Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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60 años sin democracia

Nombrando el huracán

El 10 de octubre de 1959, desde algún hotel de La Habana, el escritor norteamericano Waldo Frank (1889-1967) agradecía a Fidel Castro el regalo de una caja de tabacos. Decía que en la caja de madera, decorada con la clásica marquilla, guardaría sus papeles y que "los puros harían el deleite de sus amigos" al regresar a Nueva York. Pero le agradecía, sobre todo, por el "generoso y potente mundo muevo", que Castro y su Revolución creaban en la isla, y que el "viejo mundo debía apreciar".[1] Justo ahí, en la tarea de contribuir a que el viejo mundo de EE UU comprendiera el sentido político del evento revolucionario cubano, encontraba Frank su rol de intelectual público dentro la izquierda de Nueva York.

Frank escribía a Castro con la transparencia de quien sabe que sus lugares y sus tiempos eran distintos a los del líder revolucionario. Con 70 años recién cumplidos y una ganada autoridad moral en el campo intelectual newyorkino, Frank decía ser "representante de una generación anterior que había legado" , a la generación de Castro, un "mundo corrompido".[2] Corrupción que, a su juicio, no era irreversible y que podía ser combatida por medio de un "americanismo leal" o, lo que era lo mismo, de una apertura de EE UU al diálogo con fenómenos hispanoamericanos como la Revolución Cubana.

El concepto de Nuevo Mundo, que Frank había rastreado desde Cristóbal Colón hasta Simón Bolívar, vivía una nueva oportunidad semántica a partir de enero de 1959: "Como un americano leal que siempre ha interpretado con seriedad el término 'Nuevo Mundo', creyendo siempre que el estado de un auténtico nuevo mundo debe convertirse en una realidad en nuestro hemisferio, yo le expreso mi gratitud, y me inscribo como un modesto miembro de su equipo, ya que tenemos los mismos enemigos y la misma meta."[3] 

Castro vio en el respaldo de Waldo Frank, como en el de tantos otros intelectuales de la izquierda occidental de entonces, como Jean-Paul Sartre o Charles Wright Mills, una evidencia más de las potencialidades simbólicas del proceso cubano, no solo en regiones subdesarrolladas o coloniales de América Latina, África o Asia, sino en la esfera pública europea y norteamericana. Frank se despedía, además, con un deseo halagador: "ojalá pueda usted dirigir este mundo nuevo durante muchos de los años siguientes".[4] La carta fue tan insinuante como deseaba el gobierno revolucionario, al punto que la tomaría en serio y ofrecería a Frank un proyecto cubano.

Aquella primera visita a la Isla —anterior a la de Sartre y Wright Mills— respondió a una invitación de Jorge Ricardo Masseti, director de la agencia Prensa Latina, importante plataforma mediática de La Habana. Frank había sido incluido en el ala favorable de la amplia red de periodistas que seguía el caso cubano desde EE UU: Carleton Beals, Herbert L. Mattews, Ray Brennan, Ruby Hart Phillips, Jules Dubois, Warren Miller, Robert F. Smith, Robert M. Taber, Wyatt Mac Caffey, Clifford Barnett, Karl E. Mayer, Tad Szulc, Robert Scheer, Haynes Johnson, Pudley Seers, J. P. Morray, Lee Lockwood, Lester D. Langley, Elizabeth Sutherland, James O’ Conner… Una red de periodistas, conectada a otra de académicos, historiadores, economistas y sociólogos (Nathaniel Weyl, William Appleman Williams, Leo Huberman, Paul Sweezy -editores de la importante publicación socialista Monthly Review-, Paul Baran, Charles Wright Mills, Robin Blackburn, Maurice Zeitlin, Richard R. Fagen, Theodor Draper…), que analizaba regularmente la cuestión insular. Ambas redes producirían, en pocos años, más de 50 libros sobre Cuba en editoriales norteamericanas y cientos de reportajes y artículos en los mejores periódicos del país.[5]

Frank era singular dentro de aquellas redes. No solo por su larga experiencia en el tratamiento de temas hispanoamericanos sino por no ser, propiamente, un periodista o un académico. Además de newyorkino, Frank era novelista y ensayista, escritor de ficción y no ficción, es decir, un tipo de intelectual decisivo a la hora de construir bases de autoridad moral e ideológica dentro de la esfera pública y el campo intelectual. El gobierno revolucionario comprendió esa peculiaridad y decidió relacionarse con Frank de manera casuística.

