Sábado, 18 de Noviembre de 2017
20:02 CET.
Crítica

Duelo e ideal soviético

Entre 1989 y 1992, un cambio profundo, irreconocido y envuelto en diversas tramas de continuidad, tuvo lugar en Cuba. El mundo soviético, en que se había reproducido la mayor parte de la experiencia revolucionaria cubana, desapareció de golpe. La URSS y el campo socialista constituían el principal mercado para el azúcar cubano, la fuente básica de abastecimiento de energía a la Isla y algo más: el ideal de una sociedad avanzada, la imagen de un futuro al que el país caribeño se encaminaba, bajo la conducción de sus hermanos eslavos, asegurando con dicha alianza un estatuto económico, social y cultural diferente, por desarrollado, al del resto de América Latina.

El cambio no se reflejó en las instituciones del poder político que siguieron siendo las mismas, ni en los líderes o sus estilos de gobierno, que también siguieron siendo los mismos. Pero sí se reflejó en la ideología y la propaganda oficiales que, rápidamente, se desplazaron del marxismo-leninismo al nacionalismo revolucionario, y en la política exterior del Estado insular, que desde el diagnóstico de un supuesto "doble bloqueo" —el de Estados Unidos y el del excampo socialista— reorientó su estrategia geopolítica hacia China, Viet Nam, Corea del Norte y, un poco más adelante, las nuevas izquierdas gobernantes en América Latina.

Un impacto sustancial de la descomposición de la URSS y la desaparición del campo socialista tuvo lugar en la cultura. No solo en la cultura letrada, dentro de la cual pesaba extraordinariamente la relación con la literatura y las ciencias sociales soviéticas, sino también en las artes, el cine y, sobre todo, la vida material: el entorno de objetos domésticos o públicos e, incluso, las imágenes que constituían el decorado de las casas y la publicidad gubernamental. Luego de 1992, la ausencia de Moscú en esas zonas, fue tan perceptible como desconcertante y el silencio sobre la misma vino a tejer otro de los tabúes de la esfera pública cubana.

Era —y será— tarea de historiadores medir la profundidad de aquella conexión o aquilatar el peso de esa influencia. Mientras esperamos por esas historias, el tema es emplazado, con eficacia, por un grupo de estudiosas de la cultura cubana, que han marcado el campo académico en los últimos años, sobre todo, en el medio universitario de Estados Unidos. Los estudios de Jacqueline Loss, Odette Casamayor, Damaris Puñales y Mabel Cuesta son tanto el resultado de un ascenso de la intervención intelectual sobre el tema en la última década, especialmente en la diáspora cubana, como la evidencia de una saludable transnacionalización de los análisis sobre Cuba.

La antología compilada por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto —Caviar with Rum. Cuba-USRR and the Postsoviet Condition—, que reúne a académicos, escritores y artistas de la Isla y la diáspora —Carlos Espinosa, Reina María Rodríguez, Jorge Ferrer, Aurora Jácome, José Miguel Sánchez  (Yoss), Polina Martínez Shvietsova, Dmitri Prieto Samsonov, Pedro González Reinoso, Gertrudis Rivalta Oliva…—, fue una primera exploración del terreno. Se trata de un asedio multilateral a los testimonios de la experiencia soviética en Cuba, acumulados en las dos últimas décadas. Un asedio que recorre novelas, poemarios, otras de arte y rastros de la cultura material, postulados como archivo de una relación constitutiva de sujetos únicos: dos o tres generaciones de habitantes de una isla del Caribe hispano, involucrados en la construcción de un socialismo real.

La antología de Loss y Prieto puede ser leída como un muestrario de ese archivo que las otra cuatro monografías, escritas por Loss, Casamayor, Puñales y Cuesta, someten a crítica. Tan revelador del momento postsoviético es la confluencia de miradas sobre un mismo archivo como el deslinde de perspectivas conceptuales frente a la experiencia cubano-soviética. Si bien las cuatro entienden lo postsoviético como un momento y, a la vez, una condición, es decir, como una marca temporal y afectiva, no todas conceden la misma importancia al momento y la condición precedentes, los de la sovietización de Cuba, un largo y cambiante periodo mal estudiado.

