Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
18:59 CET.

La burocracia mandarina

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                                   A Marcelo Pellegrini y Néstor Díaz de Villegas

 

                                                               De Paris a Paris par la mer

                                                                                         Alfred Jarry

 

Podría decirse que la rivalidad entre Alderete Baquijano y Mariano Garamond se resumía en una sola letra: la y. Mientras Baquijano apilaba las conjunciones Y estoy hecho de ti y soy tú y no me conozco y ya me muero, Garamond las evadía de forma sistemática Piernas de corteza, desde el agujero miro, ojos, intestinos, náufrago en el cauce de mis venas, algas, espejos, manotones de ahogados, raíces de la ausencia.

A pesar de haber nacido en las mismas tierras, los dos poetas se encontraban en las antípodas. Alderete Baquijano, viejo y petacón, era optimista, soberbio y modernista; Mariano Garamond, alto y escuálido, era nihilista, irónico y vanguardista. Baquijano amaba las simetrías y las metáforas; Garamond tenía vocación por el caos y las metonimias. Baquijano leía a Villiers de L'Isle-Adam, y su poesía, de versos rimados, revelaba una fascinación por los míticos dragones y jardines del Imperio Celeste. Garamond, por el contrario, leía a Lautreamont, y sus versos, libres de toda métrica, abrevaban en la sencillez de objetos cotidianos como el peine o la sandía.

Por medio de revistas enfrentadas se insultaban con intención pero con nobleza, recurriendo a giros que solo recreaban la forma y nunca el contenido de una ofensa: diletante inveterado, rapsoda recalcitrante, consumado faramalla, reverendo complutense. Editaban exhaustivas antologías con el único objetivo de excluirse, y se blasfemaban sin fundamento por el puro disfrute de imaginar al otro desmintiendo las injurias más irracionales. Baquijano había acusado alguna vez a Garamond de violar a un pavo, y Garamond había tildado de esclavista a Baquijano por haber escrito al pie de una cita la negrita es mía. A sus espaldas y entre amigos se llamaban Baquijote y Granjamón. Siempre evitaron cualquier asociación y ambos hubieran considerado una verdadera desgracia coincidir en un mismo evento. Un día, sin embargo, para el festejo de los cincuenta y cinco años de la tía Bates, no solo tuvieron que verse, sino que además prevaleció la borrachera por sobre los rencores y la obstinación y fueron inmortalizados juntos en una imagen fotográfica; o como hubiera dicho Baquijano, en un vertiginoso friso de nitrato.

Los muros, construidos de piedra volcánica, daban al salón principal un aire etéreo y aterciopelado, intensificado por el humo de los cigarrillos, el parpadeo de las velas y las conversaciones recalentadas por la chicha de wiñapo. En una coreografía ajustada al antagonismo, Baquijano y Garamond habían ocupado las cabeceras de la mesa. Garamond conversaba con Nina Berlante y con Saúl y Benjamín Figueroa, editores de la revista ROMA. Baquijano mantenía debates paralelos con Torres-Martínez, que había venido desde Buenos Aires, Petra Niege y Salvador Touma. Carrillo, Vittorio Vidal y su mujer discutían con el mismo fervor sobre el destino de la revolución rusa y el bigote de Stalin mientras la tía Bates comparaba chismes con Irvin S. Cobb y dejaba escapar, entre carcajadas, un constante Oh, boy, Oh, boy. La sola presencia de la tía Bates, sentada bajo un enorme Arcángel arcabucero, era suficiente para mantener a raya a los dos poetas que intercambiaban agazapadas miradas de desprecio y anticipaban el menor descuido para enterrarse en el ojo la bandera de un desplante soberano.

El fotógrafo, mientras tanto, armaba su flamante Seneca americana con la minuciosidad de un ciego. Con su chaqueta de cuero y los anteojos de marco grueso, parecía un visitante del futuro. Un niño lo ayudaba a montar los aparatos y un monito de cola amarilla observaba cada movimiento con la atención de un aprendiz.

Uno de los hermanos Figueroa, Saúl, que nunca había estado en Arequipa, no podía deshacerse de la impresión que la había causado el volcán:

—El parecido entre El Misti y el Fuji es asombroso.

—Todo tiene su doble en algún lugar del planeta —agrega el hermano—, sin ir mas lejos, yo tuve una amante en Nueva Orleans que resultó ser la copia exacta de otra amante que tuve en Senegal.

