Martes, 24 de Octubre de 2017
02:33 CEST.
Narrativa

Fábula con monstruo

Nadie te manda, Pancho; si atiendes a Caleb, su consejo de refrescar en otro sitio o irse a dormir, el tal Osiris no te amarga la noche. Pero eres testarudo, ¿Qué tiene que ver, chico?, y te acuestas bocarriba, ¿Cuál es el complejo? Los tragos te dan por contemplar las poquísimas estrellas en el cielo encapotado, sin importar la suciedad del muro serenado y la aversión de Caleb hacia esta esquina.

Y en un santiamén, surgido de la nada, aparece Osiris. Quiere saludar a Caleb y Caleb lo deja con la mano tendida. Sumido como estás en las alturas, no reparas en él hasta que te palmea el muslo, ¿Qué hay, carpintero fino? Alzas mínimamente la cabeza, tratando en vano de identificarlo, Sin madera y en el quieto… ¿Y tú quién eres? Se inclina sobre el muro, Le ronca, asere, y acerca su cara a la tuya, ¿Todavía no caes?

Horrible. El estrago de la piel, donde todo es —aviesamente reunidos— pequeñas cicatrices, declives y como verdugones, te parece conocido, Me hago idea… no sé…, pero su calvicie no congenia con la imagen remota que viene a tu mente. Osiris murmura algo, vuelve a mirar a Caleb, diríase que con saña, y sigue hablando contigo. Ponme el tacho, carpintero, y verás como te acuerdas.

Es él, el muchachón de la imagen, Ahora sí caigo, con voz y figura de hombre, su fealdad acrecida. Estás a punto de darle la mano y preguntar, mera cortesía, qué fue de él todo este tiempo. Pero el instinto de perro viejo te aconseja. Caleb empieza a tamborilear nerviosamente en la caja de la guitarra y Osiris vuelve a encimársete, Hace falta que me hagas un trabajito ahí.

Te sobresaltas. Aunque nada de insidioso hay en el tono del recién llegado, la posibilidad del equívoco te pone en guardia. Por lo que pueda pensar Caleb. Una cama, socito, añade rápidamente, como si adivinara los recovecos por donde se enmarañan tus ideas y quisiera cebar la suspicacia. Pero al ver que te levantas, Osiris destuerce la maniobra, La pura vendió mi cama, asere, entrecruza aparatosamente los brazos sobre el pecho y abre las piernas, Pa’ llevarme la jaba al tanque. Y sonríe, no deja de sonreír, entre jovial y desafiante. Son diminutos sus dientes; parece que no han terminado de crecer. Eso también lo recuerdas. De lo que sí no logras acordarte es de su nombre, si alguna vez lo supiste.

Osiris apenas sostiene la mirada, que se mueve hacia ti, hacia Caleb… Por si sus intenciones son, acaso, las que presumes, demoras en responder, Te repito que no tengo madera, aguzando las palabras para que su filo relumbre sin melladuras. Caleb te hace una seña apremiante y se baja del muro, la guitarra al hombro. Caleb siempre con sus miedos y sus escrúpulos. Entonces Osiris descruza los brazos, La madera la pongo yo, y se coge el bulto cuya munificencia los pantalones blancos resaltan, De la dura.

Caleb ha quedado de una pieza, Vámonos de aquí, Panchi, vámonos, todo tembloroso. Pero te resistes. Claro que te resistes. El tipo no hace más que buscar lo que necesita e intenta agenciárselo de la forma que mejor sabe. Nada tiene de sorprendente ni de abominable, y no hay razón para que huyan. Algo así piensas, Nos quedamos, tati; el socio no ha legislado que tú y yo somos yuntas. Caleb abre grande los ojos, Hazme caso, Panchi, mira que… Muerto de la risa, Osiris continúa sobándose, Me desayuno, Panchi, trata de imitar la voz de Caleb cuando te nombra, Pero me sirve con los dos; hace falta arar mucho pa’ sembrarse este tronco, y empina la cintura hacia delante para que lo justiprecien.

Nadie te manda, Pancho, a posarte aquí a esta hora de la madrugada. Nosotros no entramos en esas melcochas, compadre, sigues creyendo que es posible resolver el asunto sin llegar a mayores. Respeta, ve tumbando, tratas de convencerlo casi hasta evitando ser ríspido, porque lo imaginas solo y urgido; intuyes su inquietud de que ahorita amanezca y aún no haya conseguido —represa en demasía— alivio.

Si fuera por ti, da lo mismo que se la amase como que la enseñe. Pero el tipo no entiende, ¿Que tú no entras en qué? A mí no puedes hacerme ese cuento, fiera. No entiende que el problema no eres tú sino Caleb, su desprecio por esta esquina, por la gente que aquí viene; su terror de involucrarse en situaciones escabrosas, violentas; el odio que siente hacia tu pasado y el recelo constante de que vuelva, ¿O ya no te acuerdas?, de que, en verdad, nunca se haya ido.

