Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Olvidar a Cuba: contra el 'lugar común'

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Para Licia Fiol-Matta

I

Islas en peso. Sitios donde tan bien se está. Paradisos. Que no te toquen, cuerpo glorioso, patria. Iniciales de la tierra. Años duros. Más islas. Memorias. Subdesarrollos. Habanas para infantes difuntos. Santas Camilas. Noches de asesinos. De donde son los cantantes. La luz, bróder, la luz. Islas. Nadas cotidianas. Trilogías sucias. El peso de la isla. Periodo Especial. Más islas… Esto puede hincharse hasta el mareo. Y no acabar…

Hay una inflación simbólica de la literatura cubana; un repertorio saturado. Hay iteraciones cansinas. Una ingente cantidad de discursos atados a una garantía de visibilidad, que no han podido, mejor, no han querido desatarse.

La literatura escrita por cubanos ha girado incesantemente —como una noria perpetua, complacida de sí misma— alrededor de un centro, de un significante apropiado y figurado hasta el vértigo: Cuba. Ha sido, y sigue siendo así, en sus líneas maestras. A esta circulación, se le une una obstinada voluntad zombi de no autointerrogarse. Se construye así una literatura muy poco atrevida conceptualmente (estos diagnósticos fueron dichos ya en su momento por los escritores del grupo Diáspora(s), Carlos A. Aguilera, Rolando Sánchez Mejías…[1]). Lo que resulta en unos discursos renuentes a los enfriamientos procesuales. Una literatura holgazana que se aprovecha indiscriminadamente de un capital simbólico, "lo cubano"; que descuida en muchas ocasiones la escritura misma de esas obsesiones, y permanece en la superficie ideológica (denuncia, realismo sucio, literatura de la pobreza, "estar en contra de", nostalgia, quejas, Arcadias…) como casi único anclaje. De manera que se presupone una legitimidad derivada de lo temático: si hablamos acerca de, entonces valemos algo. Esto obviamente ha sido aupado también por editoriales, premios, instituciones, agentes diversos.

Hay, por supuesto, ciertas fugas de estas ficciones centralistas, como ha comentado Carlos A. Aguilera ("El arte del desvío: apuntes sobre literatura y nación"), pero que de cualquier manera no llegan a fugarse del todo (Lorenzo García Vega, Virgilio Piñera, Severo Sarduy…).

Hay, de hecho, un grupo de escrituras que a mí me interesan especialmente por lo que suponen de excepcionalidad, y por las dosis saludables de extrañamiento que introducen al interior de un sistema de representaciones obturado por imágenes acabadas, discursos miméticos (en este sentido, la literatura cubana más que luchar contra lo real, se suele aliar con él, sin oponerle muchas resistencias). Podría hablar de los autores de Diáspora(s), un proyecto que he comentado en otros sitios, y al que seguiré acudiendo.

En lugar de ellos, hablo ahora de otras escrituras sobre las que solo bosquejo algunas impresiones. Me refiero a un libro como La fiesta vigilada (Anagrama, 2007), de Antonio José Ponte: una indagación "fría" de la relación intelectual-Estado en Cuba. Uno de los rasgos que más me interesa resaltar es su colocación en una exterioridad reflexiva (como efecto) altamente productiva. Es decir, ante las demandas de un público y sobre todo de un mercado que pedía determinados comentarios del Periodo Especial, y según las cuales la literatura cubana se reconocía en cuanto tal por una política de la representación que pasaba por la estetización de la precariedad y la miseria, el tratamiento de ciertos temas y espacios medulares (la decadencia de la Revolución como proyecto, La Habana como escenario privilegiado…), el texto de Ponte opta por inscribir esas demandas a partir de esa exterioridad interrogante que pasa antes por el desconcierto, la extrañeza, la duda, la descolocación de textos híbridos, que por los ejercicios presumiblemente contestatarios de la mímesis ficcional. Esto distingue a Ponte de una superpoblación de escritores cubanos que han tratado esas interpelaciones del mercado, del público, y de lo real en último término (Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Zoé Valdés, Daína Chaviano, etc.). Y sobre todo, la literatura de Ponte es diferencial en la medida en que despliega una escritura difícilmente superable en cuanto al placer que provoca; una escritura que tiene conciencia de su deriva y que no renuncia a seducir al lector; antes bien, hace de esta seducción una de sus claves.

