Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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Opinión

Los asesinos

El general Wojcech Jaruzelski dio un golpe en la mesa, exasperado. "Alguien debería obligarlo a parar de ladrar", bramó el dueño de Polonia. Años después, Jaruzelski mantendría que esa frase había sido solo un exabrupto, una forma de hablar, no una orden. Pero alguien que lo oyó, aún no se sabe bien quién, quizás un alto oficial de la Seguridad del Estado rabiosamente diligente, creyó que el general Jaruzelski había pronunciado una categórica sentencia de muerte contra el padre Jerzy Popieluszko, el joven sacerdote católico cuyos exaltados sermones estaban haciendo más daño al gobierno comunista que el sindicato Solidaridad.

El 19 de octubre de 1984, el auto en que Popieluszko regresaba a Varsovia después de celebrar misa en el pueblo de Bydgoszcz fue detenido por tres hombres en un tramo de camino poco transitado. El jefe de los verdugos era Grzegorz Piotrowski, el joven jefe de la sección del Ministerio del Interior dedicada a vigilar las actividades anticomunistas de la Iglesia Católica. Piotrowski y sus dos secuaces amarraron y amordazaron a Popieluszko y lo encerraron en el maletero del auto. Cuando la víctima intentó escapar, lo golpearon tan furiosamente, que más tarde, cuando el cadáver fue encontrado, su rostro era irreconocible, el hígado y los intestinos habían sido reducidos a pulpa, y los pulmones estaban llenos de sangre.

Los asesinos no tenían, sin embargo, un plan muy elaborado, eran solo unos toscos carniceros. Después de deliberar qué hacer con Popieluszko, decidieron atarle piedras a los pies y echarlo a una presa en el río Wisia. Diez días después, el cadáver fue recuperado de las aguas del Vístula y llevado a Varsovia, donde medio millón de personas celebraron, llorosamente, su funeral. Para entonces, el gobierno comunista de Polonia tenía sus días contados.

Esa historia, muy probablemente, no se repitió en Cuba el año pasado, ni siquiera con las chapuceras variaciones que podrían esperarse de nosotros. Quizás me equivoque, a lo mejor cuando los archivos del Ministerio del Interior de Cuba sean abiertos al escrutinio del público se sepa que el general Raúl Castro, personalmente, ordenó el asesinato de Oswaldo Payá, o bien, que una frase suya fue fatalmente malentendida por uno de sus genízaros, como la del general Jaruzelski supuestamente lo fue. Ambas cosas son posibles, como casi todo en la vida lo es, pero estas dos no lo son mucho.

Por toda la alharaca que ha rodeado la muerte de Payá y de Harold Cepero en una carretera del oriente de Cuba, en la tarde del 22 de julio del 2012, azuzada esta semana por las nuevas declaraciones de Ángel Carromero a El Mundo, nadie ha ofrecido una explicación satisfactoria de las razones por las cuales Raúl hubiera ordenado matar a Payá, líder del Movimiento Cristiano de Liberación, uno de los grupos más duraderos y laboriosos de la oposición política en Cuba.

Carromero, que conducía el auto en que viajaban Payá, Cepero y el sueco Aron Modig aquel día, dijo a El Mundo que Payá había sido "el único opositor que podía liderar la transición en Cuba". Es esa una idea que parece ser popular en algunas secciones de la oposición, y que se ha extendido abundantemente después de la muerte de Payá.

"Perdimos al primer presidente de la transición cubana", dijo Yoani Sánchez, también a El Mundo, hace unos meses, extrañamente.  "Primer presidente del país que no fue… que se nos fue", lo llamó también Orlando Luis Pardo Lazo en este diario.  

Payá, después de su muerte, ha sido comparado con José Martí y Félix Varela, con Martin Luther King y Mahatma Ghandi. Es comprensible, justo, incluso conmovedor, que los amigos y colaboradores de Payá lo recuerden con tan desbordado afecto, pero si se hiciera un análisis despiadadamente político del caso, se vería que la influencia y alcance del líder del MCL, dentro de la variopinta oposición cubana, o en la totalidad del país, no eran en el momento de su muerte ni remotamente tan grandes o molestos como para siquiera merecer especial atención del mandamás de Cuba, y mucho menos para que este ordenara un acto tan descabellado, inconveniente e inútil como un asesinato político, a plena luz del día, en una carretera, presenciado por un par de ciudadanos extranjeros. Si se prueba, en el futuro, que sí lo hizo, tendríamos que concluir que Raúl Castro era aún más incompetente de lo que ahora creemos.