Quizá por eso, y temiendo que pierdas la calma, Caleb principia a caminar, Te advertí que no viniéramos…, a pasos cortos hasta la otra acera. Entonces sí te molestas. Te molesta Caleb por su fatua altanería, tanta fragilidad e ignorancia envuelta en melindre. Y te molesta Osiris con su empecinamiento inoportuno y sin límites. Si tanto de ti conoce, ¿sabrá que puedes alzarlo en peso y tirarlo como un saco de aserrín, romperle a ojos cerrados una pierna, hacer de gelatina o puré su codo, el hombro, la mano? Más le valdría… ¿Qué te parece que aquí tres no cabemos y nosotros dos no vamos a irnos?

Osiris no sabe, Pancho, o no recuerda. Caleb —que sí sabe y también recuerda— en un gesto absurdo, dictado por el pánico, se descuelga del hombro el instrumento y lo abraza fuerte. Vienen dos hombres, Pancho, qué pena, por lo que más quieras, vienen dos hombres y una mujer, vámonos.

Osiris echa a correr calle abajo, atraviesa la luz, se esfuma más allá, en lo oscuro. Y Caleb vuelve adonde estás, aferra tu brazo de bíceps tensos, dispuestos… Va aflojando los dedos hasta esbozar una caricia. Te mira suplicante. Los hombres y la mujer cargan paquetes, maletines, No sé dónde meter la cara, mi amor…, uno te conoce, la mujer a Caleb, Va a llover, Pancho, mira como caen goticas… Y tienen que apurarse, ir hacia la casona de enfrente.

En menos de un minuto el aguacero forra el portal con una cortina espesa, blanquecina. Se escucha a la gente de los bártulos hablar del tren que sale en media hora, de que si un teléfono, algo que los cubra… De un extremo al otro, viene el conocido tuyo, te pide cambio para un billete del Che y le regalas todo el menudo que traes. ¿Te acuerdas de cuando éramos fiñes? Pero se va sin esperar respuesta, como si te diera las gracias invocando la memoria de un tiempo ido. Total, para lo que recuerdas…

¿Quién era él?, indaga Caleb, la guitarra al hombro de nuevo, más relajado. Del barrio donde nací, ¿tú no oíste? Aunque sabes por quien pregunta, quieres fastidiar a Caleb. Porque has visto muchas veces esa carita de yo no fui, esa voz arrulladora de CSI encubierto que averigua como quien no quiere la cosa, y estás seguro de que el interrogatorio viene. No te hagas, Pancho. Hablo del monstruo. Solo cuanto quieres a Caleb, lo mucho que te gusta, ha hecho que soportes. Únicamente las ganas de pisar tierra firme después de un océano de charcos (aunque, de vez en cuando, apareciera un Baikal o un Amazonas).

Si cojo a ese lo pongo a volar y lo dejo caer sin paracaídas, dices, a sabiendas de que las palabras alarmarán a Caleb y habrá, al menos, una mínima tregua. ¡Lindos nos veríamos —muerde al anzuelo— en el hospital o en la policía! Imaginar a Caleb en semejante situación te da gracia, despabila tu humor, ¡Va y el fuacatazo contra la acera le arreglaba la jeta y el tipo me felicitaba y to’!, y el chiste hace blanco en Caleb, ¡Qué feo, por dios! Le mete miedo al susto. Adoras al Caleb divertido, esa parte suya despreocupada, pícara. Por eso lo contemplas sonreír, parece un niño. Y porque, además, sabes efímera, No creas que se me olvidó, demasiado efímera, esa visión, ¿De dónde conoces al monstruo?

Se merece que lo digas. Al monstruo se le marcaba buena, ¿eh, tati? Para que entienda que vivir es con los ojos, con las manos, con la boca. También. Sobre todo. ¡No me vayas a decir que no te fijaste! Cansado estás de repetírselo: que la vida es una sola y la mente engaña, te ilusiona con que son muchas, otras, más adelante… Si no fuera porque ando con la guitarra, me perdía de aquí ahora mismo, aunque me empapara, Caleb se enardece y golpea débilmente tu hombro, a puño cerrado.

Entonces el conocido regresa, a pedir el móvil prestado. Caleb se descuelga la guitarra y empieza a manipular las clavijas. El hombre marca el número, se aleja un poco, musita algunas palabras rápidas y te devuelve el equipo. ¡Qué tiempos aquellos!, ¿te acuerdas? No contestas, ni falta que hace. Chico, ¿cuál es la insistencia?, ¿de qué quiere él que te acuerdes?, Caleb ha perdido totalmente la compostura de CSI encubierto. Hacíamos cositas en el cuarto de desahogo de mi casa, con la sonrisa de oreja a oreja añades una aventura más a la saga de Pancho-fornicador-sin bandera que la fantasía de Caleb se empeña todo el tiempo en reconstruir y agrandar.