Por órdenes de Fidel Castro, entonces Primer Ministro del gobierno, Armando Hart, ministro de Educación, y el canciller Raúl Roa contrataron a Frank para escribir un "retrato de Cuba", que publicaría el "Departamento de Relaciones Culturales" del gobierno insular.[6] Frank fijó un precio inicial, $ 2.500, pero durante el proceso de escritura fue pidiendo más, hasta cobrar más de $ 5.000, como se constata en una carta de Armando Hart al Presidente del Banco Nacional de Cuba, Raúl Cepero Bonilla, del 5 de julio de 1961.[7]

Ediciones fuera de Cuba

"Retrato" era el término que utilizaban los dirigentes cubanos para referirse al libro que querían de Frank. Sin embargo, el concepto se veía entrelazado desde el principio con el de biografía, ya que, según Hart y Roa, lo que deseaban era "un libro sobre Cuba, digno de otras obras" de Frank como Virgin Spain. Scenes from the Spiritual Drama of a Great People (1926), América Hispana (1931) y Birth of a World. Bolívar in Terms of His People (1951).[8]

Estos eran los tres libros de Frank que los revolucionarios cubanos tenían en mente cuando contrataron al escritor norteamericano. Durante año y medio, Frank investigó, viajo a la Isla y entrevistó a los líderes de la Revolución, mientras anotaba en sus cuadernos de apuntes reproches a la lentitud con que los cubanos se tomaban la firma del contrato editorial.

El resultado fue el libro Cuba. The Prophetic Island, editado en inglés, no por Beacon Press, la editorial a la que había prometido el manuscrito, ocultando el arreglo con el gobierno de la Isla, sino por Marzani y Munsell, a fines de 1961. Al conocer que Frank había sido contratado por el gobierno de la Isla, Beacon Press rompió el contrato con Frank, y Carl Marzani, antiguo militante comunista y veterano de la Guerra Civil española, salió en rescate del escritor en una casa editorial que, según un conocido testimonio del ex agente de la KGB, Oleg Kalugin, habría sido financiada por Moscú.[9]

Ante la falta de una oferta concreta de publicación en La Habana, en septiembre de ese mismo año apareció la única edición en castellano del libro, en la editorial Losada de Buenos Aires, la misma que había publicado América Hispana, Ustedes y nosotros, Pasión de Israel y España virgen.                                                                                               

Entre febrero de 1961, cuando Frank terminó el manuscrito, y la publicación de las ediciones norteamericana y argentina, sucedió el desembarco de 1.500 exiliados cubanos en Playa Girón, planeado y organizado por la CIA  y autorizado por el presidente Kennedy, y, por tanto, el escalamiento del conflicto entre EE UU y una Cuba que se aproximaba aceleradamente a la URSS. Frank decidió agregar algunos apéndices a ambas versiones del manuscrito, que también tradujo Luis Echávarri, y que son fundamentales para comprender el debate que su libro abrió en Nueva York.

A pesar de que en la nota aclaratoria de la edición de Losada, Frank decía que el libro había sido escrito por encargo del gobierno cubano para ser publicado por un "Departamento de Relaciones Culturales", no esclarecía por qué no se publicaba en La Habana sino en Buenos Aires. Frank, sin embargo, daba alguna pista cuando advertía: "No necesito decir que mi obligación era hallar la verdad, tal como la entendía, y decirla. Ciertos aspectos de lo que vi y pensé pueden no agradar a algunos amigos de Cuba. Pero ellos estarán de acuerdo con que decir toda la verdad de lo que encontré, nada menos, era mi solo deber, mi obligación única."[10]

El debate que provocó Cuba, isla profética en el campo intelectual de la izquierda newyorkina corre paralelo y entrecruzado con el que suscitó Listen, Yankee de Wright Mills, que se publicó también a principios de 1961 y del que Harper’s Magazine adelantó un capítulo en diciembre del 60, respondido por siete cartas a la redacción en febrero del año siguiente.[11]

Algunas de aquellas cartas, como las del congresista demócrata de Oregon, Charles O. Porter, o la del historiador Ira B. Joralemon, experto en el cobre cubano, eran favorables a la posición de Wright Mills y Frank. Pero otras, como las de los exiliados cubanos, el importante historiador republicano Herminio Portell Vilá y el campeón panamericano de gimnasia, Rafael A. Lecuona, eran adversas.

