Jueves, 14 de Diciembre de 2017
14:04 CET.
Crítica

Aptitudes de la novela (notas para el baile)

Un travesti (famoso) armado con una pistola; un guionista de cine underground con más deseo de vida que ganas para el arte; un grupo numeroso de diletantes y seudointelectuales, y algunos matones ridículos y serios de la guerra civil de los 50. Envuélvase todo eso en una atmósfera de escatológico sinsentido —donde la lucha por la supervivencia espiritual de dos generaciones diacrónicamente distintas y distantes ocupe el primer plano—, y se tendrán las claves para entender una novela como Aptitudes para el baile (notas al guion) de Julio Jiménez, galardonada con el Premio José Soler Puig de esta editorial el pasado año.

Nada de abulia ni paisajes melancólicos de vida, ni amores desenfrenados, ni pasión por decir o desdecir sobre cualquier ideología. En Aptitudes para el baile… la propuesta es a la diversión y no al aburrimiento. Pensemos en el ocio: puro ocio mezclado con una buena dosis de cannabis, sexo y drogas blandas. He aquí las aristas que resumen la historia de los actores de una novela, para los que parece que ya no hay, irremediablemente, nada que hacer.

Este asunto no es circunstancial: los personajes de Aptitudes… no aparentan tener problemas existenciales de ninguna índole sino su contraparte: moviéndose en una trama en la que se han perdido todas las utopías, viven para el goce y la satisfacción temporal que provoca. Para el placer, para la fruición. Porque el objetivo no es otro que llenar la falta de perspectivas. Un vacío tan grande como miserable.

Así veremos moverse al protagonista y sus acólitos en un marasmo de desinhibiciones de toda índole, donde el sexo, las relaciones transitorias y aniquiladoras, y los estupefacientes, surten el efecto de una gasolinera en el desierto: es decir, provocan, distienden, hacen explotar. Ambientes marcadamente pro-fiesta: fiesta a la que siempre estarán invitados estos personajes, guardieros de los más elementales placeres de la vida.

Pero esto no es lo único: ellos también son, al mismo tiempo y en primer lugar (como ya dijimos) diletantes-del-arte. Del arte sin ilusiones, de su intención pero sin resultados. De ahí el fracaso al que están abocados cada uno de los proyectos del grupo y del mismo protagonista: un cine underground, es decir, que no entraría nunca en los espectáculos de los festivales de La Habana o de Gibara, un cine condenado a la bancarrota. Entonces, ¿por qué no escribir el guion de una cinta que nunca tendrá un estreno, que nunca llegará a filmación, en la que se hable asimismo de las libertades físicas y morales que necesita el ciudadano común, cualquier sociedad? Esa misma libertad por la que abogan los seres de la novela que nos ocupa.

Y así surge la idea: la historia de un proyecto de guion donde el protagonista es un travesti famoso, devenido en leyenda, que aparentemente habría participado del movimiento insurreccional de los 50 del pasado siglo en Santiago de Cuba. Un tipo llamado formalmente José Daniel Roibal Granados, que tendrá numerosos seudónimos y apodos, pero que todos recordarán como Patricia.

La trama se fermenta, se dilata, se extiende y contrae al mismo tiempo, para traernos lo que escribe el protagonista como el proyecto de guion —las "notas" a las que hace referencia el título de la novela—, y los comentarios que suscita en un colega del gremio.

La fusión como recurso de estos dos relatos en la diégesis de la historia asegura una lectura envolvente, rítmica, sin saltos (salvo aquellos espacio-temporales), en los que se suceden los planos de la vida del protagónico y los retazos sobre Patricia: su introducción en el mundo violento de los 50, su leyenda urbana como participante de la lucha clandestina, y las circunstancias de su vida posterior a 1959, que van desde el desprecio y la segregación homofóbica a las UMAP, y finalmente, una muerte silenciosa y sin prestigio.

Si de cine se trata, pues de cine está llena la narración: desde los títulos de los capítulos a la intertextualidad, entre guiños intelectuales del cine universal y la cultura popular cubana. De manera que Fight Club, la encomiada película de David Fincher basada en la novela homónima de Palahniuk, es aquí más que una cita, un símbolo de rebeldía, y su última normativa ("Si esta es tu primera noche en el Club de la Lucha, tienes que pelear") es aún más que un simple eslogan: para Patricia (o José Daniel) en el interior del guión, tanto como para el protagonista que lo escribe y el resto de sus colegas, se trata de una lucha a muerte contra la disciplina y las normas de conducta que dicta la sociedad; una pelea contra el aburrimiento, el desamor y la nada cotidiana, donde la noche, con sus pautas y sus imperativos, es el tiempo que le ha tocado vivir, a cada uno de ellos.

En algún punto de la historia narrada se sugiere lo fortuito de la participación de José Daniel en el movimiento insurreccional de fines de los 50: tal parece que su inclusión se debe más al desquite o la venganza por la muerte de un amante, que a la fe en los ideales de su generación. Su visión o sus creencias, así como la de los personajes de la novela, se hallan más bien en lo se llama en el libro "aptitudes para el baile", que según se explica aquí, se trata de un sintagma que habla de "ciertas capacidades para el gozo contenido, la simulación y la adaptabilidad".

Y así llegamos al principio y fundamento de la novela: el baile, o las aptitudes que permiten vivir a un individuo bajo cierto estado de goce y desenfreno, como el leitmotiv que impulsa a la simulación, a la adaptabilidad, en el circuito de las bajas pasiones, donde nunca se sabrá en qué dirección está el deber, sino su reverso. El baile y sus máscaras de juego frente a la existencia; el derecho a la fiesta, a la individualidad y a la diferencia, como baluarte contra el compromiso y el cansancio.

Porque —y esto debo advertirlo—, en Julio Jiménez, como solo en los buenos narradores, no hay tiempo para la desidia. Tal es la mejor nota de esta novela atrevida, elegante, divertida, riesgosa y muy bien narrada, que se lee de un tirón, todo un ejemplo frente al enorme peso de nuestra aburrida narrativa cubana contemporánea.


Julio Jiménez, Aptitudes para el baile (notas al guion) (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2015).

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Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Aun no he leído la novela. Si nos atenemos a lo que Julio Jiménez ha publicado en los últimos dos años, sea Cinco perros y un ratón o Un mundo tan blanco, se puede esperar alguna sorpresa más que agradable. No creo que el panorama de la narrativa cubana contemporánea sea tan desolador. De hecho, proliferan los autores empedernidos, muy jóvenes, las voces frescas. Y diversas. Julio Jiménez, que tampoco es un niño, pertenece a una generación de escritores iconoclastas que han intentando y conseguido no pactar apriori con el timorato mundo editorial cubano. Él es de los que se resisten y eso es digno de alabanza. Hablar de autores, escritores e intelectuales orgánicos en Santiago de Cuba, ahora mismo, es posible, cuando menos, gracias a él y otros como el poeta que firma la reseña. Tiempo al tiempo. El deshielo está aquí. El verano se acerca.

Imagen de Anónimo

Javiel L Mora cierra con una frase innecesaria, que condena, por cierto, al autor cuyo nombre lleva el premio, cuya novela El Pan Dormido, se vendía en las farmacias santiagueras cuando se demoraban en recibir los somníferos. Comete, además, casi todos los errores de quien se inicia en la crítica literaria sin nadie que lo guíe. Lástima, porque tiene ímpetu.