Nadie te manda, Pancho. A estas alturas Caleb no entiende de chistes; descubierto el investigador, el niño se ha escondido, No me quieras marear, Pancho Ramírez; me llevas 15 años pero no me das ni una vuelta, ¿oíste? Alza la voz sin importarle —un milagro, todo un milagro— que la gente de los paquetes pueda oír;como si fueses a amedrentarte con sus ojos tan abiertos, como si de pronto el investigador sacara del escondite a un niño otro, confiado en que la rabieta le hará salirse con la suya, Dime quiénes son los dos, de qué cuento de hadas, de qué historieta, se escaparon el monstruo y el amiguito de tu infancia.

Mil veces le has explicado; Por gusto, no crees lo que digo. Olvidas la mayoría de los detalles del pasado. A veces dudas si alguien que te saluda o se te queda mirando fue tu amante. Con frecuencia estás seguro pero entonces ignoras el nombre o cómo lucía desnudo. La mente en blanco, te lo juro; con su colorcito de vez en cuando, pero igual... Otras veces tienes la certeza de que con este o aquel fue bueno o malo el sexo y, sin embargo, eres incapaz de definir por qué. Conmigo no va eso de las películas, que el tipo cierra los ojos y ve lo de atrás clarito clarito, como si fuera otra película. Pero…

Vas a mencionar la verruga de Caleb justo en medio del pecho, cómo se le eriza la espalda con la punta de tu lengua, la sarta de eslabones tatuados que le brotan en espiral desde el cóccix para engarzar el ancla enorme, de un azul desvaído, que hace fondo más abajo, en medio de la nalga… Detalles verdaderamente significativos que tu memoria guarda. Vas a recalcarle que vivir es ahora mismo, con los ojos, con las manos, con la boca… Pero divisas a Osiris, caminando sin camisa bajo la lluvia, que ha empezado a amainar.

Caleb se desconcierta, En mala hora nos sentamos en esa esquina. Te entran ganas de confesar que es una lástima la cara del monstruo. No recuerdas que de muchachón su cuerpo anunciara o dejase adivinar cuánto de admirable revelaría años después, hoy, esta madrugada. Pero basta de echar leña al fuego, Pancho. Tú tranquilo, tati, que desactivar al punto ese es un quíquere pa’ mí.

Tan temerario como en sus tiempos de estreno, Osiris persiste en el asedio: se cuela en el portal por delante de ustedes, con la cabeza baja, simulando indiferencia, y se para cerca del trío. Enseguida la mujer —gallina que resguarda su nidada— empieza a agrupar los maletines y cajas, desperdigados sobre el piso, y cacarea algo ininteligible. No quiero problemas; si empieza con lo mismo, nos vamos; la guitarra es lo de menos, farfulla Caleb y se la cuelga otra vez.

Caleb no conoce a los tipos como ese. Si Caleb tuviera la mitad, solo un tercio de la resistencia de Osiris contra el fracaso, un tercio de su disposición para intentar lo que desea, habría aprendido a tocar, al menos, las canciones de Arjona, que tanto le gustan. Caleb ni se imagina: La Bárbara, Minguillo, Tina Túnel lo colmaban de improperios, se reían de su cara maltrecha por el acné, de sus carnes magras, los dientecitos grotescos, la piel como sucia. Pero el monstruo soportaba, callaba, esperaba. Alguna que otra noche, al filo del amanecer, cuando era evidente que no habría pan, la tribu echaba mano al casabe.

¿Te quedaste mudo? ¡No puedo creer que estés mirando a ese tipo, Pancho! Ha aparecido, por suerte, una flaca caquéctica con unas botas plásticas que le llegan casi a la rodilla y arma grandísima alharaca apurando a la gente de los equipajes, mientras les entrega un paraguas gigante y un trozo de nailon. ¡No jodas más, Caleb! Déjame gozar la talla del esqueleto rumbero. Tremenda pinta de la Defensa Civil que tiene.

Osiris parece escuchar lo que dices, porque sonríe, no para de sonreír. Caleb se da cuenta, Habla bajito, por favor, la señora va a oír; mira cómo el feo ese te celebra la gracia. El conocido tuyo levanta el brazo, Agradecido, compadre, antes de salir al aguacero, que ha arreciado de repente. Osiris camina hasta la herrumbrosa balaustrada que circunda el portal; se inclina sobre el barandal. ¿Interesado en la lluvia, Pancho, o en que contemplen su nuca, las nalgas y dorsales vigorosos, el surco hondo de la espalda? Esqueleto pinga, maricones; váyanse a fletear a otra parte, la flaca los encara desde la acera, bajo la sombrilla, y como no le ripostan, sigue de largo, Ojalá los muerda el cangrejo, pa’ que vean lo que es hueso y pellejo.

