Sábado, 16 de Diciembre de 2017
14:14 CET.
Historia

El parto del Leviatán

"...que no hay cosa más difícil de abordar, ni en la que éxito sea más dudoso, ni se maneje con tanto peligro, como el implante de un nuevo orden político..."

Maquiavelo, El Príncipe

 

Como un nuevo jalón en su ya prolija producción historiográfica, Rafael Rojas acaba de publicar la Historia mínima de la Revolución cubana. Se trata de una de las obras incluidas dentro de la serie afín de El Colegio de México; orientada a poner al alcance del público interesado información esencial, actualizada y abarcadora acerca del devenir de naciones y procesos históricos de relevancia global. Dentro de estos, el abordaje del caso cubano —como el coreano, previamente analizado en la misma colección— combina los atributos de la relevancia geopolítica y una pasión intelectual que se traslada de los autores y sus obras a los debates de actualidad.  

Ampliando –en extensión y profundidad— la mirada que ofreciera hace dos años el también historiador cubano Oscar Zanetti  en Historia mínima de Cuba (El Colegio de México, Ciudad de México, 2013), en esta nueva entrega Rojas rescata la noción de historia mínima delineada por Cossío Villegas. Para dar cuenta de las líneas maestras del cambio económico, social, cultural y político acaecido en la nación caribeña entre los años 50 y 70 del siglo pasado. Un periodo que abarca las luchas para derrotar un régimen autoritario —el batistato— y el conflictivo parto de un nuevo Leviatán socialista a escasas 90 millas de EEUU.

Sin embargo, pese a que el autor cumple satisfactoriamente —en forma y fondo— su cometido de ofrecer una narrativa general del cambio histórico, considero que los principales aportes del libro derivan de su capacidad para analizar las fases, actores y coyunturas cimeros de la historia política de la Cuba revolucionaria. Tributando, de forma virtuosa, al cúmulo de trabajos que el propio Rojas ha ido atesorando en los últimos 25 años en torno al orden institucional y legal, el pensamiento político y los conflictos históricos y sociales ligados al desarrollo de la nación cubana. Pero también a las contribuciones de otras investigaciones recientes[i] que, desde los campos de la historia social y las ciencias políticas, han dado cuenta de la heterogeneidad de proyectos (triunfantes y abortados), el peso de los factores exógenos —hegemonía estadounidense e irrupción de la Unión Soviética como poder global— y la fortaleza de un ideario nacionalista y radical —componente de cultura política nacional— en tanto elementos decisivos para la configuración del régimen de partido único emergido en las postrimerías de los años 60. Y es desde esa apertura disciplinar —en particular, estableciendo las sintonías del libro con aportes recientes de la politología orientada al estudio de regímenes autoritarios— desde donde quiero señalar algunos de los potenciales explicativos máximos de esta historia mínima.

Un acierto del autor es describir, con precisión y desde el mismo arranque de la obra[ii], los acontecimientos y contenidos distintivos de dos etapas comúnmente (con)fundidas dentro del uso corriente del término Revolución Cubana. Una fase germinal —capítulos 1 al 9—, caracterizada por un profundo carácter nacionalista y un reformismo radical, que abarca de la lucha contra Batista y llega a la primera mitad de 1960. Y otra —capítulos 9 al final—desplegada a partir de la oleada de nacionalizaciones de la segunda mitad de 1960 y el enfrentamiento con EEUU, que cristaliza en la instauración de un régimen marxista-leninista a partir de los años 70.

La primera etapa tiene su impronta —desde el consenso de diversas organizaciones e ideologías nacionalistas y radicales— en la lucha para derrocar la dictadura y emprender un  proceso de reformas democráticas y redistributivas contempladas en la Constitución del 40. Acuerdos políticos y manifiestos programáticos como La historia me absolverá (1953), el Pacto por México (1955) y la Carta de la Sierra (1957) son ejemplos del espíritu antidictatorial y latinoamericanista que caracterizó el discurso y las agendas del liderazgo y movimiento revolucionarios durante aquellos años. Se trata de una etapa donde los cambios se produjeron, en sintonía con lo teóricamente expuesto por los politólogos Aníbal Pérez Liñan y Scott Mainwaring en su más reciente estudio sobre los cambios de regímenes políticos en la Latinoamérica contemporánea [iii]. De modo que, a partir de una combinación del accionar de los   revolucionarios —opuestos al régimen— y de la colaboración, neutralidad o defección de otros actores —ligados al orden republicano interrumpido por el golpe del 10 de marzo o a las fuerzas de la propia dictadura— cambia la correlación de fuerzas y la distribución de los recursos políticos en favor de la oposición.

