Lunes, 20 de Noviembre de 2017
17:39 CET.
Crítica

'La casa verde': todo lo prohibido, todo lo prohibido

La ciudad y los perros encendió en 1963 las luces. Puso los reflectores sobre el joven periodista peruano Mario Vargas Llosa, que había publicado en Lima un racimo de buenos cuentos y se aparecía ahora con una novela escrita con una música particular, hecha con las guitarras de siempre pero con sus cuerdas afinadas de otra manera.

La casa verde (1965) demostró que aquel resplandor era definitivo y reafirmó que la prosa de la lengua española sería más laberíntica y universal gracias a la explosión de una bomba preparada en Hispanoamérica que todavía no había estallado. Ni se llamaba Boom.

La segunda novela de Vargas Llosa, mostró que los cambios formales y las aventuras y rejuegos con el tiempo y las palabras de su primer libro se intensificaron, se hicieron tan hondos y difíciles que llegaron hasta niveles escandalosos para algunos críticos, que acusaron de inmediato al intelectual de hacer tan misteriosas y raras las vías de su relato que los pobres lectores no lo podrían comprender.

Con todas sus exigencias y rigores, se hizo popular. La historia avanza por diferentes espacios y tiempos que se alteran y pueden ser parte de la realidad o de la imaginación del autor y con solo prestar atención (y dejarse llevar por las indicaciones de Vargas Llosa) cualquiera que se adentra en sus páginas puede armar la estructura de la novela, enterarse de todo, disfrutarla, recibir sus mensajes y conocer en persona a Don Anselmo y la atmosfera densa de la casa que abrió en los arenales de Piura.

El español Juan Goytisolo se lanzó de lleno en la polémica sobre los encontronazos de la lectura de la novela con este párrafo lúcido y esclarecedor: "Navegar por el río de palabras de La casa verde es una incitante aventura. El relector va de sorpresa en sorpresa, arrimándose a sus orillas para tomar aliento y recapitular acerca de lo leído antes de emprender una nueva etapa de su periplo. La ambición creadora de su autor, difícilmente aprehensible en una somera lectura, se nos desvela entonces con nitidez. La reconstrucción de rompecabezas es tarea ardua pero su recompensa aguarda a quienes no se arredran ante la dificultad y apuestan por el triunfo final de la literatura".

Vargas Llosa ha contado que los recuerdos de una choza de tablas pintada de verde que vio en 1946 y la deslumbrante Amazonia que conoció en un viaje 12 años después por el Alto Marañón le dieron los personajes y las historias de la novela. Y que la mayor deuda que contrajo con esa obra fue, precisamente, por los aportes formales, con William Faulkner, "en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia".

El primero en hacer un examen sincero y a degüello a La casa verde fue un amigo de Vargas Llosa que vivía en Europa, un argentino implacable y sagaz que se llamaba Julio Cortázar. El peruano le envío por correo el manuscrito y su compañero se lo devolvió con una carta que, fuera de dos o tres asuntos personales y saludos para conocidos, era una crítica literaria acompañada por violines. "Vos sos América", le dice a Vargas Llosa el autor de Rayuela, "la tuya es la verdadera luz americana".

"La novela me interesa profesionalmente", escribe, "hay algo que tengo que decirte de entrada y sin el menor regateo: en el plano técnico, La casa verde es maravillosa". Cortázar añade: "Yo, que soy melómano incurable, no encuentro otra manera de decirte hasta qué punto la trama de tu libro me parece una especie de potenciación, de proyección hacia ese plano de la arquitectura sonora, sin la cual ninguna obra humana (plástica, literaria o poética) puede superar sus limitaciones".

Esa novela, con la memoria de sus viajes al Perú profundo y con la presencia asimilada de las hechicerías de Faulkner, recibió en 1967 el primer Premio Rómulo Gallegos, convocado por las autoridades culturales de Venezuela. La casa verde, que se había publicado en Barcelona, y el nombre de su autor, pasaron de repente a los principales espacios de la prensa de América Latina y España y de cualquier lugar del mundo donde se moviera el interés por la literatura.

El galardón con el nombre del maestro venezolano, recibido hace 50 años por La casa verde, consolidó y universalizó al autor peruano y comenzó la promoción de lo que sería después el Boom latinoamericano porque los dos siguientes premios Rómulo Gallegos recayeron sobre Gabriel García Márquez por Cien años de soledad y Carlos Fuentes por Terra nostra.

Vale la pena volver sobre este libro escrito hace más medio siglo para comprobar, después del arduo ejercicio de la lectura, que Mario Vargas Llosa lo firmó anoche, lejos de Perú, en una pequeña habitación de París.


Este texto apareció originalmente en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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