Permanente, pero no excesiva irritación

Habían pasado, en el verano del 2012, exactamente diez años desde que Payá había puesto en jaque a Fidel Castro con su Proyecto Varela, el más astuto y efectivo plan jamás imaginado por la oposición cubana para forzar una transición política en la Isla, o al menos, que el Gobierno reconociera la existencia y legitimidad de un rival interior. Escurriéndose entre los agentes e informantes de la Seguridad del Estado, Payá y sus colaboradores lograron una formidable hazaña, conseguir que más de once mil cubanos se arriesgaran a firmar una petición para que la Asamblea Nacional considerara una radical reforma política, equivalente a una restauración capitalista.

"El Proyecto Varela sobresale porque fue la única iniciativa en aquella época que recabó la participación ciudadana en gran escala.  Nadie había hecho nada semejante, ni antes ni después", ha dicho Philip Peters, un experto en Cuba del Lexington Institute.

Fidel Castro solucionó aquel enredo en su inimitable manera, con un rudo golpe de mano, o si se quiere, de Estado, el esperpéntico referendo constitucional de aquel año que declaró al sistema socialista de Cuba, cómicamente, "irrevocable". Al año siguiente, Fidel mandó a la cárcel a casi todos los opositores prominentes, y de paso, a algunos que apenas eran prominentes u opositores, aunque, curiosamente, no tocó a Payá, que vio cómo arrestaban a decenas de miembros de su propio grupo, y a él lo dejaban en aparente libertad.

El Proyecto Varela se hundió bajo el abultado peso del desprecio con el que Fidel Castro lo trató, y el rol de Payá como líder más influyente y visible de la oposición en Cuba, al menos mirándolo desde fuera de la Isla, fue fatalmente dañado por la presunta benevolencia que le dispensaron las autoridades. No mandar a la cárcel a Payá, y dejarlo incluso que viajara al extranjero, se reuniera aquí, allá y acullá con quien quisiera recibirle, y aceptara en Estrasburgo el Premio Sajarov del Parlamento Europeo, fue otra pícara decisión de Fidel.

Libre, mientras casi toda la oposición estaba en la cárcel, Payá quedó en una posición excepcionalmente incómoda, con un margen de acción política bruscamente reducido, con su liderazgo hondamente debilitado. Uno puede dirigir una revolución o una contrarrevolución desde la cárcel, como Nelson Mandela o Aung San Suu Kyi han probado, pero no puede dirigirla si la revolución está en la cárcel y uno está afuera.

Durante casi una década, el foco de la diezmada, descabezada oposición cubana no sería ya obligar al Gobierno a negociar los términos de la transición, sino, apenas, lograr la libertad de los presos políticos. Esa larga campaña, que terminó cuando Raúl Castro despachó en el 2010 a casi todos los presos de la primavera negra del 2003 al exilio o, enfermos, de vuelta a casa, dejó exhausta y disminuida a la oposición tradicional, incluyendo al Movimiento Cristiano de Liberación.

En el momento en que murió, Payá era todavía una molestia, una causa de permanente pero no excesiva irritación para las autoridades de Cuba. En los diez años anteriores a su muerte, no había hecho nada tan provocador y peligroso como el Proyecto Varela, y los ataques de la prensa oficial se habían concentrado, durante ese tiempo, en nuevos objetivos, en grupos y figuras de más difícil clasificación política e ideológica, y que las autoridades estimaban más peligrosos e intratables, como las Damas de Blanco, Yoani Sánchez u otros parlanchines blogueros.

Carromero, credibilidad perdida

¿Por qué matar a Payá? La relativa notoriedad que Payá había alcanzado en la época en que presentó el Proyecto Varela, se había desvanecido largamente para el 2012. Una buena parte de los cubanos no hubieran podido identificar su nombre, decir quién era, o qué grupo dirigía. Matar al padre Popieluzsko en 1984, aunque ahora, en retrospectiva, parezca una decisión rotundamente estúpida, tenía cierto atractivo para el gobierno militar polaco. Los "Sermones por la Patria" del padre Popieluzsko congregaban habitualmente a decenas de miles de personas en torno a su iglesia de San Estanislao Kostka, y eran transmitidos por Radio Europa Libre para todos los oyentes que se atrevieran a sintonizar esa emisora en el bloque comunista. Popieluzsko, capellán de los obreros rebeldes de las acerías de Varsovia, había usado su presunta inmunidad como sacerdote católico para hablar, tan alto como podía, en nombre del Sindicato Solidaridad mientras este estuvo prohibido bajo los términos de la ley marcial impuesta por el general Jaruzelski, y lo siguió haciendo, más alto todavía, cuando la ley fue levantada.

