Viernes, 15 de Diciembre de 2017
13:06 CET.
Cine

El dilema de Carlos Lechuga: ¿romper o colaborar?

He visto dos veces Santa y Andrés, la película censurada de Carlos Lechuga: una vez tumbado en la cama del director, y otra hace apenas una semana, instalado en una luneta de la Cinemateca de Hollywood, en el Egyptian, durante el festival Outfest 2017.

La cama de los Lechuga perteneció en otra época a Elena Burke: el dato me lo ofreció el director, junto con una cerveza, a las puertas de su dormitorio. Ese detalle es relevante: Santa y Andrés es la obra de un treintañero sobre unos hechos acaecidos en los lejanos 70. Debe tomarse en cuenta el efecto de lente generacional, pues los hechos que narra el filme quedan distorsionados por él.

Vista desde la cama de Elena Burke, en una habitación de La Habana post-Castro, la película de Lechuga cobra perfecto sentido, quizás porque la censura la relegó al ambiente casero donde se escenificaron ciertas obras del repertorio teatral de los años 80. De esa manera Santa y Andrés se reconcilia con su condición underground y alcanza, casi de necesidad, continuidad política. La prohibición y el ocultamiento (de manuscritos o películas) no fue una cuestión peculiar de los 70, sino que continúa vigente 40 años más tarde. El hecho de mostrarse en una casa y no en el Yara, donde debió ser estrenada, provee el subtexto de Santa y Andrés.

Desde la perspectiva habanera, Santa y Andrés me pareció una de las películas más efectivas de los últimos años. Luego me enteré de que en las reuniones de Carlos Lechuga con los funcionarios del Ministerio de Cultura, los argumentos en contra de incluirla en el Festival de Cine de La Habana no afectaron el reconocimiento de su calidad artística. Entre los asistentes a las proyecciones se encontraban, entre otros, Abel Prieto, Fernándo Pérez y Ernesto Daranas. La mayoría de los convocados coincidió en que el filme impresentable era, después de todo, "una obra de arte".

Así me lo pareció a mí también. El guion es simple y directo; las actuaciones, equilibradas; la cinematografía, de un virtuosismo poco común en el cine cubano. Creo que sentí un excesivo entusiasmo por Santa y Andrés, y que, debido a esa afinidad, coincidí por primera vez con Abel Prieto.   

En la Cinemateca de Los Ángeles la película de Lechuga se mostró en el marco del festival Outfest de cine gay. En esa circunstancia adquirió un significado nuevo: era la obra que salía del armario, exhibida en el mundo libre, a salvo del ambiente represivo. Delfín Prats, el poeta maldito que sirve de modelo al personaje protagónico, se paseaba —como Reinaldo Arenas 15 años atrás— por las pantallas de Hollywood. Ahora su desgracia también era cuestión de festivales, el último tropo del oficialismo LGBT.

Vista con los ojos del americano promedio que asiste al Egyptian, Santa y Andrés pierde, inevitablemente, parte de su encanto. ¿Quién podrá entender, sin haber leído antes un tratado sobre las UMAP, la razón por la que el protagonista vive en una espantosa cabaña en el medio de la nada? Andrés, en Los Ángeles, podía ser tomado por un ecologista, un socialista o un ermitaño, nunca por un miembro de la resistencia. El Foro por la Paz, que es el motivo por el que el escritor se encuentra bajo la escolta de Santa, tiene poca resonancia en un público de locas divinas que regresaban de una marcha multitudinaria en contra de Donald Trump. ¿Cómo podía irrumpir en un Foro por la Paz este descamisado que cocinaba mermelada en un anafe de leña?

Si en Cuba, el grito de "¡Viva Martí!" que lanza Andrés en respuesta al "¡Viva Fidel!" de los esbirros, durante el acto de repudio frente a su choza, fue malinterpretado por el viceministro de Cultura Fernando Rojas como una afrenta a la memoria de Fidel Castro —que a partir de su deceso quedó oficialmente consustanciado con el Apóstol—, en Los Ángeles carecía de la más mínima significación. Me pareció que la película de Carlos Lechuga era un galimatías escrito en un lenguaje que solo entienden los naturales de un territorio afectado por la autorreferencialidad enfermiza.  

