Lunes, 26 de Septiembre de 2016
14:00 CEST.
Opinión

A un quinquenio de la Guerrita de los Emails

La revista Criterios acaba de cumplir en La Habana cuatro décadas de existencia. Criterios no es solo una publicación periódica, es también una colección de libros (que incluye antologías y diccionarios), un grupo de textos teóricos que circulan digitalmente y, desde hace unos años, un Centro Teórico-Cultural que funciona en el noveno piso de la sede del Instituto Cubano de Artes e Industrias Cinematográficas (ICAIC). Se trata, sin dudas, de uno de los más ambiciosos proyectos culturales cubanos de estas cuatro décadas.

Fundado y sustentado por el estudioso y políglota Desiderio Navarro, es la prueba de cuánto puede conseguir la vocación intelectual de un individuo. Traductor múltiple en cada uno de los números, Navarro corre con las tareas que supone la publicación de una revista. Su trabajo supera en resultados al que arrojan oficinas y oficinas habaneras, y ha sido reconocido internacionalmente: la Fundación Príncipe Claus, de Holanda, premió su proyecto en 2009. Quienes sostienen que, descontado el ballet clásico, resulta imposible encontrar dentro de Cuba una labor cultural de primera línea, pueden hallar un desmentido contundente en estos cuarenta años de Criterios.

La celebración de aniversario tan redondo coincidió con la presentación del número 37 de la revista. Fue organizado un panel de discusión bajo el título "El sentido de la esfera pública en Cuba", al que asistieron dos hacedores de revistas oficiales —el narrador Arturo Arango, de La Gaceta de Cuba, y el politólogo Rafael Hernández, de Temas—, el editor Roberto Veiga —a cargo de Espacio Laical, órgano del Consejo Arquidiocesano de Laicos de La Habana—, el profesor Jorge Luis Acanda —Historia del Pensamiento Marxista, Universidad de La Habana—, el antropólogo Mario Castillo y la bloguera Yasmín S. Portales —activistas ambos de la Red Protagónica Observatorio Crítico— y el narrador Leonardo Padura.

Tres semanas antes de la presentación, Desiderio Navarro se vio obligado a denunciar a través de un correo electrónico los tropiezos aduanales (Criterios se imprime fuera del país) que el nuevo número encontraba. Lo avisó de esta manera: "Aun si Ediciones Unión mantuviera su negativa a firmar esta vez la solicitud de extracción aduanal establecida 'por lo que puede haber dentro de esa revista', y aunque se repitieran, como en días recientes, los actos de vandalismo furtivo en la sede del Centro, allí celebraremos, el próximo 28 de febrero, el 40 aniversario del comienzo, en un lejano febrero, de la lucha de Criterios por la circulación local de lo mejor del pensamiento cultural mundial y contra el autobloqueo y el monologismo antiintelectual".

Su nota aludía a ataques vandálicos contra la sede de la revista y declaraba la causa de la retención aduanal: el posible contenido de la revista. Retaba a las autoridades culturales: con nuevo número o no, celebrarían el aniversario. Llamaba para ello a la movilización: "A todos aquellos que sientan que con estas cuatro décadas de publicaciones y actividades Criterio los ayudó en algo en su formación o información o trabajo, y que desearan que lo siguiera haciendo a pesar de todos los obstáculos, los invitamos a expresarlo esta única vez con su asistencia". 

Afortunadamente, el pasado 28 de febrero, alcanzaron a celebrarse la presentación del número, el debate y la efemérides. El público llenó la sala. Varios asistentes describieron la guardia apostada a la entrada del edificio como una mezcla de empleados del instituto de cine y agentes de Seguridad del Estado. Éstos últimos eran los que decidían quién subía y quién no. De manera que al menos a tres activistas independientes les fue prohibida la entrada: Juan Antonio Madrazo Luna y Leonardo Calvo Cárdenas —líderes del Comité Ciudadano por la Integración Racial, CIR, y el segundo, vicepresidente del partido Arco Progresista—, y el narrador y bloguero Orlando Luis Pardo Lazo, director de la revista digital independiente Voces.