—Sin ir más lejos te fuiste a Senegal.

—¿Tú has tenido alguna amante que no sea negra?

—Él tiene una novia en cada puerto.

—Al contrario, yo tengo un puerto en cada novia.

—Más interesante que tus negras… acaban de hacer la primera transmisión de una imagen a color entre Londres y Nueva York. El rostro era difuso pero por un momento habitó dos ciudades a la vez.

—Ahora nos quitan el alma en color.

—Al menos las sesiones de espiritismo van a ser más nítidas.

—¡¿Abuelo?!, ¡¿estás ahí?! —Garamond grita hacia los techos y su voz se reparte en ecos por todo el salón.

La invocación de Garamond recibe, sin embargo, una respuesta inesperada. Desde la cocina llega un grito en quechua y el estruendo de un estante de ollas que se viene abajo. Los Figueroa, Nina y Garamond estallan en carcajadas. El monito salta por las paredes y la tía Bates se excusa inmediatamente. Baquijano, que había perdido el hilo de las coincidencias hubiera jurado que se reían de él. Garamond se recupera y descubre a Baquijano que lo mira fijo. La embriaguez lo hace hablar más alto de lo necesario:

—Por ser nihilista, Garramón, se lo escucha bastante optimista.

Los diálogos que sobrevolaban la mesa caen como pajaritos muertos. Para evitar la incomodidad, algunos invitados vuelven a sus platos. Garamond, también excitado por la mezcla de chicha y vino tinto, mide a Baquijano a la distancia:

—Y usted, por ser optimista… se lo ve bastante desmejorado.

La anticipación paraliza a todos, excepto a Irvin S. Cobb, ocupado en descifrar las volutas de su cigarro. Baquijano saborea el suspenso, prende un cigarrillo, pita y larga el humo lentamente:

—No quiero entrometerme, pero casi no ha tocado el Chaque Tripas… mire que la carne de res y las verduras son buenas para prevenir el raquitismo.

En medio de un sorbo de vino, los ojos de la mujer de Vidal se abren como los de un sapo. Traga y se queda observando el fondo del vaso. La respuesta de Garamond no tarda en llegar:

—Veo que usted, sin embargo, ha sudado metódicamente el Chupé de Camarones… Yo siempre me pregunté, cómo puede un hombre tener tanto cuerpo en tan poco espacio. Ahora veo que requiere cierta dedicación.

—Yo, en cambio, siempre me pregunté a qué se debe que usted escriba en versos rotos sobre un mundo caótico y habitado por cuerpos desmembrados. Ahora que lo veo en persona todo me queda más claro.

—Me alegra saber que se dedica usted a estudiar mi obra. Yo he tenido la prudencia de evitar sus libros, más que nada por una cuestión de profilaxis…

—¿Quién excepto usted se animaría a calificar esa… —Baquijano no encuentra el eufemismo— a calificar eso… como una obra? Alguna vez alguien me alcanzó ese librito suyo… Seremos varios, y debo admitir que he experimentado algo auténtico: auténticos espasmos vasculares.

Los modernistas, sentados cerca de Baquijano, festejan la estocada con una risita compartida.

—Los doctores han identificado ese síntoma con la cuarta etapa de la sífilis… la única influencia legítima, valga aclararlo, que usted ha recibido de Francia.

Como si hubiera acumulado la tensión de toda la mesa, Nina Berlante no logra contener el estampido de una carcajada. Baquijano se para y golpea el vaso contra la mesa. Se tambalea un poco. Su cigarrillo también echa humo pero desde el cenicero. Garamond se levanta y empuja la silla en un mismo gesto. Si la mujer de Vidal se asombrara un poco más se le caerían los dos ojos sobre el plato. Solo falta un gesto para que se termine allí mismo la fiesta pero justo reaparece la tía Bates y la escena, estática como un retablo de sorpresas, recupera la movilidad.

—¿What’s going on, boys?

—Estábamos hablando de poesía —dice Garamond y mira a Nina de reojo.

—¡Siéntense, siéntense que hoy lo único que tienen que hacer es festejar!

Baquijano y Garamond vuelven a sentarse. Baquijano aprovecha la confusión y retoma la palabra.

