Lunes, 11 de Diciembre de 2017
13:45 CET.
Sociedad

Anciano, con retiro miserable y trabajando para mantener a la familia

El anciano Baldo murió por desnutrición y abandono en el callejón de Jaimanitas. La noticia suscitó abundancia de comentarios en el pueblo. La garantía de una vejez digna sigue siendo uno de los grandes retos para el futuro de Cuba.

"Baldo tenía hijos, pero no lo atendían", cuenta Pilar, de 75 años. "Muchos ancianos hoy son despreciados por sus hijos. Y en otros casos, como el mío, tenemos que continuar manteniendo a nuestras familias. Mírame, me paso el día forrajeando la comida de mis nietos y de mi hija".

Pilar trabajó durante más de 40 años "construyendo esta sociedad". Fue "alfabetizadora, fundadora de los CDR, cortadora de caña en la zafra del 70, recogedora de café en las montañas orientales, obrera agrícola en el 'cordón de La Habana'".

"Apoyé en los planes ganaderos de Camagüey y al final me retiré como dependienta en una bodega. ¡Nunca he tenido un respiro!", recuerda.

Milton es otro anciano que sostiene a su familia. Muestra su brazo enyesado y dice que se le complicó la vida. "Yo estaba retirado, pero no me alcanzaba con la pensión y enganché un trabajito de custodio en una fábrica de embutidos. La otra noche tropecé en la oscuridad y me caí. El ortopédico me dijo que tenía el brazo partido en tres partes debido a la falta de calcio. Me indicó 60 días de reposo. ¡Imposible! En la fábrica es donde tengo mi búsqueda y allí garantizo la comida de mi familia, las jamonadas, las paticas de puerco, los choricitos. De eso vivimos".

Otra anciana vende detergente a granel que su hijo saca de la fábrica. Padece reumatismo, asma e insomnio. Solo al amanecer consigue dormir unas horas. Cuando abre la ventana, al mediodía, ya las mujeres esperan en una cola para comprar.

Magda Ramírez se jubiló hace poco como operadora de la fábrica de vidrio y confiesa que ha chocado con una realidad que es una pesadilla. "Yo sabía que había escasez, pero merendaba y almorzaba en mi trabajo. Mi esposo, que era jefe de cocina de un hotel, llevaba la comida diaria para la casa. Él murió en abril y yo me retiré en junio. Ahora cada día al levantarme y ver lo que me espera quisiera morirme también".

Las pensiones bajas y el alto precio de los productos alimenticios fomentan la desprotección de las personas de la tercera edad. Carmen Guilarte, de 76 años, recibe una pensión 223 pesos y, según cuenta, todo se le va en medicinas y en una visita al agromercado. "Tengo diabetes, bursitis, la gota y artritis. El día del cobro paso por la farmacia y a comprar el poquito de viandas y vegetales. Ahí se me acabó el dinero".

Luis Benítez tiene 51 años, pero asemeja 70 y augura que su futuro será igual al de Baldo. "Trabajé durante años como operador de martillo eléctrico rompiendo calles y eso acabó con mi organismo. La mala alimentación y la falta de medios de protección me obligaron a dejarlo", cuenta Luis. "Deambulé de un oficio a otro y fui alcohólico. Estoy como Baldo, solo y deprimido".

En cambio, Jesús Ruiz, zapatero particular, muestra una excelente constitución física a pesar de sus 84 años. Vive solo y se sostiene con su oficio y con la ayuda de su hija, que vive en Canarias.

"Soy isleño", dice. "Mi familia se alimentaba bien y todos vivieron más de 90 años. Pero hay una generación después de la mía que sí se ha 'comido un cable'. Y después viene otra: la del picadillo de cáscaras de plátanos y del 'bistec de frazada de piso', que tendrá una vejez criminal. Tengo una vecina que no llega a los 40 y se lamenta de que le duele desde los calcañales hasta la cabeza, incluyendo la columna vertebral. Yo me río, porque a mí no me duelen ni los callos".

Otro anciano con excelente salud y muy activo es Armando Valdés, de 87 años, quien todavía trabaja como ejecutor de obra de una empresa de Turismo. "Es que me alimenté muy bien toda la vida y nunca he dejado de trabajar. Soy hijo de españoles que trajeron con ellos sus costumbres y hábitos alimentarios. Muchas frutas, legumbres, vegetales, carnes, y mucho ejercicio, la mejor medicina. Estoy disfrutando mi vejez a plenitud".

"A los jóvenes de hoy, que serán los viejos de mañana, no les interesa cambiar este sistema", opina Armando Valdés. "Te dicen con la cara fresca: 'es lo que nos tocó'. Algunos no tienen todavía 50 años y tú los ves que no salen del policlínico. Viven quejándose: 'que no hay medicinas, que no hay comida'. Pero tampoco producen, ni luchan para mejorar 'esto'. Van a tener una vejez muy triste".

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