Jueves, 29 de Septiembre de 2016
15:32 CEST.
Crítica

Algo

 

I

Las conversiones imaginarias de Jorge Luis Arcos nacen de un decantado conocimiento de la poesía cubana, unido a una puesta en escena poética de algo inalcanzable. A través de estos poemas se repasa una década (2003-2013) cargada de obsesiones, inconformidades y desencantos.

Sus palabras conducen al flujo de una identidad muchas veces perdida. Alteraciones que no abandonan el saber poético, a través del cual ha conformado una de las obras ensayísticas más importante de la literatura cubana actual. Pensamiento poético y escritura poética van de la mano en JLA.

JLA se adentra en el bosque origenista e incorpora a sus textos no la multiplicidad de sus estilos, sino la fábula, el gusto por la peripecia escrita de sus componentes. Incluso, me atrevería a decir que en este Libro de las conversiones imaginarias se tensa una línea que va de la "noche insular" de José Lezama Lima al onirismo de Lorenzo García Vega, pasando por la Cuba Secreta de María Zambrano, la isla en peso de Virgilio Piñera, la invención emocional y mental de la Cuba imposible de José Martí, las nostalgias casalianas, el desgarro existencial de dos contemporáneos suicidas, Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, así como la obra de algunos de los poetas más radicales e innovadores del grupo Diáspora(s), todos ellos en la ronda alucinada de Zequeira.

Rutas que irrumpen en el quehacer enfático de JLA. El tiempo: los años formativos, los vicios, el amor, la inseguridad, la avidez de conocimiento, la plenitud de los deseos, la justicia, el escepticismo, la fuga hacia otros estados alterados. Los espacios: el poema, el ensayo, las islas, los continentes, la historia, los sueños, las palabras. Los participantes: los poetas más influyentes, vivos y muertos, con quienes habla permanentemente, los amigos presentes, ausentes y perdidos, los maestros, los amores, los sujetos abominables y tiránicos, los dáimones.

La intensidad, a veces torbellino, pudiera ser uno de los rasgos más evidentes y desconcertantes de esta poesía. Trato de entender cómo se expresa ese estado en sus versos. Se expande, saltan los recuerdos. Se nutren (sus poemas, él mismo) de la memoria ambivalente de sus interrogaciones. Depura caprichosamente, se aferra a sus filiaciones, escoge las palabras, las sonoridades más fuertes, para reconstruir diálogos infructuosos y recurrentes sobre la experiencia: ¿la amistad?, ¿los deseos?, ¿las carencias?, ¿los vicios?, ¿la escritura?, ¿los mentores?, ¿los saberes?, ¿el mediodía?, ¿la oscuridad?

 

II

JLA nunca ha sido prudente, de ahí que algo esté estallando siempre dentro de él, en forma de sustancia adhesiva de sueño y realidad real. Estalla, lo arrasa. Son parajes indistintos que traslada a la escritura como recurso extremo (¿aniquilador?).

Durante 2011 y hasta mediados de 2012, Lorenzo García Vega y JLA sostuvieron una correspondencia particular. A través de ella se intercambiaron sueños. Abrieron paréntesis para la explicación de sus recíprocas fantasmagorías. JLA le descubre El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur, Lorenzo, entonces, se transforma en un ser daimónico, a través de sus particulares imágenes de entresueños. Fueron mensajes cargados de coincidencias que avizoran ante todo las exclusivas trayectorias creativas de ambos. Pareciera por momentos que JLA asume para sí lo que ya en García Vega es su marca de identidad literaria, o sea, el así denominado "oficio de perder".

Desde la conciencia de lo perdido se construye este libro, es por eso que JLA emplea términos tan afines como légamo, islas, naufragio, exilio, diáspora, cáncer.

Lorenzo le escribe a JLA: "Toco a la muerte, por la noche. ¿Toco a la muerte? Entonces, en un email, me dijo Arcos: 'Yo estaba en una fiesta, en un salón iluminado. Vino alguien y

me dijo que me buscaban en la puerta de la casa. Cuando llegué al umbral había un viejo que me miraba (no podré olvidar nunca esa mirada), pero las cuencas de sus ojos estaban vacías. Supe inmediatamente dos cosas: que era la muerte y que se llamaba CASCORRO. Y me desperté. Desde entonces me persigue ese fantasma que yo utilizo para los correos'. (...)

Pero lo que no sabe Arcos, es que yo soy CASCORRO. Yo hoy estuve en una fonda de chinos, y aunque tengo 84 años, las manos me siguen temblando (y las piernas, y el cuerpo) como cuando era un joven, iba a un baile, y en un momento, sudando de pies a cabeza, dejaba de bailar, sabiendo que en algún momento tendría que someterme al electro. ¡Igual que antes! Pero ahora, para remate, en este momento estoy ciego. Sé que estoy ciego, como CASCORRO".

Lorenzo García Vega hace de las reiteraciones su mejor ámbito de reflexión, poetizar como si entrara en sucesivos encierros lingüísticos. Desaparece, se diluye también en un posible tokonoma, para reaparecer como Cascorro. Algo muy duro los emparienta, algo escrito. Linaje que hace del bosque origenista un motivo de especial interés en la vida poética de JLA. En su caso, su linaje es sucio, no hay en él nada de lo que pueda parecernos solamente hermoso, se hace, más bien, de incisiones, apelaciones, escalones que suben y bajan a sus abismos.

