Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
21:01 CET.
Narrativa

Las muertes que nos tocó vivir

"Se acaba el mundo, esta vez sí que nos morimos" —dijo mi padre con ojos llorosos, y continuó en lo que hacía más de seis meses era su faena habitual, nada más inimaginable que la construcción de un subterráneo. Según él, nos serviría por un período de año y medio para sobrevivir a la catástrofe que se avecinaba.

Para ello cavó día y noche sin darle importancia al hastío que le causaban las largas jornadas de trabajo, y no se detuvo hasta hoy, cuando dio por concluida la tarea.

Con mucha emoción nos convidó a entrar en el refugio para mostrarnos el resultado de su esfuerzo. Algo que desde un inicio ninguno de nosotros comprendió, por creer que había perdido literalmente la cabeza. ¿Cómo fue posible que un simple documental del Discovery consiguiera hacerle ver que el mundo se acabaría en poco tiempo? Según nos dijo, el 21 de diciembre la Tierra sería impactada por un planeta llamado Nibiru.

Infinidad de veces le explicamos que desde que éramos niños mucha gente especulaba diciendo que el mundo estaba llegando a su fin, primero fue por los años 90, luego en el 2000,  pero no pasaban de ser especulaciones, nada ocurría, y le aseguramos que así seguiría siendo, que el fin de todo solo llega cuando la persona muere, y la Tierra siempre va a estar en el mismo sitio con sus inevitables transformaciones, porque todo en la vida debía ser así: CAMBIABLE.

Para ser algo hecho por un solo hombre no estaba mal. Era mucho más espacioso que la propia casa; abuela quedó sorprendida, no creyó que su hijo fuese capaz de construir algo de tal magnitud; para Dany, la labor de papá había superado sus expectativas. Lo cierto es que era una realidad, y el  creador se jactaba contemplando nuestro asombro. El túnel era lo suficiente profundo; en su interior algunas vigas de madera apuntalaban el techo previamente  revestido con pedazos de cartón-tabla que no permitían que la tierra cayese sobre nuestras cabezas, y a lo largo del pequeño túnel una serpentina de bombillas medianas iluminaba el agujero. Al menos teníamos luz, gracias a una  extensión eléctrica que había sacado de la casa.

Antes de toparnos con una puerta revestida de acero, papá nos explicó que había nombrado el lugar al que entraríamos: "Salón de Salvación". Dany creyó que exageraba, y viendo que todo lo que teníamos a nuestro alrededor y bajo nuestros pies era puro fango, alegando que  no quería convertirse en una lombriz de tierra, por ningún motivo iba a mudarse a un sitio como ese. Ni aunque llegasen alienígenas armados.

Fue ahí cuando papá comenzó a decirle malagradecido, que él lo quería como si fuese su propio hijo, y parecía mentira esa actitud de inadaptado, que solo le importaba preservar nuestras vidas; y desde nuestra unión nos aceptó por encima de todo, tampoco dio crédito a comentarios mal intencionados de vecinos y familiares; se adaptó a la idea de no tener nietos con los que compartir lindos momentos de la vida, y durante dos años consecutivos, sin complejos, asistió a las celebraciones que se realizan contra la homofobia.  Infinidad de veces abordó a Mariela Castro para felicitarla por su trabajo y le exigió más libertad para los homosexuales. Sin peros admitió que pintáramos la casa del color de la Pantera Rosa e inundáramos la mayoría de las paredes con afiches de Madonna y Rafaela Carrá, y no solo eso, sino que  nos cedió el mejor cuarto de la casa para que no lo tildáramos de padre anti-gay, y ahora, precisamente en este instante, Dany le daba la espalda.

Luego de la interminable perorata, Dany sucumbió al pánico que le provocaba tanta humedad, y determinó que llegado el momento bajaría a la madriguera, con la única condición de poder traer consigo su colección de mini-cactus  y algún que otro póster de sus divas favoritas.

—Nada de eso te va a hacer falta cuando se acabe el mundo, alegó mi padre y prosiguió— sería mejor pensar en algo más productivo, qué les parece traer parejas de varios animales, por ejemplo: dos perros y dos gatos, con una acción como esa contribuiríamos a preservar las especies, sí, porque si nos quedamos solos en el mundo de alguna manera tendríamos que volver a empezar.

Las ideas de mi padre cada vez eran más estúpidas, sabíamos que la extraña muerte de mi madre un año atrás había afectado su personalidad, desde el incidente no dejó de pensar en la muerte.  Pasaba las madrugadas dialogando con su propia sombra, y con una seguridad delirante nos aseguró que mi madre no se había ido del todo, y que en algún momento vendría por nosotros.

