Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.

La Regenta en La Habana

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"La heroica ciudad dormía la siesta" comienza La Regenta. Leí en voz baja la frase y evoqué la Vetusta lluviosa de Clarín. ¿Acaso una novela ambientada en La Habana podría empezar así? Por lo de heroica, desde luego, no habría problemas. En nuestra capital hay heroísmo, si se ha de creer a los libros de historia patria, para guardar, para vender y para regalar a los países amigos. Con respecto a la siesta, tampoco encontraría dificultades. Con lo haraganes que son los habaneros, arman un catre en cualquier parte y se echan a dormir a pierna suelta… Pero no tuve tiempo de continuar estableciendo paralelos. Una enfermera se asomó a la puerta del consultorio y voceó mi nombre:

—¡Yoana Rodríguez!

Cerré el libro, que había llevado al policlínico para que me diera apoyo moral, y avancé en cámara lenta hacia la consulta. Las piernas me temblaban y tenía la boca reseca. Entré con una mano bajo el seno, apretándomelo como si temiera que se cayese al suelo. El médico era un viejo patilludo a quien le decían Doctor Drácula porque siempre estaba pidiéndoles a los pacientes sangre de donación.

—¿Qué pasa? —fue su saludo—. ¿Qué te trae por aquí?

Tímidamente le expliqué que me había salido una cosita debajo del seno izquierdo. Aunque la había notado dos meses antes, mientras pude traté de hacerme la disimulada. A lo mejor se iba por donde mismo había venido, se disolvía, se desaparecía sin ayuda de nadie. Pero pasaron los días y las semanas sin traer el menor cambio en mi anatomía. Y pasó que don Víctor —así había yo rebautizado a mi marido, por razones que explicaré más tarde— se puso, de rareza, a hacerme cosquillas y descubrió aquel bulto. De rareza dije, sí. Porque mi consorte andaba de capa caída, por un problema de la próstata, y me tenía a dieta vegetariana. Bueno, a lo que iba, a que don Víctor dio un brinco que casi llega al techo y exclamó:

—¡Hija, por Dios! ¿Qué es eso, qué tienes ahí?

—Nada, una cosita.

Desde el primer día empecé a llamar al tumor la cosita. El diminutivo lo hacía lucir inofensivo, trivial, casi infantil.

—Pues ve enseguida al médico, antes de que siga aumentando de tamaño y se ponga peor.

Y al fin estaba allí. Una vez enterado del caso, el patilludo me mandó a acostar en la camilla de examen con los senos al aire libre. La enfermera había salido del consultorio y su ausencia me puso aún más nerviosa. En ciertas situaciones yo soy bastante mojigata, tanto como las damas españolas del siglo diecinueve. (Es decir, como algunas de ellas.) Pero  el temor y el tumor acallaron mis mojigaterías. Me quité la blusa, me bajé los ajustadores y esperé boca arriba mientras un sonrojo de adolescente virginal me coloreaba cuello y rostro.

El médico palpó, hurgó y sobó con detenimiento la carnuda esferilla que se movía como pelota de ping pong bajo sus dedos. Luego buscó una jeringa enorme, parecida a las que se usan para inseminar vacas —me recordó a las que aparecían en los documentales sobre Ubre Blanca en los años setenta— y sin más ceremonias me hundió la aguja en la cosita. Vi el cielo, las estrellas y las dos osas con su rabo. Y no vi el resto del sistema planetario porque cerré los ojos y solté un aullido de dolor que debió oírse en Guantánamo.

—Anda, no alborotes así que allá afuera van a pensar que te estoy devorando viva —me sermoneó el patilludo—. Y alégrate de que lo haya hecho yo, porque si mando a la enfermera te pincha doce veces antes de dar con el lugar preciso. Quédate tranquilita.

Me quedé tranquilita.

—Haz el favor de llevar esto al laboratorio con una nota para la técnica —y el médico me hizo entrega formal del instrumento de tortura, lleno hasta la mitad de un líquido amarillo—. Ten cuidado no se te vaya a derramar por el camino.