Llama poderosamente la atención que, a pesar de la centralidad del tema cubano en aquellos debates de la izquierda newyorkina de los 60, la mayoría de las historias intelectuales recientes sobre la New Left coloquen el debate sobre el socialismo insular fuera o al margen de la disputa ideológica en EE UU.[12] La discusión sobre Cuba no solo expandió la querella intelectual en Nueva York hacia el lugar del Caribe y América Latina en la Guerra Fría sino que reforzó la tendencia a naturalizar la polémica sobre asuntos como la descolonización africana y asiática, la guerra de Viet Nam, los derechos civiles, la emancipación de la mujer, la homofobia, el machismo y el racismo.

Una de las "paradojas" que habría que agregar a la temprana intuición de Ruby Hart Phillips, en Cuba: Island of Paradox (1959), es que, mientras La Habana circulaba como símbolo de la New Left fuera de Cuba, en la Isla, como comprobarían los propios Waldo Frank, Jean Paul Sartre o Allen Ginsberg, los discursos y las prácticas de la nueva izquierda eran mal vistos o reprimidos.

Retrato y biografía

Cuba. Prophetic Island (1961) se inscribe, por lo visto, en una tradición que podríamos definir como libros "por encargo político". La misma tradición a la que pertenece Brasil. País del futuro (1942), que Stefan Zweig ofreció al gobierno de Getulio Vargas, La Catira de Camilo José Cela, novela venezolana que el dictador Marcos Pérez Jiménez encargó al escritor gallego y que ha sido estudiada por Gustavo Guerrero, y Biografía de una isla (1948), el libro que Emil Ludwig dedicó a lo que, a su juicio, era la modernización política de Cuba, iniciada por la primera presidencia constitucional de Fulgencio Batista en 1940.[13] Con la diferencia de que el encargo de Frank nunca llegó a consumarse del todo, ya que, aunque cobró el dinero, el libro no se editó en Cuba.

La rivalidad del libro de Frank con el de Ludwig se hace extraordinariamente notable por la aspiración de ambos a una biografía de la nación cubana. Ludwig, escritor judío-alemán, biógrafo de Bolívar, Napoleón y Bismarck, viajó a la Unión Soviética, como Frank, a principios de los 30 y luego de los "procesos de Moscú" se distanció del comunismo. Siendo ya uno de los escritores más populares de mediados del siglo XX, Ludwig llegó a La Habana en 1944, cuando culminaba el gobierno constitucional de Fulgencio Batista, invitado por su amigo, Arístides Sosa de Quesada, ministro de Defensa de Batista, que había sido, además, alcalde de La Habana y Jefe del Servicio Jurídico y del Cuerpo de Cultura Militar del Ejército.[14]

A Ludwig le impresionaron la civilidad y la limpieza de las elecciones de 1944, que ganó Grau San Martín. "¡Hay una verdadera democracia en América! Lo ha demostrado la más joven de todas las repúblicas!" —escribía admirado.[15] El mérito de esa modernización no era, sin embargo, de la Constitución de 1940, de los liberales o los comunistas, a quienes veía debatir en armonía, de Grau San Martín o de Carlos Saladrigas, el otro candidato opositor, sino de Batista. Era este político, a quien compara con el mexicano Benito Juárez, por su "color, facciones" y origen humilde, el que había asegurado el renacimiento republicano de Cuba y el que ahora abandonaba el poder, sentando un valioso precedente de sucesión presidencial pacífica.[16]

De hecho, Batista podría ser leído como protagonista de la Biografía de una isla de Ludwig, si se fuerza un poco la interpretación del personaje, mitad ficción y mitad realidad, del "indio" o "señor nativo de la isla", que Ludwig encuentra en las afueras del Palacio Presidencial, en compañía de Quesada.[17] Ese Hatuey moderno, que Ludwig invita al bar del Hotel Nacional, que cita el Viejo Testamento, Dante, Milton y Nietzsche y que le cuenta la historia de Cuba es, de algún modo, una prefiguración del retrato de Batista que se dibujará en las páginas finales del libro. La visión de la historia cubana de Ludwig se basaba, por tanto, en el culto a la personalidad de Batista. 