Situación que, pese a habilitar en la sociedad cubana una acogida abrumadoramente favorable a un cambio de tipo revolucionario (estructural, modernizador, cultural) como el identificado por Mainwaring y Pérez-Liñan, no se tradujo —al menos públicamente— en un temprano abrazo del proyecto comunista por el liderazgo revolucionario. Ejemplo de lo cual son, como identifica Rojas en su narración de 1959, la gira primaveral de Fidel por EEUU, Canadá y Latinoamérica —donde reitera su rechazo al comunismo como ideología de su revolución "humanista" y promete la celebración "en dos años" de elecciones para renovar el Gobierno de la Isla— y la aprobación de una (primera) Ley de Reforma agraria (mayo 1959) afín al modelo de la CEPAL.

Una lectura atenta de este libro revela, ya desde ese momento germinal, la creciente fuerza del radicalismo político —en tanto discurso y accionar— dentro del movimiento antibatistiano. Si bien no puede confundirse radicalismo con tendencia totalitaria[iv], resulta evidente (capítulos 3 al 7) que tanto el saboteo y represión dispensados por el Gobierno de Batista a las iniciativas de la oposición pacífica orientadas al cambio electoral, como el rechazo de los revolucionarios —y en especial de Fidel Castro— a aquellas proyectó la solución radical como única salida a la dictadura. En ese sentido, no deja de llamar la atención la persistencia de elementos distintivos de la política radical —como la apelación al pueblo, el léxico refundacional y la reticencia frente a las instituciones representativas—tanto bajo el régimen batistiano —Estatutos Constitucionales de 4 de abril de 1952— como en las primeras iniciativas del Gobierno revolucionario —Ley Fundamental de 7 de febrero de 1959.[v]

En el capítulo 10 —y hasta el final de la obra— Rojas aborda como, a partir de la segunda mitad de 1960, se produce la transición a un régimen de tipo soviético. Así, los acontecimientos del verano y otoño de 1960 (neutralización de prensa independiente, nacionalización de grande y mediana industria, comercio y servicios, viajes de dirigentes cubanos a Europa y Asia socialistas) llevan la marca de lo que neoinstitucionalistas como Paul Pierson llaman una coyuntura crítica. Es decir, momentos históricos donde, en el marco de una disputa política, ciertos actores claves toman decisiones fundamentales que aíslan/derrotan a sus rivales; tras las cuales los procesos de cambio y desarrollo político-institucionales entran en una inercia que dificulta cualquier potencial reversión.[vi]

Semejante transición es destacada por el autor al describir la forja de un partido único, el control ideológico la de cultura, la educación y los medios masivos, la neutralización de la oposición —compuesta, en gran parte, por protagonistas de la gesta antibatistiana— así como en la suplantación de la sociedad civil republicana por otra revolucionaria, moldeada según el canon leninista. Procesos todos descritos, de forma prístina, por Lilian Guerra y Sam Farber en sus libros antes mencionados. Desde entonces, la Cuba revolucionaria será terreno fértil para la confluencia y consolidación de los procesos —y conflictos— identificables (desde la fecunda conceptualización de M. W. Svolik) con el ejercicio de la política autoritaria: el relacionado con el control autoritario de los gobernantes hacia los gobernados y el derivado del reparto y ejercicio (colectivo o personalista) del poder dentro del grupo gobernante.[vii]