Con la jeringa en alto cual trofeo olímpico y el seno que te quiero sano ardiendo por el pinchazo crucé todo el policlínico hasta llegar al laboratorio. Atravesé los corredores polvorientos y le entregué mis serosidades a la chica que, sentada lánguidamente tras el mostrador, se limaba las uñas con paciencia budista.

—Ven dentro de una semana o dos —me dijo—, a ver si para entonces tenemos los resultados porque ahora no hay ni reactivos.

Cuando regresé a casa descubrí que la cosita, con tantas manipulaciones, había quedado reducida a la mitad. Don Víctor estaba en la cocina preparando el almuerzo así que fui directo para el cuarto, llevando La Regenta a remolque, y me tiré en la cama a leer.

 

 

Mi marido, ex-jefe del departamento de letras hispánicas de la universidad habanera, guardaba cierto parecido con Víctor Quintanar, el respetable esposo de Ana Ozores en La Regenta. Don Víctor (el personaje de Clarín, no el mío) es un vejete jubilado de la Audiencia e interesado en la caza, la arboricultura, la marquetería y el teatro de Lope de Vega y de Calderón… en todo lo que lo rodea, con excepción de su mujer. Su desinterés marital actúa como detonante en la trama de la novela que gira en torno a la elección, por parte de Ana, de un sustituto para el regente retirado.

El caso era que a mi media naranja, como al don Víctor de la historia, se le habían apagado los fuegos pasionales. No nos dábamos más que besitos de buenas noches y un achuchón raquítico de Pascuas a San Juan. Aunque, en su honor sea dicho, las cosas no habían sido siempre tan sosas entre nosotros. Cuando nos conocimos tenía un motor en el escroto. Tan es así, que terminamos enroscados en el piso de su oficina la primera vez que nos vimos, cuando fui a pedirle trabajo en la facultad de Artes y Letras de La Habana.

Nuestros caminos se cruzaron después que perdí mi puesto de profesora en la Universidad de Las Villas. Y el puesto lo perdí por culpa de un accidente que, al lanzarme de mi nido académico de una patada, me llevó a buscar refugio en la capital. Por eso dicen que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Aunque en el caso mío, me temo que a veces al Altísimo se le va el santo al cielo con el guión…

Todavía recuerdo hasta el más mínimo detalle del accidente —como se recuerda, en la oscuridad de la madrugada, entre crispaciones de miedo, el argumento entero de una película de horror. Pedaleaba de vuelta a casa una noche, después de terminar las clases, cuando un camión cargado de lechugas embistió por detrás mi bicicleta china, una Forever roja bien traqueteada. El topetazo me hizo aterrizar en el pavimento. Fue un instante de confusión espacial, en que creí que la tierra se había alzado hasta mi cabeza para soltarme el batacazo. Sentí el dolor de los huesos al hacerse trizas y olí la peste a goma quemada de una de las ruedas delanteras del camión, que se detuvo a centímetros de mi rostro. Todo esto mientras las lechugas se desparramaban por todas partes en una explosión vegetal.

En el juicio dijeron que la culpa había sido mía por no llevar reflector en la bicicleta. (Me lo habían robado precisamente una semana antes.) Pero como el chofer del camión tenía un aliento etílico capaz de tirar para atrás a Baco, el juez lo condenó a tres meses de cárcel. El borrachón salió mejor que yo, que pasé seis sin poder salir ni a la esquina. Prisión domiciliaria decretada por las dos piernas fracturadas, un brazo dislocado y las costillas convertidas en un rompecabezas óseo.

Lo peor fue que, además de descuajeringarme el esqueleto, el accidente me dejó un poco desequilibrada de los nervios. Estrés postraumático, me dijo mi psiquiatra, el doctor Cantoya, que se le llamaba a esa reacción. Durante años la vista de un camión me provocaba escalofríos y temblores, al punto de volver corriendo a casa si encontraba uno por la calle. Vomitaba cuando me ponían delante una ensalada de lechuga y no subía a una bicicleta ni aunque me pagasen mi peso en oro.

