Sábado, 16 de Diciembre de 2017
20:47 CET.
Poesía

Anatomía del otoño

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Un puente de melancolía se levanta alrededor de la casa.
Deseos de dormir en la penumbra con los ojos abiertos,
de acariciar gatos egipcios, de alisar mantas,
de preguntar a un lunático gramático adónde ha ido la equis de lasitud,
deseos de no hacer nada, salvo contemplar el humo, el vacío de las cosas
y el perfil de Sardanápalo, si es que Sardanápalo tenía perfil;
y luego un lentísimo desmoronamiento interior de convicciones,
hasta el extremo doloroso de hacer tolerable a Beethoven,
y de gustarnos el té.

Ha vuelto por su imperio el aire, oloroso a castañas.
Salen las hojas a coronar por sí bustos de bardos y puertas sin historia;
el remolino avanza, como un niño ciego empeñado en jugar,
para de un traspiés dar alcantarilla abajo, hacia el cepo de la luz,
donde está el otoño germinante despidiéndose de Schumann.
Algo gris, un poco amargo, como una nuez algogris,
toma de la nariz al alma y la lleva a oler tierra mojada,
mojada por el lento orine del amanecer.

El secreto del otoño, no sé, es que provoca
deseos de frotarse las piernas con aceite alcanforado,
de obedecer la solemne llamada de las pantuflas
y, además, de no quitar el arpa de manos de Debussy,
para que finamente se purgue de sol y de litorales
la roja ballena que devoró al verano.

Ah, el aire afuera es el otoño, sin exclamaciones,
el aire pronunciado letra a letra, procesionalmente,
ya se acerca, ya se acerca, como en un verso de Whitman,
lo augural, lo nunciativo, lo heroico,
ya se acerca cálidamente, llena de gozo,
la tibia hora del chocolate con bizcochos,
de la plaza vista a través de los cristales,
de pensar que tienen frío los peatones y que su fiesta
es hundir las manos en los bolsillos y canturrear,
removiendo con el pie las hojas de oro.

Y quizá, no sé, no conozco suficiente ornitología,
ni he penetrado en el tiquitaque corazonal del otoño, pero
acaso esté bien aquí decir que golondrinas y oropéndolas,
que búhos y estorninos con sus tres aceitunas,
que alcaravanes y tórtolas, ¡pero no abubillas!,
que esas pertenecen al estío,
como toda palabra que suena a tripa rota
y huele a heno fresco y a leche recién ordeñada.

En fin, que el otoño, visto anatómicamente,
es tan simple y hermoso como cubrirse los pies con una manta gruesa,
o como leer un poema idiota escrito por un idiota,
para que un lector idiota atraviese indolente, sueñante, insensible,
la idiotez deliciosa del otoño.

 


Gastón Baquero, de quien se cumple centenario de nacimiento, nació en Banes o en La Habana, en 1914. Es autor de varios libros de poemas, entre ellos: Poemas (1942), Saúl sobre la espada (1942), Memorial de un testigo (1966), Magia e invenciones (1984) y Poemas invisibles (1991). Sus artículos periodísticos y ensayos han sido recogidos en varios volúmenes. Murió en Madrid en 1997.

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