El primero —el control autoritario— se evidencia en el desarrollo paralelo de una política de masas y una guerra civil (capítulo 11) que consolida el control político sobre la población cubana. Mediante la primera, el Gobierno crea nuevas organizaciones como los Comités de Defensa de la Revolución o resetea añejas tradiciones y formas asociativas de los trabajadores —como los sindicatos y las movilizaciones afines—, con el propósito de fortalecer su control espacial y poblacional mediante una mezcla de represión y cooptación. Las campañas de alfabetización y saneamiento, así como la militarización de la ciudadanía —vía creación de milicias obreras y estudiantiles— serán expresiones de ese afán masificador y hegemonizante. Por su parte, el desarrollo (desde 1960 y hasta fines de la década) de una guerra civil —con cientos de miles de implicados y millares de muertos y prisioneros— enfrentó a demócratas y comunistas, católicos y ateos, partidarios de un nacionalismo amistoso con EEUU —afinidades analizadas, entre otros, por Vanni Pettiná en su formidable libro— opuestos a defensores de otro nacionalismo, alineado con la URSS y la causa del socialismo mundial.

Por su parte, la puesta en marcha de un proceso de creciente concentración y ejercicio personalistas del poder, tuvo durante los 60 varios hitos fundamentales. La paulatina incorporación (desde 1960) de comunistas procedentes del prosoviético Partido Socialista Popular (PSP) a diversas funciones del aparato estatal —desde la economía hasta la esfera cultural— fue contrapesado con las purgas realizadas, de 1962 a 1964 (capítulos 12 y 14), a viejos dirigentes de aquel partido. Iniciativas que reafirmaron el liderazgo de Fidel; quien simultáneamente satisfacía demandas del Directorio Estudiantil —fuerza excluida en el reacomodo al interior del campo revolucionario—  y dejaba claro a los viejos leninistas que su creciente presencia en cargos públicos (derivada del hambre de cuadros y la impronta de a  cercamiento con la URSS) dependería, como ultima ratio, de la venia del Comandante.  No obstante, destaca Rojas como en la integración en 1965 del Secretariado del nuevo Partido Comunista de Cuba, el máximo liderazgo de la Revolución —los hermanos Castros— invitó a cuadros destacados del PSP —Carlos Rafael Rodríguez y Blas Roca—, reconociéndolos como actores imprescindibles para el proceso de construcción institucional y adoctrinamiento ideológico afines al modelo soviético.

Resulta valioso el modo en que, sin incurrir en la retórica apologética o satanizadora que caracteriza a buena parte de la producción bibliográfica en torno al rol histórico de Fidel Castro[viii], la obra ofrece ejemplos que revelan, desde etapas temprana de la lucha, el personalismo autoritario del dirigente cubano. Tanto en testimonios documentales del tipo de la conocida carta a la dirigente urbana del M-26-7 —donde le aconseja seducir a todo posible aliado para, llegado el momento "aplastar a todas las cucarachas juntas"—  como en la paulatina hegemonización del liderazgo revolucionario —dentro y fuera del M-26-7, en la sierra y en el llano— por el futuro Comandante en Jefe de la Revolución. Este proceso —mediante el cual el liderazgo de Fidel dentro de las fuerzas revolucionarias va mutando de preponderante a único— es factor clave para comprender lo que M. W. Svolik ha descrito como  la consolidación de un régimen personalista, caracterizados por su durabilidad, por la paulatina eliminación de los rivales y por la salida del poder del autócrata se produce por causas ajenas a las disputas palaciegas. Así, el orden político postrevolucionario irá adquiriendo, cada vez más, los rasgos de una autocracia establecida.

Con particular pertinencia, en el libro se dedican dos capítulos (13 y 14) a analizar la inserción internacional de la joven Revolución. Rojas explica la reorientación geopolítica de Cuba —hacia el campo socialista y el Tercer Mundo afroasiático— como una respuesta a la exclusión de que era víctima en su zona de natural inserción —hemisferio occidental—, no deja de mencionar la existencia de consideraciones y expresiones ideológicas (asunción del  internacionalismo proletario y el marxismo leninismo, Segunda Declaración de La Habana)  que ubican el accionar de la dirigencia cubana dentro de un movimiento revolucionario mundial.