Al regresar a la universidad, más o menos restablecida, comprobé que el que fue a Sevilla —o en mi caso, al hospital— perdió la silla, el sillón y hasta el orinal. Mi cátedra estaba cerrada y me encontré en la calle y sin llavín. El decano me informó, con muchísima pena, que mi plaza había sido evaluada como "no imprescindible" durante aquellos meses de ausencia forzada. Corrían entonces los duros noventa y la enseñanza de narrativa española decimonónica no ocupaba un lugar preferencial en la mente de los burócratas.

¿Cómo ganarme la vida en Las Villas? No había muchas opciones para una hispanista desempleada. O me dedicaba a limpiar pisos en el hotel Ancón, o empezaba a arreglar uñas, o buscaba trabajo en una pizzería clandestina. Qué va. Adiós, cordera, me dije y vine a recalar a La Habana, donde me las vi negras al principio. Con mi padre no podía contar.  Había perdido su cargo en el ejército cuando el brete de Arnaldo Ochoa y vivía refugiado en casa de sus suegros, que no me iban a admitir también a mí por mi cara bonita.

Tuve que apencar con tía Nena, la hermana de mi madre, que era una vieja resabiosa, y colocarme como maestra de español en una secundaria llena de fieras púberes. Los alumnos mayores fumaban en los baños, decoraban las paredes con obscenidades de barrio bajo y robaban a mano sucia en el salón de profesores. Los más chicos me tiraban bolas de papel, mocos endurecidos y cáscaras de naranja cuando me volvía de espaldas para escribir en la pizarra, y armaban batallas campales con los cuadernos en medio de la clase. Estaban en la edad del pavo elevada al cubo y no había quién los aguantara.

A los dos meses de lidiar con aquellas bestezuelas se me ocurrió ir a la Universidad de la Habana para enterarme de si había una plaza vacante. Lo dudaba, pero como la peor gestión es la que no se hace… Me preparé con todas las armas que tenía a mi disposición. El escudo fue un cartapacio con mi expediente laboral, copias de mis evaluaciones y una carta de recomendación llena de elogios que me diera el decano de Las Villas cuando me despidió. La armadura consistía en un vestido rojo, cortito y bastante desvergonzado, con escote de recepción.

Llegué a la facultad de Filología y pregunté por el departamento de Letras Hhispánicas.

—Queda al lado del baño de las mujeres —me informó la recepcionista, y añadió al notar mi expresión de desubicada—: Enseguida lo encuentras, muchacha, guíate por el olor.

Seguí el tufillo, que era difícil de ignorar, y me presenté muy frescamente ante el jefe de cátedra… cargo tan poderoso en nuestro ambiente como el de un regente de Audiencias. Me recibió un tipo canoso, aunque todavía fuerte e interesante. El que más tarde se convertiría en don Víctor, pero que in illo tempore era un cincuentón de buen ver.

—¿No necesitarán aquí una instructora de literatura española? —le pregunté a boca de jarro, sonriéndole con toda la sandunga que pude destilar.

—Las necesidades se fabrican cuando hace falta —me contestó, campechano—. ¿Trajiste tu expediente?

Saqué mi pedigrí académico y se lo entregué. Él se caló unas gafas montadas al aire, modernísimas, muy profesorales, y empezó a revisar el documento. Me despedacé cuatro uñas mientras duró aquella lectura, que se me antojó interminable.

—Tienes un currículum… de primera —comentó al fin, aunque mirando para mi trasero, no para el expediente.

—Gracias.

—El problema es que en estos momentos no hay ninguna plaza abierta en la sección de Literatura —empezó a ponérmela difícil—. Y aunque veo que terminaste la maestría, preferimos contratar a instructores que ya tengan un doctorado.

—Estoy dispuesta a empezarlo este mismo año si me dan la oportunidad de trabajar de nuevo en la universidad, compañero —le contesté—. Fíjese usted que tengo dos especialidades: Literatura Peninsular y Lingüística Española. Pero ahora estoy enseñando Gramática en una secundaria horrible, con unos estudiantes que se le escaparon a Lucifer —y puse una carita compungida, de náufraga en apuros.

