Viernes, 30 de Septiembre de 2016
01:27 CEST.
Cocina

Sushi en La Habana

Seis de la tarde. Cámara en mano llego al restaurante privado La Casa, cuyos dueños, Silvia y Manolo Robaina, me reciben, previa cita, para recorrer la instalación y participar en los preparativos de sus ya afamados "Jueves de Sushi".

Fundado el 3 de agosto de 1995, este restaurante, sito en la Calle 30 # 865, e/26 y 41, en el habanero barrio de Nuevo Vedado, lleva ya dieciséis años prestando un excelente servicio.

Comenzaron el negocio María (la Mamma), Manolo y Silvia, aportando ésta la casa materna como local, él la vasta experiencia que lo precedía como capitán de los mejores restaurantes capitalinos.

A este ambiente familiar, famoso ya por brindar cada día exquisitos platos internacionales y criollos, se añade ahora, cada jueves, la deliciosa comida oriental; el exotismo de la cocina japonesa y la destreza de los cubanos para confeccionarla.

Los hijos de Manolo y Silvia, Alejandro y Karina, adultos ya, han asumido con responsabilidad y dedicación el negocio familiar. El lugar que ocupaba María —nonagenaria de magnífica salud— es actualmente asumido, con iguales habilidades, por su bisnieta, quien creció en el restaurante, que fue la propia casa durante los años en que no se podía alquilar o comprar un local para este ni ningún otro fin: todos convivían entonces en la que siempre fue hermosa y espaciosa vivienda, convertida en próspero negocio.

Entro en la cocina y veo a Klaus, joven y experimentado chef, especializado en comida asiática, en plena faena. Me comenta que desde que asumió el oficio, en 2004, siempre sintió una especial atracción por la comida oriental. Anteriormente transitó por algunos de los mejores restaurantes estatales del país. Hasta que fue captado por Alejandro, el hijo menor del matrimonio Robaina, quien ha demostrado, a pesar de su juventud, haber heredado de su padre el buen ojo para el negocio. Asimismo, Karina, su hermana, muestra la habilidad y el conocimiento heredados desde hace cuatro generaciones.

El ambiente del local se renueva todos los jueves. Los empleados se mueven entre las mesas, cambian manteles, adornos y vajilla hasta lograr una atmósfera oriental donde predominan el rojo y el negro. Los platos cuadrados, blancos con bordes negros, anticipan la delicia de la que más tarde serán portadores. En ocasiones especiales, las jóvenes de la familia sirven las mesas ataviadas con kimonos típicos.

Una gran mesa vestida con la elegancia y sencillez del Zen, colocada frente a una de las cascadas que adornan el local, exhibe un sinnúmero de productos importados directamente por la familia: jengibre, nori (algas negras), wasabi, mirin (vino de arroz sin alcohol), y demás ingredientes, así como las fuentes con pescado fresco, camarones, aves, carne de res y de cerdo, verduras, y otros ingredientes que esperan por las expertas manos de Klaus para convertirse en exquisitos manjares: sopa de miso, tsukemono de vegetales, onigri, makisushi,sashimi, tempura, tori no karaage, katsudon, por solo mencionar algunos. Acompañados, por supuesto, por los mejores vinos, teriyaki, osake y te verde.

Entre sus muchos reconocimientos internacionales, este restaurante o paladar posee el otorgado recientemente por TripAdvisor, como el primero entre los casi cien encuestados del país.

A las 7 y 30 de la tarde, ya casi todas las mesas estaban ocupadas. La mayoría de los clientes son extranjeros hospedados en los mejores hoteles de la capital. Han reservado sus turnos previamente por Internet.

Llega finalmente el momento de desplazarme a un rinconcito del salón, donde me  sirven un poco de todo lo ofertado esa noche, para hacer la degustación. Los precios oscilan entre los 8.00 y 15.00 CUC por comensal, sin incluir bebidas.

Salí plenamente satisfecha al ver a aquellos amigos cuyos hijos vi crecer, convertidos en copropietarios de un magnífico negocio. Uno no puede evitar imaginarse cómo será de próspero nuestro país el día en que se acaben las restricciones y se libere  completamente la economía.