En ese sentido, su narrativa coincide con la conceptualización que Pérez Liñan y Mainwaring hacen de la Revolución Cubana como un proceso político con apreciables capacidades de demostración y difusión. Entendiendo la primera como la demostración de factibilidad de una revolución socialista en Occidente y la segunda como un proceso que diseminó, en fuerzas radicales de la periferia global —y algunas vanguardias culturales del Primer Mundo— ideas y preferencias políticas alternativas a la democracia liberal. Tributando a ello con un conjunto de mecanismos que van desde la formación de líderes revolucionarios en la Isla, la interacción de aquellos en diversos foros internacionales así como la diseminación de ideas y propaganda afines a través del sistema de medios del Estado cubano.

Fenómenos geopolíticos e ideológicos que —en acontecimientos como la gesta guerrillera del Che en Congo y Bolivia y el conclave y discursos de la Tricontinental— todavía explican —junto a las alianzas con gobiernos antimperialistas de fines del siglo pasado— la trascendencia de la Revolución Cubana para buena parte de los intelectuales y movimientos radicales del mundo. Y que reciben un abordaje sugerente en la obra de Rojas. De modo tal que este nuevo libro deviene, pese a su novedad, un bitácora valiosa para los interesados en comprender las dinámicas de cambio y resiliencia que marcan la existencia, por más de medio siglo, de ese Leviatán tropical que es el régimen posrevolucionario cubano.




[i] Destaco, entre estas obras, los trabajos de Lilian Guerra (Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971, The University of North Carolina Press, 2012), Vanni Pettiná (Cuba y Estados Unidos, 1933-1959. Del compromiso nacionalista al conflicto, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011) y Sam Farber (Cuba Since the Revolution of 1959: A Critical Assessment, Haymarket Books, Chicago, 2011).

[ii] A partir de aquí, para facilitar las referencias y aligerar la redacción, identificaremos los acápites del libro como "capítulos"; procediendo a su numeración del 1 —correspondiente a la Introducción— y hasta el 18 —donde se pasa balance del periodo posterior a la conversión de la Revolución en Régimen—. Vale señalar que es un recurso que empleamos en esta reseña, pero no corresponde con la estructura de la obra, cuyos capítulos se identifican con títulos y no con números.   

[iii] Ver Mainwaring, Scott & Pérez-Liñan, Aníbal, Democracies and Dictatorships in Latin America: Emergence, Survival, and Fall (Cambridge University Press, New York, 2013).

[iv] De hecho, Rojas destaca en su libro, de forma precisa, las diferencias existentes al interior del liderazgo revolucionario, entre un minoritario grupo de dirigentes —Ché Guevara y Raúl Castro— que abrazaron temprana y públicamente el marxismo y la tendencia mayoritaria, nacionalista y democrática, representada por revolucionarios como René Ramos Latour y Armando Hart Dávalos.   

[v] Esta preservó la codificación de "emergencia" implantada por la dictadura de Batista siete años antes, al tiempo que alterará la fisonomía clásica de la división de poderes republicana, al atribuir al Consejo de Ministros potestad legislativa y desactivar la autonomía de poder judicial.   

[vi] Ver Pierson, Paul, Politics in Time: History, Institutions, and Social Analysis (Princentos University Press, New Jersey, 2004).  

[vii] Ver Svolik, Milan, The Politics of Authoritarian Rule (Cambridge University Press, New York, 2012)

[viii] Posturas que, en la Isla o el exilio, desde la coincidencia o el disenso, siguen consagrando la trinidad Castro-Revolución-Historia (contemporánea) de Cuba; desde posturas teleológicas que remiten, en lo ideológico, a humores y marcos interpretativos de la Guerra Fría y, en lo historiográfico, a la factura de una "historia de bronce" superada desde mediados del siglo pasado.


Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución Cubana (El Colegio de México, Ciudad de México, 2015).

Este texto apareció originalmente en la revista Este País (agosto de 2015). Se reproduce con autorización del autor.

