Domingo, 19 de Noviembre de 2017
15:54 CET.
Crítica

Javier L. Mora/ La cabeza en outside

No todos los lectores se prestan a leer poesía. Menos aún a leer mucha poesía. Pero quienes perseveran en el intento, son modificados por ella. Para esos, los que se prestan, propongo la lectura de Examen de los institutos civiles, de Javier L. Mora (Bayamo, 1983).

Conformado por veintiocho poemas, parcelados (para mí, innecesariamente) en tres secciones —"Colisiones"/ "Manejos del ojo"/ y "El aire extraño"—, el volumen opera desde el inicio en la construcción de una civilidad que inevitablemente debe gestarse primero en los de abajo. Véase: "Nota del jueves 19": "La única función del sintagma (y la mía) es convertir el estiércol social en (algún) elemento productivo; por ejemplo, flores muertas que regalar a la mujer improbable, o cuando menos, en pólvora civil". "Close-up o algunos instantes de una ciudadela", p. 22.

Los poemas asumen formas inesperadas, plenas de información (ver: "[Algo sobre el problema de las posesiones]", p. 15), texto de desamor (de la pérdida) donde se exponen de manera sintética, las características técnicas de un mirage, y se remata al lector con un cierre electrizante: "oh! la Stein!/ un mirage es un mirage es un mirage/ Tú fuiste, en cambio (todo el tiempo), mucho más rápida".

Abundan los modelos crípticos, no solo en el plano visual o de disposición sobre la página, sino en la mayoría de los textos del conjunto (ver "La medida prestada", p. 17, poema que presenta una libreta de abastecimiento, puesta a funcionar como máquina textual, a partir de que le son añadidos paratextos de Dante y Lezama, que le aportan al objeto-poema una lectura polisémica que perfora la realidad e instaura sus posibles significados en el siempre difícil entramado de lo social).

El aspecto anticonvencional de los poemas no arraiga en un premeditado o metodológico automatismo psíquico. Es, así me parece, una mecánica de asalto que parte de la tradición, y va contra toda jerarquía de las formas. Modos discursivos (diálogos, notas al pie de página, enumeraciones, narración, escenas épicas) que se imbrican agresivamente, haciendo menos notables sus diferencias.

La poesía de Javier. L. Mora, de voluntad experimental, marcada sobremanera por sus lecturas de las vanguardias y en el caso más concreto (el cubano) del grupo Diáspora(s), del que ha hecho sus tesis de licenciatura, nos induce hacia una experiencia lectora que consiste en no atender de manera enfática al tema, sino al discurso. Debemos fijarnos más en la forma, la estructura, el lenguaje, la construcción, en la gramática (da igual cómo lo definamos) que en el contenido. La mayoría de nuestros esfuerzos por "explicar" lo que estamos leyendo, por buscar un significado, por construir un sentido, será muy complicado. Debemos asumir que estamos ante una poesía inasible o, de lo contrario, no solo no entenderemos mucho sino que apenas entenderemos qué estamos haciendo con un libro así entre las manos. "'Ah! Es difícil pesquisar en semejante lodo argumental'/ —explico./ 'Ininteligible y oscuro, muyyyyy oscurooooooo'/ —me dice finalmente,/ y pasa a ocupar otras labores." ("El pájaro se muerde la cola sin mutilarse", p. 44).

Apoyándose en la distorsión de ciertos modelos imitados (clásicos o no), lo heterogéneo del discurso se manifiesta en las cerradas unidades de los textos, cuyas particularidades aseguran un dispositivo paródico que incide de forma efectiva en la fluencia dinámica de estos. Tal peculiaridad se percibe durante la lectura como armónicos, características hermosas de las forma, inseparables del contenido, que enriquecen su ambigüedad.

Su procedimiento de escritura caricaturiza no solo el modelo retórico que prevalece en buena parte de la poesía cubana de hoy, sino también al catálogo de las clasificaciones e ilustraciones científicas que son materia poemática de sus propios textos (ver: "El pájaro se muerde la cola sin mutilarse", p. 41: "[ATENCIÓN!]/ aquello que se filtra entre el ojo y la percepción/ cerebral de las cosas […] El ojo está —en efecto— obligado a ver;/ y en realidad, ¿hay algo que observar en todo eso?").

El seudoaparato crítico de las notas*, las intertextualidades (ellas mismas collages tomadas en préstamos), fragmentan la lectura.

Mora es un provocador. Con una insolencia absoluta desaloja las falsas apariencias y los eufemismos del pensamiento. Muestra el componente cínico de la voluntad de poder. Se encarniza en destruir toda ilusión pro-romántica y social. Pero en ese propio trabajo de zapa que segrega una parodia generalizada e intenta objetivar hasta la subversión, se insinúa su propia ilusión y su prejuicio (ver: "La canción de nosotros", p. 53: "Yo me autocensuro. / Podría (incluso) decir un par de cosas/ pero yo me autocensuro").

De "las favelas sinuosas/ que se alzan" en su entrañable "Morro’s Old Way/ y serpentean firmes y acumuladas sin espacio/ asfixiando la piedra contra el muro/ cerca de la avenida", al mismo tiempo arcádica y urbana, a la conciencia del hombre actual; de la alta cultura a lo coloquial; de la sofisticación a la nimiedad; de lo refinado a lo vulgar; de la lógica de la meditación al flujo de los pensamientos; del espacio literario al pictórico. Es, en resumida cuenta, la apoteosis del ensamblado, de la técnica del collage.

Salgo y entro complacido de mi lectura de esta función que es Examen de los institutos civiles, en tanto me reafirma una idea que he venido defendiendo a la contra de la opinión de (casi) todo el mundo, incluso del propio Javier L. Mora: la poesía cubana no está en crisis, no es un desastre. Está en un momento muy interesante, con proyectos de escritura llenos de una energía creativa que no puede soslayar ni el más contrahecho de nuestros frustrados. Incluyo aquí buena parte de la poesía que se escribe en la diáspora y de la que apenas recibimos unos ramalazos. Libros como este que acabo de diseccionar, de autores jóvenes y no tan jóvenes, se incorporan a un grupo que ha venido haciendo lo suyo con verticalidad y rigor verdaderos, pese a la leche cortada de muchos, demostrando que Lo Mejor está por venir. Ya lo saben.


* La claridad con que se explican algunos modelos comunicacionales… Por ejemplo, en un sistema ideal de dos actores, si b. responde a mi pregunta (esa, o cualquiera), entonces a. (el sujeto que inquiere, es decir, yo) está capacitado para transmitir la opacidad de la lengua. En todo caso, sin embargo, la utilidad de tal discurso debería ser decididamente obvia. Así, cfr. "Nota del jueves", en el sistema-texto "Close-up...".

 


Javier Luis Mora Blanc, Examen de los institutos civiles (Unión, La Habana, 2012).

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Comentarios [ 4 ]

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Javier es de lo mejor que está pasando en la islita. No les quepa dudas. Quién es ese Valls, es bailarín. lear B.

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Yo prefiero a Juan Carlos Valls... Que clase de poeta!

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Sí, sobre todo echa humo con h, jajajajajaja. Qué espanto.

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Leí ese cuaderno y la verdad es que hecha el humo.Felicidades  Javier. Desde Parma, la Cartuja