Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.

Premio David de Poesía: el filoso resbaladero del lenguaje

 

Si Baudelaire hubiera conocido la historia editorial cubana más reciente (1990-2010), seguramente hoy matizaría algunos de sus consejos a los jóvenes literatos. Para el francés "todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen", y en eso estoy de acuerdo, inclusive es y debe ser el sentido de un premio como el David. En el caso del género de poesía este certamen tuvo un inicio en 1967 con Casa que no existía de Lina de Feria y Cabeza de zanahoria de Luis Rogelio Nogueras, que todavía hoy siguen siendo poemarios paradigmáticos y difíciles de superar. Pero lo que significó este galardón literario en sus primeras décadas de existencia ha tenido sustanciales cambios de 2000 para acá.

Mucho se ha cuestionado la apertura editorial de los últimos años y el incremento de las ediciones provinciales, propiciatorias de publicaciones con poca calidad estética y de un número de libros que alarman a algunos estudiosos de la literatura convencidos de que la cantidad no coincide con las posibilidades reales de talento en ciertas zonas de la Isla.

Algunas revistas literarias, como Dédalo, han servido de soporte a este tipo de debates. Indudablemente las ediciones Risograph han permitido hacer visibles, a través de sus publicaciones y certámenes, a un número de autores que poco a poco han sido reconocidos a nivel nacional. Gleyvis Coro Montanet, de Pinar del Río, y Rubén Rodríguez, de Holguín, pueden ser dos ejemplos tangibles, evidencias de que entre la prolífera hojarasca editorial hay resultados que germinan.

Por otra parte, dadas las posibilidades reales de publicación en las provincias y a lo largo de todo el país, algunos premios literarios ya no despiertan el interés ni significan lo que pudieron representar para los jóvenes que se iniciaban en la literatura hace diez o quince años, cuando casi la única manera de tener una publicación era ganando un certamen. El Pinos Nuevos de poesía y el Calendario ya permiten que el ganador o el aspirante tenga un libro publicado, pero el premio David no ha cambiado sus bases y sigue exigiendo que el participante sea inédito. ¿Debería también éste readecuar sus requerimientos a las nuevas condiciones? ¿Es esta una testaruda resistencia que olvida los cambios inevitables que hoy se viven en el mundo editorial de la Isla?

De modo prematuro muchas veces, sin permitirles los veinte comienzos de los que habla Baudelaire, sin la madurez y la depuración necesarias de los textos, la mayoría de los jóvenes que son vistos con algún talento publican su obra dentro de las editoriales de provincia, lo que les impide luego participar en el premio David, que por su tradición era la cantera principal de nuevos talentos para los iniciados en el mundo de las letras nacionales, en momentos en que publicar un libro era casi un milagro.

Solo unos pocos escépticos de sus propias capacidades, o sin el exacerbado interés prematuro de una primera publicación, esperan comenzar en la sombra las veces que sea necesario hasta tener ante sí una obra que los convenza a ellos mismos como primer jurado. Ésta ha sido una de las razones por las que dicho concurso no premió durante un continuo número de años. Sumémosle a ello la exquisitez y parcialidad de ciertos jurados que ayudaron a hacer del David una especie de mito inalcanzable.

Pero hace unos años la suerte (o el tipo de jurado) ha cambiado, lo que permite tal vez no tener un poemario consistente y perdurable como Casa que no existía, pero sí una continuidad de búsquedas y la aparición de nuevos nombres en el panorama literario nacional que a ratos se vuelve monótono y repetitivo. Quiero abordar brevemente los dos poemarios que reavivaron el certamen cubano en la modalidad de poesía después de algunos años en ser declarado desierto.

'Diario de Eva y otras prehistorias'

 En 2007 una joven recién egresada de Filología ganó el premio David con el poemario Del diario de Eva y otras prehistorias. Yanelys Encinosa Cabrera establece en sus textos la (re)escritura como modo de rectificación de la historia o el mito. Sus poemas se mueven entre la veneración a Dios y a veces, como característica de la verdadera fe, sus textos rozan la herejía. De ese modo, la joven erige el verso entre la blasfemia y la devoción. Y acaso este sea el fin último y el sentido más acabado de la literatura: basfemar/venerar.

Sin embargo, hasta en el momento de la trasgresión el tono de Yanelys Encinosa es pausado, vital y coherente. Procede a mostrarnos los contornos del mundo, a reescribir el Génesis desde la perspectiva de Eva (con demasiada ingenuidad a veces), pero a ello entrelaza la poesía como parto y creación, y se presenta a sí misma como terreno propicio para ensancharse y reproducirse, de modo tal que pueda ver desde la altura, como Dios, el mundo que se agranda en su abdomen, hasta que se abra y entonces vuelva Eva a tener libre albedrío. En cada gestación y nacimiento parece repetirse el milagro de la creación del mundo.

Los mejores poemas del cuaderno evidencian una depuración que persigue la concisión, el resumen, la frase corta, pero no con el objetivo de hacer un discurso intermitente o entrecortado. A pesar de la brevedad, de la elipsis, de la sintaxis interrumpida, las ideas se entrelazan, se continúan y pretenden, buscan la plenitud. No niega el sujeto lírico la imposibilidad de poder terminar la obra del creador, pues "no sabré hacerme del todo/ en las formas que has dejado". Sin embargo, en el reconocimiento mismo de esas limitaciones "habrá de permanecer/ cada desvelo/ cada crecimiento imperfecto". De ahí que desde esa incompletez se pueda vislumbrar el todo, la unidad del logos.