Según afirman testigos, Desiderio Navarro tuvo conocimiento del cordón policial y de los vetos. Quienes sostienen que en Cuba es posible realizar una labor cultural de primera línea sin ninguna coacción policial, pueden hallar en esos episodios —vandalismo de la sede, retención aduanal, veto de participantes— un desmentido contundente.

El mundo de la cultura, nueve pisos más arriba

"A mí la Seguridad del Estado me botó a gritos y gestos violentos del lobby de la institución, minutos antes de que el propio Desiderio Navarro me colgara el teléfono groseramente, cuando lo llamé solo para notificarle lo que sucedía nueve pisos bajo sus narices, dado que los oficiales de civil se burlaron de mí alegando que Desiderio Navarro los autorizaba a elegir ellos el público", recontó Orlando Luis Pardo Lazo.

Leonardo Calvo Cárdenas, a quien también le prohibieron la entrada, lo refiere así: "Ante las protestas de los excluidos, un nutrido grupo de empleados del centro, entre los que se encontraban agentes de la policía política camuflados, explicaron que la institución se reservaba el derecho de negarles la entrada". Los agentes advirtieron a los excluidos que aquello era un espacio cultural y ellos "no pertenecían al mundo de la cultura". Según testimonio de Calvo Cárdenas, Juan Antonio Madrazo Luna increpó a los agentes, quienes "respondieron que la revista Criterio y su dirección estaban de acuerdo con esta acción excluyente".

Antes de que comenzaran el panel y la presentación, Desiderio Navarro recibió aviso del poeta y articulista Isbel Díaz Torres acerca de lo que ocurría en la entrada: "informé a Desiderio, que ya estaba al tanto. Pero no hubo solución. Desiderio me explicó que el edificio pertenece al ICAIC, y él no podía determinar el acceso de las personas al mismo".

El Centro Cultural-Teórico Criterios, dejado en ocasiones a merced de vándalos furtivos, gozaba ahora de buena seguridad contra ciertas opiniones. Su director, capaz de protestar lo arbitrario de una frontera en el rescate de la revista impresa, aceptaba ahora el cordón improvisado por fuerzas de Seguridad del Estado. El "mundo de la cultura" comenzaba a la entrada del edificio del ICAIC, y correspondía a esos agentes descartar a todo el que no soportara atmósfera tan alta.

En su artículo publicado en Havana Times, Isbel Díaz Torres asegura que todos los panelistas —salvo Rafael Hernández— aludieron en sus intervenciones a la Seguridad del Estado hasta calificarla de "lastre poderoso que anclaba el despegue de esa esfera pública deseada para Cuba". (Resulta explicable que el director de Temas se haya reservado su opinión al respecto: dada su experiencia en convocar paneles sobre la blogosfera y vetar a todo bloguero independiente que intente aparecerse por allí, Hernández no ha de ver inconveniente en tal clase de cordones sanitarios.) Mario Castillo, que fue el último panelista en llegar y pudo ser testigo de la operación, denunció las exclusiones en su turno de palabra. Cuando la discusión se abrió al público, un joven condenó la acción de Seguridad del Estado y fue aplaudido por gran parte de la sala.

Al otro día de la presentación, Desiderio Navarro envió a su lista de correos la intervención de Arturo Arango, acompañada de esta breve nota suya: "Las sillas, el piso y el espacio en general del Centro Teórico-Cultural Criterios resultaron insuficientes para el numeroso público asistente, eminentemente juvenil, que por más de tres horas participó con gran interés en ambas actividades. Lamentablemente, decena de personas no pudieron entrar".

