Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
02:18 CET.
Opinión

Alfredo Guevara en el bosque de 'Rashomon'

"Me puedo equivocar y puede haber muchas ópticas, pero esta es la mía", reconoce en el documental Luneta No. 1 (Rebeca Chávez, ICAIC, 2012).

Lleva la chaqueta sobre los hombros en lo que constituyó —más allá de las películas y los carteles producidos bajo su égida— su aporte a la iconografía revolucionaria. No barba, no boina estrellada, no sombrero alón ni uniforme militar: una chaqueta sobre los hombros a la manera de las señoras que empiezan a sentir frío pero por nada del mundo se perderían esta fiesta en la terraza. Entre la machangonería rebelde, lo suyo es el escalofrío.

Está encantado de conocerse, como puede verse en la entrevista. Encantado de que, por muchas ópticas que haya, él pueda conservar la suya. Para hacerla prevalecer.

"Creo que la verdad es", dice y hace una pausa como si a continuación viniese algo oracular, "es como un caleidoscopio. Es realmente… es Rashomon, para hablar en términos de cine. Para unos tiene un valor y para otros tiene otro valor, y tal vez de la suma de todas las ópticas se pueda tener una aproximación y solo una aproximación a la realidad real".

Acompaña esas palabras con sonrisas. Tiene la ternura de un envenenador que hablara de sus antiguos cadáveres y, cuando alude a una película, es para dejar claro que no la ha entendido.

O que no se ha entendido a sí mismo. Porque no hay en Rashomon (la última vez que la vi se me cayó a pedazos, igual que la puerta del templo) ningún personaje capaz de borrar del todo al resto. Por otra parte, si la realidad resulta tan plural y fragmentaria como en la película de Akira Kurosawa, ¿cómo podría defenderse un partido único? No hay entre las historias ocurridas en el bosque japonés ninguna que pueda corresponderle a Alfredo Guevara. Lo suyo —no importa cuánto alardee de sumatorias— es restar a conveniencia, tachar, meter tijera y tumbar por edicto.

Paradójicamente, él mismo se ha encargado de publicar algunas evidencias de su comisaría política.  En uno de sus libros —Tiempo de fundación (Iberautor, Madrid, 2003)— puede encontrarse el diálogo que sostuviera en La Habana, en junio de 1979, con algunos intelectuales del exilio (Comunidad Cubana en el Exterior). Alguien pregunta en ese diálogo por la caída en desgracia de Virgilio Piñera, y esta es su respuesta: "Virgilio, como tú sabes, es un anciano. Virgilio Piñera es, en mi caso personal, una de las pérdidas que más siento para la revolución desde el punto de vista literario". Y a continuación ofrece razones para la censura.

Piñera cuenta entonces con 66 años y va a morir cuatro meses más tarde. Traducido del eufemístico, pérdida para la revolución significa ostracismo y vigilancia de la policía secreta.

(Un paréntesis acerca de los libros publicados por Guevara. ¿Cómo se explica que acceda, sin remordimientos ni vergüenza, a exhibir material de tal clase? ¿Por desmesurada idea de sí mismo? ¿Por la honestidad de quien no quiere evitarle a la posteridad sus deslices? ¿Por perfecta convicción de haber obrado del mejor modo posible? ¿Por aplomo doctrinario que le permite ventilar sus trapos sucios? No existe en toda la oratoria del castrismo prosa como la que puede leerse en esas páginas. Ni siquiera Eusebio Leal ha conseguido perpetrar zambumbia parecida.)

En el documental en donde lo entrevistan alcanza a verse un fragmento del discurso de autoinculpación de Heberto Padilla. Durante escasos minutos Padilla habla apasionadamente (con pasión verdadera o fingida) y es posible reconocer a varios de los asistentes. (Nancy Morejón, actual presidenta de la sección de escritores de la UNEAC, bosteza de aburrimiento o de miedo.) Las palabras de Padilla fueron publicadas por entonces, pero hasta donde sé no habían trascendido imágenes, y es de suponer que la filmación íntegra está guardada en una bóveda habanera.

La inclusión de un fragmento de ese material en Luneta No. 1 debió ser cortesía del principal entrevistado. A la hora de la muerte de José Lezama Lima, Alfredo Guevara mandó un camarógrafo al entierro. No asistió él, pero tuvo con el escritor una amabilidad de comisario: metió cámara en su cortejo, llevó el seguimiento policial hasta las últimas consecuencias.

Casi cuatro décadas después, esas imágenes siguen sin hacerse públicas. Las filmaciones del entierro de Lezama y del discurso de Padilla, que podrían considerarse documentos culturales de primer orden, constituyen  expedientes secretos todavía. Son un par entre las muchas historias negadas de ese bosque de Rashomon. Forman parte de la pornografía política del régimen. Constituyen, con bastante probabilidad, la obra fílmica atribuible a Alfredo Guevara.

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Comentarios [ 10 ]

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Tardó demasiado. Tenía que haber muerto al nacer.