El uso de diferentes conceptos o antinomias es revelador de la existencia de un debate sobre la Cuba soviética y postsoviética que habría que hacer más visible. Loss, por ejemplo, habla de un "imaginario cubano-soviético", Puñales de una "comunidad sentimental cubano-soviética" y de un "ideal soviético en la cultura cubana", Casamayor apela a la tensión "utopía/distopía" que propició la caída del Muro de Berlín en autores de las dos últimas décadas (Abilio Estévez, Senel Paz, Leonardo Padura, Ena Lucía Portela, Pedro Juan Gutiérrez…) y Cuesta lee la Cuba postsoviética en clave de género, como un escenario que favorece la emergencia de una escritura femenina (Zoé Valdés, Mylene Fernández Pintado, Mariela Varona, Odette Alonso, Teresa Dovalpage, Ana Lidia Vega Serova, Karla Suárez…), de los 90 para acá, que protagoniza la lucha corporal por la voz pública.

Las intervenciones de Loss y Puñales comparten una misma preocupación por el tránsito del momento soviético al postsoviético, que interroga el vacío historiográfico de las conexiones institucionales y culturales entre Cuba y el campo socialista. Loss, sin embargo, se centra más en poéticas literarias construidas durante la perestroika y la glasnost o luego del colapso soviético, como las que ponen en escena los poemarios de Reina María Rodríguez y Emilio García Montiel, los ensayos y relatos de Antonio José Ponte, las novelas de José Manuel Prieto o los diarios de Wendy Guerra. Puñales se mueve un tanto más arqueológicamente e intenta captar inscripciones de lo soviético desde los años 70 y principios de los 80, en la narrativa de Manuel Cofiño, Jesús Díaz, Félix Luis Viera o Reynaldo González.

Ambas, Loss y Puñales, también intentan explorar ámbitos no letrados de inscripción de la memoria soviética, en las artes plásticas y audiovisuales y la cultura material. Loss se interna resueltamente en ese flanco, en su análisis de la obra Antonio Eligio Fernández Tonel o Lázaro Saavedra, mientras que Puñales, al final de su libro, trabaja más al nivel de los rastros soviéticos en el paisaje urbano y doméstico de la Isla. La certidumbre de que el momento soviético o el postsoviético, en la cultura cubana, deben ser estudiados más allá de la frontera letrada, invita a un abordaje en diálogo con la sociología, la antropología o la historia, que logre dar cuenta de todas las dimensiones de ese enlace entre el socialismo cubano y los comunismos del Este.

El hecho de que estos estudios se produzcan sobre un vacío epistemológico, determinado en buena medida por las ambivalencias con que el poder cubano asume su pasado soviético, explica la sensación de duelo que se tiene al leer a Loss y Puñales. Las dos autoras están lidiando con la pérdida de una historia y un sujeto, con la necesidad de recuperar esas coordenadas de la historia contemporánea de Cuba por medio de la memoria. No es raro que en el libro de Jacqueline Loss, sobre todo, se rinda tributo a la mayor evidencia antropológica de ese trance, que son los palavinas o hijos del mestizaje soviético-cubano. Los palavinas vendrían siendo, aquí, una tipificación étnica del sujeto sobreviviente.

Como en todo duelo, el dolor por la pérdida se expresa acompañado de un estado de satisfacción que verifica el fin de un mundo. El sobreviviente del comunismo siente, a la vez, dolor y goce por la superación de un pasado con un sentido preciso de la historia. El totalitarismo comunista, como el fascista, era, ante todo, un mundo seguro, con una representación tangible del destino personal de cada quien. El tránsito a la libertad implica un abandono del sujeto a sí mismo, un desplazamiento de la soberanía al individuo, que genera incertidumbre y soledad. Es lo que Odette Casamayor intenta captar con el concepto de "ética de la ingravidez", una de las formulaciones más sofisticadas que hemos leído en estos libros.