Algo de esto que acabo de escribir podría valer también para Variedades Galiano (Letras Cubanas, 2008), el excelente libro de Reina María Rodríguez. Variedades… es singular también por su discurso autorreflexivo. La literatura cubana se da muy poco a este tipo de operaciones discursivas, y prefiere colocarse de lleno en las proyecciones de la representación antes que en los territorios conflictuados de la autointerrogación. El libro de Reina María Rodríguez interroga la capacidad de representación de la literatura allí donde lo real se presenta arruinado, menguado, disminuido en su esplendor; quiere inscribir textualmente las implicaciones de esta devastación para la escritura, para la supervivencia de una cultura en relación a lo devastado, aun cuando no renuncia a lo representacional mismo. Aunque otra renuncia se haga visible: el descreimiento ante los deseos de redención de lo real que sostiene a tanta literatura cubana. El texto es un artefacto de mediación, o en todo caso de contención de lo real.

Por su parte, cabe atribuirle a los textos de Enrique del Risco (Enrisco) un lugar también excepcional. La escritura de Enrisco se construye desde una exotopía lúcida, y exhibe el no abundante signo de un extrañamiento que provoca hilaridad. Lo hace a partir de esa levedad que se otorga a sí misma, pero que apunta incesantemente al nonsense de lo cubano, y a un ventrilocuismo paródico. Del Risco nos coloca frente al espejo menos complaciente; uno que devuelve una imagen dislocada: atentado sistemático contra la gravedad y la somnolencia que provoca mucha literatura insular.

II

Pero lo que me ocupa fundamentalmente en este ensayo va más allá de los límites que señalan excelentemente los textos que acabo de comentar con brevedad.

Quiero decir, lo que me ocupa es que no se trata, por ejemplo, de construir sistemas de oposición, de abierta o implícita resistencia ideológica, que quieran reescribir ese canon de lo cubano secuestrado por un Estado o un régimen político: esto permanece circulando dentro de una misma lógica de representación, sólo que de signo contrario.

No se trata tampoco de cumplir por parte de los escribientes, ni de decretar por parte de los críticos, ningún estadio post. Ni postmoderno (Lyotard et al.). Ni posthegemónico (Beasley-Murray). Ni postcomunista. Ni postautónomo (Josefina Ludmer). Ni mucho menos postnacional. Afirmar la llegada de los discursos a esta superación, es obviar que hay otros dispositivos de gran fuerza modeladora, otras temporalidades tiránicas. Y es además provocar gratuitamente argumentos en contra, que invocan circunstancias no fácilmente soslayables y que podrían suponer, en efecto, interdicciones que no se pueden obviar: que si las fronteras, que si el régimen político, que si la Isla y sus contornos insalvables, que si la libertad no conseguida…

Algunos intentos recientes por verificar la existencia de una literatura cubana postnacional traslucen ciertas incomodidades o imposibilidades. No porque no sea dado señalar estos discursos como postalgo, sino porque creo que el presupuesto de partida, la pregunta a responder, es inoperante. Así, cuando Anke Birkenmaier trata de responder a la cuestión de Is There a Post-Cuban Literature (Review: Literature and Arts of the Americas, no. 1, 2011), lo que se da como ejemplos de ese post son discursos que circulan aún en ese círculo del que acabo de hablar más arriba (Ena Lucía Portela, Ángel Pérez Cuza, Orlando Luis Pardo Lazo, por ejemplo). Claro que La Habana como escenario es menos preciso en sus contornos, y que el corrimiento ideológico es claramente perceptible —ya se ha argumentado este movimiento en la crítica—, pero estas ficciones se articulan en buena medida alrededor del deseo de mostrar, como dice Binkenmaier, el lenguaje callejero, la vida cotidiana de la ciudad (obviada por otros imaginarios más complacientes), o el reverso apocalíptico de una utopía fracasada. O sea, isotopías de lo cubano marginal o contestatario ideológicamente.

