Miércoles, 26 de Julio de 2017
14:35 CEST.
Poesía

De madrugada al alba

 

                                                     A Rogelio Fabio Hurtado,

                                                           nuestro miglior fabro.

 

I

 

Dejo atrás Línea,

alumbrada y desierta

como un escenario vacío en la madrugada

y camino, L abajo,

hacia el malecón.

 

Imposible sentarse hoy en el muro.

 

Las olas desatan

su danza de abanicos

contra los arrecifes

                       y en la curva

las luces de un Ford de los 50

resbalan sobre el limo del muro

y clavan sus uñas

en la piel erizada de la noche.

 

Nada en la turbulenta oscuridad:

ni una luz, ni una silueta

de barco, ni una estrella.

 

Hoy nadie intentará la fuga

de la Isla de la Libertad.

 

 

II

 

Desde la medianoche, entre olores

a querosén, café, creyón de labios,

van llegando uno a uno.

Torpes, tambaleantes,

arrastran por la acera

los jirones sangrantes de sus vidas

y barren con sus pies

 

el aserrín que cubre el piso

de la Terminal de Ómnibus de La Habana.

 

El joven de familia revolucionaria,

aún fiel al hippismo

y a la melena de los años sesenta.

El frustrado estadista, vendedor

del Granma, que improvisa discursos

ante una multitud burlona.

La actriz paranoica,

untada de cremas y colorete.

El exfuncionario "tronado" en el 70.

La jinetera.

El furibundo adicto a la dexedrina…

 

Como atraídos

por la melodía de una flauta encantada

llegan de todos los rincones de la ciudad,

sucios y nerviosos, con los ojos saltones,

restos lamentables de un derrotado ejército.

 

Ante ellos

me es imposible evitar

un recelo ancestral

y despierta en mi envidia

la familiaridad con que, noche

tras noche, él los trata.

 

Como aquella madrugada

en la funeraria de Calzada y K

—sin cigarros para después del café—

en que se acercó a una mendiga

para pedirle la caridad de una colilla.

 

A la luz trémula del fósforo

que abrió una rendija en la oscuridad

su rostro y el de ella

adquirieron una expresión

maravillosamente hermanada,

como pintados por el mismo pincel.

 

 

III

 

La cola del café es larga

y avanza con la lentitud de un entierro de pueblo.

 

A unos pasos de mí,

una gorda sostiene entre sus brazos

un litro de leche,

como un bebé recién nacido.

 

Más allá,

dos maricones conversan

con un señor entrado en años,

actor de teatro.

Una muchacha ojerosa,

envuelta en varios metros de tela,

pide fósforos.

 

Muchos años atrás,

a principios de la revolución,

él estuvo en la Unidad de San Julián,

en las Tropas Coheteriles Antiaéreas,

me cuenta

mientras fumamos de sus cigarros

y bebemos

una y otra taza

de un café tibio y claro.

 

Luego me habla

de cuando estuvo ingresado

en una sala de dementes

("en las frescas noches de marzo,

Rosario me paseaba

entre los pabellones pintados de amarillo")

o de sus tiempos de estudiante

en el Instituto de la Víbora,

cuando su timidez de Cáncer

no le dejaba echarse novia.

"Después vino Aida", me dice,

"trastornándolo todo con sus imperfecciones",

Y mientras me cuenta

de las noches que pasaban juntos

 

—sin dinero para una posada—

en las azoteas del Vedado

o de la tarde

que se metieron a pasar la lluvia en Regla

en casa de un viejo pescador

que parecía estarlos esperando

desde siempre

y les cantó canciones cuyas letras

solo él y Aida conocían,

mientras me cuenta

como en una avalancha todo esto,

van cobrando sus ojos,

tras los gruesos cristales

de sus espejuelos,

un brillo feroz, esquizofrénico,

casi místico.

 

Y ese brillo se mantiene ante mí

todo lo que resta de la madrugada,

mucho después de que nos despedimos,

en I y Calzada,

y lo veo alejarse

—ebrio de cafeína, poesía y estrellas—

con su agendad verde

y el tomo de Quasimodo

bajo el brazo.

 

 

IV

 

Primero, despabilados y sin prisa,

pasaban los obreros del turno de las siete

hacia la parada de la 74.