—Hablábamos de la poesía de Garramón. Decíamos que de todos los géneros al que más se acerca es al detectivesco, aunque la víctima sea siempre el lector y aunque sepamos, desde un principio, el nombre del criminal —la risa destartalada de Baquijano delata el alcance de su borrachera.

—Baquijano, en cambio, ha logrado agotar el lenguaje… ¿Será por eso que desde Los vergeles de Virgilio no ha vuelto a publicar? ¿O ha dejado de escribir para evitar el maleficio de la novena?

El mono imita con alaridos casi humanos el ritmo de la disputa. La mujer de Vidal intenta interrumpir:

—¿El maleficio de la novena?

—Para los supersticiosos —explica Carrillo—, después de la novena sinfonía, todo compositor está destinado a morir. Mahler, para evitar el maleficio, cambió el nombre de su Novena Sinfonía a La canción de la tierra. Pero en nada le sirvió pues después escribió una novena y cuando empezó a escribir la décima se murió.

—Componer una sola sinfonía —agrega Vittorio Vidal— es como escribir veinte novelas… una para cada instrumento, veinte novelas simultáneas e interconectadas. ¿A quién se le ocurre que se puedan componer más de nueve? Lo asombroso es que alguien pueda componer una!

—¿Dejar de escribir yo? —Baquijano continúa como si nadie más hubiera hablado— Yo no puedo dejar de escribir aunque quiera… las palabras salen impresas de mi boca. Pero no empiece a diseñar el monumento, Garramón, que no planeo morirme. ¿Y qué diría Zanetti si lo escuchara hablar de maleficios? Sólo Mahler, quizá por ser judío, pudo convencerse a sí mismo de esa superstición…

—Cuando compuso La canción de la tierra, Mahler ya sabía que se iba a morir, de ahí viene su fuerza irresistible…

—No viene de ahí; viene, aunque usted no lo acepte, del Oriente. Lo que inspiró a Mahler fue la lectura de La flauta china de Bethge, una imitación libre de la Lírica china de Hans Heilman publicada ese mismo año, que a su vez es otra versión alemana de las traducciones del Marqués d’Hervey de Saint Denys y de Judith Gautier.

—Mil veces Gautier antes que el Marqués. Entre los que eligió Mahler, el poema más estupendo es El pabellón de porcelana… En medio del pequeño lago artificial se eleva un pabellón de porcelana… un poema que Judith Gautier, a su vez, tradujo de Li-Tai-Po.

—Me parece bien que conozca usted a Li Po, pero nada apunta a ese poema… no existe ningún poema de Li Po que mencione un pabellón de porcelana, o incluso esa escena festiva de los amigos tomando vino y escribiendo versos. Fue posiblemente un error de atribución sumado a un error de transcripción pues quién escribiría Li-Taï-Po como Li-Taï-Pé. Además, gran parte del trabajo de traducción, Gautier lo hizo con un diccionario.

—Un diccionario más grande que las mesas de la Bibliotèque Imperial… el diccionario chino-francés que había publicado De Guignes en 1813 por orden de Napoleón.

—¿Qué se puede esperar de Napoleón? El diccionario de bolsillo, como le decía Gautier… copia del diccionario chino-latín que había escrito Basile de Glemona en 1699… más tarde publicado por Fourmont.

—Los misioneros italianos en Hong Kong publicaron otro parecido en 1853.

—En formato más pequeño.

—De cualquier manera, las traducciones de Gautier nunca fueron literales y en el caso de la fiesta de los poetas, Gautier se inspiró en una nota al pié de página. Lea algún día Las obras de Li-Thai-Po con comentarios, la edición que usó Gautier, la de 1759. En la última línea del Banquete en el pabellón de la familia Tao, Wang-Khi inserta una nota donde describe en detalle las fiestas del jardín de Kinkú. Imagino además que el preceptor chino de Gautier, Tin Tung Ling, que también era letrado, la habrá ayudado a recrear ese ambiente.

A la mención de Tin Tung Ling, los ojos de Baquijano adquieren un brillo de melancolía, se entrecierran y estudian con incrédula ternura a Garamond:

—¿Usted conoce a Ding Dunglin? —Baquijano se para, se dirige hacia Garamond y se sienta en la silla que había dejado vacante uno de los Figueroa.

—Tin Tung Ling —corrige Garamond.

—Ding Dunglin.