La estudiosa se ve de alguna manera impulsada a rescatar estos discursos para una causa afirmativa, aun cuando habiten un post: "what is most 'Cuban' about Cuban literature and literary criticism today is its transnational, non-Cuban orientation". No hay ningún imperativo que haga necesaria la reafirmación de lo más cubano a partir de su negación. Solo cabe entender ese gesto como un entrampamiento en una lógica a la que le cuesta mucho desprenderse definitivamente de ciertas negociaciones identitarias y/o críticas.

Muchísimo menos hace falta justificar ninguna diáspora, ninguna dispersión, ningún desasimiento, a través de la invocación de una unidad sustancial alrededor del significante despótico Cuba. Una especie de terror no reconocido, o una pulsión tranquilizadora podría llevar a decir, como hace José Manuel Prieto ("Cuban Literature Inside and Out") en la misma revista, que "Cuban literature is a single identity independent of the place where is written"; o a subordinar cualquier discurso a una manera intrínseca de ver las cosas: "The themes, the treatments, a certain philosophy or way of seeing life that are intrinsically Cuban". O incluso a afirmar esto: "the unique and indivisible corpus of the new Cuban literature".

Uno podría entender tales ansias. Podrían desvelarse así los escritores cubanos (y los críticos), en noches de insomnio, en duermevelas febriles: quién nos publicará así, sin las cuotas de comentarios acerca de un país; qué universidades norteamericanas o europeas nos incluirán en sus planes de estudio; cómo iremos a simposios, congresos, que nos garantizan un lugar excepcional como literatura nacional, y nos invitan en calidad de autores insulares, dotados de un saber, una experiencia únicos…

Y es que una instrumentalidad a flor de piel estructura generalmente la literatura cubana. Se sabe normalmente qué hacer con ella. Dónde colocarla; cómo predicarla. Se espera que ella misma predique sobre determinadas obsesiones. Así, lo que actúa por todos lados, como una cadena de transmisión, es una circularidad opresiva.

Obviamente, por mucho que se invoque una literatura mundial, un circuito globalizado, o cualquier construcción de esta naturaleza —nada más lejos de mi intención, que no es proponer esos destinos—, es obvio, digo, que hay que inscribirse de alguna manera en los campos literarios, culturales en general. Una huida radical de la etiqueta literatura cubana es wishful thinking, relato contrafactual, mito futuro. Pero un posible work in progress podría ser que lo cubano, como necesidad casi ineludible de visibilidad y de inscripción en los circuitos donde circulan los productos culturales, se convierta en adjetivo sin sustantividad, marco general, epidermis clasificatoria. Lo cubano como "marca de agua" que signe el nombre de un autor, su origen geográfico, that’s all; para ayudar a esas lógicas clasificatorias que no pueden prescindir de la colocación eficiente de un discurso en un territorio nacional, por mucho que se argumente a favor de la borradura de fronteras culturales, y se invoquen repúblicas mundiales de las letras.

Se trata de olvidar Cuba. De ir borrando los significados, cualesquiera que éstos sean, asociados a ese significante de cuerpo presente, o fantasmático, o dictador. Se trata de que la literatura escrita por cubanos se descentre. Se trata de una desposesión. O sea, de expropiarse, riesgosa y autoconscientemente, de un capital de "lo cubano", y colocarse en la "intemperie" de los espacios plurales del mercado simbólico donde circulan discursos, actores, figuraciones, no vinculables necesaria y únicamente a un territorio. Se trata de desnaturalizarse. Colocarse lejos de un lugar común, en su doble valencia: lejos de las redundancias, de los esquemas reconocibles que garantizan una legibilidad más o menos inmediata, y lejos de la tranquilidad de unas vidas compartidas, de un repertorio distinguible por los pares de un país.