— Pues… a lo mejor puedo hacer algo por ti —carraspeó y me echó otra ojeada radiográfica—. Da la casualidad de que el único profesor de Lingüística que tenemos en el departamento está a punto de retirarse. ¿Has estudiado a Noam Chomsky? Porque ahora sus libros son material obligatorio.

—¡Claro que sí! Hasta impartió un taller a nuestra clase en el ochenta y nueve. Conozco su obra al revés y al derecho, modestia aparte.

—A ver, a ver…

Me concentré y regurgité todo lo que recordaba sobre el estructuralismo de Chomsky. El jefe me escuchaba con aspecto de estar impresionado por mi bagaje cultural. Al poco rato pasamos de la lingüística a la lengua y del material obligatorio a mi nalgatorio y terminamos revolcándonos en el piso de la oficina. Tenía mosaicos verdes y olía a polvo, a churre acumulado y al orine del baño, que como dije antes quedaba justo al lado. En fin. Salí de allí con el vestido sucio y tremendo dolor de espaldas porque todavía no se me habían acotejado los huesos desprendidos durante el accidente, pero pesqué el trabajo. Quid pro quo.

Así empezó el romance con don Víctor y yo me convertí en profesora de lingüística y en la favorita del mandamás. Vamos, en la sultana departamental. Me volví una Regenta criolla que reinaba, aunque no gobernase, en aquel micromundo universitario. A los pocos meses se abrió una plaza para enseñar literatura española y excusado es decir que pasé a ocuparla sin más trámites ni protocolo.

A veces, cuando nos poníamos románticos, mi marido y yo rememorábamos la primera vez en que el suelo nos sirvió de lecho nupcial y enredábamos las lenguas pensando en Chomsky. Pero no con mucha frecuencia, por desgracia.

Tristes recuerdos de pasadas glorias.

Qué dura es, qué inhumana,

la marcha de la historia.

 

 

Cumplí mi promesa en lo que se refería a comenzar el doctorado. Tomé todas las clases y seminarios pertinentes y pasé los exámenes pero no conseguía terminar la tesis, que se basaba en La Regenta. La causa de tal cancaneo era que me identificaba demasiado con la protagonista. Ahora, para que esta afirmación tenga sentido, usted tendría que haberse leído la novela. Y como no estoy segura de que lo haya hecho (no lo estoy llamando inculto, solo que la vida moderna... los contratiempos... y las ochocientas páginas del libro son algo mucho), pues le facilitaré el resumen con el que presentaba la obra a mis estudiantes. Aquí va:

Ana Ozores es una señorona de veintinueve años domiciliada en Vetusta, nombre ficticio de la ciudad de Oviedo. Es huérfana de madre y con antecedentes de traumas familiares, entre los que se encuentran un intento de abuso sexual por el amante de su aya, un padre ausente y dos tías solteronas que le hicieron la vida un yogur agrio mientras vivió con ellas. En suma, carne de psicoanalista si hubiera existido alguno en España a finales del siglo diecinueve. Pero por aquel tiempo la ciencia del padrecito Freud estaba aún envuelta en los pañuelos de otra Ana famosa, Anna O., de modo que a la Regenta no le queda más remedio que arreglárselas sola.

La protagonista, bella y virtuosa, sufre periódicos ataques de nervios, al parecer ocasionados por el exceso de virtud. Está casada con don Víctor Quintanar, exregente de Audiencia que, como mi marido, tiene problemas con el aparato. (Bueno, eso no se lo decía así a mis alumnos. A ellos les explicaba asépticamente "que la trata como a una hija, evitando las relaciones íntimas".) De esta señora tan conyugalmente desatendida se enamoran el tenorio oficial de la ciudad, don Álvaro Mesía, y un cura bien plantado, el magistral Fermín de Pas.

Por influencias del último, Ana se vuelve beata y se dedica a leer a Santa Teresa y a buscar la unidad con Dios. Se reúne con el magistral en la catedral y en casa de una celestina eclesiástica, y además se confiesa con una frecuencia alarmante. Pero como no hay misticismo que resista al tercer enemigo del alma (que es la carne, para los no enterados) termina abriéndole el balcón de su cuarto a Mesía.

