Martes, 21 de Noviembre de 2017
20:05 CET.
Opinión

Editorial: Ola de terror

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La actividad opositora cubana no se desarticula ya con deportaciones ni largas condenas de cárcel. Al contrario, se multiplica. El régimen ha tomado nota, y en un contexto marcado por el hartazgo popular y el fracaso de las reformas económicas, ha optado por intensificar aún más la represión abierta contra cualquier expresión de disenso.

Este terrorismo de Estado, diseñado por los órganos de inteligencia y ejecutado por agentes y turbas paramilitares que llegan a involucrar a estudiantes y menores de edad, no renuncia tampoco a incorporar a sus filas a elementos marginales.

En su huida hacia delante, los ideólogos castristas no se detienen a pensar en las funestas consecuencias de promover el enfrentamiento entre ciudadanos. Lo que están haciendo no solo envilece el presente, sino también el futuro de la nación. Como recientemente advirtiera un grupo de activistas, la fuerza bruta del régimen podría conducir a un camino sin retorno.

En mayo de 2011, el opositor Juan Wilfredo Soto García murió en Villa Clara tras una paliza propinada por la policía. Que no haya habido decenas de casos similares durante los últimos meses ha sido tan solo obra de la casualidad, pues el día a día que sufre la sociedad civil cubana resulta un terreno idóneo para cualquier desenlace trágico: detenciones arbitrarias, secuestros, machetazos "autorizados", asaltos a viviendas con piedras y palos, quema de muebles, golpes a niños y mujeres, vejaciones…

La agresividad de las turbas es tal que apunta, además, en otra dirección: ¿estará el régimen radicalizando a propósito la situación, buscando un hecho sangriento que le permita hacer tabula rasa con quienes se le oponen?

La sociedad civil cubana tiene claro el camino, comenzado hace ya más de cuarenta años: la lucha ha de ser cívica y pacífica. El régimen, sin rumbo, debería renunciar a la violencia y asumir que el fracaso de su gestión es directamente proporcional al descontento popular.

La comunidad internacional, por su parte, haría bien en pronunciarse de forma más contundente sobre la ola de terror que sacude a la Isla. Oswaldo Payá, fallecido hace apenas unos días en circunstancias sospechosas, llegó a preguntarse si el mundo democrático solo iba a ser capaz de fijarse en Cuba cuando corriera la sangre de los inocentes.

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