Jueves, 14 de Diciembre de 2017
01:08 CET.
Poesía

Río San Juan: visión nocturna (II)

 

Alcohol: conciencia aguda de la circulación en sangre.
Te sumerges leve en la euforia como en un lodo frecuentado.
Dejándote caer por la calle en pendiente llegar al río es un abrirse de venas.
Que supieras las herrumbres varadas y los restos vegetales,
que comienzan su viaje (conjeturas) cerca del nacimiento, siempre han estado ahí.
Y la misma luz amarilla (la luz de todas tus noches de provincia) en serpentinas desbrozando
la niebla cae de los focos sobre el agua salobre en movimiento.
A la vista del margen opuesto, sedimentos de una consistencia olvidada
los almacenes de azúcar aparentan cascarones rellenos de maleza.
Está la intuición (nada te hace saber a ciencia cierta) que aquí también
hubo su amanecer de lanchas de carga, usureros y plataformas giratorias. Por lo que ahora
a tus espaldas, en procesión continua cabizbaja, los que abandonan el estadio, centro de luz,
por el pasaje de Embarcadero, se figuran últimos actores de un culto decadente.
Sosteniendo la lata casi vacía se sube al muro de contención,
simulacro o replicante de mujeres pasadas, mientras piensas: esta ha sido tu única porción
de río conocido, tu elemento (unos cientos de metros antes de la desembocadura). Comienzas
a hablar y te parece percibir bajo los pies el tejido del lecho viscoso.
Compruebas tu cerveza, para luego, como quien hace ofrenda a una deidad menor, vaciar
hacia el agua el contenido. Todo termina a fin de cuentas por integrarse a la materia
del cauce (conjuras para adentro), por aplacarse.  El recuerdo de otras noches
(citas sin importancia) se confunde con este, y tus parlamentos
te parecen en igual medida idénticos y huecos.
Apenas discernible (en ascendente orientación al mar),  superpuesto
el avistamiento de los puentes, como si de estratos de eras geológicas se tratara, 
termina por resultar otro énfasis opaco en el transcurrir de las generaciones de los hombres.
Por fortuna, cuando te crees  a punto de sacar algo en claro de todo esto, te roza
la entrepierna con su mano. Conoces los pasos del ceremonial: las horas restantes de la
                                                                                                                                                   noche
(en la forma invariable que serán) proyecta tu mente. Luego el mañana, vuelta la realidad,
acariciar sin sospechas el continuo, entrar (paciente consternado) a la resaca.

 


Ibrahim Hernández Oramas nació en Matanzas, en 1988. Fue editor de la revista
universitaria habanera Upsalón y es autor de una tesis sobre la obra de Roberto Friol.

Otros poemas suyos: Para A. V. y Fin de la infancia. Farallón.

 

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Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

Magnífico poema; muchas felicidades a su autor.