Porque de lo que se habla aquí, en último término, es de construir otra comunidad.

III

Lo que está en juego es la articulación de una literatura rizomática y no arbórea, por acudir a dos figuraciones de Gilles Deleuze y Félix Guattari (Mil mesetas, Pre-Textos, 2002). Una literatura que no se organice alrededor de un sistema centrado, jerarquizado, estratificado, en cuyo núcleo "resplandece" Cuba: imán, escudo, espejo, mantra. Que por el contrario se mueva por el deseo de ser antigenealógica, antiraíz; que itinere, que se disperse. Siempre existe el riesgo, como apuntan los dos filósofos franceses, que reaparezcan organizaciones que reestratifican un determinado conjunto de discursos, o formaciones que devuelven el poder a un significante, haciéndolo hegemónico. El problema de la literatura cubana es que este riesgo, estas apariciones, son lamentablemente constitutivas. Y son las que deberían exorcizarse más a menudo. Deberían interrumpirse esos "fenómenos … de leadership, de fascistización" (Deleuze y Guattari) que motorizan a esa literatura. Los autores cubanos deberían escribir con la memoria corta, que "incluye el olvido como proceso". La "memoria larga" es el fetiche (in)confesado que la mayoría de esos autores guardan debajo de la almohada para tocarlo en la sombra, y decirse a sí mismos, sudorosos, "no pasa nada, tenemos referente para comentar, no somos huérfanos", cuando en raras ocasiones tienen "pesadillas" de expropiación y extrañamiento. Esa memoria larga, "familia, raza, sociedad", dicen Deleuze y Guattari, "calca y traduce".

Ensayo una variación de lo anterior: Uno de los mayores problemas de la literatura cubana escrita después de 1959 es que ha sido demasiado moderna. Y no porque se pueda dar cuenta de muchas escrituras "vanguardistas", o porque sea en exceso secular, racional, o participe de "un régimen nuevo, una aceleración, una ruptura, una revolución del tiempo" (Latour, Nunca fuimos modernos, Siglo XXI, 2007). La cuestión es que esa literatura se ha construido mayoritariamente sobre lo que llama Esposito (Communitas, Amorrortu, 2007) "el proyecto 'inmunitario' de la modernidad", que se dirige con toda su fuerza de interdicción contra el contacto, la exposición de los sujetos a otros sujetos. La política de representación comunitaria en Cuba después de 1959 desarrolla mecanismos excesivos de inmunidad, exonerando por la fuerza a los sujetos del intercambio, la deuda, la vinculación. Un proceso de sedimentación paulatina de esta inmunización ha alimentado a una literatura principalmente sorda, o con una capacidad de escucha muy limitada, por padecer de un ensimismamiento castrante.[2]

La literatura cubana ha querido construir determinada comunidad —y aquí no importa tanto el signo ideológico de cada discurso, como su finalidad. Una comunidad vivida como el espacio abstracto (a concretar) que conjuga las individualidades y que se sobrepone a ellas; atada alrededor de lo cubano como lo que se debía y se debe comentar, predicar, argumentar. Lo cubano, porque constituye "lo que nos es más propio". Lo cubano como una "propiedad" de los sujetos unidos en comunidad: "un atributo, una determinación, un predicado que los califica como pertenecientes al mismo conjunto", y la comunidad como la "sustancia producida por esa unión" (Esposito). Obviamente, ha habido disputas históricas por la adjudicación de este atributo; por el reparto de poderes políticos que autorizan la pertenencia o no al conjunto comunitario. En un momento dado de este devenir, la pertenencia pasaba por el territorio. En otro, por la domesticación ideológica. O por la ampliación aquiescente del espacio físico Cuba a ciertos discursos nacidos fuera de ese perímetro. En algunos momentos, por el cruce mestizo, confuso y "monstruoso" de estas variantes. Pero todas esas disensiones reconocen el centro que les da sentido: el articulador de la comunidad cubana, de su propiedad.