Ya anotamos que los dos conceptos que utilizaron los dirigentes cubanos para describir el libro que querían de Frank fueron "biografía" y "retrato". Ambos, alusivos a la historia o el rostro de una persona. Lo que buscaban Hart, Roa y los interlocutores de Frank era que éste narrara la naciente Revolución Cubana como la recuperación del verdadero rostro o del yo profundo de una nación. Un rostro o un yo ocultos o desfigurados por tres siglos de historia colonial, bajo el dominio español, medio siglo de neocolonialismo norteamericano, y seis años de gobierno inconstitucional de Batista. De modo que Frank no hizo más que darle un desenlace auroral, fidelista y antibatistiano, al mismo relato contado por Ludwig.

El mismo relato que durante varias décadas había construido la historiografía nacionalista republicana de la Isla  (Rafael Martínez Ortiz, Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring, Fernando Portuondo, Herminio Portell Vilá, Fernando Ortiz), a quienes Frank citaba, y que se reflejaba, a su vez, en la obra de varios ensayistas del medio siglo como el liberal Jorge Mañach y el comunista Juan Marinello, a quienes también leyó.[18] La única diferencia, en términos de trama, entre esos historiadores y ensayistas era que no todos asociaron el "nacimiento" o el "renacimiento" nacionales con el mismo gobierno o el mismo líder. Todos esos historiadores y ensayistas cubanos habían intentado, antes que Ludwig y Frank, dar un final feliz la biografía de la isla.

Contrapunteo y huracán

Entre aquellos historiadores y ensayistas, quien ocupaba un lugar central en el libro de Frank era Fernando Ortiz. El capítulo "Azúcar contra tabaco" es un homenaje a Ortiz, que no ocultaba la simpatía de Frank por el americanismo del antropólogo cubano, quien durante la primera mitad del siglo XX impulsó más de un proyecto de colaboración intelectual y política entre EE UU y Cuba.

Ortiz le servía a Frank, además, para conectar la historia de la esclavitud caribeña con la norteamericana, entrelazar ambos procesos abolicionistas en el siglo XIX, defender el mestizaje racial en América Latina y la igualdad de derechos civiles en EE UU.

En un pasaje significativo, Frank aseguraba que el Contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco (1940), era el libro de Cuba: "Más de una de las naciones americanas ha producido un volumen que encarna el espíritu de su pueblo. Tal es el Huckleberry Finn, la saga de un niño que flota con la corriente de un río continental como el inmaturo pueblo norteamericano ha flotado con su corriente; tales son Os Sertaos, del Brasil; Martín Fierro, de la Argentina, y el gran ensayo juguetón de Ortiz."[19]

Luego de un breve recorrido por la historia colonial de la isla, Frank se detenía en José Martí, a quien transfería la fórmula del "santo de la espada", que Ricardo Rojas había aplicado a José de San Martín, aunque presentando al cubano más como continuador de las ideas de Simón Bolívar —más bien, de las ideas del propio Frank sobre Simón Bolívar— que del prócer argentino.[20]

Más adelante, Frank hacía una recapitulación geográfica e histórica de algunas ciudades de la Isla (La Habana, Cienfuegos, Trinidad, Pinar del Río, Matanzas, Santiago de Cuba) y desembocaba en una síntesis de la primera mitad del siglo XX, basada en el tópico de la "traición de la república" martiana por obra de los empresarios norteamericanos y la oligarquía insular.[21]

La Revolución era presentada por Frank como un "apoderamiento de Cuba por parte de los cubanos" o, lo que es lo mismo, como una recuperación de la soberanía nacional perdida.[22] Hasta ahí, el relato coincidía con el encargo. Pero era justo en las páginas sobre el presente de la Isla, específicamente el segundo y el tercer año de la Revolución, y el creciente conflicto con EE UU, donde Cuba, isla profética no se ajustaba a las expectativas de La Habana.