Entonces, el actor cubano Raúl Ávila, que estaba sentado al lado mío, me sopló en la oreja este comentario: ¿Un acto de repudio con cuatro gatos? ¿No pudieron encontrar entre los asistentes al Foro un puñado de chivatos que engrosaran las filas de los tiradores de huevos? ¿Está tan ajeno Carlos Lechuga al espectáculo de las turbas que toman a diario las calles de su ciudad? La escena del acto de repudio, que me conmovió en La Habana, me dejó frío en Los Ángeles. La película falla en recrear la magnitud de la violencia para un público global, no familiarizado con el acontecer cubano e incapaz de suplir extras y rellenar elipsis.

El malentendido de Santa y Andrés se trasluce incluso a otro nivel: el director de un filme francamente contrarrevolucionario no acaba de admitir que ha cortado los lazos con la cultura oficial. Hablar de la represión de homosexuales y de la persecusión de artistas, y pretender insertarse en el circuito de festivales es, cuando menos, incongruente. Si los funcionarios del Ministerio de Cultura sostienen que Delfín Prats —o Reinaldo, o Virgilio— nunca fue castigado o vigilado, entonces Carlos Lechuga propone, en Santa y Andrés, nada menos que una versión anticastrista de la Historia.

"El equipo de nuestra obra ha sido comprensivo y abierto al diálogo con los censores… Si así tratan a los que se portan bien no sé cuál es el objetivo detrás de todo. Yo, Carlos Díaz Lechuga, amo Cuba, fumo tabaco, me gusta la playa…". Pero la transvaloración efectuada en el cine no deja ileso al cineasta. Si los 70 fueron la época de Santa y Andrés y del "caso Padilla", Carlos Lechuga debe entender que también él se ha metido en las patas de los caballos, que también él se coloca, cinco décadas más tarde, "fuera del juego".

Hablar de playas y tabacos es adoptar la jerga de los censores, que demandan del artista la renuncia al discurso político para permitirle dedicarse, sin ser molestado, a las "obras de arte". En Santa y Andrés, Lechuga reconoce que el acoso culmina en el exilio, pero en sus declaraciones públicas parece seguir empeñado en marcar la diferencia entre irse y quedarse; o lo que es aún más problemático: en borrar la distinción entre romper y colaborar.

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Comentarios [ 39 ]

Imagen de Amadeus

@ 16:03Es muy difícil en una dictadura hacer una arte crítico sin querer darse por aludido. Sería lo ideal, pero como conocemos los mecanismos burocrático de los mayorales, también sabemos que no será tolerado por el poder. Lechuga hará malabares con la cadena, pero el mono no es impacible. Si quiere seguir fumando tabaco, tomando ron y yendo a la playa, tendrá que entrar por el aro del domador en algún momento, de lo contrario la puerta está abierta. Ese es y seguirá siendo el drama de los cubanos. Hasta un día, of course. 

Imagen de Anónimo

Nestor, bien sabes que poco o nada se puede hacer desde fuera. Más ha hecho Rosa María Payá obligando al régimen a prohibir la entrada a Cuba al Secretario de la OEA y al ex presidente de México, que todas las peripecias disidentes desde fuera. Quizá la libertad de Cuba se discuta en la Casa Blanca, pero los que la pueden implementar y reconstruir la sociedad cubana están en Cuba. Excelente que Carlos Lechuga realice su película en Cuba, sobre Delfín Prats que sufre en Cuba. Sigan en Cuba los valientes, los pendejos dejamos que nos botaran.

Imagen de Anónimo

Algún día, en Cuba ocurrirá como en la película alemana "La vida de los otros", donde se verán las miserias de los comisarios políticos de la intelectualidad castrista.

