Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Opinión

Encierro pentecostal y cerco de la policía

El cordón policial establecido en varias manzanas, los policías apostados en las azoteas vecinas (francotiradores, se dijo), la entrada y salida de negociadores, las rastras con contenedores que de un momento a otro darán una sorpresa: toda la parafernalia de una película de secuestros rodea al templo pentecostal Asamblea de Dios, en la esquina habanera de Infanta y Santa Marta.

De sustituirse la iglesia por un banco, podría ser perfectamente locación de Tarde de perros (Dog Day Afternoon) de Sidney Lumet, por ejemplo. Y en medio de todas estas cautelas policiales existe, desmentida o no, otra parafernalia, la milenarista: una ola gigante que se avecina, los rezos previos al fin del mundo, el pastor que secuestra o seduce y que habla al exterior por boca de su hijo…

Las prevenciones del anillo policial envuelven a quienes, a su vez, toman prevenciones ante el desastre mayúsculo. Cada grupo a su manera, religiosos y policías, velan por el fin del mundo. (Una vecina enumeró lo difícil que se ha hecho la vida en el barrio y ofreció esta clara señal apocalíptica: "hasta la tienda en divisas no abrió este domingo".)

El vocero pentecostal ha desmentido el fin del mundo como motivo del recogimiento. "No somos de los grupos que piensan que este año se acaba el mundo", dijo. Lo cual no quita para que el fin sobrevenga a partir de enero. En cualquier caso, la duración de su encierro viene dictada por la voluntad de Dios. Allí esperan, no por el fin del mundo, sino por una orden divina. Y si el operativo policial remite a tantas películas vistas, lo entrevisto del interior del templo tiene el eco de los libros sagrados. "Abrieron una puerta y se veía a la gente bailando y cantando", testimonió alguien como si describiera una fiesta en el tabernáculo.

No faltan, para hacer más bíblica la espera, mujeres embarazadas y niños. Debió de ser por esos niños, echados de menos en sus aulas, y por las barrigonas, desprovistas de seguimiento ginecológico, que se encendió la alarma policial. Más tarde entraron médicos a velar por ellas, y quedó claro que en medio del retiro espiritual los estudiantes recibían clases. La visita de funcionarios de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central  y las declaraciones del hijo del pastor han intentado despejar cualquier fricción entre ambas vigilias, la policial y la religiosa. En su característica prosa enrevesada, una nota gubernamental consignó que las fuerzas del orden "mantendrán la protección de la seguridad ciudadana para evitar cualquier incidente".

La pregunta en este caso es si ese incidente vendrá del templo o se dirigirá a él. El portavoz pentecostal ha confesado que allá adentro ocurren sanaciones. Milagros, puntualizó, sin dejar de agradecer la ayuda médica del gobierno. (Hipótesis para los contenedores traídos en esas rastras: son oficinas improvisadas de escucha y rastreo. En tal caso, algunos negociadores, médicos o funcionarios introdujeron micrófonos en el templo.)

Sin embargo, un milagro mucho más grande que la sanación de una anciana hipertensa es que, luego de haber dejado salir a los fieles que lo desearan, ese pastor sostenga, pese al agobio policial, dominio tan seguro sobre su grey. Señal de que sus promesas o regaños resultan más poderosos que cuanto pretendan alentar o castigar las autoridades del mundo de afuera. Y en esa republiquita presidida por él hay reparto de víveres, sanidad y educación...

El encierro pentecostal y el cerco de la policía resultan a la vez extraños y familiares. Extraños: ¿habría sido posible hasta hace poco el espectáculo de un pastor capaz de arrebatarle almas al Estado, y de ofrecer medicina y educación y sustento alternativos o en paralelo? Seguramente, la policía habría desmantelado la maquinaria del milagro y de la prédica, y habría impuesto su muy particular apocalipsis. Porque ningún carisma podía competir con el de Fidel Castro.

Familiares: ¿acaso no existió en todo el país (y sigue, algo desvencijado) un enclaustramiento donde la voz cantante prometía y acusaba y hablaba de un mundo por concluir y de una voluntad de la que todos tendrían que estar pendientes a riesgo de sus salvaciones?

El retiro espiritual de la Iglesia Asamblea de Dios es permitido hoy porque ya no coincide con las maneras de gobernación del régimen castrista.  Las fuerzas policiales defienden al templo de posibles adhesiones, no de ataques. Y se aseguran del carisma de ese pastor pentecostal (esquizofrénico, farsante, apóstata o revisionista, según se le ha calificado): ya que no pueden explotarlo a su favor en las mesas redondas televisivas, que no vaya a desbordarse por la calle Infanta.

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