Sábado, 17 de Noviembre de 2018
Última actualización: 01:38 CET
Poesía

Memorial del holocausto

(TIMEANDATE.COM)

Como si fuese posible andar por sobre las aguas
correosas por las ramificadas raíces de los lotos,
sujetos a pulidas piedras que simulan flotar
semejantes a las que existen en los ríos donde me he sumergido. 
Solamente Anne Frank, de pie en el umbral, sonríe.
Solamente ella se muestra piadosa, se echa a un lado
para que podamos pasar
a ras de las grises lápidas
que nombran los campamentos nazis,
el apellido de las familias consumidas por el holocausto. 
Muros de arena y cal en los que no se proyecta sombra alguna
sino el eco de un silencio que a ratos levanta un polvo imperceptible.
Se me va cerrando el pecho
luego de resistir insistentes latigazos
que han recorrido mi cuerpo
hasta paralizar algunas de sus partes.
La asfixia que produce andar sus pasadizos hace lento mi paso
por el Memorial, recordatorio en Miami a las víctimas del nazismo.
Arbeit match free. Escribieron a la entrada
de los campos de concentración. 
En algún otro lugar leí una frase parecida,
pero me resisto a aumentar mi escozor.
Siento hambre y a la vez rubor por los alimentos
que he tenido ante mí y he rechazado.
Doy la espalda, curva y adolorida,
pero aún siento la voz hosca de quien me llama por mi nombre
y me hace saber que también voy a morir. 
Como árboles de un bosque sumergido en la nieve
pasan frente a mí los desnutridos cuerpos, con sus vistas perdidas, 
sus dedos consumidos y convalecientes
de espantar la densa neblina
que provoca la respiración de los enfermos,
de ahuyentar los insectos que en las noches se valentonan. 
Los tórax zanjados por la tuberculosis reciente
incrementa su falta de aire.
Respiro con su misma dificultad,
mis pies, como los de ellos,  han sido vaciados en bronce.
Me pesan de igual forma.
Los ojos se endurecen al contacto con la macilenta luz
que surge de un pequeño vitral en lo alto. 
Pese a todo una banda de escasos instrumentos faltos de sonidos
interpreta una pieza de una monotonía triste.
Arrecia al contrastar con la melodía
que escuchan cuando imaginan la pradera.
Cubierta por la capa blanca y endurecida del invierno
cuyo apogeo de la brisa aún recuerdan.
Visiones provocadas por la fiebre en las que logran regresar
a casa, sentarse en la cabecera de la mesa
y contar uno a uno su descendencia.
Algunos caen, apenas terminan la pieza,
de bruces sobre la tierra compacta y seca,
dejándose inmovilizar por una luz mortecina
a la que no se resisten,
colgados del pie o del cuello, colgados por el deseo
de encontrar el definitivo descanso. 
Vi esas imágenes alrededor mío,
rostros conocidos, de vecinos y parientes,
de personas con las que alguna vez coincidí.


Arístides Vega Chapú nació en Santa Clara, en 1962. Sus últimos libros de poemas publicados son Días a la deriva (Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 2003) y la antología personal Que el gesto de mis manos no alcance (Unión, La Habana, 2007). Este poema pertenece a su libro inédito Las otras ciudades.

Otros poemas suyos: Thank you for not smokingAl lado de Lidia, convaleciente, Cabeza de familia y Amanecer en Santa Clara.

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