Lunes, 22 de Enero de 2018
08:47 CET.
Poesía

Thank you for not smoking

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El jadeo del pecho, la garraspera, la tos seca
que insiste, alguien cerca me observa, me desahucia,
se aleja como si hubiera advertido que mis poros drenan
un humo constante.
Rehén de la tos que revela mi difícil vicio.
Pago el precio de la soledad y fumo en una esquina árida
de una avenida en la que me convierto en brutal sombra
de un mediodía
con poder de deshacer el paisaje
como si fuese una tela dibujada que se descorre con facilidad.
Los árboles reclinados sobre las aceras vacías,
dimensionan el perezoso paso de alguien
que a lo lejos las atraviesa
entre puertas y ventanas cerradas a cal y canto,
como si se tratase de sitios deshabitados.
Blanqueadas casas de techos a dos aguas
levantadas solo para mostrar un impecable jardín
en el que no faltan las azucenas, las margaritas,
las rosas sembradas durante toda una vida.
Las deshoja la brisa y ellas tiemblan
elevando una suave fragancia que se impregna en todo.
El semáforo de una de las intercepciones desliza una luz
constantemente diferente sobre el asfalto,
extiende las sombras de los despavoridos autos
ante los que se reclinan la animosa luminosidad.
Como si los ausentes soplasen aire cálido en mi oreja
me recorre un silbido,
escucho frases aún sin ser pronunciadas por nadie
que no intento interpretar.
En una parada, semejante a una pecera de cristal,
una anciana está resignada a su espera.
Parece cómoda al lado de tanto vacío.
Me mira a ratos, sigue con atención el espiral del humo
que escapa de mi boca.
Pudiera ser una parienta, una conocida de mi familia,
alguien que vivió años atrás cerca de casa,
pero será imposible reconocernos en una ciudad
sin correspondencia con el recuerdo
de nadie seguir siendo el mismo,
ni siquiera los que estamos de paso.
Del otro lado de la ruidosa avenida
Denny's asegura tener disponible el menú en español.
Sus mesas vacías se doran con la luz artificial
de lámparas colgadas desde una oscuridad sin fondo
y en complicidad con el vapor inhalado
durante ese breve tiempo en que los clientes desaparecen.
Tuve el deseo de encontrar a alguien conocido
pero no había nadie expuesto,
solo la anciana en la parada de un ómnibus
que tardaba en llegar.
Aún cuando el fuego gasta con lentitud el papel oscuro
que absorbo con fruición
presiento no la veré marchar.
Ha estado pendiente de mí, interpretando mis pensamientos.
Me ruboriza que me llegue a conocer a la perfección.
Ya no le soy un extraño y abandona la alerta
acomodándose en el banco, recostada a sí misma,
como si su sombra fuese el acompañante ideal.
El humo de mi cigarro se interpone entre ambos
la recorre en espiral,
como si fuese la aparición de un conocido
que no llega a develarse
quizás por temor a no ser reconocida.


Arístides Vega Chapú nació en Santa Clara, en 1962. Sus últimos libros de poemas publicados son Días a la deriva (Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 2003) y la antología personal Que el gesto de mis manos no alcance (Unión, La Habana, 2007). Este poema pertenece a su libro inédito Las otras ciudades.

Otros poemas suyos: Al lado de Lidia, convaleciente, Cabeza de familia y Amanecer en Santa Clara.

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