Lunes, 18 de Diciembre de 2017
15:51 CET.
Narrativa

Los René

A Cortázar y Ernesto

 

Cuando  fui a visitar a René, lo encontré un poco neurótico, algo inusual en él. Desde hacía un par de meses cargó con todas sus pertenencias para irse a vivir a un departamento situado en los altos de una zapatería de la calle Monserrate, departamento que pertenece a su amiga Andrea.

Desde que su familia supo, René poquito a poco fue apartándose de todos, o todo fue huyendo de él, de mí, de nosotros, a causa de eso dejó de ser quien era. Ya no nos dábamos el gusto de darnos algún que otro trago, tampoco volvimos a frecuentar las fiestas donde solíamos divertirnos escuchando música y  emborrachándonos, para de esa manera evadir nuestros temores y echar a un lado todo lo que pudiese oler a problema no resuelto.

Ahora no deja, no dejo de usar pantalones a cuadros, y lleva un perfume demasiado dulce, gracias al nuevo comportamiento, ellos, los que dicen ser nuestros amigos incondicionales, quedaron un poco jodidos con eso de que yo y René, René y yo, ya no parecemos ser los mismos de antes. Ya poco nos emociona  mirar el culo de cualquier mujercita, palabra esta recién incluida en nuestro vocabulario.

Para rematar, René y yo comenzamos a hablar arrastrando la erre, nos sale como si lo hubiésemos ensayado durante años, siempre que oímos o presenciamos algo que nos parece desagradable o fuera de lo común, decimos al unísono, que horrorrr, que horrorrr, arrastrando la erre.

No sé por qué razón, pero hoy cuando abrió la puerta  y vi sus ojos llorosos, la boca abierta como si desease vomitar alguna cosa. Se comportó tan arisco cuando le pregunté que le ocurría y se fue a la mesa del comedor para justo allí sentarse  frente a un papel en blanco y coger un bolígrafo para comenzar a escribir.

En ese momento sentí que justo ahora René y yo comenzábamos a ser uno mismo, no me importó el olor del perfume dulce, mucho menos le presté atención a ese deseo suyo de querer apartarse de todos, alejarnos de toda esa gente que se olvidó de nuestros nombres, y no solo de nuestros nombres, sino también de nuestras vidas. Estaba convencido de que René era yo, y mi cuerpo, o más bien su cuerpo, era una copia fiel de mi propio cuerpo o viceversa. Dos historias ligadas en una, dos personas con los mismos ojos, la misma boca y nariz, René y yo, yo y René, viéndonos desde ángulos diferentes, ambos,  como por pura casualidad llevábamos los mismos vestigios: dos de mis lunares están situados justo debajo de mi ombligo, los de él  en mismo número están a un costado del suyo, la mancha de nacimiento que tengo escondida bajo una de mis axilas él la muestra a todo color sobre el vientre.

Pero eso, justamente eso de introducirse los dedos dentro de la boca, para vomitar así porque sí, nada más y nada menos que un conejito, que mirándolo bien, con el rabillo del ojo, puede que no sea un conejito, parece más bien una ratita, porque es mucho más pequeña, tiene el hocico alargado y un rabito muy fino.

René, pobre René, tal parece que le prestas demasiado interés  a lo que sucede, de haberme avisado con tiempo habría venido por ti más rápido, imagino como te has de sentir en esta casa prestada. Vine a verte para intentar olvidar y sentirme menos culpable, y tú ahí medio desnudo echando una ratita tras otra, todas parecen tener ganas de vivir, bullen, corren, se amontonan unas con otras para darse cariño. Puedo ver lo poco que queda de los almohadones, las paredes están arañadas, no queda nada de los libros, tus ratitas se han deleitado arruinando una buena parte de la casa, que horrorrr, que horrorrr. Del retrato de Lezama solo queda el marco y una mitad de su cara. Todo es un desastre. Para ayudar podría ir atrapándolas a una por una, no sería difícil, son dóciles, incluso, si las observas con detenimiento notas que son apetitosas a la vista, tienen el color de los chocolates. Atraparlas René, e ir sumergiéndolas en un cubo con agua para darles una muerte rápida y sin dolor, es tan fácil  ofrecer la vida, y tan sencillo quitarla. Pero no podemos hacerlo, has comenzado  a tomarles afecto, lo veo en tus ojos, cuando las sujetas por las orejas mientras las sacas de tu boca y ya en tus manos se endurecen y les prodigas caricias, son pequeñitas pelusas que una vez en el suelo se trasladan de un lado a otro de la casa y no se están quietas, son tan desobedientes. Dices que no duermen ni de día ni de noche, si supieras René, que desde que todo se supo, jamás imaginé que pudiésemos estar así tan nerviosos. Vomitar ratitas puede que no sea tan complicado, mucho menos creo que sea algo trascendental, lo peor no consiste en ver cuántas ya has traído, sino escribirle una carta a Andrea contándole que tú soy yo. Y yo soy tú. Ella entenderá, no podrá culparte porque no es tu culpa, como tampoco es la mía, en un principio no quisiste venir a ocupar su departamento, más bien le hacías un favor porque ella se marchaba y no era conveniente dejarlo todo en manos de la soledad, claro, nadie esperaba las ratitas. Pero cuéntale que son mimosas.

Destructivas pero mimosas, son animalitos que ofrecen un bienestar que invalida todo tipo de violencia, de ser preciso miéntele, dile que ya has asesinado a unas quince y no has podido continuar con la matanza porque es demasiado cruel, ellas son como niños pequeños, indefensos, animalitos a los que solo les faltaría tener la facilidad de decir algunas frases como: mamá, papá, hermanos.

Y nada, nada se resuelve con el llanto René, bien que pudiésemos abrir las ventanas para dejarlas escapar, quizá así nos sentiremos más libres, porque en cada una de esas pelusitas vivientes irá un pedazo de nosotros, irán en busca de una nueva historia, aunque pensándolo bien, puede ser más conveniente que termines esa carta, y más tarde guardarla  en algún lugar donde  resulte imposible ser destruida, y después tú y yo, René y René, sin que nos importe nada,  podríamos tendernos sobre los huecos que ya han comenzado a abrir tus ratitas en el piso. Acostarnos René, y permanecer ahí por mucho tiempo, juntos, y no pensar, para dejar de ser uno en el otro, y convertirnos en una deliciosa carnada para ellas. Que horrorrr, que horrorrr.


Nonardo Perea ha publicado el libro de cuentos Vivir sin Dios (Extramuros, La Habana, 2009) y la novela Donde el diablo puso la mano (Montecallado, 2013).

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