Cierta nostalgia epidérmica, escasamente mediada por la crítica, se lee aquí. Pareciera, por momentos, que es más lo que se pierde que lo que se gana con el fin del enclave soviético. Nostalgia que habría que relacionar con los dilemas de localización de la cultura cubana, heredados de dos siglos de conexiones imperiales. La plena reintegración de Cuba a América Latina molesta en diversas zonas de los discursos culturales cubanos, donde se rearticulan imaginarios raciales y nacionales que buscan referir el afuera del país a comunidades electivas. Ese malestar se proyecta por medio de una idealización del pasado soviético, pero también de una búsqueda obsesiva de otras metrópolis para la isla.

El libro de Mabel Cuesta se distingue de los otros por una apuesta más evidente de politización del discurso, por la vía feminista, que se deshace de cualquier retrospectiva nostálgica. El momento postsoviético es entendido aquí como una oportunidad de liberación del lenguaje, que abre nuevos horizontes para la proyección de poéticas y políticas en el campo intelectual. Esta última dimensión, la del ensanchamiento de la plataforma de las políticas intelectuales, es fundamental para comprender la condición postsoviética más allá de la nostalgia y el duelo, no tanto como agotamiento de una experiencia histórica sino como punto de partida para la postergada democratización del país.

El tema de la inmersión de Cuba en el campo socialista, como demuestran estos libros, se ha establecido finalmente en los estudios culturales. En buena medida, los estudios culturales han actuado como formas del saber que atisban un universo conceptual que rebasa los límites epistemológicos de la disciplina. El atisbo ha tenido, además, el mérito de quebrar una interdicción erigida por discursos públicos, deudores de diversas y, por momentos, antagónicas modalidades del nacionalismo cubano, hibernadas en ambos polos de la Guerra Fría, que convergen en disminuir la importancia de las relaciones entre la Unión Soviética y Cuba. Es por ello tan necesario que otras ciencias sociales se adentren en esa trama y arrojen luz sobre esa conexión geopolítica, decisiva en la historia latinoamericana del último medio siglo.    


Jacqueline Loss y José Manuel Prieto, eds., Caviar with Rum. Cuba-USSR and the Postsoviet Condition (Palgrave McMillan, New York, 2012).

Jacqueline Loss, Dreaming in Russian: The Cuban Soviet Imaginary (University of Texas Press, Austin, 2013).

Odette Casamayor-Cisneros, Utopía, distopía e ingravidez: reconfiguraciones cosmológicas en la narrariva postsoviética cubana (Editorial Iberoamericana, Vervuert, Madrid/ Frankfurt, 2013).

Damaris Puñales-Alpízar, Escrito en cirílico: el ideal soviético en la cultura cubana postnoventa ( Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2013).

Mabel Cuesta, Cuba postsoviética: un cuerpo narrado en clave de mujer, Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2013).

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.

Comentarios [ 34 ]

Imagen de Anónimo

Este tema es muy profundo y no tengo la capacidad necesaria para comentar. Me agrada ver el alto nivel intelectual de muchos comentarios. Me alegra que puedan opinar tan libremente, y yo sólo quiero expresar que no me imagino ninguna forma de socialismo con pluralismo. Pienso que el socialismo a la usanza en que algunos todavía expresan reminiscencias, es intrínsicamente totalitario. Lo mejor del artículo es la ilustración, muy elocuente pintura. Que hermoso es tener libertad de expresión. También tengo claro que en Cuba se secó hasta la última gotica de ideología, y que es necesario empezar desde cero nuevamente, lo antes posible.

Imagen de Anónimo

Anónimo:     Después de todos estos intercambios de puntos de vista, pienso que cuando la vida cubana recupere su pulso de normalidad democrática (si algún día es posible), los intelectuales cubanos, el profesorado, una academia (sin conveniencias y obediencias de diverso tipo) y los propios lectores decidirán por sí mismos qué obras artísticas, teatrales, literarias y de todo género escritas entre 1961 y la fecha que sea (aún por precisar esa normalidad democrática), merecen verdaderamente recibir ese calificativo (de trascedentes y verdaderamente artísticas) y en consecuencia estudiarse y publicarse. Porque hay una realidad, buena parte de las creaciones a las que nos estamos refiriendo (incluídas las que tengan impronta soviética), de no haber sido por el contenido de las mismas, no las hubiesen publicado en ningún lugar del mundo y no las estudiaría ni leería absolutamente nadie. En ese sentido, recuerdo el prólogo del escritor teatral, crítico y profesor Matias Montes Huidobro (en el exilio) al teatro de varias décadas de la revolución y afirmaba que a veces le resultaba imposible continuar leyendo gran parte de aquel teatro y escribiendo sobre aquellas aberraciones. Creo que sobran las palabras sobre una realidad que nos supera a todos...