Lo que me interesa resaltar en último término es lo siguiente. Algunos discursos filosóficos recientes (Esposito, Jean-Luc Nancy, Paolo Virno) persiguen la redefinición de la noción de comunidad, a veces mediante un giro conceptual que atiende la propia etimología del término, en un gesto deconstructivo y reconstructivo (Esposito), o desde un proyecto de esencialización alejado de los historicismos contingentes (Nancy). A partir de estos desafíos, creo que es posible comenzar a imaginar, e incluso a constatar, otras derivas de esos discursos que englobamos como "literatura cubana", en el sentido clasificatorio e ineludible que he comentado más arriba.

IV

Lo común no es lo propio, sino lo impropio, viene a decir Esposito. "Una despropiación que inviste y descentra al sujeto propietario, y lo fuerza a salir de sí mismo. A alterarse". De manera que en la comunidad los sujetos no hallarían ningún principio de identificación, sino "ese vacío, esa distancia, ese extrañamiento que los hace ausentes de sí mismos". La comunidad no es pensable como corporación, ni como fusión de individuos que dé como resultado un individuo más grande. Es lo que interrumpe la clausura del sujeto y lo vuelca hacia el exterior. No pasa por las configuraciones basadas en la identidad, la fusión, la endogamia. La impropiedad de lo común puede ser "amenazada" por formas paroxísticas o paródicas que llaman de nuevo a "lo propio", "lo auténtico".

Dice Nancy que la intensidad comunitaria que hay que reescribir es la que se articula como "cuerpo de identidad, intensidad de propiedad, intimidad de naturaleza" (prólogo a Communitas, de Esposito). La condición de esta otra comunidad pensada por Nancy es "la heterogeneidad, la pluralidad, la distancia". Pál Pelbart, en Filosofía de la deserción (Tinta Limón, 2009), comenta varias propuestas de estas comunidades otras. Dice Pál Pelbart, a propósito justamente de Nancy, que para éste la comunidad "está hecha de interrupción, fragmentación, suspenso … de seres singulares y sus encuentros"; es "el hecho de compartir una separación dada por la singularidad".

La literatura cubana es fundamentalmente simétrica. O ensimismada, que es otra figura de la simetría. En la comunidad literaria cubana no suele intervenir lo Otro (que según Blanchot "es siempre asimétrico" y es lo que "devasta la integridad del sujeto, desmoronando su identidad centrada y aislada, abriéndolo a una exterioridad irrevocable, en un no-acabado constitutivo"). Al contrario, suele coincidir consigo misma, y se deleita en esos gestos que debería rechazar: el hacer obra (Bataille, Nancy), el ser no soberana, el servir para algo siempre, ser útil, incorporarse a una finalidad, ser fiel a una necesidad de modulación y conjugación de "lo cubano". Alimentar la lógica productiva de esa conjugación, en vistas a un futuro redentor, o a un pasado que hay que reenunciar.

Si algo se ha tomado en serio regularmente la literatura cubana como forma de autoproducción, es la figura distinguible del Autor. Todo el mundo quiere poseer un estilo, una distinción: "réplicas espejadas del propio Estado en la figura de una formación identitaria reconocible" (Agamben). ¿Será posible hacer emerger una comunidad de singularidades cualesquiera en los dispositivos de una literatura cubana, que no hagan valer lazos sociales ni reivindiquen una identidad; que tal como argumenta Agamben es la forma de la resistencia ante la trascendentalización de lo común? ¿Que proliferen a través de lo que, según Bataille, la comunidad tendría de más propio: "la asunción de la separación, de la exposición y de la finitud"?

Debería articularse una comunidad, diría Pál Pelbart, de solteros y de solitarios, que resista a "un socialitarismo despótico" y que desafíe "la tiranía de los intercambios productivos y de la circulación social". Lo cual sería estupendo como empresa adversa y dinamitadora del ethos casi obligadamente promiscuo que ha signado los intercambios sociales en Cuba y ha dirigido los procesos de subjetivación hacia la colectividad, la fusión, la homogeneidad —formas paroxísticas de la ideología comunitaria que deben ser cuestionadas—, y que no ha respetado al sujeto célibe, desprendido, no gregario.