Era el resumen que cualquier anfitrión habría hecho de una fiesta exitosa. Ninguna mención de los vetos de entrada, ninguna de las fricciones policiales. La nota procuraba diluir en un lleno teatral aquellos casos incómodos. Navarro lamentaba que algunos interesados quedasen afuera, pero su queja era arquitectónica, no política.  Antes había hecho descargo de responsabilidad gracias a razones constructivas: la entrada del edificio no coincidía con la del Centro Teórico-Cultural Criterios. Al colgarle el teléfono a Pardo Lazo, al disculparse con su falta de jurisdicción sobre la puerta, tomaba distancia de cuanto ocurriera entre segurosos y expulsados. (Por miedo o por egoísmo o por cálculo de no poner en peligro lo que nueve pisos más arriba celebraban, la conmemoración de cuatro décadas de trabajo incansable.) Sin embargo, lo de enviar al día siguiente unas disculpas por lo apretado del espacio constituía un acto de borrado. Durante la presentación del nuevo número de la revista se había desentendido de los excluidos y, un día después, con su falsa disculpa, se burlaba de ellos.

Un lleno fabricado

Parece ser que el lleno de la sala del Centro Teórico-Cultural Criterios fue fabricado. Buena parte del público se encontraba tan apostado allí como los guardias a la entrada del edificio. Lo permite conjeturar esta observación de Isbel Díaz Torres: "Gran cantidad de muchachos muy jóvenes ocuparon buena parte de las sillas del local, que se llenó totalmente. Lo significativamente sospechoso fue ver cómo, una vez comenzadas las exposiciones, muchos se fueron retirando. ¿Les interesaba o no el panel?".

Lo significativamente sospechoso, dice. Las fuerzas que operaban contra los elementos conflictivos habrían tenido la deferencia de forjarle a Desiderio Navarro la coartada del lleno total. Pero también se daba el caso de que, ante el primer obstáculo aduanal, él había jugado a movilizar a sus lectores. Por lo que tampoco él debía ser de fiar, y Seguridad del Estado debió contestarle con su propia movilización de jóvenes.

Desiderio Navarro no ha respondido (hasta donde sé) a los textos publicados por Orlando Luis Pardo Lazo, Leonardo Calvo Cárdenas e Isbel Díaz Torres. No ha desmentido lo que, según algunos de ellos, la policía les notificara: el perfecto entendimiento entre Seguridad del Estado y el Centro Teórico-Cultural Criterios. Al mutismo acerca del operativo policial, Navarro suma el silencio frente a los cuestionamientos que otros intelectuales le hacen.

(Podrá sostenerse que ninguno de esos tres nombres tiene suficiente altura intelectual como para presentarle objeciones a Desiderio Navarro. Una lógica así resulta muy extendida: las respuestas de Leonardo Padura a las críticas que recientemente le hicieran dan la medida de cómo ciertos intelectuales encajan la discusión pública. Para ellos, cualquier argumento se reduce a pura envidia, y quienes los critican atacan castillos con tal de ganar nombradía. Se trata, en resumen, de un deslinde no muy diferente al hecho por unos segurosos a la entrada: ¿acaso pertenecen esos nombres al mundo de la cultura?)

El doble mutismo de Desiderio Navarro permite abrigar dudas acerca del concepto de esfera pública postulado por él. Hace un par de semanas, en respuesta a una crítica del filme Vinci aparecida en este diario, el realizador Eduardo del Llano tildó de pederasta y de sodomizado al autor de la reseña, Orlando Luis Pardo Lazo. Del Llano filma el encarcelamiento de Leonardo da Vinci bajo cargo de sodomía, recibe una reseña negativa de su película, insulta al reseñista, y sus insultos vienen a coincidir con los cargos que padeciera cinco siglos antes el propio Da Vinci. (Su respuesta a Pardo Lazo ha alcanzado el honor de ser citada por Iroel Sánchez, bloguero oficialista y ex presidente del Instituto Cubano del Libro, al pie de una fotografía. Allí puede leerse: "El pornógrafo Orlando Luis Pardo Lazo, llamado recientemente 'pederasta' por el escritor Eduardo del Llano, interviene ante el jefe adjunto de la SINA en el espacio Estado de SATS el 3 de marzo de 2012".)  

¿Comprendió Eduardo del Llano aquello que procuraba filmar a propósito de Leonardo da Vinci? Cabe sospechar que no. A juzgar por los términos con que embistiera a un crítico, su compromiso parece estar más cerca de los inquisidores de Da Vinci que de éste. De igual modo, vale preguntarse si Desiderio Navarro ha entendido en todo su alcance el tema del panel que convocara.

