, ensayista, naturalista, discípula de Carl Sagan en Cornell. Su libro A Natural History of the Senses (1990) fue adaptado para una serie de la televisión pública norteamericana. Ha escrito un tomo de poesía lírica planetaria: The Planets: A Cosmic Pastoral (1976). Una molecula, la feromona sexual de los cocodrílicos, lleva su nombre: dianeackerone. Reside en Ithaca, Nueva York, con su esposo, el escritor Paul West.

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Comentarios [ 2 ]

Imagen de Orlando Luis Pardo Lazo

clavando los dientes en la hendedura de un voluptuoso melocotón.sinking her teeth into the cleft of a voluptuous peach.clavando sus dientes en la raja de una voluptuosa perita.

Imagen de Anónimo

Borges, con razón y experiencia personal, consideraba que una buena traducción era una forma privilegiada de la crítica literaria. Aquí disfrutamos de un buen ejemplo, melocotón incluido. JPS