Viernes, 22 de Marzo de 2019
Última actualización: 02:03 CET
Poesía

La lluvia de Madrid, los globos y unas piedras

(MADRIDSECRETO)

 

"el querer tiene un sonido"

George Steiner

 

          para AJP

 

 

I

 

Por una llamada me llega tu ventana abierta

por esa lluvia interior que se cuela a poquito

trayendo su frialdad

cuando aquí está todavía el sol afuera:

la noche de otro lugar siempre incierta,

imprevista con relación a lo real.

Otra ventana de madera blanca,

un recuadro que se cierra

cuando el sonido cesa.

"Efectos especiales" —dirás.

Una vida que no vivo:

ese derrumbe de la barrera

entre lo externo y lo interno,

esa promesa de encontrar todavía,

el lugar.

La película donde la relatividad

fuera solo argumento.

Pero, la verdad, es que no sé dónde estás ahora.

Si el teléfono es lo real

o solo un objeto que permite

intercambiar pobremente

la luz de una ventana,

su reflejo

en la ficción que me he hecho de ti

y del sonido de aquellos árboles

que acompañan con sombras

alargadas de por vida

—discontinuas en mi cabeza ya—,

la degradación de los espacios

que quiero penetrar sin poder

(ese imposible desafío al misterio).

El libro envuelto que compraste en una subasta,

oigo como lo desenvuelves

—ahora, lluvia y papel de China en mi oído—,

los altibajos de un sonido:

aquel mismo crujir liviano donde envolvían

naranjas en la esquina de Ánimas.

 

La tormenta ha pasado

junto con la inconformidad de no estar.

Abres la ventana.

Siento la fragilidad de los tiempos

en una frase muerta

y lloro y después, río.

 

II

 

El hospital es blanco como el reborde

que tienen las vidas terminales,

las ventanas

y sé que el ruido es lo último

que nos queda en su precaria comparación,

entre el silbido de unos globos

del último cumpleaños

ascendiendo sin helio

como un alma en pena que vibra,

porque no cabe en un cuerpo

y unas piedras de colores que echaron

de lastre para bajarlos por mi inconformidad

haciéndoles resistencia,

apresuradamente.

Suspendidos ahora sobre una cajita

que me regalaron con olor a sándalo,

recogiendo olores indeseados

en la mesita de metal donde están las tijeras,

para cuando llegue el momento de cortar

totalmente las amarras

y subir subir subir

desprendiéndome

—cuando la enfermedad sea la mejor

aliada contra las imágenes—,

escalando ese lugar de permanencia;

esa contrapartida —sin globos ya—,

que resista al olvido:

solo piedras alternándose

guerreras hasta el final del día,

cayendo contra la cabeza

—sé que su dolor será un azoro más—

mientras intento concebir

otra posibilidad de estar

y guarecerme de su lapidación.

 

Pero no estoy contigo tampoco en el hospital

y la vida es más imposible que la especie

de recuerdos convertidos en sonidos que regresan,

nos vigilan

y cierro la ventana de acá —la de este lado—,

la de un consuelo prescrito al momento

(otro lugar común)

para que la noche sea la misma:

única, verdadera, indivisible,

contigo aquí desde entonces

quietecita,

acompañándome.

¿Sera que lo he soñado y me despierto

con una pregunta que no tiene respuestas?

¿Dónde "aquí"? ¿Dónde "allá"?

 


Reina María Rodríguez nació en La Habana, en 1952. Autora de numerosos libros de poesía, algunos de los más recientes son: O piano /El piano (Lumme Editor, São Paulo, 2014) y Luciérnagas (Fondo Editorial Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2017). Este poema pertenece a un libro inédito.