Martes, 21 de Mayo de 2019
Última actualización: 01:46 CEST
Ensayo

Islofobia y La mística del equilibrio

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Islofobia es el nombre que le he dado a la desazón que me causa estar en un lugar sin salidas. Cuando voy de viaje prefiero andar por mi cuenta y caminar a donde los pasos y la curiosidad me lleven. No me gustan las giras turísticas en grupo ni tampoco el montarme en autobús a escuchar una grabación del recorrido. Mucho mejor recorrer calles, explorar iglesias y andar al aire libre.

Cuando estamos en España, país que conozco y en el que me reconozco, me siento ligera, reanimada por el rumor continuo del español y las voces altas e impacientes que reclaman atención inmediata. De pronto soy la de antes: el reclamo de la calle, la cara abierta a la sonrisa, la alegría a flor de piel. Hay una infusión de vida. Allí soy yo la dispuesta, la que nos saca de apuros, la que idea artimañas para superar escollos. Mi marido, que en inglés es el director de orquesta, me cede a mí la batuta. Siento que estoy totalmente en mi elemento y quizás eso se debe a que ando en suelo ajeno, mas terreno conocido. Se produce una especie de balance entre estar en otro país que, sin embargo, me es mucho más familiar que el país que hace años me dio asilo. Uno me acoge, el otro me recoge y la distancia que hay entre ambos es el terreno que habito.

Esa fobia de estar en un lugar cerrado me persigue hoy en día cuando visito una isla, cualquier isla. Después de unos pocos días siento como una cerrazón que se manifiesta en inquietud, preocupación, deseos de abandonarla. Es un querer irme sin encontrar la salida. Creo que por la misma razón nunca he tomado un crucero. Me parece un encierro perpetrado para hacerme repetir las mismas actividades que haría en tierra firme, un aislamiento aparente, un estar en ningún lado estando siempre en el mismo.

 

 

La mística del equilibrio: habilidad verbal, gestual y psicológica de mantener una postura consecuente con los beneficios y privilegios que te ofrece un puesto burocrático en las entrañas del aparato estatal. En esa comunión espiritual e intuitiva con la omnipotencia no se debe mencionar a la Deidad Mayor, mucho menos achacarle parte de los males que parecen afligir a la sociedad actual que surge de leyes y mecanismos desencadenados por ese poderío revolucionario. Si fuera necesario criticar de algún modo a los poderes del Estado, se hará utilizando terminología académica que refrene cualquier destello de frustración o cuestionamiento del sistema dentro del cual y del cual se vive. Por supuesto, esas críticas sesgadas se mantendrán en el perímetro de la impersonalidad, sin individualización alguna o mención de cargos específicos, sino más bien solidarizándose con el conjunto de la sociedad en la que se milita. Digamos que hay un mínimo de dos facetas del discursante y que el punto de unión es consensual y nebuloso, cuando no oculto, aunque existe una cierta flexibilidad y espontaneidad crítica cuando se habla fuera del territorio nacional, según el público ante el cual se discursea.

Hace poco pude observar una vez más este fenómeno muy de cerca. Una compañera miliciana académica invita a un funcionario, editor y autoproclamado activista de derechos de afrocubanos. El invitado ofrece su visión general de la situación de los negros antes y después de 1959. Mezcla la anécdota personal con la descripción y la crítica ligera del racismo y su legado. Lo más fuerte que señala: había figuras importantes del proceso revolucionario (innombrables por supuesto) que eran o habían sido racistas y homófobas.

En el reducido público había un total de cinco cubanos residentes en los Estados Unidos. Le hacen un par de preguntas y una observación. Buena parte de la disidencia interna es afrocubana. ¿Cuál es la reacción en la Isla a este fenómeno? Curiosa respuesta: en la actualidad existe una suerte de pacto de no-agresión entre los sistémicos (el invitado) y los antisistémicos (la disidencia) mediante el cual ambos se observan en silencio, cada uno en su lugar. La observación: su charla no había mencionado a la figura política afrocubana más importante de la Isla en el siglo XX. Y con este anuncio, el observador se monta en su caballo de Troya y lee fragmentos de un largo y relamido discurso elogioso hacia un compañero de batalla en la lucha común por el mejoramiento de América. Elogiante: Pablo Neruda. Elogiado: Fulgencio Batista, conocido en Cuba como "el mulato lindo", primero presidente electo y después dictador.

No hubo ninguna otra pregunta. La compañera miliciana únicamente nos permite intercambiar dos o tres frases con el invitado. Rauda, se lo lleva en andas con la consigna de que tenían una agenda muy apretada. ¡No hay tiempo para intercambios! El horario, alojamiento y futuros eventos del invitado isleño nunca fueron revelados. Preguntas, correos electrónicos y llamadas telefónicas para contactar al compañero Urbano caen en un vacío absoluto. (¿O se trata de enrarecimiento verde olivo?) Ante las palabras, mutismo. Ante el acercamiento, huida. Ante el intercambio, mediación. Para alguien que propone igualdad de derechos, voz propia y condiciones equitativas, esa retirada rápida equivale a una fuga silenciosa auspiciada por la injerencia de quien corta el fulacao. Efectivo intervencionismo ante la iniciativa privada de contactos directos. La distancia saca a la luz el largo trecho a recorrer. Resuena un silencio de cadáver exquisito a quien se ha tirado de la lengua.

 


Nivia Montenegro nació en 1950 en Cojímar. Enseña en Pomona College, California. Es autora y colaboradora en ediciones críticas de autores cubanos como Reinaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante. Su poemario, Mi música en otra parte, apareció en 2001. Estos textos pertenecen a un libro en preparación: Memorias mínimas.

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