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Comentarios [ 8 ]

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Un texto relacionado que les interesará... CASTRO EL DESLEAL, libro fiel a los acontecimientos de aquel 26 de julio, por SERGE RAFFY, seguido de un análisis interesante sobre el modelo de liderazgo bonapartista, Segundo Imperio, adoptado por Fidel.

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El problema de Rojas, anónimo de las 3: 58, es que hace bien su trabajo y, además, no para. Ha publicado más de 20 libros. Algunos como Los derechos del alma son investigaciones originales con fuentes primarias. Otros son síntesis históricas como la Historia Mínima de la Revolución Cubana del Colegio de México. Esa colección no busca publicar investigaciones originales sino trabajos de difusión bien escritos.

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Dice el ano de las 3: 28 que no hubo dos sino una Revolución porque "Castro previó la primera como antesala de la segunda". Supongamos que así haya sido, que todo estaba calculado desde el principio en favor del comunismo. Pero, no cuentan tantos años y tantos movimientos y líderes puestos en función de una revolución diferente? Es que acaso la revolución sólo tuvo lugar en la mente y el poder de Castro? Eso es lo mismo que nos han dicho durante 50 años Martha Rojas, Mario Mencía y los documentos oficiales del PCC. Que la Revolución fue desde siempre fidelista y comunista. Los muchos que no estuvieron de acuerdo con esa línea no cuentan. Un amigo siempre me dice que el anticastrismo es la fase superior del castrismo.

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Con el libro en la mano, no como los anónimos que critican sin haberlo leído, digo que en los capítulos "Llano y Sierra" y "Primer gobierno revolucionario" se cuenta precisamente cómo Fidel Castro se apropió de un movimiento plural, purgando a todas las corrientes y líderes discordantes del giro al comunismo. Por otro lado en los capítulos "Política de masas y guerra civil" y "De Playa Girón a la Crisis de los Misiles" se describe pormenorizadamente la repressión del anticastrismo desde los primeros años en el poder, los fusilados, los presos, el exilio, el alzamiento en el Escambray, las expropiaciones, la sovietización y todo el totalitarismo posterior. Entonces, cuál es el síndrome de Estocolmo. ¿No será más bien que atacan el libro de Rojas, sin haberlo leído, porque no concuerdan con su posición en el presente? Igualitico que en La Habana.

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Buena reseña.  Como aclara el autor, nada de lo que dice Rojas es original, ni cambia lo que han dicho Guerra, Pettina,... y otros. Ese es el problema de Rojas. Su falta de creatividad y su erudición de segunda mano.

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La división de la revolución de Fidel Castro en dos es una tomadura de pelo, porque Castro previó esa primera etapa como antesala de la segunda y Rojas pretende esconder lo evidente, como si la ensalada de actores no se hubiera reducido, desde fines de 1957, a un solo plato.

Imagen de Anónimo

Para el que dice que Rafael Rojas padece el síndrome de Estocolmo hay dos posibilidades: o no ha entendido la visión crítica de Rojas o no tiene idea de lo que es el síndrome de Estocolmo. Miren que hay que leer boberías en los comentarios aquí, caballeroooo 

Imagen de Anónimo

El problema de este magnífico trabajo de Rojas es que todavía vive mucha gente de aquella generación que, por suerte, conserva un magnífico recuerdo de los tiempos vividos y que, sorprendentemente, dicen no estar de acuerdo con lo que se escribe en ese libro. El régimen castrista, su ocurrencia en la historia de Cuba y su mantenimiento durante más de medio siglo, solo se podrá comprender dentro de 100 o 200 años cuando los historiadores cubanos analicen este período con suficiente frialdad y distancia para comprender el caos colectivo que arrastró a una sociedad moderna, económicamente potente y avanzada a hundirse en el caos de la miseria, la delación el odio y la ruptura. Rojas se esfuerza, pero sigue con un síndrome de Estocolmo que le impide analizar con suficiente rigor los hechos ocurridos. Hay muchos como él. Lo que me temo es que si todo sigue así, dentro de 100 o 200 años tal vez no exista Cuba tal y como la hemos soñado desde las playas del destierro durante más de medio siglo. Qué lástima