Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
17:23 CET.
Opinión

Los odiadores profesionales

La mayoría de los que escribimos lo hacemos por una mezcla de vanidad y narcicismo y debemos asumir que buscamos simpatía y admiración. García Márquez decía que "escribo para que me quieran más", y Eliseo Alberto "Lichi" aseguraba que "escribo para los amigos, que son mi familia ampliada". Eso es lo normal.

Pero hay casos que parece escriben para que los odien. Esas personas quizá confiesan así una impotencia: "Si no me quieren, que me odien y mejor aún, que me teman". Esta es la posición de un neurótico enfermizo, de un masoquista olímpico, de un sádico de campeonato.

Algunos de esos "odiadores" profesionales escriben con corrección y suelen decir verdades molestas, lo cual no es negativo ni criticable. Pero se les percibe, se les transparenta, se les adivina una actitud que no pretenden siquiera disimular, de hacerlo con el placer por la herida, el deleite en escarbar la llaga, una satisfacción suprema por molestar, hurgar hasta el hueso. "Si hoy no jodo a alguien no duermo tranquilo", parecen decir.

Y eso lo ejecutan partiendo de una supuesta superioridad moral e intelectual que los hace difícilmente sufribles. En este mundo contradictorio y sorprendente, lo menos que podemos esperar de uno mismo y de los demás es cierto tipo de congruencia: no es admisible ni esperable que un Rockefeller viva y actúe como un proletario con sólidas convicciones marxistas-leninistas. Y tampoco, en contrapartida, que un obrero manual pretenda asumirse mentalmente como un potentado de Wall Street. Aunque "hay de todo en la viña del Señor", en estos tiempos, más que al Génesis de la Biblia, entes así nos recuerdan a Steinbeck y Las viñas de la ira.

Son estos tiempos de odios profusos y omnipresentes, que llegan desde las letras de las canciones, los comerciales y las redes sociales, que hacen honor a su nombre, pues son mallas para atrapar lo mismo sardinas que tiburones, disfrutando el dudoso privilegio del anonimato cobarde, y la carencia —todavía— de una legislación que precise y castigue los excesos de eso que mal llamamos hoy "lo políticamente incorrecto", identificando su actuar con "la libertad de expresión" (que debería traducirse como "la libertad de difamación"). "Esto es lo que trajo el barco", como dice una clásica, pero el problema es que ese navío debe ser post-Panamá porque resulta enorme.

Esos "odiadores profesionales" viven una existencia mezquina, aunque no lo perciban y se asuman a ellos mismos como "normales": imagino que gastan su pobre existir en andar pescando por aquí y por allá algún leve desliz, un gazapo nimio, una ligera mácula, para magnificarlo y exhibirlo —exhibiéndose ellos mismos de paso— careciendo de algo que no aparece en ningún código penal ni constitución del mundo, y que debería ser virtud capital de cualquier ciudadano y especialmente de un gobernante: compasión, caridad  y piedad.

Y no hablo de la "caridad cristiana": la caridad puede ser brahmánica, budista, confucianista, musulmana, agnóstica o incluso atea. Es una cualidad moral en potencia universal. Es ayudar al caído y, si entablamos una disputa, se trata no de golpearlo en tierra, sino respetarlo y ayudarlo a levantarse. Es la nobleza, virtud cada día más rara en este mundo. Es precisamente La grandeza: la grandesse, como dicen los franceses, que sí supieron algo de esto, pero hace ya muchos años.

En este mundo donde estamos hace milenios, no se busca competir sino ganar, no intercambiar opiniones sino prevalecer, no persuadir sino destruir, no solo apabullar, sino callar a gritos al contrario, descalificarlo con golpes bajos que si bien se miran descalifican más al que los dice que a quien se le dedican.

Más allá de todas las ideologías ya superadas, persiste como un legado antiguo algo que es muy superior a las teorías más sofisticadas: la ética. Ese sentido de lo bueno, lo útil y lo bello que distingue al ser humano de los otros animales y lo sitúa como un bruto superior. En estos tiempos cuando todas las ideologías han demostrado hasta la saciedad su ineficacia, regresamos al origen y asumimos que después de la dilatada fila de filósofos que en el mundo han sido, vuelve a resurgir juvenilmente ese viejo contemporáneo de todos que es el buen Aristóteles.

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Comentarios [ 5 ]

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Llegar al punto que señala el articulista, no ha sido de ahora para luego. En el caso de las Letras o de la Sociedad cubana, la diferencia de criterios se hacia manifiesta y pública antes de 1959 y tenía lugar de forma civilizada. Por tanto, tendremos que admitir que la tolerancia, virtud prodigada por la propia Ética para convivir en paz personas con distintos criterios, formas de vida y opiniones, fue alterada en 1959 por un régimen intolerante y que para nada prodigó esa virtud de la convivencia, ni la fomanta todavía. Digamos que el propio Batista admitió discrepancias y libertades dentro de su dictadura, que el nuevo régimen exterminó. Al mismo tiempo que se gestaron seres sumisos a partir de 1959, se les inculcó lo peor de los animales: atacar las discrepancias y diferencias hasta hacerlas desaparecer por la fuerza y por ese camino hemos terminado rodeados de seres medio salvajes y salvajes del todo. Y así llegamos aquí. ¿Otras sociedades? - Obedecen a otras vivencias. Por otra parte, la telebasura actualmente fomenta hablar por hablar y atacar como única forma de obtener un minuto de gloria efímera para existencias anodinas.

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Claro que noy nada "malo en preferir el dicterio a la critica bondadosa(?)" pero con nombre y apellidos no (como bien dice el autor) desde el cobarde anonimato.

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Muy bueno!!!

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Más en el clavo imposible! Hay uno en Miami llamado Pepe Valera que esto le viene como anillo! Tambien otro chino filosofo.

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No creo que se trate de un fenómeno de estos tiempos. En toda época han existido tábanos que apostrofan contra esto o aquello, o contra éste o aquel, implacablemente. En la literatura británica, por ejemplo, está Jonathan Swift, cuyos cuentos de Gulliver tenían otro sentido que el que les ven los niño en esta época. En las letras estadounidenses H.L. Mencken jugó este papel. ¿Alguien dijo Franciso de Quevedo? Y por no ir más lejos, en las letras cubanas Virgilio Piñera no se quedó atrás como ácido aguijón. Y a todos, absolutamente todos, les han reprochado hacerlo como hace este autor. No hay algo malo en preferir el dicterio a la crítica bondadosa.