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Dentro de la Revolucion todo, fuera de la revolucion, Nada

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Buen trabajo, Ponte.  Me quedo con esta sentencia socarrona: "Entre la machangonería rebelde, lo suyo es el escalofrío". Una frase feliz que lo dice todo. Que rebasa la anécdota de la orientación sexual y nos pinta una figura retorcida, controversial, vocacionalmente orientada al poder en un mundo donde los machos alfa ordenan y mandan. Para sobrevivir en ese medio tenía que gozar de la protección del Uno y el Dos, como es claro. Ser un gay intocable —un “homosexual de prestigio” en términos de la Seguridad— implicaba una dispensa al más alto nivel. Pero el difunto contaba  además con dotes excepcionales de equilibrista. Tenía la astucia de la serpiente y la falsa mansedumbre de la paloma con garras y pico de cuervo. Genio y figura, pidió que lo incineraran y esparcieran sus cenizas en la escalinata de la Universidad de La Habana. En adelante, ningún agraviado podrá desquitarse yendo a escupir sobre su tumba. Nic

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Buen artículo, Ponte.Carlos Alberto

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Guevara, Virgilio y Lezama (II)Un grupo de amigos, todos fuera del sistema de la cultura oficial, a la muerte de Lezama, redactó una carta de condolencia y la hizo circular para ser firmada, como yo admiraba tanto como ellos a Lezama, y le había enviado tabacos y latas de leche de mi cuota, a través de Bianchi, me la llevaron a mi casa para ser firmada. Había un punto en la carta que consideré una provocación a las autoridades y no la firmé, no sin cierta amargura y avergonzado de mi cobardía, pero no todos estamos hechos con madera de héroes o mártires. La viuda apenas les entreabrió la puerta, y sólo para decirles, asustada, que lo sentía mucho pero que no podía recibir las condolencias de parte de esas personas. Obviamente ya había sido visitada y alertada por Retamar. Este era el modelo cultural que defendía el comisario Guevara.

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Guevara, Virgilio y Lezama (I)La mención en este artículo de Virgilio y Lezama, me trae a la memoria lo que contaba el actor Enrique Santiesteban, un hombre difícilmente catalogable de contrarrevolucionario. Según él, a la muerte de Virgilio contribuyó una entrevista muy tensa con oficiales de la inteligencia cubana, días antes de su infarto mortal, donde prácticamente le pidieron no sólo renunciar a sus actividades, sino a escribir. Virgilio, siempre según Satiesteban, rechazó indignado estas amenazas, con el precio que ya conocemos. Él fue quien lo recogió el día de la entrevista, Virgilio se sentó en una acera a esperarlo, pués estaba mareado, Santiesteban quizo llevarlo a un hospital, pero Virgilio se negó, tal si lo que deseara fuera morir.

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Excelente artículo, Ponte. Como siempre, me quito el sombrero ante todo lo que escribes. Hay ciertos "ajustes de cuentas" póstimos necesarios. Faltan unos cuantos. La historia no absolverá a estos mandamases que han hecho tanto daño a la vida y al espíritu de una nación. Se creyeron inmortales, pero por suerte las nuevas generaciones vienen ahí, detrás de ellos, para arrojar sobre sus tumbas toda la tierra que se merecen.

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Alfredo Guevara es otro que creía ser eterno y no pensó que la pelona lo estaba rondando, hace unos meses se reunía con los estudiantes, de la Generación Y, de periodismo de la Universidad de la Habana y trataba de imponerles sus criterios de comisario político estalinista, disfrazado como un  reformista con carácter paternal, como si los de la Generación Y le fueran a creer sus cuentecitos de viejo zorro oportunista, COMENTARIO de Esopo

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En París, durante un conversatorio en la cueva socialista que es su Universidad, alguien tuvo el impertinente descuido de preguntarle al señor Guevara sobre el cine cubano antes de la revolución, entre sorprendido y molesto, fingió sin embargo una sonrisa de tolerante asombro, respiró profundo, como cumpliendo órdenes de un médico, y soltó una frase memorable "Antes de la revolución no hubo cine en Cuba".Pero cómo dice eso usted, si desde el nacimiento mismo del cine un camarógrafo de Lumiere viajó a La Habana y de ahí en adelante . . .Amigo mío, le interrumpió Guevara, —intuyendo lo que le venía encima— hablo de cine de calidad, no de mediocres y ocasionales películas . . .Con una frase trataba de borrar medio siglo de heroicos esfuerzos y logros de la industria cinematográfica cubana.Había que defender la revolución a toda costa.

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Excelente, sustanciado artículo, en el momento póstumo de este miserable, adornado de un precioso rosario de canalladas.Destructor de vidas, ya que lanzar a un creador verdadero al silencio, es matarlo. Fusilero de menor cuantía, pues afortunadamente su área de caza se centró en los predios de 12 y 23, con cuartel maestre en el Atlantic, nuestras condolencias a las múltiples viudas, o más bien viudos, que le llorarán, eructando la última lascada de aquel jamoncito ibérico, agradeciéndole también el pomito (que lo bueno viene en frasco chuiquito) de perfumito francés a medio vaciar, eso sí, con atomizador y todo, pero qué pena, la cajita tan linda se me perdió.Que descanse en paz, si puede, este hombre que no supo comprender la maldad absoluta de los totalitarismo.