Martes, 27 de Septiembre de 2016
15:37 CEST.
Colombia

Derrotas guerrilleras

La última guerrilla de América Latina está pasando por el peor momento de su medio siglo de historia, y eso es una excelente noticia para la inmensa mayoría de los 46 millones de colombianos. En el transcurso de las dos últimas semanas, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han sufrido tres derrotas de gran calado. La más reciente, que ha tenido mucha repercusión mediática, ha sido la liberación sin contraparte de los últimos diez rehenes "canjeables" en poder de la guerrilla. Las otras dos derrotas, a finales de marzo, fueron el resultado de actuaciones contundentes del ejército, con un balance de bajas sin precedente: 69 guerrilleros muertos, entre los cuales figuran 33 mandos.

Según los expertos citados por la prensa colombiana, las operaciones Armagedón y Faraón han asestado "el golpe estructural más fuerte" jamás sufrido por las FARC, peor aún que la muerte de cuatro de sus máximos dirigentes entre 2008 y 2011 (Raúl Reyes, Manuel Marulanda, Mono Jojoy y Alfonso Cano). La guerrilla acababa de reorganizar su principal frente de guerra, el Bloque Oriental, cuando la fuerza aérea atacó con una precisión tremenda un cachito de selva amazónica, en el departamento del Meta. Era la madrugada del 26 de marzo y debajo de los árboles dormían apaciblemente los nuevos miembros del Estado Mayor del Bloque Oriental. Todos murieron bajo toneladas de bombas. De una tacada el ejército acababa de liquidar a una generación completa de mandos, que tenían entre diez y veinte años de experiencia en la guerrilla. Según los militares, se trata de "un daño irreparable" para ese frente guerrillero que agrupa a casi la mitad de los 9.000 miembros de las FARC y se mueve en los departamentos amazónicos fronterizos con Venezuela y Brasil.

Con esa operación y otra más, cinco días antes en el departamento de Arauca, también contra el Bloque Oriental, el ejército ha demostrado su capacidad de alcanzar a la guerrilla en sus escondites más remotos. Los aviones y los helicópteros no lo explican todo. Nada hubiera sido posible sin los servicios de inteligencia de la Defensa y de la policía, que han logrado infiltrar agentes en las FARC y obtener la colaboración de guerrilleros a cambio de jugosas recompensas. Solo así se puede explicar la precisión de los bombardeos aéreos: los pilotos disponían de las coordenadas exactas del lugar donde, de manera muy imprudente, el Bloque Oriental había reunido a sus nuevos mandos para darles un curso de varias semanas.

Semejante imprudencia es un indicio más de que las FARC ya no son lo que eran cuando llegaron a tener cerca de 20.000 combatientes y controlaban las carreteras de acceso a las principales ciudades del país, incluyendo la capital, Bogotá. Con su política de Seguridad Democrática y una profunda reorganización de las fuerzas de seguridad, el presidente Álvaro Uribe (2002-2010) se dio los medios para luchar contra la subversión. La guerrilla tuvo que replegarse en las regiones más lejanas y miles de sus integrantes se acogieron a los programas de desmovilización voluntaria. Además, con la colaboración de Estados Unidos y de la Unión Europea, que pusieron a las FARC en su lista de organizaciones terroristas, se pudo desmantelar en gran parte la poderosa red de solidaridad internacional, cuya propaganda simplista había tenido bastante éxito. Sindicatos, grupos de la izquierda europea y defensores de los derechos humanos se creían el cuento de que, en Colombia, una guerrilla popular luchaba contra un gobierno fascista.

Esa percepción no ha desparecido del todo en los países democráticos, pero está ahora circunscrita a los sectores minoritarios que apoyan a Hugo Chávez o a Fidel Castro. Hoy nadie puede alegar que no está al tanto de los métodos repugnantes de las FARC, que se financia a través del secuestro de civiles y del tráfico de cocaína. Decenas de secuestrados, entre ellos Ingrid Betancourt, han contado los malos tratos sufridos durante sus años de cautiverio en condiciones atroces. Lo acaban de hacer ahora los diez policías y militares liberados el 2 de abril después de pasar más de doce años encadenados en la selva. Esos uniformados han dicho algo más, algo nuevo que podría indicar un deseo de las FARC de buscar una salida negociada: los guerrilleros están agotados por la presión permanente del ejército, que les impide acampar más de dos días en el mismo lugar, y "entran en pánico cuando oyen el ruido de un avión".

Las FARC no están derrotadas, pero sí claramente debilitadas. Lo confirma el hecho de que decidieran seguir adelante con la liberación de los secuestrados a pesar de los ataques aéreos sufridos unos días antes. En otra época sus dirigentes hubieran montado en cólera y anulado todo el proceso. Ya no se lo pueden permitir. Es una buena señal.