"No había nadie más, entre Berlín Oriental y Vladivostok, que pudiera alzarse frente a diez o quince mil personas, tomar un micrófono y condenar los errores del partido y el Estado", escribió Michael Kaufman, corresponsal de The New York Times en Varsovia. "No había nadie más, en ese enorme espacio con cuatrocientos millones de personas, que le dijera a la multitud que desafiar la autoridad era una obligación del corazón, de la religión, de la hombría y del patriotismo."

Popieluzsko estaba, cuando lo mataron, dándole voz y tono a un movimiento nacional, a una revolución. Payá, no. Matar a Payá no aliviaba ningún problema político urgente de Raúl Castro, y le creaba, si se hacía mal el trabajo, uno insoluble, una crisis internacional de legitimidad de la que el Gobierno cubano difícilmente podría recuperarse, que cortaría cualquier oportunidad de acomodo diplomático con Europa para eliminar la Posición Común, que reduce el margen de cooperación entre la Unión y la Isla, y haría imposible cualquier mínimo pero conveniente entendimiento con Estados Unidos durante la segunda administración de Barack Obama.

Hubiera destruido todo lo que Raúl ganó al liberar a los presos políticos y mandarlos al exilio, el relativo desinterés con que Cuba es mirada en las cancillerías europeas y en Washington desde que no hay, en sus cárceles, muchos inocentes cumpliendo penas de veinte o treinta años. Además, y muy principalmente, asesinar a oponentes internos a tiros, o en falsos accidentes, no ha sido la forma en que han actuado Fidel y Raúl Castro desde 1959.  Nunca, hasta donde sabemos, lo han hecho, no ha sido su estilo.

Hay, aún, otras dos posibilidades. La primera, que como quizás haya pasado en Polonia, algún alto oficial del Ministerio del Interior cubano, haya malentendido una instrucción del jefe supremo y firmado la orden de ejecución contra Payá. Francamente, es imposible imaginar que alguien en Cuba, un país donde la gente espera que les den permiso para respirar o beber agua, se atreviera  a ordenar la muerte de alguien como Payá. Solo Raúl Castro podía dar esa orden, nadie más, ni siquiera, ya, su hermano.

Jaruzelski, pretendiendo ser inocente, ordenó que Piotrowski, el asesino de Popieluzsko, sus dos secuaces, y el coronel Adam Pietruszka, vicejefe del departamento de asuntos religiosos del Ministerio del Interior, fueran detenidos y juzgados por el crimen. Los cuatro fueron condenados a prisión, pero serían luego liberados prematuramente, y quizás todavía viven en algún sitio, en Polonia o quién sabe dónde, con nombres distintos. Si Raúl Castro hubiera intentado una treta similar, declararse inocente, y culpar del crimen a oficiales de mediocre rango, nadie le hubiera creído.

La segunda posibilidad es que los agentes que estaban siguiendo a Payá y sus amigos esa tarde, hubieran tenido instrucciones de acosarlo, asustarlo, darle un empujón a su carro, y que, habiéndole cogido el gusto a su misión, se hayan excedido cumpliéndola.  Los ataques en los últimos años contra las Damas de Blanco y otros revoltosos sugieren que a los agentes de la policía y la Seguridad del Estado se les ha dejado actuar bastante libremente, con generosa crueldad, contra cualquiera que se atreva a protestar en público, y que a sus jefes no les importa que a esos rufianes se les vaya de vez en cuando la mano. No hay dudas de que Payá estaba siendo seguido durante su viaje por Oriente. ¿Hubo algún día de su vida, desde el momento en que decidió oponerse al Gobierno, en que no lo fuera?

Quizás los dos o tres agentes que seguían a Payá y sus amigos aquel día, carecían, como los verdugos de Popieluzsko, de cualquier asomo de tacto y sutileza en su oscuro oficio.

