Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Poesía

Agravios

 

El impresionante
color de la especie,
negro añil brillante  
se funde con la noche.
Ojos atemorizados,
peligrosos,
frecuencias diferentes
que solo se encuentran
en la búsqueda constante,
en esa ansiedad de crecer en la grasa
presentándose exigente
con sutil amenazas.
Volverán en marzo o en abril,
¿o es que no vuelven?
La cacería comienza en noviembre.
Duermen ya entre las hojas
en huecos que busco
y no encuentro.
No comen, no orinan.
Solo duermen el ramadán de meses.
Dejan marcas en las piedras y en la tierra,
símbolos de su insistencia.
Misterios que nos traen
y que hay que dejar ir.
Quedan los cartuchos en que les di comida,
bolsitas ripiadas por dientes voraces,
latas vacías de miel y maní.
Ahora el espacio y las semillas
pertenecen a un ejército de pájaros.
Picotean el desperdicio que han dejado los osos.
Azulejos disfrazando a los cuervos
aparecen en un aeropuerto
de revuelos y plumas.

En el vasto paisaje de árboles
moribundos
el invierno aparece.
La lluvia es cómplice  
de la caída de las hojas,
de la demolición
del campamento.
Estrategias del tiempo
calculadas por la repetición.
En el campo de batalla
los osos duermen
pero no los hurones.
Mi presencia entre salvajes,
la rabia, el emisario
     ataque repentino
     de uñas  
     rasgando mi barriga,
Ante el chorro de sangre
el miedo y las mordidas
las balas arrasan al hurón enfermo.
No huyó, esperaba la ráfaga.
Ahora se congregan cada noche.
El oboe los atrae.
Crecen las tribus de máscaras,
lavan sus garras en el agua
y el piano los planta
frente al muro.
Unos me miran de reojo.
La matriarca se acerca,
me escondo detrás de la madera.
Las estrellas concurren
mientras ellos devoran las semillas
se fajan, se muerden, se roban
los pedazos, se insultan
y corren cargando los despojos.
La más débil detrás
en una esquina
tiene un solo ojo
y una pata.
Queda atrás
y es el sacrificio de la tribu,
el pago final, la diferencia.
Los hurones temen,  
también la cacería los agarra.
Conocen la modalidad
del chucho eléctrico
intrincado en el ano.
La piel, su identidad,
los lleva a la miseria.
En el vasto paisaje
la tribu de guanajos,
pasa de un continente a otro
dejando los graznidos.
El gato los observa.
Se arma,  
vigila.
Hay huecos,
un ratón entra
buscando las semillas.
Chillidos rápidos, casi inaudibles.
El gato lo atrapa,
lo lleva apretado
entre sus dientes.
No sabe,
sigue el instinto,
la matanza.

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros publicados son Dos mujeres (Betania y Centro Cultural Cubano de Nueva York, Madrid, 2011) y Volver (Betania, Madrid, 2012).

Otros poemas suyos: Adrián en su tristeza, Este cuerpo extraño...En Nueva York nos encontramos... y Era el mismo sonido...

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