Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Crítica

La visión de Sjón

No hay novelas mudas, pero sí novelas silentes. Textos que se deslizan con apenas el chasquido mecánico de las palabras y páginas, confundiendo la celulosa impresa con el celuloide original. Ambos en blanco y negro, por supuesto. De alto contraste, ambos. Como esos parajes nórdicos donde lava hirviente y hielo muerto se hermanan, machihembrados. Incendio incestuoso, punto cero de cremación. Leer es entonces lo mismo que desleír.

Tal es el caso de la traducción al español que Enrique Bernárdez hizo de El chico que nunca existió, novela del poeta islandés Sjón (Reikiavik, 1962), publicada con fragilidad por Nørdicalibros, en Madrid, a inicios de este año. Con nota de contracubierta susurrada por Björk.

La gripe española también fue una especie de peste impronunciable, un tabú. A Islandia llegó en el otoño de 1918, ya con reflujos de la barbarie bolchevique, como una plaga caída de la luna. Síntomas secretos, casi de secta, para los iniciados que tendrían que morirse en masa. Pero de manera mullida, sin el estrépito de las revoluciones más allá de la isla, fueran de carácter cinematográfico o político.

Tras unas fiebres volcánicas, una mialgia de magma, y riachuelos de sangre incoagulable, los cadáveres terminaban incluso en vida con un color azul claro. Como de iridiscencia lunar en la piel. Y los islandeses saben de esto mejor que nadie, pues no solo son seres azules la mayor parte del año, sino que en un museo de Húsavík cuentan con una piedra traída literalmente de la luna por los astronautas del Apolo 17.

Sjón no narra. Sjón mira. Y su mirada cae un poco como al descuido sobre escenas que cuentan acaso con el mismo número de palabras, en capitulitos de escualidez envidiable. Estequioestética, simetría seminal. Como el nombre de sus personajes reales ―Sóla Guðb, Mánasteinn, Steinólfur Sævar Gíslason Geirdal―, como reales son todos los personajes de Islandia: una nave fantasma "labrada con las uñas de los muertos" que hablan "ese latín del norte" descubierto por un navegante del insoñable sur, Jorge Luis Borges. Uñas como pezuñas de pájaros en la playa.

El chico que nunca existió es la biografía que todos hemos perdido por culpa de uno u otro totalitarismo de Estado, esa pandemia de un siglo XX ahora a punto de resurrección. Es el deseo lo que nunca existió, lo que nos fue borrado a golpe y porrazo de las masas y las clases sociales. La carne nos fue escondida como escarnio y luego castigada como curación. Y el orgasmo sigue siendo el único órgano que la biología fascista y comunista ni siquiera describió. Tal vez porque los intimidaba, pues solo en ese instante intenso el ser humano es inmune al poder y posee su intimidad. Y la de los genitales del prójimo, por supuesto, en una suerte de préstamo que nunca nadie quiere devolverle a ninguna nación ni dios.

La visión de Sjón traspasa la malla mala de Reykjavík, que es la malla malvada de La Habana, que es la malla maldita de todas las ciudades donde la sexualidad es el primer síntoma sometido por los consensos castrantes y castrenses. La visión de Sjón chupa clandestinamente de los jugos germinativos del otro, así sea para escupirlos estériles en una sala de cine no mudo, sino silente. La visión de Sjón es el amor entre semejantes, el ignorante amor entre iguales que solo supimos tratar clínicamente: entre la cauterización y el manicomio. Alguien voló sobre el nido del culo.

1918 fue el año de la peste en Reikiavik, pero no solo por aquella gripe española importada en las toses con zeta y las portañuelas de los marinos. No lo fue por aquella pandemia mórbida y breve, que diezmó a la capital de un país entre el pataleo y la apatía para ser parido como país. 1918 encarnó esa tara tétrica por ser el primer año del siglo XX, donde la ira de ser libres y estar vivos cegaría en breve a la especie humana, deshumanizándola por primera vez desde la aparición del hombre sobre las islas.

La manivela movida por Sjón, en el viejo cinematógrafo de su memoria reciente, hace de El chico que nunca existió el cinema paraíso que nunca volverá a existir. Nuestra familia es ayer. Nuestros afectos fueron ayer. Todo fracaso o fruición será ayer. Lo mismo que el prodigio del español nórdico. No nos entendimos. No nos tendimos entre nosotros mismos, excepto para aterrorizarnos. Por eso un ángel azul como Mánasteinn no puede encajar en ninguna saga que no sea la árida roca lunática contra la que se prostituía.

Así nos aman el Estado y el Dios totalitario: prostituidos, en la antesala perversa de obligarnos a pedirles perdón. Solo que la mirada de Sjón todavía nos deja una grieta de misericordia en el empapelado de la pared por donde escapar, así sea decapitados en una pesadilla plagiada de aquel cine canónico de los años diez: olla de complots a punto de implosionar, pero también hogar o sala a oscuras para nuestras ilusiones individuales y alucinaciones colectivas.

Sjón, como el amor ignorante, es quien único nos ve.


Sjón, El chico que nunca existió (traducción de Enrique Bernárdez, Nørdicalibros, Madrid, 2016).

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