—Tin Tung Ling, la propia Gautier le…

—Tin Tung Ling, Ding Dunglin… ¿Qué más da? —se le anegan rápidamente los ojos a Baquijano y se pone a llorar— ¡Déjeme darle un abrazo Garramón! No escuche lo que dice la gente. ¡Usted es un gran poeta!

A Garamond nada le ha causado más gracia en toda la noche que ver llorar a Baquijano y sucumbe a una risa incontenible, de criatura que descubre, como en una revelación mística, la comicidad del mundo. Baquijano, por su parte, parece volcar en ese llanto todas las desolaciones y todos los abatimientos de un vida malgastada en esperanzas barrocas y ceremonias marginales. Sofocados por una misma agitación y entrelazados por idénticos abrazos es imposible saber quién ríe y quién llora. Nina Berlante le quita a cada uno su vaso y los deja sobre la mesa. Y sin saber cómo ni para dónde y sin prestar mayor atención a las indicaciones, se encuentran junto a los otros invitados que ya están reunidos frente al ventanal. La tía Bates termina de dar los últimos retoques al cortinado y también se suma al grupo. El monito pega dos saltos y se instala en sus brazos. El fotógrafo camina de una punta a la otra corrigiendo posiciones, ajustando ángulos y resumiendo espacios. El niño, subido a una silla, sostiene el flash con el brazo en alto y el pecho inflado. Baquijano y Garamond logran mantenerse en equilibrio pero no dejan de hablar:

—Usted no escuche lo que dicen, Garramón. A Ding Dunglin le debemos, en gran parte, la publicación de El libro de jade. No por nada el libro está dedicado solamente a él.

—Solo la primera edición, la de 1867.

—Ese libro le estaba más que dedicado, ese libro le estaba destinado...

—¡Macana!, Ting Tun Ling llegó a lo de los Gautier de pura suerte. Salió de China como refugiado y llego a Neuilly de casualidad.

—No fue casualidad, fue coincidencia. En realidad no llegó a París como refugiado sino invitado por Joseph Marie Callery, obispo de Macao, para trabajar en otro diccionario chino-francés que quedó inconcluso.

—El diccionario no quedó inconcluso… y Callery se llevó a Ting Tun Ling de China para ahorrarle los espantos de la guerra civil. A los días de llegar a París, sin embargo, el obispo se murió y Ting Tun Ling quedó a la deriva.

—Estaba la viuda de Callery…

—Que no podía ayudar. La casualidad fue que Charles Clermont-Ganneau, el orientalista, no el otro, lo descubrió deambulando por las calles y lo llevó a lo de los Gautier. Fue en aquella cena que Gautier lo contrató como preceptor de las hijas.

—Antes le ofreció enviarlo a China pero Ding Dunglin no quería volver.

—No era simplemente que no quería volver; si volvía iba a ser ejecutado por las fuerzas de la burocracia mandarina… Bien o mal, había estado involucrado en la rebelión de Taiping. ¿Cómo no iba a preferir quedarse en París, trabajando en la mansión de los Gautier?

—Nadie sabe si estaba realmente involucrado. En todo caso, terminó dejando inconcluso el diccionario.

—¡Y déle con el diccionario! El diccionario no quedó inconcluso, circuló un tiempo como manuscrito pero nunca fue publicado…

—¡Disparates!, yo vi ese manuscrito en la Bibliotèque Imperial. Toda la sección entre GIR y LIE ha quedado inacabada. No hay gloria, no hay gracia, no hay …hermita, …hostia, …inmoral, …impaciente licitación… Más de 15 páginas…

—Nunca podría usted haber visto ese manuscrito, —Garamond le pasa un brazo a Baquijano por el cuello— pues había quedado en la casa de la viuda de Callery que se incendió en febrero de 1871. El manuscrito desapareció entre las llamas…

—¿El incendio en la casa de la viuda de Callery? —Baquijano no se quita el brazo pero hace un gesto de resignada indignación— Yo vi el Libro de Parte con mis propios ojos: Se quemó un sector de la cocina y una galería externa… el fuego no alcanzó a quemar el interior de la casa.

