Martes, 12 de Diciembre de 2017
13:30 CET.
Narrativa

La irresistible caída del Muro de Berlín

Al día siguiente nos levantamos tan tarde que decidimos quedarnos en Babelsberg y seguir aplazando el regreso a nuestro hotel de Berlín. La noche antes nuestro amigo nos convenció de acomodarnos en su diminuto estudio y ahora insiste en que sigamos con él. Nos llevará a conocer uno de los edificios del centro de estudios cinematográficos, dotado de una peculiaridad que quiere que conozcamos. Por el camino se nos unen dos compañeros de escuela aunque ninguno nos explica cuál es ese rasgo tan especial del sitio a donde vamos y tampoco nosotros preguntamos mucho, mas nos importa lo que de él nos dicen: allí está el comedor estudiantil y alegando nuestra visita desde ese país hermano que es Cuba gestionarán que se nos invite a almorzar. Idea oportuna y no solo por conseguirnos una comida gratuita; dada la agitación que sigue viva en Berlín por la reunión en el Reichstag y el sobrevuelo rasante de los cazas, mejor mantenernos alejados de ese vórtice. Alejamiento ilusorio: la frontera pasa también por Potsdam, nos dicen, nada menos que por el centro de ese río que corre a pocos metros y que tras describir un giro a su cruce por Berlín deja a la ciudad encerrada a medias en su cauce.

El edificio donde pretendemos almorzar queda en su orilla. Ni siquiera, como la mayoría, del lado opuesto de la calle, sino en la margen, lo que le da aspecto de garita fronteriza. Pronto se demuestra vana cualquier esperanza de estar en lugar tranquilo. Tan latente aquí la tensión como en el centro. La mansión a donde vamos luce haber sido palacete privado; sobrevivió más o menos indemne a la guerra, como ocurrió en Potsdam a contadas mansiones y palacios de los muchos que tenía, alguno preservado de los bombardeos puede que a propósito para brindar a los aliados victoriosos una ilusoria escenografía donde reunirse tras la capitulación. A izquierda y derecha de la casa se extiende la margen del río, que desciende hasta el agua en mansa pendiente. Nada de mansos tienen en cambio los soldados o policías que a cada 50 metros más o menos y en posición rigurosa de atención, de espaldas a nosotros y por consiguiente a este segmento del país, contemplan, del lado de acá de unas rigurosas alambradas, el río y el contrastante espectáculo que deja ver la orilla opuesta. Las alambradas corren a ambos lados de ese comedor a donde vamos hasta tocar sus fachadas laterales. No podría ser de otro modo; la construcción resbala por la orilla proyectándose hacia el agua. El río es aquí estrecho; en su centro, unas boyas colocadas entre sí a una distancia parecida a la que separa a los soldados, marcan, se nos explica, el límite entre ambas Alemanias, en una especie de prolongación más presentable del Muro que las divide en Berlín.

Esta información de nuestro amigo da pie a una discusión: uno de sus compañeros, que aparenta unos años más que nosotros, lo corrige. Las cosas no son como él dice: la frontera cae justo por donde van las alambradas, son ellas la continuación local del Muro y las boyas lo que hacen en el río es indicar el fin de una tierra de nadie, un tramo neutro a manera de colchón. El tercero, a quien consultan nuestro amigo y su contrario buscando cada cual atraerse su voto decisivo, se les escabulle. Ha escuchado ambas versiones y poco le interesa saber cuál de las dos es cierta. Superar las alambradas no pone a salvo de los fusiles orientales a quienes intentan por ahí la fuga. Llegado el caso, lo mismo da estar a uno u otro lado de ellas y a veces, y este rumor lo ha oído con frecuencia, hasta haber alcanzado el otro lado de las boyas y la margen opuesta. ¿Qué más da entonces por dónde pasa exactamente la pactada línea de demarcación? El río entero y más, hasta bien entrada la otra orilla, encierran peligro de muerte para quien ensaye por ahí su escapatoria. Lo demás, la realidad de los acuerdos, le da igual.