Además de varios errores o fantasías, como asegurar que el Che Guevara era "un psiquiatra que practicaba el psicoanálisis en Buenos Aires" o que Raúl Castro "era alto", Frank hacía algunas observaciones críticas sobre los "métodos" de los revolucionarios, sobre el liderazgo de Fidel Castro y sobre la cultura cubana, en general, que no debieron agradar a sus anfitriones.[23]

Al igual que Sartre en Huracán sobre el azúcar (1960), Frank se detenía en el vínculo carismático de Fidel con la población de la Isla y la comunidad internacional. Su libro comenzaba, de hecho, con una crónica del discurso de cuatro horas y media de Castro en la Asamblea de Naciones Unidas, el 26 de septiembre de 1960, en la que destacaba el magnetismo y el "calor", la alta temperatura y la velocidad de las palabras, como ráfagas de viento, que el líder cubano lanzaba en un foro tradicionalmente parco y sosegado.[24] La metáfora de la Revolución como un fenómeno natural, equivalente en México al sismo o al terremoto, y en el Caribe al huracán o el ciclón, era frecuente en aquella literatura newyorkina sobre Cuba, en los 60.

Pero Frank no solo veía ventajas o virtudes en aquel magnetismo personal de Castro: también veía amenazas. Observaba, por ejemplo, "un indicio de indiferencia del hombre por los dictadores de América Latina, Europa y Asia —los soldados cautivos de los valores del ejército, los hombres en el poder, encadenados al poder", en la delegación cubana de la ONU: el "grupito que en la Asamblea escucha a su jefe"”.[25]

En la tribuna, lo mismo en La Habana que en Nueva York, Castro, según un juicio de Frank que contrastaba con el de Sartre, "parecía ser" la Revolución, pero no lo era. La identificación con Castro de un fenómeno socialmente masivo como el que desató la caída de Batista y la posibilidad de reconstruir la República en Cuba era una "simplificación falsa".[26] El nexo carismático de Castro con las masas era, en suma, "un acontecimiento que tiene su peligro…, el abrazo íntimo e inmediato podría hacerse necesario para Fidel, podría enviciarle".[27]

Por el camino Frank hacía apuntes sobre la cultura cubana que también pudieron desagradar a los dirigentes de la Isla. Con frecuencia hablaba de la "poca sofisticación", de la "inmadurez" o de la "inocencia" de los cubanos, que se reflejaba lo mismo en el "barroco chabacano" de la arquitectura que en la velocidad misma del proceso revolucionario. [28] Una ausencia de gradualismo, cuya peor expresión era el grito de "paredón" y los "mítines relámpagos", que articulaban una "violencia", una falta de "compasión" cristiana y un "espíritu animal", que condensaba el "horrendo peligro que existe bajo la superficie de la revolución más benemérita".[29]

El renacimiento de Cuba, impulsado por el proceso revolucionario, a juicio de Frank, debía inscribirse en una maduración cultural dentro de una tradición de "americanismo hispano", que provenía de Bolívar y Martí, de la Revolución Mexicana y la República Española.[30]

Justo ahí, al esbozar la que a su entender era la ideología de la Revolución Cubana y valorar su papel en las relaciones con EE UU, Waldo Frank introducía las ideas menos asimilables por los dirigentes cubanos. El escritor norteamericano le tomaba la palabra a Castro cuando éste afirmaba que su Revolución no era "roja sino verde", "un paso más adelante de la derecha y de la izquierda".[31] La definición de esa Revolución como "humanista", en el sentido de que "no priva a los hombres de su esencia, sino que tiene al hombre entero como su fin fundamental" y que no está de acuerdo con el capitalismo ni con el comunismo, porque el "primero sacrifica al hombre y el segundo, con su concepto totalitario, sacrifica los derechos del hombre", aunque se basara en citas textuales de Fidel Castro, ya no era bien vista en La Habana en febrero de 1961 y, mucho menos, en septiembre de ese año, cuando aparece la edición en español de Cuba, isla profética.[32]