Nadie te manda, Pancho. Nadie te manda a meterte con personas desconocidas; mira la pena que me has hecho pasar. Caleb no tolera un percance más, En mala hora permití que viniéramos a carenar aquí, exige irse a casa, ahora mismo. Osiris se vira de frente, apoyadas las manos y la cintura en la baranda. ¡‘Tate quieto, viejo!; bastante que me costó comprarte la guitarra pa’echarla a perder así como así. Es extraordinariamente bello el torso de Osiris, perturbador el relieve que crece y crece bajo la tela mojada. Tanto más cuanto Osiris simula ignorarlo, la cabeza ladeada, como si algo recabara su atención a lo lejos. Llega un momento en que la cara se le borra, no existe o no hace falta. Pero qué descaro, mira a ese hombre como está, y es curioso, muy curioso, que Caleb diga hombre y rescate a Osiris del mundo de los monstruos.

¿Así que vacilando? Te cogí, tati, te cogí. Nadie te manda, Pancho; bien sabes que Caleb no consiente esa liberalidad y franqueza. Ofuscado a más no poder, se desprende del instrumento, lo recuesta a la pared y amenaza con marcharse. Lo sujetas por el brazo. Solo cuanto quieres a Caleb, lo mucho que te gusta, ha hecho que soportes. Únicamente las ganas de pisar tierra firme después de un océano de charcos. Así que anclaste el barco y piensas que nunca más vas a estar en mar abierto, escuchas decir a Osiris. ¿Qué tú trinas, socio?, confundido, piensas que ha leído tu pensamiento.

Pero te equivocas, Pancho. Mis respetos, asere, que usted es un tipo estelar; eso fue con su yunta. No entiendes, Tú no tienes na’ que hablar con mi yunta, y te das cuenta de que todavía tienes agarrado a Caleb, aunque Caleb ya no haga fuerza. No quiso ni saludarme; pero cualquier día el ancla se le zafa y el barco se va a pique: marineros somos… Sigues sin comprender, Canta claro, asere, que oigo la música pero la letra no la copio, y sueltas a Caleb. Él sí me entiende; pregúntale pa’ que veas.

Caleb apenas logra ocultar el azoro; esos ojos no te engañan, Pancho. ¡¿Yo?! ¡Qué sé yo lo que ese loco está hablando! De pronto tienes un vislumbre… Pero qué va, imposible… ¿Cuál es el farol, compadre?, demoras en responder, aguzando las palabras para que su filo resplandezca sin melladuras. Osiris va entonces al contragolpe: se hace, por fin, la luz, Farol ninguno, fiera… Bueno, yo farol no pillé ninguno; lo que vi esa noche fue el tatuaje, un ancla con su cadenita y to’.

Nadie te manda, Pancho. Si atiendes a Caleb, su consejo de refrescar en otro sitio o irse a dormir, el tal Osiris no te amarga la noche. Pero eres testarudo, y mira las consecuencias. Eso es mentira, Panchi, seguro el tatuador se lo contó. Solo cuanto quieres a Caleb, lo mucho que te gusta, hace que soportes inmóvil y en silencio esa última mentira. En mi vida he visto a este hombre, Panchi, mi amor, en mi vida… Nada de recriminaciones ni de violencia. Solo te queda aceptar dignamente el error: tampoco Caleb era tierra firme. Tienes que saltar el charco, proseguir la travesía en el océano.

¿Y cuál es tu nombre, socio?, das unos pasos hasta Osiris y le tiendes la mano. Osiris, responde mientras ofrece la suya, Me llamo Osiris, pero en el tanque me pusieron El Bache, por la cara, tú sabes… Estás muy triste, pero sonríes. Vivir es con los ojos, con las manos, con la boca. Te voy a hacer la cama; tengo un poco de madera por allá, tú pones lo que falte, dices bien alto y le guiñas un ojo. Al voltearte ves a Caleb llorando, Es que me daba pena, mi amor, entiéndeme, hace por abrazarte cuando coges la guitarra. Lo esquivas y sales al agua.


Pedro de Jesús López nació en Fomento, en 1970. Ha publicado la novela Sibila de Mercaderes (Letras Cubanas, La Habana, 1999) y el libro de cuentos La vida apenas (Bokeh, Leiden, 2017), que incluye textos de sus dos libros de cuentos pulbicados y otros, como este, no aparecido antes en libro.

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