Dentro de sí renació un deseo absurdo de querer preservarlo todo y a todos. Pero no quise sacar a flote el tema, miré a Dany, y a la abuela hice un guiño, sugiriendo seguirle la corriente.

—Sí, papá, me parece genial, viene siendo algo así como el Arca de Noé en versión  habanera, ¿pero, solo vamos a traer dos gatos y dos perros?

—Bueno, era un ejemplo, tengo un  amigo que trabaja en el Zoológico Nacional, por lo pronto él

podría conseguir la pareja de  chimpancés, y dos cocodrilos pequeños.

La abuela, al escuchar lo de los cocodrilos, con un grito puso en evidencia que estaba en total desacuerdo. Dany, algo molesto, agarró a  abuela por uno de sus brazos y con amabilidad la condujo un poco más cerca de la puerta que acto seguido papá abrió para que entrásemos; antes nos ofreció un papel donde aparecían una serie de reglas que a partir de ese momento debíamos cumplir al pie de la letra.

Y de un tirón cerró la puerta.

1- Es importante bajar al Salón de Salvamento y permanecer por un periodo de dos o tres horas diarias para adaptarnos a un modo de vida hostil, y en el transcurso de los días ir aumentando el tiempo hasta conseguir la adaptación.

2- Una vez se cierre la puerta, bajo ninguna circunstancia podrá abrirse hasta cumplido el plazo de un año, teniendo en cuenta que luego del desastre es peligroso salir al exterior, puede haber  contaminación ambiental.

3- Se debe ahorrar el agua potable y la comida. Por lo que se tomará agua dos veces al día en pocas cantidades y solo tendremos derecho a una merienda ligera en la mañana y una comida nocturna.

4- Para evitar el aburrimiento extremo, durante año y medio nos mantendremos haciendo ejercicios tres veces al día y leyendo libros y revistas.

5- Frente a cualquier situación se debe mantener la calma, y suceda lo que suceda queda prohibido entrar en pánico.

La lista era risible y exagerada, parecía una escena sacada de una película de ciencia-ficción, pero no consiguió superar lo que vimos al cruzar la puerta, fue algo que nos hizo pensar que estábamos en presencia de un hombre atormentado.

Había poca luz, pero apreciamos que el lugar era lo suficientemente amplio como para que permanecieran alrededor de unas 12 personas; en dos esquinas, muy bien colocados, había tres árboles de navidad repletos de lucecitas, y varios Papá Noel en trineos alados por alces. Sobre ellos, en las ramitas verdes, sujetadas con trozos de pita muchas bolas coloridas, que según papá ayudarían a aplacar el estrés que  puede causar un encierro prolongado.

Papá se desplazó por el hueco y rápidamente se encendieron unas farolas que nos encandiló la vista, abuela dio un saltito en el lugar, pero más que todo se puso nerviosa por lo que encontramos allí: todo lo que en algún momento de la vida fueron pertenencias de mi madre.

Había una gran parte de sus escritos; poemas y cuentos dispersos, como si alguien los hubiese leído recientemente, algunas páginas estaban húmedas y embadurnadas en  fango. Me acerqué un poco a la mesa y alcancé uno de los manuscritos para acercarlo a la luz, eran unas pocas líneas, debajo en tinta negra la firma de mi madre, como si estuviese recién escrita.

Poco a poco amanece, poco a poco la gente sale a las calles.

Poco a poco todo cambia, y muere.

Todo en la vida es así, poco a poco.

Elba.

¿Por qué mamá habría escrito algo como esto? No supe hallar una respuesta, tampoco recordaba haber leído algo así en el pasado, sentí que de un momento a otro iba romper en llanto, todo parecía tan reciente, de pronto me llegó una extraña mezcla de olores ligados a  varios recuerdos; era el aroma de mi madre, el que sentía cada vez que me besaba la frente por las mañanas antes de irse a algún lugar que nunca supe. Me asaltaban algunas dudas: ¿por qué no vi su cuerpo sin vida? ¿Por qué mi padre dijo que había preferido ser incinerada? ¿Por qué nunca vi sus cenizas, ni la declaratoria en que pedía tal procedimiento?

Dany percibió un cambio en mi conducta,  fue a mi lado y por un momento dejó a la abuela que de inmediato comenzó a protestar, porque a sus 80 años le iba a ser difícil sobrevivir sin tener un baño decente, mucho menos sin sus pastillas para los nervios. Pero papá le prometió que le compraría los medicamentos que le hiciesen falta, eso sí, tendría que adaptarse a mear y cagar sobre la tierra.

 


Nonardo Perea ha publicado el libro de cuentos Vivir sin Dios (Extramuros, La Habana, 2009) y la novela Donde el diablo puso la mano (Montecallado, 2013). Este fragmento pertenece a su novela inédita Las muertes que nos tocó vivir.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.