Imagen de Anónimo

Lo primero que hay que hacer es saber distinguir entre el comunismo como sistema político y la relación cultural con lo soviético. El comunismo como sistema político debe ser abandonado para construir la democracia, pero la idea de que la dimensión del pasado cultural y -no olvidar- social de un país, que involucró a millones de personas, es un "cáncer que debe ser extirpado" es fascista. Me parece que usted no ha leído ninguno de estos libros a pesar de que lleva dos días discutiendo una reseña de los mismos. Yo no los he leído todos, pero conozco ese tipo de libros y puedo asegurarle que no hay ninguna "necrofilia" ahí. Precisamente lo que intentan hacer esos libros es demostrar que hay rastros de esa cultura soviética, empezando por los hijos de matrimonios mixtos, que están vivos. A nadie con dos dedos de frente, en Alemania o Europa del Este, donde sufrieron el nazismo, se le ocurriría pensar que la dimensión cultural y antropológica del socialismo real, que hoy muchos revaloran, es un "cáncer que debe ser extirpado". La frase tiene claros ecos racistas y totalitarios. 

Imagen de Anónimo

Anónimo:    Anónimo 10:42, le dije que sociedad en cada momento histórico revalora lo que siente próximo, u olvida lo que no está en consonancia con ella. El comunismo cubano olvidó la democracia y sus símbolos, manipuló la tradición y puso fuera de sí como burgués todo lo que no le convenía, amén de otras prácticas diabólicas. El comunismo y el pasado soviético de Cuba son como un cáncer a extirpar, para que esa cultura cubana que Fidel Castro recicló a su manera , vuelva a renacer de nuevo. Si le soy franco, en los países de Europa del Este que conozco, al comunismo lo quieren lejos, bien lejos de sus vidas en sentido general, como las esculturas y símbolos de ese poder que colocaron en cementerios a los que nadie vuelve y que sólo se contemplan en la distancia, como la película alemana que revisa el espionaje de una pareja de intelectuales por la Statsi: "La vida de los otros". La necrofilia cultural me recuerda al propio régimen cubano, que viola los cadáveres de escritores y artistas que nunca comulgaron con el régimen. Haga usted lo que le parezca que aquí estaré como Voltaire para apoyarle (defendiendo claro está, el derecho de cada uno a decir y hacer lo que considere), ya verá lo que haremos los cubanos si algún día conquistamos la democracia, en la que creo que a pocos le interesarán el comunismo y sus símbolos.

Imagen de Anónimo

Usted evidentemente no conoce lo que ha pasado en los países de Europa del Este en los últimos 20 años. Esas culturas están muy, pero muy lejos de haber olvidado la experiencia comunista. Ese pasado lo reviven los checos, los húngaros, los polacos y los alemanes del Este todos los días. No se trata únicamente de la película Good Bye Lenin. Son decenas y decenas de libros, películas, exposiciones, obras de teatro, libros de historia y de estudios culturales, aunque no le guste el género, dedicados al tema y no precisamente desde la perspectiva de la nostalgia. La mayoría de la producción cultural, en esos países, que reconstruye el pasado comunista lo hace críticamente pero no para olvidar sino precisamente para recordar. No tome como ejemplo de una política del olvido a la cultura de Europa del Este en las dos últimas décadas. Tome como ejemplo lo tiene más cerca: el castrismo. 