El exregente es incapaz de advertir de que lo están coronando, y no precisamente con hojas de laurel. Pero el magistral, celoso y despechado, se vale de la criada de los Quintanar para enterar a don Víctor del adulterio. Éste reta a duelo a Mesía, que lo mata y huye a Madrid, sin ocuparse más de su querida. La Regenta se queda sola. Sus antiguas amistades la despellejan sin compasión, nadie va a visitarla y termina besuqueada por un monaguillo asqueroso en la catedral de Vetusta.

¿Y qué pasa después del beso? ¿Se muere Ana? ¿Cae con otro ataque de nervios? ¿Le da una bofetada al atrevido? Don Leopoldo se lo reserva, como si de repente se le hubieran quitado las ganas de escribir o se hubiese aburrido de su propia historia. Vaya un final, más que abierto, despatarrado. Un final que deja a la heroína a merced de monaguillos malévolos, de ratones de iglesia y de la imaginación del lector…

Según algunos críticos, Ana pierde la razón. Y he aquí otro motivo por el que me identificaba con ella, aparte de la desatención marital que ambas sufríamos. El narrador alude a su "temor al cerebro descompuesto" —una manera fina de decir que tenía miedo de que se le llenara de guayabitos la azotea, de terminar loca para los restos, más quemada que una sartén. Pues bien, lo mismo me pasaba a mí. Allá se iban sus ataques de nervios con mi estrés postraumático, que me llenaba la mente de flashbacks sobre la bicicleta y el camión lechuguero en los momentos menos apropiados. Hasta una temporada pasé en el hospital psiquiátrico, con electroshock y pastillas, pero no me gusta ni recordarla.

También estaba la falta de hijos. A Ana, madre frustrada, la comparan con la Virgen de la Silla sin niño, y a mí se me iban los ojos detrás de todos los bebés que veía por la calle. Siempre quise tener muchachos, pero con los pepillos con quienes me lié de joven (que tampoco fueron legión) no llegué nunca a nada serio, o al menos lo bastante serio como para decidirme a darle otro miembro a la humanidad. Y mi don Víctor, que ya estaba maduro cuando nos casamos, tenía muy mala puntería. En diez años no acertó en el blanco ovular una sola vez, ni de casualidad, y tampoco le interesaba aumentar la familia. "¿A estas alturas? ¿Para que cuando mi hijo entre a la universidad yo sea ya un viejo chocho? Olvídalo."

Por todas estas razones presentía en Ana a una hermana del alma. No importaba que viviésemos separadas por más de un siglo y que una de nosotras fuera real y otra no. Aunque el concepto mismo de la realidad… es debatible, vaya.

 

 

Don Víctor se afanaba en la cocina, de manera que me acosté a leer mientras esperaba por el almuerzo. Como mi marido se había retirado dos años atrás y yo seguía de profesora en la universidad, habíamos llegado a un acuerdo: yo aportaría la mayor parte del dinero al presupuesto familiar y él se ocuparía de las labores domésticas. Otra vez quid pro quo.

Abrí La Regenta al azar y tropecé con este párrafo:

"¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la obscuridad... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡Sí! Aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo, la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango. Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella. Lucharía."

Un aguijonazo de envidia me punzó con la misma fuerza que la aguja del patilludo. Aunque casada con un vejestorio y con pocas distracciones a su disposición, Ana tenía a un enamorado que no le perdía pie ni pisada, que iba a rondar su casa por las noches… ¡Y ella lo llamaba enemigo! Dichosa tú, Regenta. A mí, en cambio, me faltaban con quién y para qué luchar. Debía conformarme con don Víctor y su próstata triste, con el aburrimiento que inundaba el apartamento como un olor grisáceo a cloroformo, con la académica rutina de la universidad. Y para colmo, ahora me había brotado una cosita de mal augurio bajo el seno. No era justo, señor. ¿Por qué no se me presentaba una tentación fuerte como la de Ana? ¿Por qué no había un don Álvaro en mi vida, a ver, por qué?

 


Teresa Dovalpage, La Regenta en La Habana (Edebé, Madrid, 2012).

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