Mi mujer y yo tratamos de ir despacio, queriendo observar a nuestro antojo este territorio limítrofe. Ni falta que harían las amenazantes alambradas o la plácida oscilación de las boyas en el agua para aclarar al más lerdo que se está en una frontera. Difícilmente pudieran las dos orillas de este cauce ser más opuestas, en todos sus aspectos corroboran que tenemos dos países frente a frente. Del lado de acá, la inacabable fila de soldados y esas alambradas quién sabe si recuperadas de algún campo. Ellos, y el césped bajo sus botas, los únicos rasgos de vida. Enfrente reinan en cambio la animación y el bullicio, oleadas de júbilo en grupos reunidos junto al agua u otros que juegan lejos, allá donde empieza un bosque. Si esta por la que vamos es tierra de nadie, lo es aquella de todos. No solo está punteada esa margen contraria por ingenuos pescadores a la espera de algún improbable pez sino que por el río navegan canoas. Atentas a no aproximarse demasiado a las boyas que avisan del impreciso lindero, llevan parejas o familias domingueras, despreocupadas como si navegasen por aguas apacibles, no junto al hervidero que es Berlín y bajo su frío sol de primavera. Por esa ribera contraria se asciende en una pendiente similar a la del lado nuestro hasta espacios de verdor donde abundan manteles y vituallas, en un ambiente general de romería con gente que merienda, bebe, conversa, se entretiene, parejas que se arrullan, ajenos todos al estricto espectáculo de enfrente.

Con su esplendor bucólico, la escena evoca lugares comunes: cuadros de Auguste Renoir, imágenes de la película que su hijo Jean basó en un relato de Maupassant, hasta pinturas del período galante pudieran venir a la memoria. Tanto sosiego se respira allá que pudiera sospechársele ardid teatral ideado por los occidentales para aturdir a sus vecinos. Esos soldados vigilantes que nos dan la espalda, obligados a no perder de vista el río y por consiguiente a observar sin pausa los placeres de quienes se regocijan en la otra orilla, se dirían puestos a prueba, condenados a contemplar sin que sus convicciones vacilen cómo puede la gente entregarse como si tal cosa al ritual de ser feliz. Difícil que a las autoridades orientales no enardezca la perpetuidad de este contraste, las alambradas tienen que resultarles poca cosa. Como para suponer que tengan a una cuadrilla de ingenieros estudiando la cuestión y sea cuestión de poco que el Muro o alguna otra fortificación llegue hasta aquí y su cemento clausure de parte a parte el alegre espectáculo.

Nos distrae un ruido de carros que se acercan por la calle ribereña, esa que nos disponemos a cruzar para alcanzar el comedor. Al principio los tomamos por camiones pero sus rugidos pronto nos sacan del error; son bastante más. Aparece por la curva una fila de tanquetas poniendo rumbo a regular velocidad hacia donde estamos, todas con un soldado asomado a su torreta. Desde luego, otra vez rusos. Omnipresentes desde la rendición y listos para hacerse del control cuantas veces la situación, como esta de ahora, se ponga fea. Por instinto destapo el lente de mi cámara. No la ostento llevándomela a los ojos sino que apunto desde la cintura y disparo cuando los tanques me pasan por delante. No he sido lo bastante discreto. Un soldado me ha visto, se agacha torreta adentro y avisa. Como pude aprender en carne propia en mis años cubanos, donde una vez se me detuvo por andar fotografiando las seculares fortalezas españolas que rodean el puerto de La Habana, sin importar que esas imágenes prohibidas hubiesen sido dibujadas y fotografiadas a lo largo de los siglos ni que sigan ahí a la vista de todos, la situación se nos puede poner pesada. Si una autoridad decide que algo no debe existir, no se le podrá fotografiar. Prohibir que se tomen fotos de estos carros que con amenazante ostentación ocupan las calles de Berlín dejará abierta la posibilidad de negar luego, así sea contra toda evidencia y la palabra de miles de testigos, su presencia en ellas hoy. Alegar, cuando muchos insistan en haberlos visto con sus propios ojos, que esos ilusos, o los que vieron alambradas junto al río, padecieron un espejismo colectivo.

Para mi alivio, el tanque no parece dispuesto a detenerse. Por si acaso, animo a mis amigos a acelerar el paso y entrar al comedor. No podremos escondernos de un perseguidor, si es que este viene, pero quizás estar en ese edificio nos dé protección, o eso quiero creer. La mansión tiene algo de santuario, adelantada como está en su posición de atalaya tolerada junto a las proscritas aguas.