—Yo conocí al bombero que apagó ese fuego. El diccionario había quedado en un estudio que daba a la galería externa: según me dijo, pasamos una tarde juntos, tuvo el manuscrito chamuscado en sus propias manos…

Justo cuando Garamond dijo chamuscado el fotógrafo gritó whiskey y todos quedaron en suspenso, como muñecos de cera, sumidos en una quietud líquida, a la espera de un milagro o un desastre natural. Los lamentos de Bessie Smith habían terminado y solo se oía el rayar de la púa contra el último surco. Oculta por el marco de una puerta, la cocinera observaba la escena como si ya se tratara de la fotografía. A pesar de la noche, se adivina a través de los ventanales el balanceo de los pinos marítimos y las magnolias, el viento que desgarra los llanos y el monstruoso volcán conspirando su sempiterna amenaza. El fotógrafo aprieta el disparador y la mecha enciende el polvo de magnesio. El destello del flash ilumina los rostros con un fogonazo blanco que enceguece a todos y lanza una nube de humo cáustico y cenizas. Está invertido el puente, En medio de este lago, Y parece una inmensa media luna, De nítido alabastro, Donde varios amigos, Con vestidos muy claros, Allí en el pabellón de porcelana, Beben cabeza abajo.

Aunque resquebrajada y enmohecida, esa fotografía existe. Un detalle surrealista la distingue de otros retratos de la época; pues todos, de una punta a la otra incluyendo al monito, salieron con los ojos cerrados: algunos parecen dormidos, otros sorprendidos por las esquirlas de una explosión, otros sumidos en un esfuerzo imaginativo, y otros, incluso, muertos. A pesar de todo, se puede reconocer, de izquierda a derecha, a Carrillo, con anteojos y boina de fieltro, a Torres Martínez con su bigote finito, Vittorio Vidal, la mujer de Vidal, Petra Niege, Irvin S. Cobb con el puro en la boca, la tía Bates sosteniendo al mono, los hermanos Figueroa, Nina Berlante, y finalmente, apretado contra el margen, a Alderete Baquijano. Garamond no está, pues Baquijano tuvo la oportunidad, unos días más tarde, y lo desterró de esa foto a fuerza de tijeretazos. Su largo brazo, sin embargo, lo único que se ha salvado de él, rodea el cuello de Baquijano y cae en dedos nudosos sobre su pecho.

Con los años, tanto la poesía llana pero desesperada de Garamond trago, aire, mido el paso, me abismo al otro lado, como la pirotecnia retórica de Baquijano ronda mágica de madejas de agua, perdieron el favor de los lectores. Los periódicos que alguna vez publicaron sus poemas han desaparecido y ya no quedan copias ni de las revistas ni de las antologías, ni registros de esas reuniones en que tomaban vino, fumaban y recitaban poesía como los poetas del jardín de Kinkú. Lo único que queda es este documento deteriorado de un instante consagrado al olvido. Los pocos que alguna vez vieron esta foto, hoy traspapelada en un cuartito del Museo Santuarios Andinos, se han preguntado por ese brazo sin identidad, por ese gesto sin cuerpo. Durante algún tiempo esa otra parte de la foto también existió, guardada entre las páginas del ejemplar de Seremos varios que había pertenecido a Baquijano: allí estaba Garamond, con un brazo menos, con los ojos también cerrados pero sonriente, náufrago en el cauce de mis venas, algas, espejos, manotones de ahogados, raíces de la ausencia. Raro, ese ejemplar, incluso ahora que ya no tiene la foto, me lo regaló Manuel Velázquez cuando lo conocí junto a Jack Berger una noche en Valparaíso. No sé cómo llegó hasta él, en todo caso allí está, en mi biblioteca, entre una copia de Howl, toda garabateada por el mismo Ginsberg, y una primera edición de Aromas Cazadores, la de tapa verde, que compré un día de lluvia en París.

 


Pablo Baler nació en Buenos Aires en 1967. Profesor de Literatura Latinoamericana y Periodismo en la Universidad Estatal de California, Los Ángeles. Es autor de la novela Circa  (Galerna, Buenos Aires, 1999), del libro de crítica  Los sentidos de la distorsión: fantasías epistemológicas del neobarroco latinoamericano (Corregidor, Buenos Aires, 2009), y ha editado la antología ilustrada The Next Thing: Art in the 21st Century (Fairleigh Dickinson University Press, 2013). Este cuento pertenece a un volumen homónimo que aparecerá en junio en Lumme Editor, São Paulo.

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