Que se hable de lo oscuro

Quien avisó a Navarro de lo que ocurría en el vestíbulo del ICAIC, Isbel Díaz Torres, se encontraba una tarde de enero de 2007, entre otros muchos jóvenes, a las puertas de Casa de las Américas. Celebraban adentro una conferencia de Ambrosio Fornet y a ellos les habían negado la entrada. En diversos espacios de televisión habían aparecido antiguos comisarios culturales, comisarios de los tiempos más oscuros. Varios artistas y escritores mostraron, en mensajes electrónicos, su indignación por tales reapariciones. La Guerrita de los Emails, la bautizaron. Desiderio Navarro, uno de los protagonistas iniciales de aquella discusión, decidió encauzarla institucionalmente en algún momento. Es decir, ortopedizarla. Y el Centro Cultural-Teórico Criterios convocó a la conferencia de Fornet en Casa de las Américas.

Sin derecho a participar en ella, Isbel Díaz Torres escribió en un mensaje puesto a circular por esos días: "Alguien entre los excluidos dijo que quizás era mejor estar allá abajo que allá arriba, quizás estábamos haciendo la parte de la historia que nos correspondía; quizás, digo yo ahora, estábamos demostrando que aquello no se trataba exclusivamente del pasado, sino también de nuestro conflictivo presente".

Se trataba también del futuro, cinco años después. Se trataba de ahora.

Para los jóvenes que no pudieron entrar a la velada en Casa de las Américas fue convocada, en febrero de 2007, otra conferencia en el Instituto Superior de Arte (ISA). Al salir de ella, Isbel Díaz Torres hizo circular un mensaje que incluía estas frases: "El momento es ahora. Herramientas como la web y el correo electrónico están a nuestro favor, es imposible el silencio".

Su artículo ahora, en torno al cuadragésimo aniversario de Criterios, demuestra cuán fiel ha sido a esos propósitos suyos de hace un quinquenio. Díaz Torres se ocupa de un tema esencial y casi siempre escamoteado: el control policial de la cultura. Habla explícitamente de la Seguridad del Estado. Contrapone a la esfera pública lo que él denomina "esfera oculta", constituido por la policía política. Desbarata el falso problema de umbrales y dinteles que sirviera de disculpa a Desiderio Navarro, y hace ver que en un mismo espacio coinciden los especialistas de la mesa y los especialistas apostados a la entrada. Y hay enemistad entre ambos, lucha por el espacio.

A diferencia de lo que intentaba proponer aquella conferencia de Fornet de hace cinco años, la cuestión no se reduce a unos viejos comisarios sin retorno. Se trata de un sistema. Por ello resulta magnífico saber que en el panel de Criterios se habló del trabajo de las fuerzas de Seguridad del Estado y llegó a condenarse, en algún caso, ese trabajo. (El texto de Arturo Arango no contiene alusión al respecto. El de Leonardo Padura denuncia cómo le violan continuamente la correspondencia postal.) Hace unos años habría resultado  impensable que un grupo de escritores hablara en público de la vigilancia política sobre artistas y escritores. Señal excelente, porque corresponde a los intelectuales el nombrar, el no dejar pasar nada sin nombre. Y porque hay ritos que pierden su fuerza en cuanto empieza a mencionárselos: Seguridad del Estado deja de ser sagrada. Los de la puerta y sus jefes empiezan a ser nombrados, discutidos, denunciados, y pierden, gracias a ello, buena parte de su potencial oscuro.

La revista Criterios acaba de cumplir en La Habana cuatro décadas de existencia. Sus lectores (entre los que me cuento) estarán regocijados con tanto texto útil, con tan rica reserva de interpretaciones y de hipótesis. Muchas de sus páginas versan sobre el papel del pensamiento en la sociedad, y puede sacarse de ellas (aunque su hacedor no parezca comprenderlo del todo) lección moral, de vida.