Desencuentro en la izquierda

Waldo Frank, a diferencia de Sartre, sí pensaba —o quería pensar— que la Revolución Cubana poseía una ideología, aunque en sus cuadernos de apuntes, a regañadientes, diera la razón al filósofo francés.[33] Esa ideología, que encontraba plasmada en la Primera Declaración de La Habana, en agosto de 1960, era nacionalista y  anticolonial, crítica de las limitaciones de las democracias representativas, monopolizadas por la hegemonía de los partidos, y crítica también de la sociedad de consumo creada por los capitalismos más privatizadores. Sin embargo, Frank comenzaba a advertir que esa ideología originaria de la Revolución Cubana, inscrita en la izquierda nacionalista latinoamericana del siglo XX, comenzaba a incorporar cada vez más elementos de la izquierda comunista.

Por momentos, su argumentación adoptaba un tono regañón, de advertencia a Castro: "Castro ha comprendido las insuficiencias y las falsedades de las elecciones en los Estados no parlamentarios, en los que la elección de candidatos es manejada por un sistema para asegurar su propia continuación. Pero Castro debe saber que un mitin popular tiene también sus limitaciones. Seguramente ha leído Psicología de las multitudes de Gustave Le Bon y los análisis de Freud sobre la regresión del individuo al inconsciente oscuro cuando forma parte de la multitud que se convierte fácilmente en chusma. Seguramente sabe que bajo la presión de la multitud el individuo pierde su capacidad de reflexionar, de elegir y hasta de observar."[34]

Para Frank, a diferencia de muchos otros intelectuales socialistas y marxistas de Nueva York, como el grupo de Monthly Review, la frontera entre esas dos izquierdas no era franqueable ideológicamente, ni conveniente geopolíticamente. Al igual que Charles Wright Mills, basaba toda su defensa de una política amistosa de EE UU hacia Cuba en dicha definición ideológica del proceso revolucionario de la Isla.                                                                  

Frank había sido miembro del Partido Comunista de EE UU a principios de los 30, cuando hizo un viaje a la Unión Soviética, relatado en su libro Dawn in Russia. The Record of a Journey (1932), en el que recorrió Leningrado y Moscú, peregrinó al mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, y concluyó con una "Meditación en el Atlántico", en la que sostuvo que los valores del marxismo-leninismo no estaban reñidos con la civilización cristiana occidental.[35]

En 1936 apoyó la candidatura presidencial del líder comunista Earl R. Browder, y en los años 40 las reelecciones legislativas del laborista Vito Marcantonio. Pero desde fines de los 30, luego de los procesos de Moscú, Frank comenzó a distanciarse paulatinamente del comunismo, llegando a la ruptura en 1956, cuando a la denuncia de los crímenes de Stalin se sumó la invasión soviética a Hungría.

En enero de 1959, ya Frank, al igual que muchos intelectuales de la izquierda newyorkina, se había recolocado en el espectro político de la Guerra Fría en EE UU como un demócrata socialista o como un liberal progresista. En dicha orientación, que doctrinalmente puede leerse en el humanismo de The Rediscovery of Man. A Memoir and Methodology of Modern Life (1957), pesaba mucho su visión de los problemas de España y América Latina, dos regiones que conoció intensamente por medio viajes constantes, entre los años 20 y 50, de los que salieron libros como los que leyeron los dirigentes cubanos, en los que el escritor norteamericano hacía causa común con la Revolución Mexicana y la República Española, con Lázaro Cárdenas y Rómulo Betancourt.

Ese hispanoamericanismo, estudiado por Frank Ninkovich, Michael A. Ogorzaly y Ricardo Fernández Borchardt, partía de la necesidad de una izquierda no comunista en las dos Américas, a mediados del siglo XX, que recuperara el diálogo hemisférico iniciado por el republicanismo en la primera mitad del siglo XIX.[36]

Es por ello que la política que recomienda Frank en 1960 a los EE UU es no castigar económica y militarmente al gobierno de Fidel Castro sino tolerar con paciencia y buena voluntad la intensificación de los nexos de la isla con la Unión Soviética y el campo socialista. La idea original del Fair Play for Cuba Committe, encabezado por él y Carleton Beals y al que adhirieron intelectuales de la izquierda norteamericana, mayoritariamente no comunistas, como Norman Mailer, Truman Capote, Allen Ginsberg, William Appleman Williams o Lawrence Ferlinghetti, en abril de 1960, en Nueva York, fue esa. Y fue esa también la idea que sustentó la argumentación de Frank, en Cuba, isla profética, a favor de una buena relación entre Washington y La Habana, que no contribuyera a la radicalización del proceso y acelerara la integración de la isla al bloque soviético.