No nos imaginamos hasta qué punto esta sobresaliente ubicación afectará nuestra visita. No nos dejan acceder ni a las aulas ni a las demás instalaciones escolares. Desde que entramos y al resultar incapaces mi mujer y yo de mostrar acreditaciones de estudiantes, se nos cierra el paso, no se nos permite traspasar el vestíbulo. No importa cuánto intercedan, primero, y discutan, luego, nuestros amigos. Si no somos estudiantes, no podremos pasar a las zonas de la casa desde cuyas ventanas sería teóricamente posible saltar al río o, desde los pisos más bajos, deslizarse calladamente en él. Nuestro amigo nos pide los pasaportes y los muestra a un supervisor; le enseña nuestras visas, el permiso que nos deja entrar legalmente en cuanto se nos antoje en Alemania Occidental, sin necesidad de recurrir al dramatismo de una desesperada zambullida. Al funcionario ninguna argumentación lo convence; es terminante. Si queremos almorzar allí, pues toleran invitarnos, tendremos que hacerlo en esa mesita del vestíbulo al que estamos limitados. Quitarán florero, ceniceros, el letrero donde se anuncian los horarios de los cursos. Sobre ese mueble inadecuado, que nos obligará a comer encorvados desde butacones no pensados para ello, podemos almorzar, y así todos contentos: nosotros con la barriga llena y ellos satisfechos de habernos recibido, si no con todos los honores por lo menos con la deferencia de compartir su rancho con invitados de la isla revolucionaria.

De haber sido el anticipado almuerzo un bocadillo o entremeses, nuestra comida en la atareada entrada de la escuela hubiese sido menos insensata. Pero el menú del día es sangre frita, una especie de morcilla vaciada sobre el plato sin su envoltura de pellejo, junto a un arroz blanco sorpresivo para mí en este mundo de la col y la patata. Será una dieta pensada para tercermundistas, estudiantes venidos de países como el mío donde el arroz es rey. No le pongo objeciones, aunque sea soso como el chino. Con la sangre frita casa bien y no obstante el parecido visual de esta con el desperdicio, el hambre vieja no nos da para menospreciarla. El tiempo me dará la razón cuando, años más tarde, en el Bronx neoyorquino, contemple a viejos italianos comiendo lo mismo con deleite en una fonda de emigrantes donde apenas se habla otra cosa que no sea el siciliano y cuyos clientes podrían, dando menos de cien pasos, irse a engullir gruesos bistés. Si no lo hacen es porque la tripa que les sirven, del todo semejante a esta alemana a la que nos convidan, les resulta más propia y suculenta.

Nos disponemos mi mujer y yo a comer como podemos, conformes con la incomodidad y en compañía de nuestro amigo, a quien servirán junto a nosotros. Por mucho que procuramos actuar con desenvoltura, acercarnos a la mesa desde los butacones exige a cada bocado gran destreza y manos sin temblor durante el precario recorrido del tenedor lleno desde el plato hasta la boca, haciendo equilibrios para que no se derrame una gota de esa salsa negruzca con la que condimentamos el arroz. Noto vistazos furtivos de quienes salen o entran; también de los de la recepción, así sepan quiénes somos y por qué se nos relega. Nos miran como a bichos raros, con el extrañado disgusto de quien creyese que nos hemos sentado a comer ante esa mesa por costumbre de indigentes a quienes se regalan sobras. Si con esos fulgores de desdén nos miran ellos, no digamos los no enterados. Por mucho que intenten corrección, no consiguen alejar la vista de nosotros, presencian nuestros apuros con desaprobación. Nuestro pelo y nuestros ojos negros, el aire mediterráneo, les despertarán, por mucho que no quieran, sentimientos de censura para con los modales de personas venidas de territorios por civilizar. Sin pararse a pensar en qué pudiera estarnos obligando a comer así, atribuirán la decisión de negarnos acceso al comedor, si el rumor les ha llegado, a falta nuestra, algún defecto. Devoro mi sangre frita a cada bocado con más gusto, seguro de que el menosprecio terminará por volverse contra más de uno, incómodo cuando sienta revolvérsele por dentro instintos de desprecio hacia quienes ve aspecto y costumbres diferentes. Les entrará desasosiego, una intranquilidad como la del pecador: saben que esa altivez está proscrita, condenada de manera terminante; son tendencias que es preciso desterrar de Alemania, con sus pretensiones de superioridad que tanto horror costaron. Nuestra engorrosa presencia en este vestíbulo, devorando difíciles charcos de morcilla con arroz, los pone a prueba; se desesperan al sentir que brota en sus pechos ese repudio que es imperativo sepultar, se sienten acosados por la espantosa tentación de volver a las andadas. 

 


Fernando Villaverde nació en La Habana en 1938. Fue guionista y realizador para el Instituto Cubano del Cine (ICAIC) antes de dejar Cuba en 1965. Es autor de los libros de cuentos Los labios pintados de Diderot, Crónicas del Mariel y Las tetas europeas. Este fragmento pertenece a su libro La caída irresistible del Muro de Berlín (Bokeh, Leiden, 2016).

 

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