Domingo, 19 de Noviembre de 2017
23:42 CET.
Crítica

'Shlemiel' (o sobre la torpeza de existir)

El surrealismo y el absurdo no son terrenos fáciles. No basta con sacar a la lógica de su órbita o  adentrarse en el espacio de lo onírico y lo imposible. No basta atentar contra la norma, lo establecido, lo coherente. Para ser absurdo, surrealista, se precisa crear un universo donde las cosas funcionen por sí mismas, tengan una cohesión y una congruencia propias, instauren una nueva normalidad, un sentido del sin sentido.

Para ser realmente absurdo,"hay que estar desprovisto de propósito", decía Ionesco. Para ser surrealista, decía Breton, no se puede permitir "que el miedo a la locura baje la bandera de la imaginación". Pero, incluso en eso, hay un ardid que no puede evadirse: lo irreal debe parecer real; lo improbable, probable. Eso fue lo que entendieron Beckett, Kafka, Magritte, Camus, Dalí, Joyce o un autor menos cercano a nosotros en el tiempo, Hieronymus Bosco, cuando pintaba criaturas con cara de pez y flores que les salían de los culetes. Entendieron de formas informes.

También lo entiende Abel Fernández-Larrea cuando narra las aventuras del señor Mustarde o el señor Mostaza (depende de quién lo nombre) en Shlemiel, un cuento enloquecido —y, como todo lo enloquecido, posible— sobre un tipo corriente, en Nueva York, al que le comienzan a pasar cosas extrañas.

Lo que arranca como una novela negra tradicional (un paquete muy particular llega a casa del señor Mustarde) termina convirtiéndose en una pesadilla laberíntica, persecutoria, donde no se sabe quién persigue qué ni a quién o si todos se persiguen entre todos. La comunidad judía de Brooklyn se convierte en escenario y atmósfera de una historia cabalística, no porque esté llena de saber esotérico sino porque obliga a los lectores a esperar una especie de revelación que no se produce nunca o no se manifiesta, al menos,  de manera evidente.

Habría que intrincarse varias veces en estas páginas y estas calles —llenas de exclamaciones en hebreo—  para ver si, de alguna forma, logramos conectar los hechos, encontramos un sentido, pero me temo que —sin importar el número de lecturas— nos quedaremos esperando a Godot. Pero ¿no es esa la magia del absurdo, su razón de ser?

Shlemiel no es un libro fácil. Su nombre, una palabra yidish cuyo significado más común es "torpe", anuncia ya una dificultad: no hay nada más complicado que hablar de la torpeza, esa actitud a veces rayana en lo ridículo. Pero también se usa como desafortunado y el señor Mustarde lo es. El infortunio lo rastrea, lo caza, lo oprime. Es, se me ocurre, el verdadero protagonista de esta historia. Y, por último, shlemiel significa "idiota", el que se aparta de la norma.

¿Con qué vara medimos cuando no hay medida? ¿Cómo se habla de una novela que genera, en el lector, desasosiego? ¿Una novela inaprehensible, enmarañada, delirante, apartada de la norma? Ninguno de esos adjetivos es un insulto. Sin quererlo o queriéndolo, Abel Fernández-Larrea nos recuerda que los límites de lo que nombramos literatura son siempre débiles y confusos; que una narración puede no conducir a ninguna otra parte que no sean el asombro y la extrañeza.

A pesar de los referentes (uno puede encontrar allí las voces de Paul Auster, Faulkner e incluso un guiño a Kafka), esta es una novela abstracta.  Es decir, no tiene referentes. Tampoco tiene contornos: lo que comienza siendo un dibujo (esa detallada descripción del momento previo a que Mustarde reciba el paquete) va difuminándose en cada capítulo, transformándose en sucesión y superposición de manchas de colores que la convierten en una obra visual, conectada con lo cinematográfico, con autores como Fellini o Lynch. 

Es también abstracta porque diluye las fronteras de los géneros literarios: policiaco, absurdo, surrealismo y erotismo se mezclan. En el momento en que lo hacen, nos brindan la posibilidad de tejer la historia a nuestro antojo: una ciudad desconocida en la que nos perdemos, una historia que se teje desde la periferia de la literatura. Una historia torpe, con la torpeza de un borracho cuyo tambaleo y balbuceo nos fascinan. No podemos dejar de mirarlo, de escucharlo.

Hay obras que nos abruman de golpe, obras monumentales. Otras, como esta (poco pretenciosa, escrita desde la bandera de la imaginación y el no temor a la locura) dejan un raro dolor entre las costillas. Casi no se siente, pero es incómodo. Uno se dobla y allí está, de la misma manera en que el Shlemiel se convierte en un insecto pegajoso, que zumba bajito. No notamos su presencia pero basta con que bajemos la guardia, nos apartemos de las miles de cosas que a diario nos ocupan, para que la  imagen del señor Mustarde y sus aventuras nos asalten. Se quedan con nosotros de la misma forma en que se queda un sueño importante que no recordamos al despertar pero que nos mantiene absortos y alelados todo el día.

En el Tarot de Marsella, el Idiota, el Loco —la carta que abre el mazo de los Arcanos Mayores— no tiene número, no puede ser clasificado, codificado, vive al margen. Vestido de bufón, haciendo el ridículo, sale al mundo —la última carta— sin saber lo que le espera. Es el que está a punto de iniciarse, carece de conciencia de sí mismo, apenas se inicia en la vida. El señor Mustarde sale a la calle buscando una respuesta que se termina convirtiendo, también para nosotros, en una pregunta sobre la pertinencia y los confines de la realidad. Nos recuerda esa breve torpeza de existir.


Abel Fernández-Larrea, Shlemiel. Aventuras y desventuras del señor Mostaza (Novelas de Gaveta Franz Kafka, Praga, 2016).

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