El americanismo republicano y la inscripción en una izquierda no comunista impedían a Frank trasmitir una visión totalmente negativa de la historia de su país. De ahí que, a pesar de cuestionar el expansionismo de EE UU y la hegemonía sobre Cuba expresada en las enmiendas Teller y Platt, recordara con orgullo la Joint Resolution del Capitolio, de abril de 1898, que reconocía el derecho de los cubanos a la "independencia y la libertad".[37]

La posición histórica de Washington en relación con Cuba, según Frank, era "ambivalente" o "ambigua": creía en el derecho de los cubanos a la soberanía tanto como en el "derecho del Negocio Norteamericano —la anatomía y los órganos vivos del país— a hacer lo que quería hacer con Cuba".[38]

El concepto de "ambigüedad", sin embargo, entrañaba visiones positivas sobre la tradición liberal y democrática de EE UU que eran incómodas para la dirigencia cubana, en el momento en que ésta se internaba en el marxismo-leninismo soviético. Frank reclamaba esa tradición tanto para pedir a EE UU que toleraran la aproximación de la isla a la URSS —y de la URSS a Cuba, naturalmente— como para exhortar a Fidel Castro y su gobierno a que no importaran doctrinas "ajenas" o "extrañas" y mantuvieran su fe en el humanismo cristiano o, mas específicamente, en la "visión democrática judeo-cristiana del hombre total".[39]

Si todavía en la primavera del 60, cuando se creó el Fair Play for Cuba Committe, esa exhortación tenía receptores en Washington y La Habana, ya a principios de 1961, cuando aparece la edición en inglés del libro de Frank, la misma carecía de interlocución en ambos gobiernos.

Este desencuentro impidió que los dirigentes cubanos aprovecharan algunas sintonías, más bien conservadoras, entre Frank y la ideología revolucionaria. Por ejemplo, la visión de la cultura popular cubana del escritor newyorkino era muy parecida que la que se pondría en evidencia en el mismo año de 1961 con la censura del film PM de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal y el cierre de Lunes de Revolución.

En un paseo por la playa con Nicolás Guillén, "el más grande de los poetas afrocubanos, quien ha puesto en los feroces moldes rítmicos de sus antepasados una apasionada substancia viviente contemporánea", Frank observa una conga que asocia con la decadencia y la frustración.[40] Lo mismo dice de la cantante La Lupe, a quien llama "Lupe la Loca", quien canta en un "club nocturno de La Habana y se arroja en orgasmo de movimientos" y "habla a una Cuba decadente cuyos sentidos explosivos expresan frustración".[41]

Desde su humanismo judeo-cristiano Frank coincidía con los diagnósticos comunistas sobre la cultura popular cubana, que comenzaban a circular entre las élites de la isla. En los más ortodoxos de aquellos diagnósticos, esa cultura era un lastre del pasado burgués que debía ser superado por el nuevo orden socialista. Esa lógica regeneradora del socialismo atraía poderosamente a Frank, quien encontraba consonancias entre el "hombre nuevo" de los revolucionarios cubanos y el "hombre integral o total" de su filosofía humanista.

A pesar de sus claras distancias del comunismo, Frank seguía pensando que alguna religiosidad última del marxismo era capaz de dialogar con la democracia americana.


[1] Waldo Frank, “Carta a Fidel Castro” (10/ 10/ 59), http://www.cubaminrex.cu/Patrimonio/Articulos/inicio.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Una lista bastante completa de esos libros se encuentra en Sergio Guerra y Alejandro Maldonado, Historia de la revolución cubana, (Tval Parta S. L. L., Navarra, 2009), pp. 154-155.

[6] Waldo Frank, Cuba, isla profética (Losada, Buenos Aires, 1961), p. 7.