Tomará tiempo, seguramente años, saber qué pasó aquel día.  Comprensiblemente, la familia Payá sospecha que el líder del MCL fue asesinado, y, tras décadas de acoso, insultos, ataques y amenazas, tiene toda la razón, y el derecho, para sospechar tal cosa. Ellos, y todos nosotros, merecemos saber la verdad, que no podría ser descubierta sino por una investigación imparcial, que no es posible ahora en Cuba, pero que tampoco podría ser forzada por un tribunal español, como algunos pretenden, puesto que Payá era también ciudadano de ese país, o por una comisión internacional, que no tendría forma de justificar su competencia y legitimidad para estudiar un caso ya decidido por los tribunales de una nación soberana.

Desafortunadamente, el único testigo del incidente, el español Carromero, ha perdido su credibilidad, después de dar versiones contradictorias, tardías e incompletas de lo que pasó. El gobierno polaco fue obligado a detener y juzgar a los asesinos de Popieluzsko, porque el hombre que lo acompañaba aquella noche, su chofer, Waldemar Chrostowski, logró escapar y reportar el secuestro del capellán de Solidaridad al cura de la parroquia más cercana, y después, valerosamente, a la propia policía. Ese pequeño, inmenso acto de valor, no alcanzó a salvar a Popieluzsko, pero sí la verdad. La cobardía de Carromero quizás haya hecho, en este caso, que la verdad se pierda para siempre, o que sea, desde hoy hasta el final, perennemente debatida.

Hay una última diferencia entre los dos casos. El asesinato de Popieluzsko consternó a Polonia, reavivó la rebelión pacífica contra el gobierno del general Jaruzelski, sacó a centenares de miles de personas a las calles reclamando, primero, justicia, y después democracia. La muerte de Payá fue llorada amargamente por los que lo conocieron, por sus amigos y seguidores, y lamentada por muchos que sabían quién era y qué había hecho, y coincidían con él, o si no, al menos respetaban su carácter y sus ideas. Pero el resto de los cubanos, esos a los que ya nada sorprende o molesta o indigna o conmueve o apasiona o duele íntimamente, recibieron la noticia con letárgica indiferencia, si es que, de hecho, se enteraron.  ¿Payá, quién?

Esa indiferencia, ese inconmovible desinterés, esa resignada aceptación de una vida sin libertad, serían cómplices de los asesinos de Oswaldo Payá si alguna vez, aunque ahora parezca improbable, se prueba que su muerte no fue un accidente.

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Comentarios [ 217 ]

Imagen de Anónimo

Muy buen artículo. Todos somos culpables de la situación que persiste en Cuba. Todos y cada uno de nosotros hemos puesto nuestro granito de indiferencia, apatía, cobardía, complacencia y descarada indolencia para que esto siga sucediendo. Hemos alimentado durante largos años (y lo seguimos haciendo) catervas ineptas y avariciosas de políticos y pseudo políticos que, desde sus miserables astucias, siguen prolongando el drama de una nación traicionada por sus propios ciudadanos. La historia de la nación cubana quedará como ejemplo de la bajeza moral y la degradación de todo un pueblo. 

Imagen de Anónimo

Acertadísimo artículo. Falta info del gobierno cubano. El peligro para el gobierno se hubiera entendido en caso de ser candidato al Nobel  con papeletas de ganar, pero nunca fue así. Era candidato, 5 años lo fue, pero no con papeletas, y menos con el MCL desmantelado. Efectivamente el MCL estaba completamente desmantelado. De los 600 activistas de 2002 apenas quedaba alguna decena en Cuba, muy poca gente activa. Y viejos. La muerte de Payá paradójicamente ha dado paso a la Unión de toda la disidencia, intelectuales y activistas, y ahora son 7.000 en UNPACU. Ahora sí hay una oportunidad de derrocar en las calles a Castro. Tengamos en cuenta de que el Proyecto Varela en el MCL no triunfó,  fue cuando lo desligaron del MCL y lo abrieron a todas las organizaciones cuando consiguió las 11.020 firmas. Lo propuso Elizardo Sánchez y fue un acierto, desligar el Varela del MCL. Pero para el mundo exterior, indocumentado, fue el MCL y Oswaldo únicamente, y así surgió oswaldopaya.org, la desatención de otras iniciativas, después la desactivación de los 75 sacándolos de Cuba (vergonzoso que fuera aceptada esa salida como una "iniciativa de libertad" de los Castro por parte de la comunidad internacional). Al final, muchos años perdidos. Ahora la oposición está más fuerte que nunca, la UNPACU; el gobierno más débil que nunca, y crecen a ritmo de 500-1.000 activistas al mes. Las calles se llenan de manifestaciones, reparto de pasquines, etc.

