Lunes, 20 de Noviembre de 2017
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Ensayo

El reloj del paisaje

 

Noche: cierro los ojos y veo, vuelvo a ver. La noche de la memoria y la noche de los párpados poco a poco recuperan restos de luz y sombra, horas que fueron instantes y ahora parecen siglos. Día: abro los ojos y veo, vuelvo a ver esos paisajes ausentes en los puntales de la luz. Visto y pintado, lo vivido, lo pasado, han logrado dejar extrañas y conmovedoras huellas. La mirada, así, vuelve a recorrer el horizonte. La madeja urbanística de Nueva York o Venecia, captada desde una perspectiva fija, obsesiva: la ventana de un hotel, que reta con su pequeño rectángulo, como un falso trompe-l'oeil, a la monotonía descomunal del concreto; o un azaroso pero centrípeto punto en cierta calle, desde donde se traza el arco medular del paisaje posible, como si se midiera a la ciudad para reconstruirla en ese espacio fantasmal pero resistente, indestructible, que es el tiempo. Un tepuy, el Ávila que separa a Caracas de la costa y la acerca al cielo, los volcanes de México, imperturbables teocalis que evocan el amenazante humo de los sacrificios, suman rectángulos de geología a la historia. Los tiempos verbales, que siempre son tiempos tribales, carecen de conjugaciones para estas primeras personas de piedra y fuego.  El paisaje, esa maravillosa invención, más que espacio es tiempo. Y por eso nos cautiva. Y nos perturba. Cada paisaje proclama nuestra impermanencia.  La desolación y los espejismos de nuestra impermanencia: duramos poco, es cierto, pero hasta la geología es humana.

Noche: Anteo y no Narciso, esponja más que espejo, la tela colocada sobre la tierra, como si fuera el mantel para un segundo déjeuner sûr l'herbe, absorbe en rectángulos la vastedad impalpable, lo informe, la materia. La tela como tellus: ante un trozo de bosque, se hace parte del paisaje; y parte del paisaje, antes de transformarse en uno más, palpable, impar. De hecho absorbe algo de la humedad de la tierra, se mancha de humus, de polvo, a la pintura todavía húmeda se adhieren, en trizas, hojas, corteza, polen, acaso algunas semillas. Así cuenta con el viento, ese impredecible artífice. Y con la luz estelar, que conmueve más: asombraY es que la luz misma parece adherirse a la pintura por absorción. Día: Eros y no Eco, imán más que imagen, la tela incorpora rituales cotidianos. Amanecida frente a la Iglesia de San Marcos, yace sobre una acera veneciana, sola ante la iglesia, acaso también sola ante Dios. Pero al cabo de un siglo o de un par de horas ya no lo está: se trata de una acera transitada. Y sucede lo que tiene que suceder. Puesta y expuesta, la tela pintada es también una tela pisada y recoge hasta las más fugaces huellas. Las suelas de los venecianos, herederos de una milenaria tradición de vidrieros, dejan soberbias alusiones a la transparencia.  El reloj del paisaje no mide el tiempo: lo borra. Por un instante lo borra. Y es eso lo que queda: no lo mirado, la mirada.

 

Caracas, 13 de abril 2004


Octavio Armand nació en Guantánamo en 1946. Poeta y ensayista, ha recogido sus ensayos en los volúmenes El pez volador (Casa de la Poesía Pérez Bonalde, Caracas, 1997) y El aliento del dragón (El aliento del dragón (Casa de la Poesía Pérez Bonalde, Caracas, 2005). Ambos libros, junto a otros suyos del mismo género, aparecen recogidos en Contra la página. Ensayos reunidos (1980-2013) (Calygramma, Quéretaro, México, 2015).

Otros textos suyos: El taller y Crazy Horse.

 

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