 

III

Lo veo deambular por calles de El Vedado, como un zombi, entre las diez de la mañana y el mediodía, momento en que todo comienza a significar. Hora de la primera cerveza. Se ini- cia el lento diálogo con una mesa.

 

IV

En uno de los poemas más entrañables de este libro ("Epístola a Enrique Saínz..."), JLA intenta sopesar con su amigo el dudoso valor de la isla natal, contrastada con la islas escritas de algunos de sus poetas memorables: "Yo nací en una isla/ Pero entonces, amigo, cómo volver a nacer en otra patria oscura?/ La antigua noche obscura, la patria que anhelaron Juan Clemente y Casal".

Repaso y trayectoria de pérdidas, lo que solo se puede imaginar con palabras, en el cifrado mundo de "las metáforas del corazón": "Yo nací en una isla. ¿Qué buscabas, María, en esta isla extraña?/ Te recordaba a Málaga, a tu padre con su traje blanco de alpaca. Ah, María, si esta era tu patria prenatal, tu infancia, tu secreto y tu carnal apego/ para mí era el infierno, las praderas malditas con un Sol en el centro".

Formas masoquistas del estilo de JLA, lo que no se puede pacificar, asedio pactado con la poesía, desde una isla mental. Es la manera habitual en que el "oscuro cronista" ahonda en su simbología más urgente, su "ronda" frente al mar, "mausoleo oscuro" de los carentes.

El mar responde por "la boca del pez", se alude a formas violentas de muerte: "El fiel pistoletazo. El delirio en la sien", y otras tantas negaciones coleccionadas por el poeta. "Vivir sacrificialmente una utopía", dice JLA. Se trata entonces de querer saber cómo es ese "abismo". Llega hasta los bordes, pero no salta: "Cuidado, Jorge Luis, con esos desfiladeros im- previsibles".

Refiriéndose a él mismo y a otros poetas afines, JLA asegura: "El poeta se empeña en partir siempre desde una suerte de légamo reminiscente, ese territorio informe de la memoria creadora, ese venero sagrado, confundido, primordial, donde las imágenes parecen obedecer a otra lógica, otro conocimiento. Confieso que mi vocación hacia la poesía devino una fatalidad".

 

V

Se instala en cierta fascinación alcohólica y otros aliviadores mentales. Como un Maldoror ingenuo, apela al frenesí de una búsqueda insólita, desata el cuerpo, penetra en ámbitos borrosos que anunciará a su modo: "Soy el Padre Clítoris, el tabernero lujurioso/ El Pene Enano, se burlan mis enemigos (mis próximas víctimas)// Vivo para el vicio y la caridad”. A través de algunos términos asociados: sobredimensión, estruendo, JLA bucea en lo "oscuro" para encontrar la transparencia de la poesía.

Y prosigue con sus espacios caóticos, cósmicos. Agrega primero una de cal: docta, poética, iluminada por los saberes. Después una de arena: drogadicta, sexual, alcohólica. Como facetas de un mismo ejercicio vital: "los deseos que desconozco pero que me involucran". Las tentaciones que están más allá y más acá de las palabras: "Pero no quiero palabras. Quiero manchas/ cosas duras, sexo abierto/ como una boca caníbal".

 

VI

Volvamos a la mesa. Como un personaje nietzscheano se abre a la rugosa superficie de la mesa. ¿Cómo convidar a otros visitantes?, se pregunta JLA, y comienzan a aparecer unos raros convidados mentales y físicos. Beben algo más fuerte, incitan a JLA a hablar fluidamente. Cae la noche, JLA sube a la mesa, una música llega a sus oídos. Como Vittorio Gassman teatraliza el canto V del Inferno de Dante: "E caddi, como corpo morto cade".

 

VII

Este libro es también una especie de catálogo de emociones. Algo pendular que oscila entre lo corporal y las disquisiciones vehementes del texto.

"Y la ronda de Zequeira y el fantasma y el náufrago (¡Lezama!) y el esqueleto de Martí", como límites del país poético de JLA y, dentro de ese país, otras referencias: "un anciano caníbal que pasea a sus perras y mira de soslayo la belleza que pasa", "cabelleras suicidas", "cabriola suicida", "antropología suicida", "carroza suicida", "camino suicida", "el ánima como una sucesión de máscaras suicidas".

 

VIII

Hacia el final, JLA se reserva algo más severo, más anatómico, es el poema "Leyendo a Sor Juana", fechado en Córdoba, el 2 de octubre de 2013. Algo que sobrepasa sentimientos y palabras. Culmina así el asombroso trasiego poético de una década. Arranca con un diagnóstico: "—Nada./ —No se ve nada./ —Está sano". Después prosigue con una tupida madeja de asociaciones. "Médula y mucosa" parecen ser palabras claves. Escribe lo que afirman los oncólogos: "Mucosa sana. Movilidad conservada. Sin lesiones".

Este poema envuelve con signos y nombres ilustres la realidad del cuerpo enfermo del poeta, su calvario y posterior cura. JLA comienza refiriéndose a islas infernales, suicidios, oscuridades y termina con "el latido del tumor ausente". Si está ausente, ¿por qué sigue latiendo?

Curado del cáncer, bebe "una cerveza como ámbar".

 

 

México DF, 23 de enero, 2014


Este texto es el prólogo a Jorge Luis Arcos, El libro de las conversiones imaginarias (Betania, Madrid, 2014).

El libro puede descargarse gratuitamente aquí.