Posibles figuraciones futuras de una comunidad literaria cubana: "la comunidad de los sin comunidad, la comunidad negativa, la comunidad ausente, la comunidad inoperante [o desobrada], la comunidad imposible … la comunidad de la singularidad cualquiera … una figura no fusional, no unitaria, no totalizable, no filialista de comunidad" (Pál Pelbart).

De todas maneras, no creo que haya que esperar a ese advenimiento, como una parusía comunitaria, ni como una promesa diferida. Ya hay escrituras circulando, trazando los límites de esas otras posibilidades de asociación. Quiero comentar brevemente algunas de ellas.

V

Algunas escrituras que forman parte de Distintos modos de evitar a un poeta: poesía cubana del siglo XXI, antología preparada por Lizabel Mónica (El Quirófano Ediciones, 2012), son dispositivos de resistencia a las instancias que quisieran trascendentalizar lo común (Pál Pelbart); empresa a la que, por muchas causas, se prestaban tantas antologías de poesía cubana (engrosando las formaciones masificadas de una generación, una sentimentalidad, una visión del mundo). Y no es que no se pueda hacer lo mismo con este libro. De hecho, la antologadora engloba a los autores en una denominación que, dice, se "ha hecho popular en el ámbito cubano", "Generación 0". Se entiende la costumbre crítica que sostiene el uso de tal apelación, la conveniencia editorial del gesto —la dificultad de inscribirse en el campo literario de alguna manera que no sea molar. Pero no hay que perder de vista que el conjunto generacional es una de las formas más socorridas de "las inquietudes pueriles —a veces confusas— de las ideologías de la comunión o la convivialidad" (Pál Pelbart).

En un repertorio de esta naturaleza, está claro que se encontrarán flujos opuestos, dualidades. Ya advertían Deleuze y Guattari en Mil mesetas sobre la inoperancia de los dualismos, pero a la misma vez sobre su inevitabilidad táctica: "Problema de la escritura: siempre se necesitan expresiones inexactas para designar algo exactamente. … Siempre se necesitan correctores cerebrales para deshacer los dualismos que no hemos querido hacer, pero por los que necesariamente pasamos … [son] un enemigo absolutamente necesario, el mueble que continuamente desplazamos".

De manera que con las escrituras de Distintos modos… uno puede construir unificaciones y totalizaciones; uno puede detectar en ellas "mecanismos miméticos, hegemonías significantes, atribuciones subjetivas" (Deleuze y Guattari). Es decir, uno puede tranquilamente meter la mano debajo de la almohada y tocar a tientas el fetiche de lo cubano, su resplandor. Si bien es cierto que hay que tocar con más detenimiento; que su territorialidad rígida no se regala tan primorosamente. Hay que deslizarse más para articular ese fetiche. Se esparce aquí y allá a través de determinados vocablos; a través de lo que cierta crítica de hace algún tiempo llamaría "atmósferas".

Pero la mayoría de estas escrituras se niegan a hacer obra (Nancy) de lo cubano. Lo que es decir, se resisten a propiciar la feliz circunstancia de un cierto modo de agremiación nacional. Y así ensayan su soberanía. Su inutilidad, y la fuga de la pertenencia a una comunidad de iguales. No se subordinan al futuro; brillan intermitentemente con cierta autonomía. Se dispenden, y disipan una energía no acumulable para fines productivistas ni comunicacionales.

Las escrituras que más me interesan aquí son las de la propia Lizabel Mónica, las de Michael H. Miranda, Pablo de Cuba, José Ramón Sánchez, Edwin Reyes, Jamila Medina, Néstor Cabrera, Jeny Palenzuela. Ellas articulan una impersonalidad y una impoliticidad (Esposito) a las que volveré en otros ensayos porque me interpelan especialmente. Así, se alinean con cierto lado Kantor (por Tadeusz Kantor) de los textos de Carlos A. Aguilera, por ejemplo. Se despropian de la "intimidad de naturaleza" que ha campeado a sus anchas por la poesía escrita por cubanos; esa intimidad que recibe al lector, como en una habitación confortable (no importa la modalidad del discurso que se declamara, si heroica, o si afectiva, o si existencial amarga), y que permite entablar con él un flujo familiar, un psicodrama filial.