Uno de los procedimientos más recurrentes en el poemario es el de invertir ciertos códigos aceptados de la Biblia, como que la mujer haya sido creada de la costilla del hombre, pues aquí la fémina es la costilla que sigue multiplicándose en costillas infinitas y dolorosas a través del parto.

El de Encinosa es un cuaderno de iniciación que dialoga también con la tradición grecolatina, con temas como la insularidad y marcado por el estado de gestación de la autora cuyo mayor mérito formal, a mi ver, dentro del panorama lírico contemporáneo en Cuba, es hacer del discurso cercenado, no un reflejo de la vida triste e incompleta, o una evidencia de la decepción y la frustración sociales; sino imagen de la plenitud de Dios, alcance desde la concisión y el silencio sintáctico de lo primigenio a través del lenguaje que se sabe y se reconoce imperfecto.

Huecos de araña

En 2008, otra joven graduada en Filología ganó el premio David. Jamila Medina Ríos teje, como una aracné lezamiana, escribe (cava) sus Huecos de araña. Medina asume el lenguaje como búsqueda que engendra posibilidades infinitas, interrelaciones, tejidos, intermitencias del pensamiento. Jamila es carolingia porque asume el legado literario y cultural, lo reescribe, lo filtra desde su propia sensibilidad, como mismo los carolingios tomaron la cultura helenístico-romana y la reinterpretaron a partir de sus nuevas visiones. Su texto iniciático "Yo sé la infinitud del psalterio de Utrecht" así lo demuestra, en el que también la descripción y su esteticismo son carolingios: miniaturiza con sutileza, el lenguaje es ekfrástico y al mismo tiempo de un marcado e insistente sentido visual. Como escenas, las frases se suceden, las palabras "son rostros del paisaje" que conforman un retablo medieval.

Hay una lucha en Jamila entre el río, la corriente, el tiempo y la búsqueda de la eternidad, en ese propósito de trascendencia, de congelación, de transformar lo efímero en eterno, de congelar en cristales las lágrimas, o de temer al pistilo que se gasta inevitablemente. Las palabras, los símbolos se repiten: árbol, río, ciervo... Y al mismo tiempo todo cambia, la muchacha que flota salta, "se quiebra como un huevo de plata". El río y las espigas forman parte del discurso heraclitiano, y por ello, tal vez la trascendencia haya que entenderla de otro modo, cíclica, interminable, como el tiempo:

Las canoras espigas se despiertan

fustigan sus miembros arqueados

recobran la esbeltez

besan las márgenes serenas

toman sus vidas redondas y apuestan por los ciclos

la luna les confiere el poder de repetir

repetirse repetir repetir...

les advierte

que no existe

la fijeza

Jamila Medina tiene una innegable vocación modernista por la imagen. La imagen callada de los márgenes, el martirio silencioso de la hojarasca; la escritora capta la luz y el brillo mudo de un ejército que desmura y estetiza poco o poco la ciudad. La otra inquietud de la autora es el propio lenguaje: a veces, conceptuando, nombrando, textuando, el poema se mira a sí mismo, mediante un acto especular, metapoético, pero no ajeno a la idea, alza el cuello, se tuerce y se vuelve a nombrar, cavila la palabra, la desmiembra y en esa constante deconstrucción se explica, se piensa, crece, dispersa, enriquece el prisma semántico del verso. Léanse como ejemplos "Hojarasca", "Langustia" y "Tragaluz".

La autora se empeña en el cuerpo que persigue que es también el cuerpo del lenguaje, el cuerpo del poema, inclusivo, polítropo, polisémico. En Jamila no hay límite entre un espacio y otro, entre lo lingüístico y lo contextual, todo es texto, todo es tejido, todo es entramado de la araña que textúa "un campo de rizomas", una "bahína conquistada", "para abrir paso a un cuerpo rompiendo la maleza". La tendencia al neologismo es necesidad vital en ella, asociaciones fónicas o etimológicas, híbridos, hipogrifos léxicos que representan boquetes por los que el sentido, por los que el significado respira, se desahoga de la estrechez asmática del lenguaje.

El poemario se mueve entre la insularidad y el continente, entre la mujer y la maternidad, entre la ciudad y su revés, entre la historia y su negación, entre el pálpito y la muerte, entre lo escatológico y la metáfora. En asuntos de forma es variable, polimorfo; va del verso escurridizo, fluido a la acumulación de imágenes, a la yustaposición tropológica, en ocasiones abigarrada y de una sintaxis oscura y de difícil penetración.

A la búsqueda continua de Jamila por la palabra, el concepto, el verbo que trascienda al propio lenguaje; opongo el orden discursivo más diáfano de Encinosa. A la carne gravitante, a la maternidad cercenada, al padecimiento oscuro de Medina, opongo el verso adánico de Yanelys, su vientre epifánico. Entre la sombra o la luz, entre la isla y el cuerpo, entre la incompleta sintaxis que ahoga o refleja en su imperfección el milagro divino, permanece el lenguaje como factor común, como parpadeo de lo eterno y cíclico, como matria, el filoso resbaladero del lenguaje para caer o agitar las alas.

 


Yanelys Encinosa Cabrera, Del diario de Eva y otras prehistorias (Premio David de Poesía, 2007).

Jamila Medina Ríos, Huecos de araña (Premio de David de Poesía, 2008).

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.