 

Saludaban, al montar en la guagua,

al chofer

y le brindaban café

en los pomitos ambarinos

que abultaban los bolsillos

de sus pantalones.

 

Después pasaban mujeres,

oficinistas, maestras, empleadas

de los servicios públicos,

que apuraban el paso

y tiraban malhumoradas de sus hijos

camino del círculo infantil.

 

Sobre el monumento a José Miguel Gómez

de la Avenida de los Presidentes

despuntaba ya el día

y un coro de pájaros invisibles

presagiaba los violines

de la ciudad dormida.

 

Pero ellos no se fijaban en el alba

que envolvía

con una aureola dorada el monumento.

Ni siquiera en la pareja

que se besaba a deshora

en un banco de madera,

 

Pasaban no más, sin detenerse,

y tú me hablabas de tu turbadora amiga

la Testigo de Jehová.

 

 

V

 

Hasta la sala de tu casa,

junto al Café Colón, llegaba el estruendo

de los camiones al pasar el crucero.

 

Desde allí, hundido

en la gastada mecedora, podía mirar la calle

y espiar a la muchacha

que en el balcón de enfrente

tejía sus trenzas

mientras tarareaba la canción

que un radio invisible

lanzaba a la calzada.

 

Seca, malhumorada, Pancha

me saca de mi ensimismamiento:

"Ya le avisé. Viene enseguida",

Y se aleja otra vez

por el oscuro pasillo.

 

Debe ser ella, sin embargo,

quien recoge las florecillas silvestres

y las coloca,

cada dos o tres días,

en el vaso de cristal

junto al retrato.

 

"Flores sencillas", pienso, "como

el vestidito que llevaba puesto".

Al morir, a causa de un tumor

como mi tía Fabiola, tenía solo 21 años.

 

Se llamaba Miriam

y era hermana de la boba

que en el cuarto contiguo

golpea con ensañamiento

las teclas

de un piano.

 

 

VI

 

Cuando algunos de tus amigos

—pálidos y debiluchos

por la falta de sol,

encerrados como hongos

en sus bibliotecas—

te insistían por entonces

en que no valía la pena

hacer "vida de calle"

—La Habana ya no es ciudad

para poetas, decían—

tú tratabas en vano de convencerlos

hablándoles de las bondades de la luz solar,

de la necesidad primordial de comunión,

 

de la esencia social de actos tales

como la palabra, el culto, el amor...

 

Pero ellos estaban demasiado apegados

a sus neurosis sin ventilación

y al húmedo olor de sus alcobas

para escuchar tus razones.

Jamás podrían comprender

que media hora de conversación

con una loca

podía ser más reveladora

que todas las noches de lectura.

que bien valía una noche con Aida

en alguna escalera pestilente de la ciudad

cualquier desasosiego.

 

 

VII

 

Ella no elige noches para entrar

como dice Padilla.

 

Pero seguíamos abriéndole cada noche las puertas,

después de vagar por la ciudad horas enteras,

a esa perpleja visitante,

a esa extranjera.

 

 

VIII

 

Echado sobre mi Smith-Corona

como sobre los pupitres de pino

de la escuela,

trato de imaginarte

—desvelado por el café y la dexedrina—

en el pequeño comedor de tu casa

donde a esta hora

has de estar escribiendo.

 

En chancletas, abierta la camisa

de tu piyama a rayas, suspirando

tras repetir el nombre

que te llena el cerebro de aleteos

y derrumba

todos los diques de tu alma.

 

Están solos, tus recuerdos y tú,

en esta noche oscura

que no ahuyentan las luces.

 

Tu Remington, descascarada y vieja,

se ha callado

y en una esquina de la mesa,

sobre una lata de galletas,

humea el cigarro

que acabas de encender

y has olvidado.

 

Están solos en la noche tus recuerdos y tú,

pero los sapos croan afuera felicísimos

y un radio

(que nadie oye ya)

da la hora en el cuarto de tu tío Ricardo

y repite por enésima vez

la misma noticia

sobre los últimos combates

de las tropas cubanas

en la provincia angolana de Cabinda.

 

 

La Habana, 1978

 


Benigno Dou nació en Caracas, en 1955. Residió en Cuba de 1967 a 1980, donde estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Habana. Ha publicado dos libros de poemas, Palabras encantadas y Frente al espejo purificador; una novela, Luna rota, y el libro de cuentos Caribe perverso.

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