Imagen de Anónimo

Esto le ha pasado a muchos artistas. Para quedarse y tener cierta autonomía (y libertad relativa), necesita ser bueno en lo suyo, crear obras sobresalientes y más que nada, tener apoyo de adentro y afuera que defiendan su posición político - ideológica.Si no, crear en condiciones asfixiantes, en un rubro como el cine que significa mucha inversión y apoyo de recursos de todo tipo, parece misión imposible.Un escritor como Leonardo Padura puede darse "el lujo" de hacerlo porque sólo necesita una computadora para hacer sus novelas. Una película son planetas puestos en línea.

Imagen de Anónimo

Cómo van a rectificar errores sin aceptar que han cometido estos abusos, que los siguen cometiendo hoy por hoy, no muestran imágenes en la televisión de las golpizas que reciben los opositores, no están listos para aceptar el pasado, estan condenados a repetirse. 

Imagen de Anónimo

14:44 CET. There is not such a thing as a Repudiation Act, New York style! Of course, we culd count as such the bullying of Conservative speakers at a university campi, forced to shut up and sometimes even assaulted by the Liberal rabble. The very Cuban concept of the "egg-hurling throngs" is difficult to comprehend if you are a foreigner, but even in remote parts of the Island, the Repudiation Acts were, and still are by their very nature, massive.

Imagen de Anónimo

Si Lechuga siente la necesidad de afirmar que él también es cubano, que fuma tabaco y toma ron, que se imagine lo que sienten los cubanos que nos fuimos, que somos tratados como extra-terrestres, que necesitamos una visa para entrar al país, lo que pensamos no cuenta dentro de la dialéctica nacional, lo importante es que enviémos dinero para la isla. A veces me pregunto, por qué nos importan los derechos de los que viven en Cuba, no los veo a ellos reclamar los derechos de nosotros a ser tomados en cuenta. Hasta el más progresivo cubano que viaja a la Isla, hasta el que vive con permiso del gobierno en otro país, más de dos millones, ya tomó una clara posición, de media tinta o de entera tinta, no se puede vivir en la maldita isla repleta de corrupción. Gracias nos deberían dar, algún reconocimiento. 

Imagen de Anónimo

NNDV debe de ser alguno de los agraciados del intercambio cultural del deshielo. Una chica escribía desde La Habana que el guión tiene alguna inconsistencia (también desde la cama de Elena y me pregunto si sería el lecho de dolor de la gran cantante). Luis de la Paz en una reseña mediocre como todo él no mencionaba a Delfín. Fue Norge acostado también desde la capital de la isla quien lo menciona en su esclarecedor artículo. Es cierto lo que dice el comentador bilingüe: el único marco posible es cuatro palos y el páramo.

Imagen de Anónimo

Who is NNDV, the divine inquisition? If this film is inspired in Delfin Prats the set is a "bohío", el monte, la pobreza. It is not La Habana, NY. It has to have 4 chivatos.

Imagen de Anónimo

No acuño el término "dictadura abierta", ni defino una nueva situación de "espacio público" y "diálogo". No hay nada de eso. Existen dos circunstancias: los artistas jóvenes viajan, hay más movimiento debido al relajamiento de las leyes de viaje, así acceden a la Historia nacional que se les escamotea, hablan con víctimas y sobrevivientes, consultan archivos, hay un intercambio sostenido entre los intelectuales de la diáspora y de la isla. Por otra parte, aunque el acceso a internet es muy limitado y DDC está vetado, es imposible controlar el flujo de la información, y cada vez más, el de la expresión. El debate se ha problematizado debido a esas nuevas circunstancias, pero no hay nada seguro al enfrentar o romper con el Poder, ese Poder sigue siendo totalitario. La que ya no es totalitaria es la posibilidad de participación directa del Exilio en el evento "Lechuga", o en el evento "Harry Potter" o en el evento "Tania Bruguera". No se si llamar a esto "pequeña abertura en la dictadura", pero cualquier cosa que sea, no debería desaprovecharse. Lo de "rechazar el marco de romper o colaborar" como clave del éxito de la acción, debía aplicárselo también el artista exiliado. Yo intervengo, pero no exijo nada del intelectual que se encuentra ya, de hecho, en la zona gris. Al viajar a Cuba, yo también me situé, de alguna manera, en la Zona. NDDV.