[7] "Armando Hart, Ministro de Educación, a Raúl Cepero Bonilla, Presidente del Banco Nacional, 5 de julio de 1961, Ciudad Libertad, La Habana, Año de la Educación, Ministerio de Educación", National Archives and Record Administration (NARA), Washington D.C., USA, Department of State, Lot Files, Record Group 59, Papers of Arturo Morales Carrión, box 9, folder 5. Ver también Paul J. Carter, Waldo Frank (United Printing Services, New Haven, 1967), p. 164; Michael A. Ogarzaly, Waldo Frank. Prophet of Hispanic Regeneration (Associated University Presses, London, 1994), p. 151.

[8] Waldo Frank, Op. Cit., p. 7.

[9] Paul J. Carter, Op. Cit., p. 165; Oleg Kalugin, The First Directorate. My 32 Years in Intelligence and Espionage Against the West (Saint Martin's Press, New York, 1994), pp. 45 y 50-52.

[10] Waldo Frank, Op. Cit., p. 7.

[11] Charles Wright Mills, "Listen, Yankee. The Cuban Case Against the United States", Harper’s Magazine, December, 1960, pp. 31-37; Herminio Portell Vilá, Charles O. Porter, Ira B. Joralemon, Charles S. Grant, Stan Weisberger, Rafael Lecuona, John W. Dalton, "Letters", Harper´s Magazine, February, 1961, pp. 6-12.

[12] Maurice Isserman, If I Had a Hammer. The Death of the Old Left and the Birth of the New Left (Basic Books, New York, 1987); Maurice Isserman, America Divided. The Civil war of the 60s (Oxford University Press, Oxford, 2000); Howard Brick, Age of Contradictions. American Thought and Culture in the 1960s (Cornell University Press, Cornell, 1998), pp. 1-23.

[13] Stefan Zweig, Brasil. País del Futuro (Espasa Calpe, Madrid, 1942); Gustavo Guerrero, Historia de un encargo. La Catira de Camilo José Cela (Anagrama, Barcelona, 2008); Emil Ludwig, Biografía de una isla (Centauro, México D.F., 1948.)

[14] Emil Ludwig, Biografía de una isla (Centauro, México D. F., 1948), p. 343.

[15] Ibid.

[16] Ibid, p. 336.

[17] Ibid, p. 7.

[18] Waldo Frank, Op. Cit., pp. 178-179.

[19] Ibid, pp. 70-71.

[20] Ibid, pp. 33-38.

[21] Ibid, pp. 83-108.

[22] Ibid, pp. 108-124.

[23] Ibid, p. 132.

[24] Ibid, pp. 1-11.

[25] Ibid, p. 14.

[26] Ibid, p. 15.

[27] Ibid, p. 45.

[28] Ibid, pp. 17 y 40.

[29] Ibid, pp. 51-52.

[30] Ibid, p. 43.

[31] Ibid, p. 12.

[32] Ibid.

[33] Paul J. Carter, Op. Cit., p. 165. Ver Jean Paul Sartre, Sartre visita Cuba (Ediciones R., La Habana, 1961), pp. 1-17.

[34] Waldo Frank, Op. Cit., p. 147.

[35] Waldo Frank, Dawn in Russia. The Record of a Journey (Charles Scribner´s Sons, New Yor4k, 1932), pp. 232-272.

[36] Frank A. Ninkovich, The Diplomacy of Ideas. US Foreign Policy and Cultural Relations. 1938-50, (Cambridge University Press, New York, 1981), pp. 30-45; Michael A. Ogorzaly, Waldo Frank. Prophet of Hispanic Regeneration (Associated University Press, London, 1993); Ricardo Fernández Borchardt, Waldo Frank: un puente entre las dos Américas (Universidade da Coruña, A Coruña, 1997).

[37] Waldo Frank, Cuba, isla profética (Losada, Buenos Aires, 1961), pp. 98-99.

[38] Ibid, p. 99.

[39] Ibid, p. 149.

[40] Ibid, p. 46.

[41] Ibid, p. 47.

 


Fragmento del capítulo sobre Waldo Frank, perteneciente a un libro en preparación sobre Cuba en los debates de la izquierda newyorkina, en los años 60.