Líneas como "Habría que ocuparse pues, de los sucesos, no de la sucesión. Habría que particularizar en los agujeros" (L. Mónica); como "Unas pausas entre tantas andaduras por lengua muerta: se resisten. Vide supra. Eso sí: la templanza para circulación de los líquidos, incluyendo lo incorpóreo" (P. de Cuba); como: "(1936-1972) / GRAND PRISMATIC SPRING/ sobre la enorme primavera del lago en el parque de la piedra amarilla/ esteras de bacterias entretejen la gran balsa azul de Flora/ —estéril por la fiebre de un fondo de alta profundidad" (J. Medina), son incomunes, se resisten a durar, no perseveran; ignoran las estructuras que podrían estabilizarlas (Pál Pelbart).

Termino con unas también breves alusiones a El último día del estornino (notas para una novela), de Gerardo Fernández Fe (Viento Sur Editorial, 2011). Ya Mirta Suquet, en su texto "Granos de arena en un libro", dio cuenta de la mayoría de cosas que creo era pertinente señalar sobre la estupenda novela de Fernández Fe; de su singularidad "dentro de la narrativa cubana, centrada, salvo pocas excepciones, en las problemáticas más inmediatas de la Isla". De lo que el texto pone en escena, "la perversidad de las narrativas nacionalistas y la posibilidad de que se sustituyan por historias trasnacionales ubicadas en el entre, en el recorrido o en el espacio intersticial entre lo local y lo global, siempre en proceso … la ausencia pragmática y emocional del Centro".

Aunque en El último día… hagan presencia Cuba, algunos personajes vinculados a ese territorio, a cierta sentimentalidad, lo que moviliza Fernández Fe es el descentramiento de ese significante; su inmersión en una multitud de referencias y de sujetos que rebaja eficientemente las aureolas incandescentes de la excepcionalidad insular. Los personajes de la novela, multiplicados incesantemente en virtud de una pericia narrativa que muy pocos autores cubanos controlan, se exponen los unos a los otros, desde la lejanía que los separa. Cuando nos sentimos tentados a unirlos mediante cualquier pulsión comunitarista, emerge un evento, una interrupción que deshace la construcción imaginaria, reconfortante, de una comunidad fusional. La distancia, la heterogeneidad (Nancy) sella el devenir de estos seres singulares, que comparten justamente la separación de esta singularidad (Nancy). La novela de Fernández Fe pareciera concretar ese sistema acentrado que Deleuze y Guattari comentan en Mil mesetas, el libro que por otra parte juega un rol esencial en las tramas proliferantes de El último día…

VI

Lejos del lugar común, dije más arriba. Dije desposesión, descentramiento, desnaturalización. Esta debería ser la destinación primordial de la literatura escrita por cubanos. Persistir en los anclajes de "los puntos muertos sobre el mapa", es cerrarlos a las "posibles líneas de fuga". Por supuesto, no hay imperativo que no se pueda ignorar. Aunque por esta ignorancia el riesgo se haga insuperable, pesado como una lápida. Si es así, habrá que seguir agujereando el mapa de grupo de esa literatura; seguir señalando sus fenómenos de masificación, su burocracia.


[1] No obviar el excelente ensayo de este último, "Olvidar Orígenes": un acto lúcido de desasimiento de un poder metafórico, de una imantación alrededor de los origenistas.

[2] Agradezco a Mirta Suquet la oportuna sugerencia de algunas ideas que he incorporado a este párrafo, en vistas a pensar estos problemas que vengo comentando a partir de la relación inmunidad-comunidad desarrollada por Esposito.

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