Imagen de Anónimo

Anónimo:    Anónimo 8:25, en las Ciencias Sociales cada momento histórico olvida y revalora el pasado en consonancia con sus deseos y metas, le guste a quien le guste y al margen de nosotros. Si le soy honesto, cada cual que olvide y recuerde lo que le parezca. Por suerte, lo traumático se olvida rápidamente y es una defensa psicológica del ser humano, al margen de cada uno. Esta bien reconstruir la historia, pero si le soy franco, para renacer y construir un mundo nuevo, lo mejor es dejar la basura  a un lado por un tiempo, para apreciar lo engañoso. Ya que el comunismo no fue para muchos de nosotros ninguna utopía y si una pesadilla, realmente la palabra dictadura comunista y todo lo que se relacione con ella me produce asco y no es capaz de imaginar cuanto la deseo bien lejos de mi, pero por desgracia aquí la tenemos. Si le soy honesto, a los países de Europa del Este les ha ido muy bien convirtiendo ese pasado en chatarra, ídolos rotos de su pasado funesto, lo que son para mi. No viviré como la protagonista de Good bye Lenin, añorando el comunismo, porque ese pasado es como un huevo podrido, que le paso a la academia que lo añore o a quien lo quiera y le guste. El día que acabe todo, si estuviese a mi alcance, colocaría esos ídolos ajenos a una distancia suficiente como el final de una pesadilla, y para saber que no existe, pero que se mantiene el peligro, como en los países del Este.

Imagen de Anónimo

Ninguna cultura que se respete, y menos aún la cultura de una democracia, puede basarse en el olvido. Propoponer el olvido del pasado soviético es proponer, en buena medida, el olvido del totalitarismo comunista. Algo que le viene como anillo al dedo al régimen en esta etapa. Y algo equivalente a que los fundadores de la República hubieran propuesto olvidar el colonialismo y la esclavitud y no hubieran estudiado el siglo XIX, como hicieron las mejores mentes de la primera mitad del siglo pasado en Cuba. Lo más parecido a esa propuesta del olvido del pasado soviético, que hemos conocido los cubanos en el último medio siglo, es la propuesta del olvido de la República que hizo el castrismo en 1959. Mientras se vea el comunismo y la relación con la URSS como un accidente en la historia de Cuba, que hay que olvidar, no habremos entendido nada de nuestra experiencia. 

Imagen de Anónimo

Anónimo:     Al final de la jornada, quedaría claro que la influencia soviética y el comunismo en Cuba no llegaron a cuajar, porque fueron impuestos, por tanto, se trató y trata de olvidarlos o esquivarlos. Es algo que se reitera en los antiguos países comunistas de la Europa del Este. Estos últimos, una vez alcanzada la independencia de Moscú (que trataron de lograr por la fuerza y sin éxito Hungría, Checoslovaquia y la RDA antes de la Perestroika) alejaron de su entorno rápidamente todo lo que recordaba a ese régimen (incluídas esculturas en el espacio público, muro de Berlin, etc.). En Cuba, todo lo que recuerde esa relación, quedará en el olvido, como quedará el propio comunismo. Aparecerán antiguos nostálgicos de todo ello en lugares de todo tipo; pero esa estela que acompañó a la más larga dictadura de América Latina creo que será mejor enterrarla para que no resucite ni en los recuerdos. Sucederá como con los dioses paganos frente a los cristianos hacia el fin de la caída del Imperio Romano, mejor dejarlos en ruinas y ni mirar a ellos, porque sólo traen pesadillas, a menos que se haya vivido bien entre esos escombros y aún así: los muertos se olvidan fácilmente, mucho más cuando traen a la mayoría malos recuerdos.

Imagen de Anónimo

Rojas nunca dice que esas académicas "descubrieron" el tema. Es evidente que él se está refiriendo específicamente al debate sobre la cultura postsoviética en la academia norteamericana en los últimos años. Y el "primero" de los cinco libros que comenta es esa antología de Loss y Prieto. Ya no fuercen más cosas. Si quieren debatir háganlo con ideas y no con manipulaciones.

Imagen de Anónimo

Lo que yo no entiendo es que dicen Rafael que estas autoras  descubrieron esa influencia, cuando ya mucho antes que todas ellas, se escribia sobre la influencia rusa en la politica y la literatura cubana, por ejemplo, en las novelas y cuentos del "realismo socialista" tan populares en los 70 y 80. Quien le dijo a Rafael que fue esta antologia "una primera exploración del terreno?" Que busque en la critica literaria para que encuentre referencias al papel del realimso socialista en la literatura cubana.