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Los métodos de estos asesinos fascistas no han cambiado durante cincuenta años, siempre han sabido quitarse del camino a quienes han supuesto un escollo. Desde Camilo Cienfuegos hasta aquí todo ha sido un largo y lamentable desfile de injusticias y arbitrariedades. Ni friéndolo en aceite hirviendo el dictador pagaría todos sus crímenes. Con la desaparición de Payá los únicos que salieron ganando fueron los dictadores, que casualidad. Que bien les vino ese accidente.

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Quienes viven de alucinaciones mueren de autoengaños. Ya corre por Madrid la sentencia de Carromero y ni sus abogados mencionaron otro carro que impactó por detrás, porque no lo hubo. Y si no lo hubo, todo lo demás se desvanece.

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En verdad participar ahora mismo aquí con una opinión DENTRO DE ESTA CASCADA DE ESBIRROS MANIPULADORES, ES UN PÉRDIDA DE TIEMPO; son inmundos papagayos pagados con jabitas y 10 cuc para que repitan la misma mierda hasta la saciedad.DESPRECIABLES esbirros CASTROFASCISTAS; aquí la mayoría de los cubanos que acuden estamos convencidos, amén de que existan pruebas materiales; que los archiasesinos hermanos Castro mandaron a matar a Payá y a Cepero y QUE FUE UN BURDO ASESINATO.Cuando finalmente se haga una investigación internacional por gente decente, LAS PRUEBAS SOBRARÁN.Así que no se molesten más en desembarcar las toneladas de mierda que hablan porque los cubanos estamos informados, ... ustedes, pobres diablos, les hacen creer que pueden ser capaces de hacar cambiar la opinión publica repitiendo como papagayos las mismas sandeces una y otra vez. Pedro Perez Arteaga

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Anónimo - 12 Ago 2013 - 8:44 pm. No vaya muy lejos mire un ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=ryoEXS_7TCs

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Siguiendo la logica del autor de este articulo: Que razones tendria el desgobierno de los cagastros para hundir el remolcador '13 de marzo' y provocar la muerte de decenas de ninos y mujeres si ellos no representaban ningun peligro para los castros!?Por favor, los asesinos no necesitan razones para matar!

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Hay un troll por ahi bastante estupidito que da risa todo lo que escribe, habla de anticastristas irracionales como si el, perro faldero, fuera un anticastrista racional defendiendo a los tiranos y burlandose de Paya. En su mania desesperada por desacreditar a las personas se descubre este pobre tipejo con su ton de burla y cinismo, los mismos ladridos de los perros de las brigadas que hacen los actos de repudio.  

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El senor Anonimo no sabe lo que habla cuando trata de narrar un suceso en Londres, entre un traidor y un apatrida cubano y un miembro de la Embajada Cubana en Londres, solo para demostrar como se puede tergiversar y mentir sobre los hechos cuando se habla de Cuba.  El hecho no ocurrio en una gasolinera, sino en el edificio donde vivia el funcionario cubano, la intencion del traidor era secuestrar al diplomatico cubano y hacerlo desaparecer como hicieron en Argentina con los dos diplomaticos cubanos, que fueron torturados y asesinados por la Operacion Condor, el diplomatico se defendio en el parqueo del edificio disparandole al traidor y sus secuaces, el diplomatico cubano se entrego a las autoridades de ese pais e hizo dejacion de su inmunidad diplomatica hasta tanto se aclarara el asunto.   Conclusion, el cubano fue liberado, salio del pais y la situacion entre los dos paises quedo sin manchas y lacras de tipo alguno.

Imagen de Anónimo

En los años 80 cuando yo estaba en la Universidad se decía que un compàñero de nuestro curso era de la Seguridad del Estado y que había provovado la muerte de una persona, creo recordar que extranjera, que era interesante para el estado cubano que fuera eliminada. El método no es nuevo ni es el único . Ni la lógica funciona para explicar ninguna supuesta torpeza del gobierno de Cuba. Se sienten impunes y hacen lo que quieren , en el momento en que quieren.